Mensajes clave[1]
- La relación España-Alemania se ha debilitado por distintos choques en la UE, aunque la fricción responde más a la reducción de la antigua asimetría que a divergencias de fondo. El reequilibrio del papel de España genera reticencias en Berlín y otras capitales, pero los desafíos europeos exigen superar esa tensión bilateral.
- Se proponen dos vías de actuación: aterrizar los problemas comunes en propuestas conjuntas de colaboración en áreas prioritarias, como son la financiación, seguridad y defensa y la política exterior; y mejorar los lazos interpersonales entre la población española y alemana.
- En financiación conjunta, el debate debería centrarse en bienes públicos europeos para maximizar el potencial de los fondos comunes, impulsando alianzas concretas en ámbitos como las renovables.
- En seguridad y defensa, Alemania debería integrar a España en formatos informales, avanzar hacia un tratado bilateral de seguridad y explorar un proyecto naval conjunto.
- En política exterior se propone alinear percepciones de riesgo, reforzar la disuasión económica europea, coordinar enfoques sobre Israel y Palestina a través de la interlocución privilegiada de cada uno de los socios y sumar a Alemania al diálogo con el Sur Global.
- Finalmente, en cuanto a lazos interpersonales, hacen falta mayores intercambios culturales y educativos, en el ámbito audiovisual y la organización de foros con jóvenes líderes de ambos países.
Análisis
Introducción
La relación entre Alemania y España está indudablemente tensionada. El incómodo episodio ocurrido durante la visita del canciller alemán Friedrich Merz a la Casa Blanca, cuando Donald Trump reprendió a España frente a la prensa ante el silencio de Merz, puso en evidencia la falta de sintonía entre los dos países. Las razones para la asincronía son, en parte, legítimas. Se apoyan en desacuerdos con respecto a la gestión de las crisis internacionales (sobre todo el conflicto israelí-palestino y la percepción alemana de que España debe aumentar su apoyo a Ucrania) y los muchos retos que afronta la UE en una época marcada por la rivalidad entre EEUU y China. A esto se añade además la historia más reciente, que trae agrios recuerdos al imaginario español sobre la receta de austeridad impuesta e impulsada por Alemania durante la Crisis del Euro (2010-2012) y la persistente percepción de España entre una parte del público alemán como una economía fiscalmente irresponsable e indisciplinada (más de un tercio de los alemanes encuestados a finales de 2024 calificaban a España como un país derrochador). Todo ello ha enrarecido la relación entre dos países que, en sus similitudes, pueden encontrar más puntos en común que diferencias.
España y Alemania se enfrentan a desafíos similares y compartidos por el resto de la Unión. Entre ellos, destacamos tres grandes bloques: (a) las necesidades de financiación; (b) la defensa; y (c) la política exterior europea. Sin embargo, parece que su aproximación a los mismos y a las medidas que tomar es muy distinta, haciendo que surjan ampollas y obstáculos en la fluidez de la relación. Pero se trata principalmente de eso: apariencias. España y Alemania no están tan alejadas en la gran mayoría de sus planteamientos. Lo que lleva a la fricción es el requilibrio entre los países. Tras años de comportarse como un socio menor, tanto en la relación bilateral como dentro de la UE, España ha ganado confianza. Su desempeño económico y activos para despuntar en una economía descarbonizada, entre otros, han llevado al actual gobierno a convertir a España en un participante activo del discurso europeo, con propuestas y objeciones sobre las orientaciones de la UE. Es el papel más vocal de España, que busca contribuir políticamente como le corresponde al ser la cuarta economía de la Unión y líder en crecimiento de la zona euro, lo que genera reticencias. La reducción de la asimetría conlleva, por tanto, un ajuste en la relación bilateral.
Es en esta línea en la que se propone una mejora de las relaciones España-Alemania en el seno de la UE. La magnitud de los retos hace la colaboración bilateral más necesaria que nunca y requiere de la variedad de perspectivas para llegar a posturas comunes que capitalicen la riqueza de las fortalezas de la Unión. Por ello, se proponen mejoras por dos vías: en primer lugar, aterrizando los grandes problemas en propuestas concretas en áreas prioritarias y, en segundo lugar, fortaleciendo los lazos interpersonales entre ambos países.
