Mensajes clave
- A pesar del complejo escenario de seguridad actual, y del reconocimiento de su propia vulnerabilidad en términos de capacidad militar e industrial, la Unión Europea (UE) sigue siendo incapaz de adoptar decisiones colectivas que refuercen la sinergia de su potencial, que se ven relegadas por los intereses nacionales.
- Buena parte de esta actitud se debe a la resistencia para aceptar las realidades del actual entorno de seguridad, manteniendo la confianza en unos principios de convivencia pacífica y legalidad internacional claramente superados por la realidad.
- Tal actitud se asemeja a la reticencia con la que las sociedades de los inicios del siglo XX recibieron las revolucionarias teorías de la relatividad, que contradecían los confortables principios de la física newtoniana mantenidos durante los dos siglos anteriores.
- Por ello, y como se hizo entonces, los Estados miembros de la UE deben realizar un significativo esfuerzo de adaptación para aceptar la realidad geopolítica actual y obrar en consecuencia: sólo la priorización del esfuerzo colectivo europeo, en detrimento si es necesario de intereses nacionales particulares, permitirá hacer frente con garantías a los retos planteados en el nuevo entorno de seguridad.
Análisis
El reciente fracaso de los estudios conjuntos entre Dassault y Airbus para el desarrollo de un caza europeo de quinta generación ha puesto de manifiesto, una vez más, la fragilidad de los principios de cooperación internacional europea en materia de defensa cuando los objetivos perseguidos entran en colisión con los intereses industriales nacionales, en este caso entre Francia y Alemania. A pesar de un entorno de seguridad amenazador y del reconocimiento expreso de la falta de capacidad de respuesta militar europea a los riesgos existentes (como expresó Josep Borrell en 2022, no se le pueden pedir peras al olmo); a pesar de las continuas declaraciones institucionales en favor de una colaboración más estrecha para asegurar una capacidad adecuada, imposible de obtener mediante esfuerzos nacionales aislados, en última instancia se han impuesto los intereses particulares sobre los colectivos, debilitando tanto la capacidad práctica europea como la imagen de cohesión que se pretende enviar.
A estas alturas, el hecho no debiera sorprender a nadie. No existen precedentes de un proyecto de tal entidad que haya salido adelante con el consenso de todos los Estados interesados, porque las implicaciones industriales y económicas son de tal entidad que los “campeones nacionales” (los Estados, a fin de cuentas) no están dispuestos a ceder una parte significativa de un pastel con semejante efecto en los ámbitos internos de cada país. No es, por descontado, una falta de capacidad humana, técnica o financiera para el diseño, desarrollo y producción de sistemas avanzados: los Estados miembros europeos, en su conjunto, tienen potencial para alcanzar la sinergia necesaria que permitiría competir con otras potencias, sean Estados Unidos (EEUU) o China. Lo que no existe (y sí en cambio en nuestros competidores) es la voluntad y cohesión internas para dirigir todos los esfuerzos en una dirección única.
1. Antecedentes y razones de una actitud
Las razones de este comportamiento pueden encontrarse en los orígenes y mentalidad mismas de la UE, que no se creó para fastidiar a nadie, como se ha trivializado desde fuera, sino para crecer y prevenir. El proyecto europeo fue, desde el principio, una iniciativa comercial y pacífica: desde sus inicios en los años 50 con la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA, 1951) y la Comunidad Económica Europea (CEE, 1957) y la progresiva evolución posterior hacia una mayor unidad política y legislativa que supuso la UE (1992), el estímulo esencial de tales iniciativas fue sobre todo económico. Fue un impulso decidido y a veces arriesgado: el salto al euro como moneda única supuso adentrarse en una terra incognita de consecuencias imprevisibles y que podía no haber salido bien. Pero el motor tras todo ello era la economía y ese empuje y mentalidad mercantiles han guiado buena parte de las iniciativas de la Unión hasta nuestros días.
Pero debe recordarse, además, que tales iniciativas eran esencialmente pacíficas, producto del período de paz que siguió a la Segunda Guerra Mundial y buscaban, a pesar de su mecánica económica, el reforzamiento de esa paz mediante el establecimiento de vínculos e interdependencias comerciales de tal entidad que hicieran inviable (por antieconómica) la confrontación militar, como había sido la norma hasta entonces: así lo atestiguaban dos guerras mundiales en 30 años que tuvieron su origen en suelo europeo. Tales precedentes fueron la razón, al menos teórica, por la que los aspectos de defensa y seguridad quedaron como responsabilidad nacional y fuera de la normativa común que regulaba la actividad económica, incluyendo la competencia; como resultado, y en la práctica, estas disposiciones permitieron la adopción de medidas nacionales proteccionistas destinadas a salvaguardar las industrias relacionadas, generalmente en detrimento de los intereses colectivos europeos, que son las que han llevado a la situación actual.
A pesar de ello, la UE ha llevado a cabo múltiples intentos para unificar los esfuerzos en materia de industria de defensa: desde la Agencia Europea de Armamento (EDA), creada en 2004, hasta el reciente desarrollo de la iniciativa “Proyectos de Interés Común para la Defensa Europea” (EDPCI) de 2026, la Unión ha tratado reiteradamente de adaptar y regular las iniciativas nacionales en materia de defensa para orientarlas en una dirección común. Pero los resultados prácticos, aparte de generar ingentes cantidades de documentos bienintencionados, han sido escasos.
