Israel después de las elecciones: una mayoría perdida y un futuro incierto

Benjamín Netanyahu interviene desde un atril durante un acto del partido Likud en Jerusalén la noche de las elecciones legislativas del 28 de octubre de 2026. A ambos lados del escenario, grandes pantallas muestran su imagen sobre un fondo azul con banderas de Israel.
Intervención de Benjamín Netanyahu durante el acto del partido Likud la noche de las elecciones legislativas (28/10/2026). Foto: Oliver Fitoussi, picture alliance / Getty Images.

Las primeras elecciones israelíes desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 han dejado un resultado paradójico. Benjamín Netanyahu ha perdido su mayoría parlamentaria, pero la oposición no tiene garantizada la capacidad de sustituirlo.

La gran incógnita no es únicamente quién gobernará Israel, sino si el próximo Ejecutivo contará con la estabilidad parlamentaria y el margen político necesarios para afrontar sus desafíos internos y externos.

Con una participación cercana al 78%, la más alta en décadas, los resultados otorgan 53 escaños a la coalición de Netanyahu, frente a los 48 de la oposición encabezada por Gadi Eisenkot y los 19 obtenidos por los partidos árabes israelíes. El Likud continúa siendo la primera fuerza parlamentaria, con 27 diputados, seguido de Yashar, el partido de Eisenkot, con 21. Sin embargo, la coalición gubernamental ha sufrido un importante retroceso respecto a los 68 escaños que controlaba en el Parlamento saliente.

Ninguno de los bloques alcanza los 61 diputados necesarios para garantizar una mayoría. Los 67 escaños potencialmente contrarios a Netanyahu permitirían una mayoría parlamentaria, pero la heterogeneidad ideológica de sus integrantes podría comprometer su estabilidad.

La principal novedad electoral es precisamente el peso adquirido por los partidos árabes, que han pasado de 10 a 19 escaños, impulsados por una movilización excepcional de sus votantes. Su participación podría permitir a la oposición alcanzar una mayoría que pusiera fin al gobierno de Netanyahu, pero esta posibilidad tropieza con las profundas divisiones existentes entre los partidos que aspiran a sustituirlo.

Las negociaciones iniciadas tras la consulta electoral han introducido cambios importantes en las posibilidades de formar gobierno. El presidente Isaac Herzog recibió el 4 de noviembre los resultados oficiales y comenzó una ronda de consultas con los partidos representados en la nueva Knéset para determinar quién reúne mayores apoyos. La decisión sobre a quién encargar la formación del Ejecutivo deberá adoptarse antes del 11 de noviembre.

Las primeras recomendaciones han favorecido a Gadi Eisenkot. Naftali Bennett, ex primer ministro entre 2021 y 2022 y líder de una formación de centroderecha que combina el nacionalismo con posiciones liberales en materia económica, ha anunciado su apoyo a la candidatura de Eisenkot. Bennett, que ya consiguió desplazar a Netanyahu del poder en 2021 mediante una amplia coalición de partidos ideológicamente muy distintos, comparte con él posiciones firmes en materia de seguridad, aunque se ha convertido en uno de sus principales rivales políticos. También ha respaldado a Eisenkot Avigdor Liberman, líder de Yisrael Beytenu (Israel Nuestro Hogar), partido nacionalista de derecha secular, tradicionalmente apoyado por los israelíes de origen ruso y firme defensor de una política de seguridad dura y del servicio militar obligatorio para los ultraortodoxos.

La novedad más significativa se ha producido cuando Judaísmo Unido de la Torá (UTJ) anunció que no recomendaría a ningún candidato. Los siete diputados de esta formación ultraortodoxa, tradicionalmente aliada de Netanyahu, han decidido no respaldarlo, reflejando su creciente frustración por el incumplimiento de sus compromisos sobre las exenciones del servicio militar obligatorio para los estudiantes religiosos. Esta decisión reduce de 53 a 46 los apoyos de Netanyahu en las consultas presidenciales, mientras que Eisenkot cuenta ya con el respaldo de 56 diputados, incluidos los ocho de Ra’am, el partido árabe encabezado por Mansour Abbas. Sin embargo, la decisión de UTJ de no recomendar a Netanyahu no supone necesariamente una ruptura definitiva con su bloque ni garantiza que vaya a facilitar la formación de un gobierno alternativo.

