Por qué España apuesta por una mayor relación con China

Pedro Sánchez. presidente del Gobierno de España, participa en una ceremonia de firma de acuerdos en Pekín junto al primer ministro chino, Li Qiang, mientras representantes de ambos gobiernos, entre ellos José Manuel Albares, Amparo López Senovilla y el ministro chino Wang Wentao, intercambian documentos ante una mesa oficial con banderas de España y China al fondo.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, y Li Qiang, primer ministro de la República Popular China, presiden la firma de acuerdos entre España y China en Pekín (14/4/2026). Foto: Pool Moncloa/Borja Puig (CC BY SA 2.0).

La cuarta visita en cuatro años del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, a Pekín ha vuelto a suscitar recelos tanto en Europa como al otro lado del Atlántico. En un contexto marcado por el aumento de las tensiones entre China y Estados Unidos (EEUU) y por el énfasis de la Unión Europea (UE) en la reducción de riesgos (de-risking), el sostenido compromiso de alto nivel de España con China puede interpretarse como una divergencia estratégica por parte de Madrid.

Sin embargo, esa lectura interpreta erróneamente tanto las intenciones de España como su lógica estratégica.

La estrategia de España hacia China busca reforzar la autonomía estratégica con un enfoque entre la reducción de riesgos y el compromiso activo, sin romper con la UE.

El enfoque español no pretende cuestionar la relación transatlántica ni alinearse con China frente a EEUU. Más bien, responde a una evaluación pragmática de lo que Europa debe hacer para proteger mejor la prosperidad y la seguridad de su población. Desde la perspectiva de Madrid, esto exige algo más que una estrategia defensiva de reducción de riesgos. Requiere reforzar las capacidades europeas y relacionarse con China de forma que amplíe el margen de maniobra de Europa en lugar de restringirlo.

China no es un actor marginal que Europa pueda permitirse relegar. Es un pilar central de la producción industrial global, un actor clave en las tecnologías verdes y un socio indispensable para abordar desafíos globales. Para España, por tanto, la cuestión no es si relacionarse con China o no, sino cómo hacerlo de una manera que refuerce la resiliencia económica y contribuya a la autonomía estratégica europea en un sentido más amplio.

Este pragmatismo se basa en la experiencia histórica de España. Los periodos de cierre han coincidido con el estancamiento, mientras que la apertura al comercio, la inversión y las ideas han impulsado la modernización y el crecimiento. Este legado sostiene una preferencia clara: el proteccionismo no se percibe como una estrategia viable a largo plazo, sino como una fuente de debilitamiento.

Al mismo tiempo, España es ante todo un actor firmemente comprometido con Europa. El gobierno apoya plenamente el marco de la UE que define a China como socio, competidor y rival sistémico, y participa en los esfuerzos para reforzar la seguridad económica. España no busca romper filas con Bruselas; aspira a influir en la política europea hacia China desde dentro.

Lo que sí cuestiona España es la tendencia a reducir el debate europeo sobre China exclusivamente a la reducción de riesgos. Si el objetivo es proteger mejor la prosperidad y la seguridad, centrarse únicamente en disminuir las dependencias de China resulta demasiado limitado y, en última instancia, miope. La autonomía estratégica no equivale a autarquía. Europa seguirá siendo interdependiente con el exterior y su tarea consiste en gestionar esas interdependencias de forma que reduzcan la vulnerabilidad, al tiempo que generan capacidad de influencia, resiliencia y oportunidades.

En este contexto, el acercamiento de España a China representa un intento de recalibrar el actual énfasis en el de-risking hacia un enfoque más eficaz que combine iniciativas reactivas y proactivas: proteger sectores críticos cuando sea necesario, pero también invertir, negociar y cooperar allí donde el compromiso pueda ayudar a Europa a mejorar sus capacidades.

La alternativa española no es, por tanto, una apertura ingenua, sino un compromiso estructurado y condicionado. Aunque acoge la inversión china, especialmente en energías renovables y vehículos eléctricos, para reforzar su capacidad industrial, también reconoce los riesgos asociados a las asimetrías, las dependencias y la competencia industrial.

Sin embargo, la respuesta no puede limitarse a la retirada. Europa también debe aprovechar las oportunidades que ofrece China, especialmente en sectores donde España y la UE pueden ganar escala, tecnología, acceso a mercados o mayor relevancia en las cadenas globales de valor. Si Europa quiere proteger su prosperidad y su seguridad a largo plazo, debe volverse más capaz y más estratégicamente indispensable, no simplemente menos expuesta.

Precisamente por estas preocupaciones y oportunidades, el compromiso debe ir acompañado de expectativas claras.

El diálogo de Sánchez con los líderes chinos lo sitúa en una buena posición no sólo para trasladar directamente las preocupaciones europeas, sino también para explorar posibles avances que hagan la relación más equilibrada y productiva. Su mensaje en Pekín, por tanto, no fue de cooperación incondicional. Más bien, se ha subrayado la necesidad de una relación con China que refuerce la reciprocidad, fortalezca la resiliencia y reduzca el atractivo de enfoques más proteccionistas dentro de la UE.

En el futuro, existen varias áreas en las que ese progreso podría materializarse y es muy probable que se abordaran por Sánchez y Xi.

En primer lugar, garantizar un acceso estable a insumos críticos es esencial. Evitar restricciones a la exportación de tierras raras e imanes para los socios europeos reduciría la incertidumbre en las cadenas de suministro y generaría confianza.

En segundo lugar, Pekín debería abordar las preocupaciones planteadas por la comunidad empresarial europea, lo cual enviaría una señal clara. Las cuestiones relativas al acceso al mercado, la transparencia regulatoria y unas condiciones de competencia equitativas siguen siendo esenciales. Los avances en estos ámbitos demostrarían el compromiso de China con la reciprocidad.

En tercer lugar, la apertura del sector servicios a las empresas europeas representa una gran oportunidad. Europa, y España en particular, cuenta con ventajas competitivas en ámbitos como los seguros, la sanidad, el turismo, la ingeniería y la logística.

Por último, no puede ignorarse el contexto geopolítico más amplio. El entorno de seguridad europeo está marcado por la guerra de Rusia en Ucrania y la posición de China es objeto de estrecha atención. Un mayor compromiso chino para contribuir al fin del conflicto de una forma aceptable para la parte invadida tendría un efecto positivo significativo en Europa.

Las frecuentes visitas del presidente del gobierno español a China reflejan un esfuerzo por preservar margen de maniobra, diversificar alianzas y contribuir a una posición europea más equilibrada y autónoma. Para Sánchez, relacionarse con China no es una alternativa a la protección de la seguridad y la prosperidad europeas; forma parte de cómo debe llevarse a cabo esa protección, siempre que esté guiada por el principio de la reciprocidad, el realismo y unos intereses europeos claramente definidos.

Que este enfoque se convierta en un paradigma europeo más amplio dependerá tanto de la evolución de las propias políticas chinas como de la capacidad de Madrid para persuadir a otras capitales. Una relación productiva debe construirse, en última instancia, en ambas direcciones.