Bienes públicos europeos y financiación conjunta
En el año 2020 la UE se enfrentó a una situación sin precedentes en sus años de existencia: la pandemia del COVID-19. Ante una crisis que paralizaba la actividad económica mundial, poniendo en riesgo millones de puestos de trabajo y unos efectos en cadena difícilmente predecibles, la UE apostó por emitir deuda común. Los fondos del programa NextGenerationEU han permitido realizar inversiones en transición ecológica, digitalización, apoyo a pymes, etc., y obligaron a algunos de sus Estados miembros más recelosos a cruzar el Rubicón de la deuda conjunta, con Alemania a la cabeza.
Seis años después, Europa no se enfrenta sólo a una crisis, sino a múltiples, aunque conjuntamente de similar envergadura. Europa ha de hacerse responsable de su propia defensa y levantar el pilar europeo de la OTAN, asegurar su suministro energético a través de la descarbonización, recuperar competitividad económica, avanzar en digitalización, reforzar su sistema de innovación, adaptarse al cambio demográfico… Todo ello mientras 12 de los 27 Estados miembros de la Unión tienen una deuda pública por encima del 60% de su PIB y 10 tienen un déficit público de más del 3%.[2] En otras palabras, el espacio fiscal es muy reducido, lo cual limita a los Estados en su capacidad de destinar recursos públicos a las transformaciones necesarias, ya sea a través de superávits o endeudándose en el mercado de manera sostenible.
Es aquí donde aparece uno de los puntos de fricción entre España y Alemania que destacamos. España aboga por una mayor financiación conjunta europea para afrontar los retos comunes. Esto se traduce en un presupuesto comunitario (Marco Financiero Plurianual, o MFP) mucho mayor y el avance hacia los eurobonos. El vicepresidente primero del gobierno de España, Carlos Cuerpo, ha sido muy vocal con respecto a la emisión de eurobonos. Desde España se ha apoyado la propuesta de Olivier Blanchard y Ángel Ubide para sustituir una parte de la deuda ya emitida de los Estados miembros por deuda común, creando así un mercado de deuda europea. Figuras como Christine Lagarde y Mario Draghi han abogado también por la creación de un “activo seguro europeo”.
Por su parte, Alemania y el resto de los países frugales se mantienen firmes en su negativa. Sus objeciones se basan, generalmente, en tres puntos. El primero es común y se refiere al riesgo moral (moral hazard en inglés), es decir, que la deuda conjunta pueda debilitar los incentivos a la disciplina fiscal a nivel nacional. El segundo es específico al contexto constitucional y político alemán: Alemania se muestra reacia a aceptar compromisos fiscales de duración indefinida sin límites claros ni un control parlamentario efectivo, sobre todo debido a una sentencia restrictiva del Tribunal Constitucional alemán. Esta limitación legal, sin embargo, podría solventarse recurriendo a la recaudación de recursos propios por parte de la UE, para lo que harán falta propuestas innovadoras y originales que den un impulso renovado a esta idea. La tercera objeción a los eurobonos está relacionada con cuestiones financieras, ya que los mercados podrían considerarlos como una capa adicional de deuda en vez de como un sustituto real de la deuda nacional, lo que aumentaría la percepción de riesgo de los países más endeudados. Alemania tampoco tiene muchos incentivos financieros directos para apoyar un plan de este tipo puesto que sus costes de financiación son ya muy bajos y podrían subir en un modelo de emisión conjunta. Además, Alemania y los países frugales se oponen también a un mayor presupuesto europeo, como dejaron claro en las primeras reacciones a la propuesta de la Comisión Europea de €1,8 billones para el período 2028-2034, y a los recursos propios adicionales a recaudar por la Comisión Europea.
Ante este choque, se propone reorientar y anclar el debate en los bienes públicos europeos (EPG por sus siglas en inglés). Estos son bienes públicos, es decir, aquellos para los que la oferta del mercado es insuficiente sin intervención pública, y que deben producirse a nivel europeo, no a nivel nacional o local. Hacerlo de esa manera minimiza las externalidades de producir individualmente, permite beneficiarse de economías de escala al tiempo que se toman en cuenta y respetan las preferencias locales. Trabajar sobre la base de estos EPG para superar las limitaciones de financiación permite identificar prioridades y objetivos comunes, las capacidades necesarias para alcanzarlas y los planes asociados.
