Mensajes clave
- La Copa del Mundo 2026, el mayor espectáculo en vivo global de la actualidad, supone el lanzamiento definitivo del fútbol como deporte de masas en Estados Unidos (EEUU), un territorio ansiado por la industria deportiva global durante décadas.
- El Mundial es hoy, ante todo, un negocio audiovisual, con la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) generando más ingresos por los derechos de transmisión televisiva que por ningún otro concepto: 2.540 millones de dólares en el mundial de Rusia, 2.960 en el de Qatar y 3.925 previstos para todo el año 2026, mayoritariamente atribuibles al Mundial.
- La reputación pública de la FIFA arrastra el mismo deterioro que la de otras grandes organizaciones deportivas internacionales, con un largo historial de corrupción y una contradicción permanente entre el discurso ético y las decisiones que toma.
- Aunque organizado conjuntamente por EEUU, México y Canadá, el torneo presenta un claro predominio estadounidense en sedes, ingresos y visibilidad. Además, coincide con la revisión del Tratado entre México, EEUU y Canadá (T-MEC) y con un deterioro de las relaciones entre los tres socios norteamericanos, convirtiendo el Mundial en una plataforma de poder blando que contrasta con las crecientes tensiones comerciales y políticas de la región.
- Los principales debates en torno al torneo (restricciones migratorias, seguridad interior, conflictos diplomáticos, sostenibilidad ambiental y patrocinio de actores cuestionados) muestran cómo el Mundial se ha convertido en un escaparate involuntario de las tensiones que recorren el orden internacional contemporáneo.
Análisis
Y pasaron cuatro años, que para algunos han sido sólo un ínterin, un interregno –o más propiamente un regno– entre Qatar y EEUU, entre Messi cubierto por un bisth negro y el momento en el que ese mismo trofeo llegará al estadio Azteca de Ciudad de México y elegirá al nuevo rey. El “toda la semana esperando el sábado” de partido que escribía Fontanarrosa es, en muchos países, la espera eterna de los cuatro años entre Mundial y Mundial, la interminable espera que termina el 11 de junio con el México-Sudáfrica, que convertirá al Azteca en el primer estadio en albergar tres Copas del Mundo de fútbol (1970, 1986 y 2026).
El mundo no es ya el del año 1970, ni el del Mundial que México tuvo que acoger sustituyendo a Colombia en 1986, pese a vivir la crisis económica y el terremoto de 1985 que mató a más de 5.000 personas. Esta Copa del Mundo es, en esencia, el lanzamiento definitivo del fútbol como deporte de masas en EEUU, el ansiado territorio de la industria deportiva global durante décadas en el que ni las migraciones europeas ni los grandes fichajes como Pelé en los años 70 habían conseguido, hasta ahora, desconectar a los estadounidenses del béisbol, su football y el baloncesto.
El estadio es la pantalla
Un primer cambio fundamental en esta Copa del Mundo son los hábitos de consumo audiovisual, porque este es un espectáculo diseñado para la televisión –los espectadores presenciales son parte del propio espectáculo– y la propia FIFA genera más ingresos por los derechos de transmisión televisiva que por ningún otro concepto: 2.540 millones de dólares en el mundial Rusia, 2.960 en el de Qatar y 3.925 previstos para todo el año 2026, mayoritariamente atribuibles al Mundial. En los ciclos cuatrienales en los que FIFA calcula su actividad económica, los derechos televisivos suponen el 50% de los ingresos totales, que se disparan en los años de competición. La FIFA alcanzó una cifra récord de ingresos en el ciclo 2019-2022 de 7.568 millones de dólares (un 18% más que el cuatrienio anterior), de los que 3.425 fueron por derechos televisivos, en los que Europa y Asia-Norte de África sumaron 1.000 millones cada uno y 3.000 millones correspondieron sólo al mundial de Qatar de 2022. Para el próximo cuatrienio, 2027-2030, la FIFA prevé alcanzar los 6.000 millones en derechos de televisión.