La posición de los partidos árabes sigue siendo decisiva. Ra’am ha mostrado su disposición a participar directamente en un gobierno alternativo, mientras que la Lista Conjunta, con 11 escaños, contempla apoyarlo desde fuera, pero rechaza incorporarse a él mientras continúe la ocupación de los territorios palestinos. Si también recomendara a Eisenkot, éste podría alcanzar el respaldo de 67 parlamentarios. El propio Eisenkot se ha mostrado dispuesto a explorar fórmulas de cooperación con ambas formaciones, aunque tanto Bennett como Liberman mantienen importantes reservas respecto a cualquier gobierno que dependa de los partidos árabes.

La experiencia del gobierno de cambio de 2021 continúa pesando sobre las negociaciones. Aquella coalición, que reunió a fuerzas ideológicamente muy distintas y contó con la participación de un partido árabe, logró desplazar a Netanyahu, pero se desmoronó en apenas 18 meses, facilitando su regreso al poder.

Eisenkot se encuentra, por tanto, en una posición más favorable para recibir el mandato presidencial, pero los apoyos a su designación no garantizan necesariamente una mayoría estable para gobernar. La cuestión decisiva sigue siendo si el rechazo compartido a Netanyahu será suficiente para superar las profundas diferencias sobre la identidad del Estado, la seguridad, el servicio militar y la cuestión palestina. Incluso si Eisenkot consiguiera formar gobierno, la heterogeneidad de sus posibles aliados limitaría considerablemente su margen de actuación en cuestiones tan sensibles como Gaza, Cisjordania e Irán.

Una sociedad cada vez más inclinada hacia la derecha

Estas dificultades reflejan una transformación más profunda de la sociedad israelí. Su desplazamiento hacia la derecha comenzó mucho antes del 7 de octubre, impulsado por el fracaso del proceso de Oslo, la segunda intifada, la retirada de Gaza en 2005 y el creciente peso político y demográfico de los sectores religiosos y nacionalistas. Los ataques de Hamás de 2023 reforzaron esa tendencia, alimentando una sensación de vulnerabilidad existencial y debilitando todavía más las perspectivas de una solución negociada al conflicto palestino.

Los datos del Instituto para la Democracia de Israel muestran una tendencia sostenida hacia la derecha en la sociedad israelí, anterior incluso a los ataques del 7 de octubre de 2023. Ya en 2022, el 62% de los israelíes judíos se identificaban con la derecha, frente al 46% en 2019. Este desplazamiento ayuda a explicar que, si bien Netanyahu ha perdido apoyos, buena parte de sus adversarios compartan posiciones conservadoras o de línea dura en materia de seguridad, Irán y el futuro de los territorios palestinos. Por ello, su eventual salida del gobierno no implicaría necesariamente una reorientación sustancial de la política exterior israelí.

A ello se añade el factor demográfico. El crecimiento de las comunidades ultraortodoxas y nacional-religiosas, con tasas de natalidad superiores a las de la población laica, continuará modificando el equilibrio electoral durante las próximas décadas. Para el centro y la izquierda israelíes, el desafío trasciende estas elecciones porque tendrán que ampliar sus alianzas políticas o aceptar que sus posibilidades de alcanzar una mayoría parlamentaria serán cada vez más limitadas.

Los escenarios que se abren

La fragmentación parlamentaria deja abiertas varias posibilidades, ninguna de ellas exenta de dificultades. Aunque Netanyahu conserva la ventaja de seguir al frente del gobierno durante las negociaciones, la aritmética parlamentaria le resulta considerablemente menos favorable que antes de las elecciones.