La primera propuesta del nuevo MFP de la Comisión se ha estructurado en esta línea, y es como debería continuar profundizándose. La financiación europea común debe tener un especial foco en los EPG, aprovechando al máximo el potencial de los fondos, y evitando europeizar bienes públicos nacionales.
Es a través de los EPG que se podrían estructurar alianzas más estrechas en torno a bienes públicos concretos y fomentar el intercambio de mejores prácticas en base a las fortalezas de cada país. Un claro ejemplo de sinergia se halla en las energías renovables. Pese a tener el doble de capacidad renovable instalada en 2024 y una contribución de las renovables al mix energético un punto porcentual más que el español, el precio de la electricidad en Alemania es un 47% más alto que en España. Alemania dispone de una alta demanda industrial de electricidad y menor oferta de recurso renovable, lo que lleva a la inclusión de más combustibles fósiles en el mix eléctrico y a precios más altos. A su vez, España tiene abundante energía barata, pero carece de interconexiones y almacenamiento que doten a su red de mayor potencial exportador. A Alemania le interesa la exportación de electricidad española al resto del continente, mientras que a España le interesa la inversión en baterías para equilibrar la red. Una mayor apuesta por las renovables impulsada por ambos países podría movilizar la inversión conjunta y el impulso político para avanzar en interconexiones, atascadas en Francia. Así, se trabajaría para alcanzar un bien público europeo significativo: mayor descarbonización de la economía a través de un recurso energético barato y abundante que dotaría a Europa de una mayor independencia energética de aliados impredecibles.
Seguridad y defensa
Otro escollo en la relación bilateral hispano-alemana se halla en la defensa. Esto no ha sido así siempre, ya que ambos países tienen una historia de décadas de tradición pacifista. Hace ya 15 años, tan sólo el 50% de la población alemana encuestada y el 62% de la española reportaba que el uso de la fuerza puede ser necesario para mantener el orden mundial, matizando que para hacerlo se debe obtener antes la aprobación de las Naciones Unidas (76% en Alemania y 72% en España). Además, en Alemania, su población ha apoyado de manera consistente entre 2016 y 2023 una mayor aprobación del uso de medios civiles en su política de exterior y de seguridad que de los medios militares.
La seguridad es el bien público europeo por excelencia. Hasta hace poco, su provisión recaía sobre el paraguas de seguridad de EEUU, pero la guerra de Ucrania ha hecho ver a Europa que no puede depender únicamente de la disuasión estadounidense. La retirada de apoyo financiero y militar de la Administración Trump a Ucrania, así como las amenazas del presidente con salir de la OTAN y con invadir Groenlandia, han obligado a los europeos a enfrentarse a la realidad: a partir de ahora, nuestra seguridad es sólo nuestra.
Para que así sea, Europa debe aumentar su gasto en defensa y desarrollar capacidades propias, conjuntas y coordinadas. Todo ello requiere, entre otras cosas, de fondos y tiempo. Tradicionalmente, España ha sido uno de los países de la OTAN que menos ha gastado en defensa en relación con su PIB. Aun así, su desempeño no ha sido muy diferente del alemán en términos relativos: tanto España como Alemania invertían un 1,1% en 2016, mientras que en 2025 España alcanzó el 2,1% y Alemania tan sólo 0,2 puntos porcentuales más.
En la cumbre de la Haya de junio de 2025, Donald Trump pidió a Europa un compromiso de gasto en defensa del 5% del PIB en 2035 (3,5% para defensa y 1,5% para protección de infraestructura crítica, resiliencia, base industrial…). España, por el contrario, afirmó que su compromiso no ascendería del 2,1%, lo cual consideraba suficiente para hacer frente a las capacidades establecidas y acordadas en el seno de la OTAN como objetivos. Esto colocó al gobierno español como el contrapunto a la aceptación del resto de Europa y los aliados. También causó recelos entre los países que sí habían aumentado de manera considerable su gasto en defensa, como los polacos, cuyo gasto representó el 4,5% de su PIB en 2025.