Las audiencias son apabullantes: los datos hechos públicos por FIFA hablan de un reach de 2.870 millones de espectadores –cuatro de cada 10 seres humanos en el planeta– que consumieron al menos 20 minutos de fútbol del mundial de Qatar. En China, ese dato fue de 510 millones en televisión lineal y 513 en streaming; la India fue cuantitativamente el segundo mercado con mayor engagement total, 745 millones de personas, seguida de Brasil (192 millones), EEUU (187), Indonesia (186), Japón (101) y México (101). La final Francia-Argentina consiguió la audiencia histórica de 1.420 millones de espectadores en todo el mundo. En España, las nueve emisiones más vistas del año 2022 fueron partidos del mundial de Qatar. La décima fue Eurovisión.
Los derechos de transmisión para el próximo mundial 2026 fueron adquiridos por Bell Media para Canadá, Fox Sports y Telemundo (NBCUniversal) para EEUU y la alianza de los dos gigantes Televisa-Azteca para México. Lo más interesante: en China, el operador estatal CMG ha conseguido tensar la negociación hasta hace pocos días y ha conseguido finalmente los derechos de transmisión –según los medios oficiales chinos– por sólo 60 millones de dólares (sorprendente, teniendo en cuenta el enorme impacto esperable una vez más en el país); en la India, la negociación está cerrándose, aún, en estos días. En España, los derechos fueron adquiridos en 2025 por RTVE, que revendió los derechos de transmisión de pago a Mediapro; dado que Mediapro no dispone hoy de plataforma en el mercado español, la señal estará disponible en DAZN y a través de cuatro canales de la plataforma Movistar+.
En marzo de 2026, en EEUU el consumo de contenido audiovisual a través de plataformas de streaming llegó al 47,6%, igualando a la suma del cable, el satélite y la televisión aérea. Las plataformas, sin embargo, no han llegado a tiempo para este mundial. YouTube no ofrecerá partidos (salvo en las señales de los canales que los transmiten y están disponibles en YoutubeTV), pero será la Plataforma Preferida de Fans; Netflix se conformará con ofrecer un videojuego diseñado por Delphi en su plataforma Games; sí lo harán las plataformas de los dueños de los derechos: Disney –la propietaria de Fox– usará para ello su plataforma de streaming deportivo Fubo y NBCUniversal su servicio a la carta Peacock, en ambos casos sólo para EEUU.
Pasión, beneficios y política
Si todas estas apabullantes cifras tienen importancia es porque el fútbol se ha convertido en el mayor espectáculo en vivo global de nuestros días, en el escaparate más importante de marketing de las marcas de alcance global, en la máquina de sportswashing más eficiente –el uso del deporte para lavar la imagen de regímenes y empresas cuestionados–, y la FIFA en el gestor de este inmenso recurso en el que convergen clubes con facturaciones equiparables a cualquier gran empresa transnacional, competiciones nacionales –como LaLiga, que con 5.400 millones de euros en ingresos tiene la talla de Endesa o Naturgy– que mueven enormes presupuestos, 209 federaciones nacionales de fútbol y seis confederaciones regionales. La industria global del fútbol, según Deloitte, facturó el año pasado cerca de 40.000 millones de euros sólo en las grandes ligas y las competiciones internacionales, aproximadamente la misma cifra de ingresos anuales de una compañía como Coca Cola. No deja de resultar paradójico que esa maquinaria la gestione una organización, la FIFA, que tiene el estatus jurídico de organización sin ánimo de lucro dentro de la jurisdicción suiza mientras administra estos recursos centrales; algunos autores llaman a esta combinación “las tres pes”: pasión, beneficios (profit, en inglés) y política.