Aunque Netanyahu continúa al frente del gobierno en funciones y el Likud sigue siendo el partido más grande de la Knéset, las primeras consultas presidenciales han reforzado la posición de Eisenkot. El respaldo de Bennett, Liberman y Ra’am, unido a la decisión de UTJ de no recomendar a Netanyahu, sitúa al líder de Yashar en una posición más favorable para recibir el encargo de formar gobierno. Sin embargo, el mandato presidencial no garantiza que consiga reunir los apoyos necesarios para una investidura.

Un gobierno alternativo encabezado por Eisenkot

Durante la campaña, Eisenkot estableció cuatro condiciones para formar parte de su gobierno: reconocer a Israel como Estado judío, democrático, liberal e igualitario; comprometerse con los valores de la Declaración de Independencia; aceptar el servicio militar, nacional o civil obligatorio para todos los ciudadanos; y reconocer a Hamás  como organización terrorista y la necesidad de desmantelar sus capacidades militares y de gobierno en Gaza. A partir de ahí, el primer escenario que se abre es la formación de un gobierno alternativo encabezado por Eisenkot, con una coalición en minoría formada por los cuatro partidos de la oposición de mayoría judía y el posible apoyo directo o indirecto de los partidos árabes si aceptaran las cuatro condiciones.

El principal obstáculo no reside ya en la disposición de Ra’am o de la Lista Conjunta a facilitar un cambio de gobierno, sino en la resistencia de Bennett y Liberman a depender de los partidos árabes, una posibilidad que ambos rechazaron durante la campaña electoral.

Una posible solución podría ser un acuerdo formal de confianza y apoyo, similar a los que se utilizan en democracias parlamentarias como Canadá y el Reino Unido. En virtud de este mecanismo, los partidos ajenos a la coalición se comprometen a apoyar al gobierno en las votaciones de confianza y presupuestarias sin ocupar cargos en el Consejo de Ministros, ni participar directamente en la toma de decisiones del gobierno.

Un acuerdo de este tipo podría hacer que la cooperación con los partidos árabes resultara más aceptable para algunos de sus posibles socios, aunque quizá no sea suficiente. Pero un Gobierno de estas características correría el riesgo de sufrir deserciones por parte de diputados más de derechas, especialmente de Yisrael Beytenu o Yashar, que podrían mostrarse reacios a apoyar tal acuerdo y, en su lugar, pasarse al bloque de Netanyahu.

El apoyo de los partidos ultraortodoxos como alternativa

La decisión de UTJ de no recomendar a Netanyahu abre una segunda vía para la formación de gobierno. Aunque sus siete diputados no han anunciado su disposición a apoyar a Eisenkot, su distanciamiento del primer ministro introduce una nueva variable en las negociaciones y podría facilitar la formación de un Ejecutivo minoritario.

Históricamente, los partidos ultraortodoxos no estaban firmemente alineados con la derecha, sino que actuaban como un bloque político independiente y cooperaban con gobiernos de todo el espectro político. Sin embargo, los haredi se han ido integrando cada vez más en el bloque de derecha y, en los últimos años, se les ha considerado aliados incondicionales del Likud.

Esa posibilidad ha adquirido mayor relevancia después de que UTJ decidiera no recomendar a ningún candidato en las consultas presidenciales, rompiendo así con su respaldo automático a Netanyahu. Sin embargo, sigue sin estar claro si esta decisión representa un cambio estratégico duradero o una forma de presionar al Likud para obtener concesiones sobre las exenciones militares.

La abstención de UTJ podría modificar el equilibrio de una votación de confianza, pero no debe presentarse como suficiente por sí sola para garantizar la formación de gobierno. La participación del resto de diputados y el procedimiento parlamentario concreto también importan.

Pero tal acuerdo tendría un coste político considerable, porque Eisenkot y sus posibles socios de coalición hicieron campaña con la promesa de poner fin a las exenciones del servicio militar para los ultraortodoxos y ampliar el servicio militar obligatorio.