La reticencia española a aumentar el gasto en defensa tiene que ver principalmente con consideraciones de política doméstica y la racionalidad del gasto, pero no necesariamente con la falta de solidaridad. Así lo reflejaban los datos de junio del año pasado, en plena polémica por la OTAN: el 42,1% de la población española consideraba acertada la negativa al incremento del gasto en defensa al 5% del PIB (casi 12 puntos porcentuales más aquellos que no aprobaban la decisión), con los votantes de la coalición de gobierno actual mostrando esta actitud de manera más marcada. Estos datos se contraponen con la solidaridad y compromiso de España con Ucrania. Por ejemplo, en enero de 2026 el 68,4% de los encuestados y encuestadas en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas declaraba estar muy o bastante preocupado por la invasión rusa de Ucrania, al tiempo que más de un tercio apoyaba incrementar el apoyo financiero a Ucrania por parte de la UE. A su vez, en marzo de 2026 España era el cuarto país receptor de refugiados ucranianos de toda la Unión, aunque se encuentra lejos de Polonia y Alemania, quienes han acogido a casi cuatro y cinco veces más refugiados, respectivamente.
Pese a estas actitudes, hay un cierto escepticismo relativo al compromiso real español con la solidaridad más allá de las declaraciones políticas. En consecuencia, el bajo gasto español en defensa ha hecho que el país quede fuera de algunas agrupaciones clave. Un claro ejemplo de ello es el grupo E5, compuesto por Alemania, Francia, Italia, Polonia y el Reino Unido. Este grupo ha emergido como el principal coordinador del apoyo militar a Ucrania y la reflexión sobre rearme y el desarrollo de capacidades conjuntas europeas tras la retirada de la Casa Blanca en el apoyo a Kyev. España tampoco estuvo presente cuando los líderes europeos viajaron a Washington junto con Volodymyr Zelensky en agosto del año pasado tras la reunión de Trump y Putin en Alaska sobre el futuro de la guerra en Ucrania.
En este contexto, la propuesta para la mejora de las relaciones hispano-alemanas en defensa tiene varios aspectos. En primer lugar, Alemania debería invitar a España a las reuniones de los formatos “minilaterales” informales que están emergiendo en defensa. Concretamente, debería promover un E5 ampliado que incluya a España (E5+). Al fin y al cabo, el presupuesto español dedicado a defensa es el 15º más grande del mundo en términos absolutos, justo por detrás del polaco. Por tanto, España es un actor clave para las discusiones que ocurren en su seno, particularmente sobre Ucrania. Al mismo tiempo, España debe estar preparada para participar y cumplir con lo que se espera de su inclusión en términos de contribuciones políticas, pero también de compromisos económicos y militares. Un ejemplo concreto sería el envío de baterías Patriot completas a Ucrania en vez de tan sólo misiles, como hizo España en 2024 y 2026.
En segundo lugar, Alemania y España podrían trabajar en un tratado o acuerdo de seguridad bilateral. Alemania ha concluido en los últimos meses acuerdos de este tipo con el Reino Unido, Italia y Ucrania, entre otros, que tratan de garantizar la cooperación y los “intercambios en ámbitos estratégicos de la política de seguridad”, así como el desarrollo creíble y eficiente de fuerzas y capacidades de defensa coordinadas e interoperables. Un acuerdo de este tipo profundizaría las relaciones en seguridad y defensa entre España y Alemania.
En tercer lugar, en términos incluso más concretos, se propone la cooperación entre España y Alemania para desarrollar un proyecto naval conjunto. Alemania ya se encuentra en dichos proyectos con distintos socios europeos (y no europeos) en drones, aviones de combate, sistemas de combate terrestres y helicópteros, entre otros. En el ámbito naval, la cooperación transfronteriza parece menos intensa. Esto supone una oportunidad para España y Alemania, donde la base industrial naval española podría apoyar las necesidades de, por ejemplo, vigilancia del fondo marino que tiene Alemania. Un proyecto de este tipo podría repercutir muy positivamente en la relación hispano-alemana en seguridad y defensa. En cualquier caso, el proyecto debería evitar el nacionalismo industrial en defensa para conseguir fines y objetivos compartidos. Por ello, una colaboración estrecha entre ambas partes debería ser la base y precondición de la iniciativa.