Y en torno a ellos, miles de deportistas y técnicos profesionales, agentes, gestores de derechos, despachos legales, fondos inversores y, sobre todo, millones de aficionados que llenan estadios, pagan costosos abonos para seguir las transmisiones en vivo de los partidos y dan sentido al espectáculo global del fútbol masculino y, cada vez más, femenino. Aunque no es el momento de entrar en ese asunto, la transición del fútbol de clubes de entidades locales al modelo de multipropiedad (MCO, en el que el capital de países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar es clave) y las consecuencias en la desintermediación en la gestión de derechos, plantillas de jugadores o infraestructuras es el signo de los tiempos de la integración del espectáculo futbolístico en el mercado del capital global, que pronto tendrá que enfrentarse a las tensiones que se producirán cuando clubes de los mismos propietarios se disputen los mismos trofeos. Pero este escenario no es el del fútbol de selecciones, beatificado aún por la lógica del sacrificio –técnicos y jugadores cobran sensiblemente menos por jugar en los equipos nacionales que en sus clubes– y de la defensa de la imagen de los estados nación en un terreno de juego en el que parecen no importar la renta per cápita o las capacidades militares. Y la FIFA es el administrador de ese terreno de juego.
Figura 3. FIFA: ingresos y gastos, 2015-2025 (miles de dólares)
| Concepto | 2015 | 2016 | 2017 | 2018 | 2019 | 2020 | 2021 | 2022 | 2023 | 2024 | 2025 |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Ingresos totales | 544.374 | 501.696 | 734.202 | 4.640.954 | 765.674 | 266.541 | 766.488 | 5.769.213 | 1.169.649 | 482.666 | 2.661.404 |
| Derechos de TV | 258.496 | 95612 | 228.645 | 2.543.968 | 342.602 | 1.724 | 123.119 | 2.958.352 | 267.220 | 39.141 | 1.044.451 |
| Marketing / Patrocinios | 157.244 | 114574 | 245.277 | 1.143.312 | 164.848 | 74.450 | 131.387 | 1.424.524 | 455.916 | 303.856 | 964.975 |
| Licencias | 50.499 | 204.485 | 160.211 | 184.573 | 159.527 | 158.881 | 180.202 | 270.397 | 181.177 | 47.731 | 97.380 |
| Hospitality y venta de entradas | 0 | 0 | 22.368 | 689.143 | 7.931 | 12.172 | 929.016 | 80.157 | 0 | 410.496 | |
| Otros ingresos | 78.135 | 87.025 | 77.701 | 79.958 | 90.766 | 31.486 | 319.608 | 1.86.924 | 185.179 | 91.938 | 78.135 |
| Gastos totales | -661.366 | -892.742 | -923.148 | -2.891.154 | -1.046.254 | -1.044.593 | -1.121.871 | -3.410.491 | -1.782.281 | -1.303.585 | -3.157.865 |
| Gastos futbolísticos (total) | -437.595 | -616.652 | -721.445 | -2.584.265 | -784.668 | -564.264 | -833.020 | -3.083.749 | -1.486.285 | -1.036.690 | -2.842.608 |
| Competiciones y eventos | -215.417 | -157.067 | -219.373 | -1.974.317 | -239.203 | -63.385 | -234.380 | -2.005.358 | -746.622 | -285.817 | -2.043.118 |
| Desarrollo y educación | -186.512 | -427.832 | -477.507 | -578.469 | -512.700 | -470.603 | -554.763 | -1.038.113 | -681.618 | -702.459 | -748.045 |
| Gobernanza del fútbol | -35.666 | -31.753 | -24.565 | -31.479 | -32.765 | -30.276 | -43.877 | -40.278 | -58.045 | -48.414 | -51.445 |
| Gastos administrativos (total) | -223.771 | -276.090 | -201.703 | -306.889 | -261.586 | -209.829 | -244.351 | -318.633 | -261.966 | -261.183 | -325.898 |
| Gobernanza y administración FIFA | -194.282 | -248.185 | -164.622 | -190.586 | -217.943 | -168.901 | -191.967 | -186.237 | -204.042 | -205.607 | -254.320 |