Conseguir la cooperación del UTJ –y, potencialmente, del Shas, partido ultraortodoxo que representa principalmente a los judíos sefardíes y mizrajíes, dirigido por Aryeh Deri y tradicional aliado de Netanyahu– requeriría, por lo tanto, concesiones en esta cuestión y socavaría una promesa electoral fundamental, al tiempo que dejaría al gobierno dependiente de partidos cuyos intereses entran en conflicto directo con su agenda legislativa general.

Un gobierno de unidad nacional con Netanyahu

Un tercer escenario sería un gobierno de unidad nacional que reuniera a Netanyahu y a uno o varios de los líderes de la oposición, eventualmente con un acuerdo de rotación entre Netanyahu y Eisenkot.

Esta fórmula permitiría superar el bloqueo parlamentario y ofrecer cierta estabilidad en un contexto de elevada tensión regional. Una cuestión importante sería quién de los dos iniciaría la rotación.

Herzog, que ha expresado su interés en un gobierno de unidad para evitar nuevas elecciones, podría apoyar dicho acuerdo. También podría resultar atractivo para la Administración Trump, que, según algunas informaciones, ha mostrado su frustración con los aliados de extrema derecha de Netanyahu. Sin embargo, la victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato estadounidenses introduce un nuevo elemento en los cálculos de Washington, al aumentar la capacidad del Congreso para supervisar la política de la Casa Blanca hacia Israel e Irán.

Sin embargo, esta fórmula exigiría a Eisenkot renunciar a uno de sus principales compromisos electorales que ha sido poner fin a la etapa de Netanyahu. El líder de Yashar ha descartado en repetidas ocasiones servir bajo su mando, incluso en un gobierno de rotación.

Tras haber basado su campaña en presentarse como una alternativa honesta y digna de confianza frente a Netanyahu, Eisenkot correría el riesgo de destruir su credibilidad ante los votantes y, potencialmente, poner fin a su carrera política si incumpliera esa promesa.

Sin duda, tendrá presente el acuerdo de rotación de 2020 entre Benny Gantz y Benjamín Netanyahu, que se vino abajo antes de que Gantz pudiera asumir la presidencia del gobierno.

Además, un gobierno de unidad tampoco resolvería necesariamente las disputas sobre la reforma judicial, las responsabilidades por los fallos de seguridad del 7 de octubre o las exenciones del servicio militar para los ultraortodoxos.

Las circunstancias que podrían modificar ese cálculo serían, sobre todo, una crisis de seguridad grave, en particular una nueva guerra con Irán. Una confrontación de estas características podría generar presión sobre los partidos rivales para que dejaran de lado sus diferencias en nombre de la unidad nacional, tal y como hicieron Gantz y Eisenkot tras el ataque encabezado por Hamás del 7 de octubre de 2023.

Netanyahu consigue mantenerse en el poder mediante nuevas alianzas

La cuarta posibilidad es que Netanyahu consiga reconstruir una mayoría parlamentaria mediante acuerdos con diputados de la oposición o cambios de alianzas.

Aunque su posición se ha debilitado, su trayectoria demuestra una notable capacidad para aprovechar las divisiones de sus rivales y transformar situaciones de aparente debilidad en oportunidades políticas.

Una de sus opciones sería convencer a un número suficiente de diputados de la oposición para que se pasaran a su bloque o, al menos, facilitaran sus iniciativas parlamentarias. Se trata de una estrategia conocida para Netanyahu, que contribuyó a la caída del gobierno de Bennett y Lapid en 2022 aprovechando las divisiones internas de su frágil coalición. Entre los episodios decisivos estuvieron la retirada del apoyo de Idit Silman y la oposición al gobierno de Amichai Chikli, ambos diputados de Yamina que posteriormente se incorporaron al Likud. Según informaciones recientes, Netanyahu y sus aliados han vuelto a explorar esta vía, identificando a posibles diputados dispuestos a romper la disciplina de sus partidos, especialmente dentro de la formación de Eisenkot.