Política exterior
Finalmente, en política exterior, los últimos tres años y medio han tensionado la relación bilateral hispano-alemana por diversos motivos. En este análisis abordamos dos: (a) el posicionamiento europeo ante EEUU y China en un contexto de rivalidad geopolítica; y (b) el conflicto en Oriento Medio.
EEUU era el aliado casi indiscutible de Europa hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, pese a que anteriores Administraciones ya habían señalado su cambio de enfoque estratégico hacia Asia. Aun así, la relación se mantenía. El segundo mandato de Donald Trump, marcado por una mayor beligerancia retórica y fáctica hacia Europa, ha incluido aranceles desorbitados, acusaciones de déficit democrático europeo y diagnóstico de “borrado civilizacional”, apoyo a partidos de extrema derecha en elecciones nacionales, sanciones a ex comisarios europeos y amenazas a la integridad territorial y la soberanía de Dinamarca. A esto se suma la retirada de apoyo a Ucrania, la propuesta de la Junta de Paz para reemplazar a la ONU y las violaciones al derecho internacional en las operaciones de Venezuela e Irán, entre otros acontecimientos.
Ante todo ello, el consenso europeo de que la autonomía estratégica europea es necesaria ha crecido, tanto en defensa como en otros aspectos de la economía. Y esta autonomía también es con respecto de un EEUU volátil. Las percepciones de la población en España y Alemania son más o menos similares en este punto. Un reciente estudio de la alemana Bertelsmann Stiftung revela que el 76% de la población alemana y el 74% de la española consideran que es el momento de que la UE siga su propio camino con respecto de EEUU. Además, el 73% de alemanes y el 59% de españoles perciben a EEUU como un socio poco fiable. En ambos casos, los alemanes tienen percepciones más negativas que los españoles, pero esto no se refleja en las posiciones de los respectivos gobiernos.
Uno de los principales puntos de fricción entre el gobierno de Sánchez y el de Merz ha sido la oposición del español a las demandas de Trump: objetando al 5% de gasto en defensa, a la “Riviera de Gaza”, a la intervención en Venezuela e impidiendo el uso de las bases estadounidenses en España para la guerra de Irán. Alemania, por su parte, ha optado inicialmente por el “apaciguamiento”. Esta posición era compartida por otros líderes europeos y globales, especialmente durante el primer año del segundo mandato de Trump. En las últimas semanas, sin embargo, se observa un ligero viraje del canciller alemán hacia una posición más abiertamente crítica, hablando incluso de la “humillación” de EEUU por parte de Teherán.
Las distancias entre países también se observan en cómo tratar a China. Pero en este tema, las diferencias puede que sean algo más profundas, puesto que la percepción ciudadana de ambos Estados es ligeramente más dispar. El mismo estudio de la Bertelsmann Stiftung indica que el 74% de la población alemana ve de manera negativa la creciente influencia china en el mundo, mientras que sólo el 51% en España responde de la misma manera. En cuanto a si la ciudadanía piensa que su país es dependiente de China y está dispuesta a reducir esas dependencias, incluso suponiendo costes económicos, los resultados se acercan más entre sí: el 80% de la población alemana y el 72% de la española responde positivamente. Esto puede tener que ver con la experiencia muy negativa de Alemania en los últimos años con su dependencia del gas ruso barato. Tras el trauma que han supuesto en los últimos años los altísimos precios de la energía, la consecuente pérdida de competitividad de la industria alemana agravada por el denominado China Shock 2.0,[3] cambiar una dependencia por otra, especialmente en industrias en las que Alemania ostentaba el liderazgo (véase el automóvil o maquinaria), lleva al país a tener mayor cautela.
