Israel ante las elecciones generales de octubre de 2026: ¿qué está en juego?

El edificio del Parlamento de Israel, conocido como la Knéset, situado en la cima de una colina en Jerusalén Oeste, coronado por una gran bandera de Israel ondeando en un mástil. El edificio está rodeado un aparcamiento de coches con señalizaciones de tráfico con una verja alta. Fuera de la verja, árboles y arbustos de la vía principal con banderas de Israel más pequeñas en los postes.
El edificio del Parlamento de Israel (Knéset) en Jerusalén Oeste. Foto: Peter Spiro / Getty Images.

A raíz de una visita reciente a Tel Aviv y Jerusalén, durante la cual se reunieron con parlamentarios, académicos y periodistas de distintas sensibilidades políticas, Charles Powell y Carlota García Encina reflexionan sobre algunos de los retos a los que se enfrenta la sociedad israelí en vísperas de las elecciones que se celebrarán el próximo 27 de octubre de 2026.

Mensajes clave:

  • Las elecciones del 27 de octubre no decidirán únicamente el futuro de Benjamín Netanyahu, sino el modelo de sociedad que Israel quiere construir tras el trauma del 7 de octubre de 2023.
  • La principal fractura política israelí ya no gira exclusivamente en torno a la cuestión palestina, sino sobre la cohesión interna, el contrato social y el equilibrio entre identidad religiosa, democracia y seguridad.
  • Aunque la cooperación estratégica entre Washington y Jerusalén permanece intacta, el consenso político y social estadounidense sobre Israel atraviesa una transformación profunda, con un impacto en el futuro de la relación.
  • Israel nunca había sido tan fuerte desde el punto de vista militar y tecnológico, pero, al mismo tiempo, el país nunca había percibido una distancia política y emocional tan grande con una parte de sus aliados occidentales.

Análisis

El 17 de julio pasado, el parlamento israelí (Knesset) dio por concluida la actual legislatura, a la vez que anunciaba de la celebración de elecciones generales el próximo 27 de octubre, la fecha límite permitida por la ley. Este anuncio se produjo en un momento en que la coalición gobernante liderada por Benjamín Netanyahu se había embarcado en una ofensiva legislativa destinada a aprobar el mayor número posible de proyectos de ley antes de la disolución del Parlamento.

El gobierno de coalición israelí tomó posesión en diciembre de 2022, tras la caída del Ejecutivo dirigido por Naftali Bennett y Yair Lapid. Encabezado por el partido Likud de Netanyahu, aunque ha sufrido algunas deserciones, en la actualidad lo sostienen varios partidos ultraortodoxos y de extrema derecha nacionalista, motivo por el cual la coalición resultante ha sido descrita a menudo como la más derechista de la historia del país, siendo también una de las más impopulares. A pesar de ello, Netanyahu es el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en Israel tras haber ocupado el cargo en varios mandatos no consecutivos y ha manifestado su intención de presentarse de nuevo en octubre.

La compleja política de coaliciones que caracteriza al sistema político israelí explica el hecho de que las elecciones anticipadas hayan sido una constante en la vida política del país, siendo 1988 la última ocasión en la que se celebraron elecciones en la fecha prevista. Sin embargo, la actual coalición gobernante había logrado concluir un mandato completo de cuatro años por primera vez en décadas, debido en parte a que, tras los ataques del 7 de octubre de 2023, la competición política había quedado en gran medida subordinada a la gestión de la guerra. Ello no impidió que la coalición estuviese al borde de la ruptura en varias ocasiones, debido sobre todo al intento de convertir en ley permanente las históricas exenciones del servicio militar de los varones ultraortodoxos, que suscitan controversia incluso en el seno de la propia coalición. Además, los partidos de extrema derecha amenazaron en varias ocasiones con derrocar al gobierno durante la guerra en Gaza, por oponerse a los acuerdos de alto el fuego con Hamás a cambio de la liberación de rehenes.

Las primeras encuestas disponibles sugieren que la campaña arranca con un electorado que tiene las ideas bastante claras sobre su intención de voto. Los indecisos representan una parte muy reducida del electorado y seguramente no se ubican ni en la derecha más ideológica ni entre los liberales o la izquierda sionista, hoy con un peso muy limitado. El resultado dependerá, sobre todo, de los votantes moderados, que pueden oscilar entre figuras como Naftali Bennett, Gadi Eisenkot, Yair Lapid y los sectores más pragmáticos del Likud. En otras palabras, la competición se librará principalmente en el espacio del centro y del centro-derecha, y más que un enfrentamiento entre proyectos ideológicos antagónicos, la campaña parece perfilarse como un debate sobre el liderazgo de Netanyahu y la actuación de su gobierno.