Las divisiones ideológicas dentro de la oposición podrían brindarle oportunidades, sobre todo si Eisenkot intenta formar un gobierno en minoría que dependa de los partidos árabes. Algunos diputados de la derecha, procedentes de Yashar o de Yisrael Beytenu, podrían mostrarse reacios a tal acuerdo y, potencialmente, pasarse al bloque de Netanyahu.

Incluso si Netanyahu consiguiera recuperar el respaldo de los siete diputados de UTJ, necesitaría incorporar otros ocho parlamentarios para alcanzar los 61 escaños. Si los ultraortodoxos mantuvieran su distanciamiento, el esfuerzo necesario sería considerablemente mayor. A ello se añaden las restricciones legales israelíes sobre las deserciones parlamentarias.

Un bloqueo prolongado y nuevas elecciones

Por último, no puede descartarse que la incapacidad de los distintos bloques para alcanzar un compromiso desemboque en nuevas elecciones.

Israel ya atravesó entre 2019 y 2022 un periodo de inestabilidad que obligó a celebrar cinco elecciones en menos de cuatro años. Una repetición electoral prolongaría la incertidumbre y permitiría a Netanyahu continuar como primer ministro en funciones.

De hecho, quizá la vía más directa para que Netanyahu se mantenga en el poder sea precisamente que se convoquen nuevas elecciones. Así, es posible que ni siquiera necesite cuestionar los resultados de la votación para tener otra oportunidad en las urnas. Dadas las profundas divisiones dentro de la oposición, podría limitarse a esperar a que sus rivales no consigan formar gobierno.

Una nueva convocatoria podría modificar los equilibrios parlamentarios, aunque resulta difícil anticipar en qué dirección. La participación excepcionalmente alta, especialmente entre los votantes árabes, y la movilización de los israelíes residentes en el extranjero podrían no repetirse con la misma intensidad. Al mismo tiempo, la frustración de los votantes ante la incapacidad de sus representantes para formar gobierno podría afectar tanto a la oposición como al bloque de Netanyahu.

Sin embargo, ni ese posible beneficio está garantizado ni lo está la capacidad de Netanyahu para ganar los ocho escaños adicionales que necesitaría para alcanzar los 61. Tampoco existe certeza de que una nueva votación produjera una mayoría más clara.

El riesgo de una crisis institucional y una escalada regional

La incertidumbre no se limita a las negociaciones parlamentarias. En los últimos días, Netanyahu y el Likud han cuestionado la limpieza del proceso electoral y solicitado retrasar la certificación de los resultados, alegando sospechas de irregularidades e interferencias.

Netanyahu y sus aliados han llegado a sostener que las elecciones fueron “robadas” mediante acusaciones de fraude sin fundamento que recuerdan a los esfuerzos de Donald Trump por revocar su derrota electoral de 2020.

Mientras las autoridades investigan las sospechas de una campaña de influencia extranjera previa a las elecciones, la Comisión Electoral Central ha desestimado como infundadas las acusaciones de fraude durante la votación. Su presidente, el magistrado Noam Sohlberg, ha rechazado las afirmaciones de que las elecciones hayan sido robadas y defendido la integridad del proceso.

Estas tensiones aumentan el riesgo de una crisis institucional si el gobierno saliente cuestiona las decisiones de los órganos electorales o judiciales.

Con las consultas presidenciales ya iniciadas, el siguiente paso será la designación del candidato encargado de formar gobierno, que dispondrá inicialmente de 28 días, prorrogables por otros 14, para alcanzar un acuerdo. La constitución de la nueva Knéset, prevista para el 10 de noviembre, y sus primeras decisiones parlamentarias permitirán comprobar si la oposición es capaz de trasladar sus apoyos iniciales a una actuación política coordinada.

A estas tensiones se suma la posibilidad de una nueva confrontación con Irán. Tanto Netanyahu como Donald Trump han mantenido una posición favorable a nuevas acciones militares contra Teherán.

Las informaciones previas a las elecciones alegaban que Netanyahu había presionado tanto al jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, Eyal Zamir, como a la Administración Trump para que apoyaran una acción militar contra Irán, algo que las autoridades militares israelíes han desmentido.