Por su parte, España destaca internacionalmente porque ha elevado su perfil en la relación con China, consiguiendo una interlocución similar a la que tenían países como Francia, Alemania e Italia. Se busca un mayor acercamiento a Pekín en tanto en cuanto esto reporte mayores inversiones en el país en sectores estratégicos para la futura competitividad de España y del continente, como en vehículos eléctricos o baterías. Madrid trata de insertarse, por tanto, en las nuevas cadenas de valor globales, capitalizando su abundante energía limpia, atrayendo inversión que cree valor local y modernice la capacidad industrial y tecnológica del país. A nivel político, una mayor relación con China se enmarca en la estrategia española de actuar como puente con el Sur Global, como se verá más adelante.
Tanto Alemania como España están de acuerdo en que la tensión entre EEUU y China va a continuar, y que los intereses de Europa siempre quedarán supeditados a los de las dos grandes superpotencias. Por ello, Europa necesita mayor independencia de manera que pueda tener capacidad de decisión sobre su propio futuro y no convertirse en una moneda de cambio o daño colateral de la competición geopolítica. Esa independencia debe ser tecnológica, energética, en sistemas de pago, en capacidad industrial, etc., pero necesita de consensos y estrategias claras y coordinadas. En consecuencia, hace falta un mayor alineamiento de los dos países europeos para reforzar la acción de la UE y su posición en el mundo.
En esta línea, se proponen dos acciones concretas que permitan alinear las percepciones de riesgo y trabajar en un consenso que tenga en cuenta todos los intereses. Por un lado, los intercambios entre los Consejos de Seguridad Nacional de ambos países. España cuenta con un órgano de este tipo desde 2013, mientras que en Alemania éste es de reciente creación (agosto de 2025). Ambos están compuestos por ministros del gobierno relevantes para la seguridad nacional y, en el caso español, otros miembros de la administración, como el secretario de Estado de Asuntos Exteriores y Globales y el jefe de Estado Mayor de la Defensa. Se encargan de asesorar las decisiones del presidente del gobierno o el canciller en materia de seguridad nacional, así como de informar estrategias. En este sentido, un intercambio estructurado entre ambos Consejos permitiría acercar posiciones partiendo de un entendimiento común, de la identificación de riesgos compartidos y asimétricos, de fuentes de vulnerabilidad e intereses estratégicos. Así, las percepciones de riesgo podrían alinearse entre los dos países, llegando a un entendimiento más completo de los riesgos y oportunidades que representan actores como EEUU, China y Rusia.
Además, una segunda línea de acción consistiría en impulsar el diseño conjunto de paquetes de respuesta a la coerción externa de las grandes potencias. De esta manera, Europa construiría su propia disuasión económica. El ejercicio aplicaría en una primera fase tanto a potenciales presiones procedentes de EEUU como de China, y debería expandirse a otras jurisdicciones en el futuro. Algo similar se realizó en el verano de 2025, cuando Europa identificó la lista de productos sobre los que aplicar aranceles de represalia a los aranceles del 30% con los que amenazaba Donald Trump. Como elemento de novedad con respecto a lo ya trabajado, la estrategia de disuasión económica europea deberá tener en cuenta la colaboración con otras potencias medias (en la línea de lo propuesto por Mark Carney en Davos o por la Geostrategic Europe Taskforce). Lo que ha de buscarse es componer una disuasión más sólida que se articule entre un amplio número de países aliados con intereses comunes de mayor independencia frente a presiones.
Este ejercicio ha de repetirse con distintos actores en mente. Como vienen argumentando diferentes autores, Europa debe entender cuáles son sus fortalezas, en qué aspectos de la economía global es indispensable, y cuál es la “caja de herramientas” con la que puede responder a la coerción externa.[4] Esto requiere de un análisis conjunto de fortalezas, intereses y recursos disponibles para aliviar posibles disrupciones. En paralelo, aunque con un horizonte a medio plazo, el análisis debería extenderse a la identificación precisa de en qué áreas Europa quiere ser independiente, superando debates abstractos e indefinidos de soberanía y aterrizando en elementos concretos.