Las encuestas apuntan, además, al desgaste del bloque electoral que ha sostenido a Netanyahu durante esta legislatura, que tendría dificultades para revalidar por sí solo la mayoría parlamentaria. Al mismo tiempo, la oposición ha encontrado en Gadi Eisenkot una figura capaz de atraer a votantes de centro y de la derecha moderada. Sin embargo, la oposición sigue siendo muy heterogénea, y está unida, sobre todo, por el objetivo de sustituir a Netanyahu. Si acaso, su verdadera prueba llegará después de las elecciones, cuando tenga que demostrar que es capaz de formar y mantener un gobierno estable.

1. La cohesión interna de la sociedad israelí: una preocupación creciente

La impresión que transmite Israel es la de ser una sociedad extraordinariamente resiliente, con una notable capacidad de adaptación, pero también visiblemente fatigada. Tras el 7 de octubre de 2023, la vida cotidiana ha retomado en buena medida la normalidad, la actividad económica se ha recuperado de manera extraordinaria y las instituciones siguen funcionando razonablemente bien pese a la presión constante de la guerra. Lógicamente, cuando acudan a las urnas muchos votantes querrán manifestar su preocupación sobre temas tan variados como la fortaleza e independencia de ciertas instituciones medulares, el coste de la vida, la polarización política y las desigualdades económicas.

Sin embargo, el principal reto al que se enfrenta el país trasciende el conflicto bélico y afecta directamente al contrato social israelí. El debate gira sobre todo en torno al papel y al grado de integración de la comunidad ultraortodoxa (haredí), que se caracteriza por una observancia muy estricta de la ley judía (halajá) y por un estilo de vida centrado en la religión. Para muchos israelíes resulta cada vez más difícil aceptar que, mientras decenas de miles de reservistas han prolongado durante meses su servicio militar y asumen por ello importantes costes personales, familiares y profesionales, una parte creciente de la población permanece al margen de esa obligación colectiva. Sin embargo, y como señala el Jewish People Policy Institute (JPPI), el problema va mucho más allá del servicio militar y refleja un desafío estructural para la cohesión de la sociedad israelí. La cuestión de fondo es cómo integrar a una comunidad ultraortodoxa en rápido crecimiento demográfico en las principales instituciones del país –el ejército, el mercado laboral y el sistema educativo– sin romper el delicado equilibrio existente entre identidad religiosa, democracia y solidaridad cívica. La guerra no ha creado este debate ex novo, pero sí lo ha intensificado notablemente, convirtiéndolo en una de las principales líneas de fractura de la política israelí y en un elemento central de las próximas elecciones. Por todo ello, resulta no poco paradójico que, en contraste con lo anterior, casi nadie muestre preocupación por la integración social de los árabes israelíes, que representan un 20% del total de la población.

Este desgaste del contrato social comienza a reflejarse también en un fenómeno que hasta hace poco parecía impensable. Tras décadas en las que Israel se definía como un país de inmigración, capaz de atraer población judía de todo el mundo a través de la aliyah, diversos indicadores apuntan a que el número de israelíes que abandonan el país ha superado recientemente al de quienes deciden establecerse en él. Aunque parte de esta evolución responde a factores coyunturales –como el retorno de algunos inmigrantes llegados tras la guerra en Ucrania–, todo apunta también al impacto acumulado de la guerra, a la creciente polarización política, al elevado coste de la vida y a la incertidumbre sobre el futuro. Más que un problema demográfico, puede ser un indicador del estado de ánimo de una parte de la sociedad israelí y de la erosión de la confianza en el proyecto colectivo.

También se hace cada vez más evidente una brecha territorial y social que suele resumirse, de forma un tanto simplista, en el contraste entre Tel Aviv y Jerusalén. Tel Aviv sigue encarnando una versión de la sociedad israelí cosmopolita, secular, tolerante, abierta al exterior y empeñada en preservar las instituciones liberales. En cambio, Jerusalén refleja el peso creciente de los sectores religiosos, nacionalistas y conservadores de la población, cada vez más ensimismados, pero también muy asertivos, cuando no manifiestamente agresivos. Aunque esta dicotomía no plasma por completo la complejidad de la sociedad israelí, sigue siendo una referencia útil para entender dos visiones muy distintas del futuro del país y del equilibrio idóneo entre seguridad, democracia e identidad nacional.