Los críticos del Ejecutivo aseguran que la supuesta presión de Netanyahu a favor de una nueva acción militar ha estado motivada por consideraciones exclusivamente políticas, sobre todo teniendo en cuenta los posibles beneficios de prolongar su mandato o retrasar las elecciones. Una vez celebradas éstas, se trataría ahora de retrasar la formación de un nuevo gobierno.

Una escalada militar, especialmente después de las elecciones estadounidenses de medio mandato del 3 de noviembre, podría alterar las prioridades políticas israelíes, reforzar los argumentos a favor de un gobierno de emergencia o dificultar las negociaciones para la creación de una coalición alternativa.

La victoria demócrata en las elecciones de mitad de mandato estadounidenses introduce, además, nuevas restricciones políticas para Trump. Aunque el presidente conserva amplias competencias en política exterior y seguridad nacional, el control demócrata de ambas cámaras permitirá intensificar la supervisión parlamentaria de la política hacia Irán e Israel, especialmente en lo relativo a las operaciones militares, sus costes y objetivos, y la asistencia estadounidense. Este nuevo escenario podría complicar la gestión política de una nueva escalada regional, aunque no supone necesariamente un cambio en el compromiso estratégico de Washington con la seguridad israelí.

Sin embargo, no existe certeza de que vaya a producirse una nueva ofensiva, ni de cuáles serían sus consecuencias políticas. La posición de Washington constituye, por tanto, una variable adicional en este escenario de incertidumbre.

La Administración Trump tendrá que gestionar sus relaciones con un Israel políticamente fragmentado y en un contexto estadounidense de mayor confrontación entre la Casa Blanca y el Congreso. Un eventual gobierno encabezado por Eisenkot podría modificar los interlocutores y el estilo de la relación bilateral, especialmente en cuestiones relacionadas con el funcionamiento institucional israelí y las políticas hacia Cisjordania. Sin embargo, las coincidencias entre ambos dirigentes en materia de seguridad, Irán y amenazas regionales sugieren que un cambio de primer ministro no implicaría necesariamente una modificación sustancial de las prioridades estratégicas israelíes.

Conclusiones

Las elecciones han debilitado considerablemente a Netanyahu, pero todavía no han garantizado su salida del poder. Las primeras consultas presidenciales han reforzado las posibilidades de Eisenkot, especialmente después de que UTJ decidiera distanciarse del primer ministro. Sin embargo, la ventaja en las recomendaciones no resuelve las profundas diferencias entre las fuerzas que podrían sostener un gobierno alternativo.

La incertidumbre se extiende también al contexto regional e internacional. La posibilidad de una nueva escalada con Irán y el nuevo equilibrio político surgido de las elecciones estadounidenses añaden complejidad a unas negociaciones que ya estaban condicionadas por las fracturas internas de la sociedad israelí.

La gran incógnita no es únicamente quién gobernará Israel, sino si el próximo Ejecutivo contará con la estabilidad parlamentaria y el margen político necesarios para afrontar sus desafíos internos y externos. El desenlace de las negociaciones determinará si estas elecciones abren una nueva etapa o prolongan la inestabilidad que ha caracterizado la política israelí durante los últimos años.

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Autores

Carlota García Encina

Carlota García Encina es investigadora principal de Estados Unidos y Relaciones Transatlánticas del Real Instituto Elcano, y profesora de Relaciones Internacionales. Fue seleccionada en 2007 por el Departamento de Estado de EEUU para el Programa de Seguridad Nacional en el Institute on Global Conflict and Cooperation (UCSD), Universidad de California – San Diego (UCSD). Trabajó en la Revista Española [...]

Charles Powell

Charles Powell es director del Real Instituto Elcano desde 2012 y profesor de Historia Contemporánea de la Universidad CEU San Pablo desde 2001. Entre 1997 y 2000 fue director adjunto del programa de Estudios Europeos del Instituto Universitario Ortega y Gasset, siendo posteriormente subdirector del Centro Español de Relaciones Internacionales de la Fundación José Ortega y [...]