Otro punto de fricción en política exterior no tiene que ver con la rivalidad entre EEUU y China, sino con lo que ocurre en Oriente Medio. Se estima que la actividad de Israel en la región desde el ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023 ha supuesto la muerte violenta de al menos 75.200 civiles en Gaza[5] y 1.029 muertos, 2.786 heridos y más de un millón de desplazados en Líbano.[6] En esta cuestión, España también ha decidido oponerse de manera más directa a las acciones del gobierno de Netanyahu y condenarlas públicamente. Esto ha incluido el reconocimiento del Estado de Palestina, calificar como “genocidio” la acción de Israel en Gaza y promover la suspensión del Acuerdo de Asociación entre UE-Israel, aunque sin éxito, entre otras acciones. Por su parte, Alemania se encuentra en una situación complicada por el peso de la historia y ha sido mucho menos directa en su crítica. Sí que ha presionado para permitir la entrada de ayuda humanitaria por Rafah, continuado colaborando con UNRWA, paralizado la exportación de armas que pudiesen utilizarse en Gaza, y votado a favor de sanciones contra los colonos violentos en la UE.
Sin embargo, existe la oportunidad de hacer del choque de posturas una estrategia. España, que apoya la causa palestina y tiene de su lado el reconocimiento del mundo árabe, puede ejercer presión y como interlocutor por un lado; Alemania, que ostenta relaciones mucho mejores y más fluidas con Israel puede hacer lo mismo por el otro. Ambos actores pueden jugar sus cartas y papeles de “poli bueno y poli malo” en ambos lados, involucrándose más directamente para la resolución estable y duradera del conflicto. Esto daría a Europa un papel como actor en una región en la que está ausente y frente a una situación humanitaria que es flagrante y desoladora.
En último lugar, un punto en el que se podría avanzar conjuntamente es en las relaciones con el Sur Global. España ha actuado como puente entre Europa y distintas regiones del mundo con las que tiene relaciones culturales, históricas, económicas o geográficas relativamente más estrechas que el resto de Europa. Este es el caso de América Latina, el Caribe y África, pese a la animadversión que ha causado su pasado colonial en algunos momentos. Aprovechando dichas circunstancias y sus relaciones comparativamente mejores, es momento de que Madrid continúe con ese papel involucrando más directamente a los socios europeos en las relaciones con el Sur Global y no meramente representando a Europa. Por tanto, y de igual manera que se pide que Alemania aúpe a España en los foros informales de seguridad y defensa, España debería hacer lo mismo con Alemania en el Sur Global. Una buena oportunidad para llevarlo a cabo sería la próxima Cumbre Iberoamericana, que se celebrará en Madrid en noviembre de este año.
Lazos interpersonales
Además de todos los choques sustantivos y de postura observados, destaca una tendencia de base que dificulta la mejora de las relaciones hispano-alemanas: las sociedades de ambos países no se conocen. Una encuesta del Real Instituto Elcano de 2025 trataba de arrojar luz sobre la imagen de Alemania en España. Los españoles tienen una mejor percepción del país germano que del suyo propio, pero el 61% encuestado no había visitado nunca el país y el 85% no hablaba nada de alemán. Por su parte, en otro barómetro realizado a finales de 2024, se observaba que el 73% de los alemanes sí habían visitado España (y casi un tercio de ellos más de cuatro veces). Al mismo tiempo, si se preguntaba por lo primero que viene a la cabeza cuando piensa en España a un alemán, más del 90% de las asociaciones tenían que ver con las vacaciones, el buen clima y la comida. Esto apunta a que, más allá de los estereotipos relacionados con el turismo, las vacaciones o los hábitos de cada país no hay un entendimiento cultural y un entramado social denso.
Para solventar ese desconocimiento, hace falta cultivar los intercambios culturales y educativos entre ambos países, conectando escuelas, institutos y universidades para fortalecer la relación. También se puede trabajar en el ámbito audiovisual. España y Francia colaboran habitualmente en multitud de obras co-producidas por ambos países; Francia y Alemania, por su parte, tienen una cooperación muy institucionalizada y densa que se ejemplifica claramente en ARTE, un canal de televisión específicamente francoalemán. Hay espacio para desarrollar producciones conjuntas que permitan dar a conocer mejor cada uno de los países en mayor profundidad.