2. Gaza, Cisjordania y el “día después”: una cuestión estratégica, más que electoral

Aunque el futuro de Gaza y Cisjordania seguirá constituyendo uno de los grandes desafíos estratégicos (y de seguridad) del próximo gobierno israelí, todo apunta a que la cuestión palestina no influirá de forma decisiva en el resultado electoral. Así pues, y de forma un tanto paradójica, estas elecciones, que desde el exterior se interpretan como un plebiscito sobre el conflicto en Gaza, seguramente girarán más bien en torno a debates más amplios sobre la futura evolución de la sociedad israelí. 

Obviamente, esto no significa que Gaza y Cisjordania hayan desaparecido del debate social, ya que siguen estando presentes en casi todas las conversaciones políticas. Sin embargo, lo que se dirime no es tanto si Israel debe garantizar su seguridad frente a Hamás y otras amenazas que se perciben como existenciales –objetivo que suscita un consenso muy amplio– sino la estrategia que se debe seguir cuando concluya la fase más intensa de las operaciones militares en curso.

Por ello, incluso una eventual derrota electoral de Netanyahu no supondría necesariamente un cambio radical en la política israelí hacia los territorios palestinos. Las principales figuras de la oposición mantienen diferencias importantes con el actual primer ministro en cuestiones de gobernanza, funcionamiento institucional y relación entre los poderes del Estado, pero existe un consenso mucho mayor del que a menudo se percibe desde fuera respecto a las necesidades de seguridad surgidas tras el 7 de octubre. Ante todo, la experiencia del ataque de Hamás ha reducido considerablemente el espacio político para propuestas que puedan implicar riesgos de seguridad que muchos perciben como excesivos. En consecuencia, aunque cambie el liderazgo, no resulta evidente que un futuro gobierno tenga ni la voluntad política ni el margen suficiente para adoptar un enfoque sustancialmente distinto respecto a Gaza y Cisjordania.

Aun así, las incógnitas sobre el futuro de Gaza son numerosas y a ellas hay que sumar las que genera la evolución de Cisjordania. El actual gobierno ha impulsado sin disimulos la expansión de los asentamientos y algunos elementos de la coalición que lo apoya defienden abiertamente la necesidad de avanzar hacia una integración de facto de partes del territorio. Sin embargo, la sociedad israelí dista mucho de mantener una posición unánime sobre esta cuestión. Una parte significativa de la población, incluidos numerosos votantes de centro e incluso de la derecha moderada, considera que la ampliación de los asentamientos debilita peligrosamente la posición internacional de Israel, incrementa las tensiones de seguridad en Cisjordania y dificulta enormemente una solución política negociada.

Así pues, el margen de maniobra del próximo gobierno será muy limitado. El Ejecutivo que surja de las próximas elecciones deberá gestionar simultáneamente los temores de amplias capas de la población derivados del 7 de octubre, la presión de los socios de coalición, y una relación cada vez más compleja con sus principales aliados internacionales, ya que la cuestión palestina seguirá condicionando buena parte de la agenda internacional de Israel.

3. El aliado imprescindible

Si bien las elecciones israelíes se decidirán en clave doméstica, el próximo gobierno deberá afrontar un desafío exterior decisivo, como es la evolución de su relación con Estados Unidos (EEUU). No porque la alianza bilateral esté en cuestión desde el punto de vista estratégico, sino porque algunos de los consensos políticos y sociales que durante décadas sostuvieron el apoyo estadounidense a Israel se han debilitado notablemente.

La mutación más visible se está produciendo en el seno de la propia comunidad judía estadounidense. Tradicionalmente considerada como uno de los principales puentes entre ambos países, hoy presenta una diversidad de posiciones mucho mayor que en el pasado y las nuevas generaciones, mayoritariamente urbanas, liberales y vinculadas al Partido Demócrata, muestran un creciente distanciamiento respecto a las políticas del gobierno de Netanyahu, especialmente en relación con la guerra en Gaza, la expansión de los asentamientos y el peso creciente de los partidos ultrarreligiosos. Ese alejamiento no implica necesariamente un menor compromiso con la existencia y la seguridad de Israel, pero sí una mayor disposición a cuestionar las decisiones de su gobierno y a diferenciar entre el apoyo al Estado de Israel y el respaldo a un determinado Ejecutivo. Quizá el dato que mejor refleja este cambio sea el hecho de que, según una encuesta reciente, el alcalde musulmán de Nueva York, Zohran Mamdani, obtiene una valoración más favorable entre los judíos estadounidenses que el actual primer ministro israelí.

Esta evolución también se refleja en el propio debate político estadounidense. En el Partido Demócrata, el tradicional consenso bipartidista sobre Israel se encuentra sometido a una presión creciente y las críticas ya no se limitan a su ala más progresista, sino que alcanzan a sectores cada vez más amplios de esta formación. Las recientes votaciones en la Cámara de Representantes, en las que una mayoría de demócratas respaldó enmiendas para reducir o condicionar parte de la ayuda militar a Israel, ilustran bien este cambio.