Con todo, el experimento económico salió bien, muy bien, y la alianza europea alcanzó unos niveles de prosperidad, bienestar y estabilidad social sin precedentes en la historia de la humanidad. La prueba concluyente de lo acertado de esa vía llegó con el derrumbe de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, que convenció definitivamente a los europeos de que tales principios de confianza y libertad eran prácticamente absolutos y podían aplicarse indiscriminadamente hacia dentro (la propia Unión) y hacia fuera (Rusia, China), y que, además de su rendimiento económico, garantizarían una paz duradera de alcance global basada en la interdependencia.
En esa convicción, alentada por las optimistas teorías sobre el “Fin de la Historia” popularizadas por Francis Fukuyama en los años 90, Europa se lanzó a un desarme físico y mental que ha durado casi tres décadas y que ha conformado una actitud uniformemente buenista en nuestra población: una generación entera de europeos ha crecido en paz y prosperidad, convencida de que la guerra es algo imposible en los tiempos actuales y que por tanto la inversión en defensa es innecesaria. Pero esta mentalidad dejó a un lado, interesadamente, el hecho de que buena parte de ese éxito se debiera también a una superioridad militar proporcionada en gran medida por EEUU.
2. La resistencia al cambio: ayer como hoy
En estas circunstancias, no es de extrañar que buena parte de la población europea –y con ella sus dirigentes– se resista al cambio de paradigma y que le cueste aceptar que la realidad no es como se la habían contado: que no siempre las relaciones internacionales se van a basar en la confianza y el diálogo; que la violencia sigue formando parte de la interacción humana y que existen países y dirigentes dispuestos a usarla sin contemplaciones si consideran que beneficia sus intereses, como ha quedado sobradamente demostrado en la última década; que el bienintencionado marco normativo internacional en que nos habíamos movido desde la Segunda Guerra Mundial tiene hoy una vigencia muy escasa; y que la defensa colectiva puede delegarse en otros sin mayores implicaciones. Con la mentalidad imperante, estas son realidades difíciles de aceptar y que además tienen la desagradable implicación adicional de exigir gasto en defensa, algo que también habíamos relegado durante mucho tiempo.
Este cambio de mentalidad y perspectiva tiene mucho en común con aquel al que la sociedad hubo de enfrentarse en las primeras décadas del siglo pasado con la presentación de las teorías de relatividad: tras dos siglos de confortable aplicación de las teorías de la física newtoniana, en la que todo era razonable y permanente –la fuerza gravitatoria, la masa, la velocidad, la aceleración– Einstein y sus colegas nos enfrentaron a una realidad radicalmente distinta: que el tiempo (el elemento constante por antonomasia en la mecánica clásica) transcurre de manera diferente según la velocidad del observador, que está entrelazado con el espacio, que la fuerza gravitatoria afecta la trayectoria de la luz… Son conceptos no sólo difíciles de entender por su complejidad técnica, sino que además resultan profundamente contraintuitivos, ya que contradicen la sencilla realidad a la que nos habíamos acostumbrado. Por ello, la reacción inicial fue el rechazo de tales teorías, a pesar de las abrumadoras evidencias que las sustentaban; y es por ello, también, que los europeos de hoy se muestran reacios a aceptar una realidad geopolítica tan diferente, que además resulta mucho más incómoda.
Pero el cambio de mentalidad es inevitable si queremos continuar con el progreso, sea para avanzar en el conocimiento de nuestro entorno o para adaptarnos a él: lo fue en los años veinte para aceptar la relatividad, y lo es hoy para reconocer la realidad de un mundo distinto. Este cambio incluye aceptar que la Unión, para ser efectiva, requiere la relegación eventual de intereses nacionales –importantes, pero menores en términos relativos– a los colectivos europeos, incluyendo los conceptos cerrados (absolutos, por seguir con el símil científico) de soberanía que hemos venido manteniendo. La actuación individual de los Estados, motivada por sus estrechos objetivos particulares, no permitirá alcanzar la sinergia necesaria para enfrentarse a los retos actuales; una Unión inconexa y dividida en nacionalismos egoístas es el escenario deseado por Donald Trump o Vladímir Putin, aunque sea por razones diferentes (si es que son tan diferentes). Y esa es en sí misma una excelente razón para no recorrer ese camino.
Conclusiones
El replanteamiento conceptual al que los europeos han de enfrentarse para hacer frente al nuevo entorno geopolítico debe ser radical, aunque no necesariamente lo sean todas sus consecuencias prácticas: no hay porqué rechazar todos los principios –éticos o económicos– en los que hemos creído hasta ahora, de la misma manera que, aun aceptando la teoría de la relatividad, podemos seguir utilizando la mecánica newtoniana para nuestro día a día; es preciso tratar de combinar ambas y “relativizar” (probablemente el término más adecuado) algunas de nuestras certezas para ser capaces de adaptarnos al cambio. Pero nuestra mente debe aceptar que esos principios generales han cambiado y que para grandes saltos –sea la adopción de nuevas políticas industriales y de defensa, o la conformación de un ejército europeo– debemos aceptar parámetros diferentes, más realistas y menos egoístas, si realmente queremos tomar el control de su propio destino.
De no hacerlo y seguir por caminos separados –de los que el fracaso del Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS) es un excelente ejemplo– la realidad se encargará de arrumbar a la UE en la irrelevancia o algo peor; y con ella, naturalmente, a los Estados que la forman.