Por todo ello, se propone también la organización de un foro hispano-alemán de jóvenes líderes. Esto es común entre otras parejas de países, pero no entre España y Alemania.[7] Un programa que reúna a 15 jóvenes de cada país de manera anual, liderado y organizado por las embajadas correspondientes junto con las instituciones culturales (por ejemplo, los Institutos Cervantes y Goethe). Los participantes podrían realizar visitas culturales e institucionales, conocer a otros jóvenes líderes con los que crear una red, y así favorecer el gradual acercamiento de ambas sociedades sin incurrir un coste económico desorbitado. Se trata de una medida concreta y rápidamente ejecutable cuyos impactos a medio y largo plazo podrían ser notables.
Conclusiones
En definitiva, España y Alemania se enfrentan a retos comunes desde posturas distintas. Pero, como se ha tratado de demostrar en este análisis, el distanciamiento es menos grave de lo que parece. Hay espacio para trabajar posiciones conjuntas en el marco europeo en la financiación de bienes públicos europeos, seguridad y defensa y en diversos aspectos de política exterior. A nivel transversal y a medio-largo plazo, deben tomarse acciones para fomentar los lazos interpersonales y el contacto entre ambas culturas, de manera que se mejore el entendimiento bilateral entre las sociedades y se superen los estereotipos clásicos.
Pese a las propuestas realizadas para mejorar la cooperación bilateral, hay una salvedad importante que se debe destacar y se adelantaba en la introducción. En gran medida, la situación de tensión entre los dos países tiene más que ver con la recalibración de la relación que con posturas irreconciliables. España se ha convertido en líder del crecimiento económico de la zona euro mientras que Alemania protagoniza un lánguido desempeño económico; España tiene los recursos renovables para liderar la transición energética mientras que la industria alemana pierde competitividad.
En muchos casos, los posicionamientos de ambos países no son opuestos ni muy diferentes con respecto de hace años. Si cabe, en algunos puntos han convergido. Lo que ha cambiado es que España ahora se ha librado en parte de su complejo de inferioridad. Las cifras económicas y la ausencia de otros líderes europeos en el campo social demócrata envalentonan al actual gobierno español para abandonar su percepción de socio menor en la relación. Y eso no se ha encajado bien ni desde Alemania ni desde otras capitales. Tampoco ayuda que el eje franco-alemán, impulsor de los grandes proyectos políticos en Europa, no esté funcionando. Ese tándem lleva años gripado y el contexto internacional no da tregua como para que se reestablezca. La UE y sus Estados miembros, por tanto, deben tener la flexibilidad y apertura de miras para aceptar iniciativas e impulsos políticos, incluso cuando vienen de la periferia. Al fin y al cabo, el lema de la Unión sigue siendo “unidos en nuestra diversidad”.
[1] Este análisis se apoya en el contenido de las discusiones surgidas en el seno del seminario Germany and Spain in 2026: good relations in challenging times? en abril de 2026, organizado por la embajada de Alemania en España.
[2] Las cifras de deuda y déficit público proceden de la última actualización de datos realizada por Eurostat en el momento de redacción (22 de abril de 2026). En el caso de la deuda pública, los datos son aún provisionales y corresponden al último cuarto de 2025; el déficit público reportado es para la totalidad del 2025.
[3] Se conoce así al choque que está produciendo en la economía global la excesiva oferta de bienes verdes por parte de China, que está erosionando la competitividad de la industria de otros países.
[4] Algunos de los análisis que profundizan y detallan esta idea se han publicado por parte de Ignacio Álvarez Peralta (parte de la Geostrategic Europe Taskforce) en el Real Instituto Elcano, André Sapir, Jacob Funk Kirkegaard y Jeromin Zettelmeyer en Bruegel, y Tobias Goehrke en ECFR (sobre EEUU, y sobre China junto con Nina Schmelzer).
[5] Los datos proceden de una encuesta de población independiente publicada en la revista The Lancet Global Health. La encuesta observa los cambios de población entre el 7 de octubre de 2023 y el 5 de enero de 2025.
[6] Los datos proceden de un informe de la Oficina de la Derechos Humanos de las Naciones Unidas y tan sólo cubren las tres primeras semanas de escalada entre Israel y Hezbolá desde el 2 de marzo de 2026.
[7] Algunos ejemplos son los encuentros de jóvenes líderes de España y EEUU, Alemania e Italia, Francia y EEUU y Alemania e Israel, entre otros.