El cuestionamiento del apoyo estadounidense tampoco procede exclusivamente de los Demócratas. Desde hace años, algunos sectores Republicanos vinculados al movimiento America First sostienen que Israel, una potencia económica y militar plenamente desarrollada, no debería seguir recibiendo un volumen tan elevado de ayuda económica y defienden una reducción sustancial de las aportaciones estadounidenses. Obviamente, ello no significa que el respaldo político a Israel haya desaparecido y organizaciones como el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) continúan ejerciendo una influencia considerable en el Congreso. Sin embargo, ya no logran garantizar el consenso bipartidista que caracterizó durante décadas la relación entre ambos países. En suma, la brecha entre el apoyo institucional a Israel y una opinión pública cada vez más dividida constituye una de las transformaciones más significativas de la política estadounidense hacia Israel.

La mejor síntesis de esta transformación posiblemente sea la que ofreció recientemente Rahm Emanuel, antiguo jefe de gabinete de Barack Obama y una de las voces más próximas a Israel del Partido Demócrata. En un contundente discurso pronunciado en la Universidad de Tel Aviv, Emanuel advirtió de que la relación entre ambos países se encuentra en una encrucijada y sostuvo que el rumbo seguido por el gobierno de Netanyahu no es políticamente sostenible. Además, Emanuel alertó a su audiencia de que Israel no tiene únicamente un problema con el Partido Demócrata, como sostienen algunos interesadamente, sino con el conjunto de la sociedad estadounidense, especialmente las generaciones más jóvenes.

Conclusiones: más fuerte que nunca, ¿pero también más aislado?

Una de las cuestiones que más sorpresa suscita una visita a Israel en la actualidad es la profunda sensación de soledad que transmite buena parte de la sociedad. El país es sin duda la principal potencia militar (y la única nuclear) de Oriente Medio, mantiene una estrechísima cooperación estratégica con EEUU, ha establecido relaciones diplomáticas con un número creciente de países árabes tras los Acuerdos de Abraham y sigue siendo un socio militar y tecnológico imprescindible de numerosos países europeos. Desde un punto de vista estratégico, Israel está lejos de encontrarse aislado, aunque estas relaciones reflejan un elevado grado de pragmatismo y están sujetas a la a menudo imprevisible evolución del contexto regional.

Sin embargo, la percepción dentro del país es algo distinta. Muchos israelíes consideran que el trauma del 7 de octubre y la sensación de vulnerabilidad que provocó no son comprendidos por algunos de sus aliados tradicionales. A ello se suma la sensación de un creciente aislamiento internacional en ámbitos que históricamente habían servido como espacios de cooperación y validación exterior, especialmente el universitario, el científico-tecnológico e incluso el cultural. Resultan especialmente llamativas, en este sentido, ciertas reacciones ante las críticas al gobierno de Netanyahu planteadas por algunos gobiernos europeos; aunque se quiera aparentar indiferencia (que por desgracia se manifiesta en ocasiones de forma arrogante, incluso agresiva), en realidad reflejan una profunda inseguridad y preocupación por la imagen de Israel en los países con los que la mayoría de sus ciudadanos suelen identificarse. Según un estudio reciente del Pew Research Center realizado en 36 países, una media del 67% de los encuestados tenían una visión negativa de Israel, mientras que sólo el 25% la tenía favorable; en España, los Países Bajos e Italia, en torno al 50% de ellos dicen tener una visión “muy negativa” del país.

La compresión cabal de esta compleja realidad aconseja dejar de lado algunos de los enfoques simplistas que a menudo dominan el debate sobre estas cuestiones. En Israel es posible ser extremadamente crítico con el gobierno de Netanyahu y, al mismo tiempo, defender el derecho del país a garantizar su seguridad. Como también lo es oponerse a la expansión de los asentamientos en Cisjordania y condenar una estrategia militar que ha causado más de 73.000 muertes en Gaza, sin dejar de considerar a Hamás una amenaza existencial. Del mismo modo, existe una enorme sensibilidad ante cualquier discurso que parezca poner en cuestión la legitimidad y la existencia misma del Estado de Israel, una línea que muchos israelíes consideran cualitativamente distinta de la crítica a un gobierno concreto. Quizá esa sea una de las principales enseñanzas que deja un viaje a Israel en este momento. La tentación de interpretar el país a través de categorías simples –halcones frente a pacifistas, religiosos frente a laicos, derecha frente a izquierda– resulta insuficiente para comprender una sociedad que vive simultáneamente el trauma de la guerra, una profunda crisis política y un intenso debate sobre su futuro.