| Marketing y televisión (gastos) | -29.489 | -27.905 | -37.081 | -116.303 | -43.643 | -40.928 | -52.384 | -132.396 | -57.924 | -55.576 | -71.578 |
| Plan Apoyo COVID-19 | -270.500 | -44.500 | -6.500 | -1.500 | -1.000 | -500 | |||||
| Pérdidas/(ganancias) crediticias esperadas | -1.609 | -32.530 | -4.712 | 11.141 | |||||||
| Resultado antes de impuestos y resultado financiero | -116.992 | -391.046 | -188.946 | 1.749.800 | -280.580 | -355.383 | 2.358.722 | -612.631 | -820.919 | -496.461 | |
| Impuestos y aranceles | -3.851 | -2.439 | -979 | -28.965 | -623 | -1.591 | -22.716 | -495 | -903 | -6.443 | |
| Ingresos y gastos financieros, neto | 68.087 | 24.728 | -1.597 | 93.162 | 95.916 | 44.762 | 31.877 | 222.589 | 209.896 | 240.091 | |
| Resultado neto del año | -52.756 | -368.757 | -191.522 | 1.813.997 | -185.287 | -778052 | -312.212 | 2.367.883 | -390.538 | -611.926 | -262.813 |
Un administrador de poder suave con problemas de reputación
La reputación pública de la FIFA arrastra el mismo deterioro que la de otras grandes organizaciones deportivas internacionales: un largo historial de corrupción y una contradicción permanente entre el discurso ético y las decisiones que toma. El “FIFA Gate” –el escándalo destapado en mayo de 2015 por el Departamento de Justicia estadounidense, que imputó a decenas de altos directivos por más de 150 millones de dólares en sobornos, fraude y lavado de dinero– sigue pesando sobre la institución, que parece ignorar los derechos humanos cuando adjudica las preciadísimas sedes de sus acontecimientos, como ya hizo en 2018 con Rusia, en 2022 con Qatar y volverá a hacer en 2034 con Arabia Saudí. Aquel escándalo le costó el puesto al entonces presidente Sepp Blatter –cuya cúpula directiva, escribía en 2016 Andrew Jennings, “tiene todos los elementos de un sindicato del crimen organizado” –, pero el cambio de personas no se ha traducido en un cambio de prácticas. Su sucesor, Gianni Infantino, acumula críticas tras la creación y entrega del sorprendente Premio FIFA de la Paz a Donald Trump en 2025: un galardón cuyo comité de selección –presidido por el empresario y expresidente de la federación de fútbol de Myanmar Zaw Zaw, estrechamente ligado a la dictadura militar y a la represión de la minoría rohinyá– nunca hizo públicos ni el procedimiento ni los criterios. Infantino remató la decisión –adoptada en plena indignación de Trump por no haber recibido el Nobel de la Paz meses antes– declarando que “objetivamente, lo merece”.
El contraste más nítido de esa incoherencia se ve en el tratamiento dispar de los conflictos en curso. Rusia sigue suspendida de toda competición internacional desde febrero de 2022 a raíz de la invasión de Ucrania —una decisión que la FIFA justificó entonces apelando a la paz y a los derechos humanos, y que Infantino defiende revertir—. La federación israelí, en cambio, ha disputado con normalidad la fase de clasificación europea, pese a las objeciones de varias asociaciones nacionales —entre ellas la noruega y la irlandesa— y a los informes de relatores especiales de Naciones Unidas acerca de las violaciones del derecho internacional humanitario en Gaza. La cúpula de Zúrich ha respondido derivando el asunto a comisiones internas que llevan meses sin pronunciarse, una técnica dilatoria que la propia FIFA ha utilizado en el pasado para esquivar decisiones incómodas. El resultado es una geometría variable de los principios éticos que la organización dice defender, que parecen adaptarse al peso geopolítico del país señalado.
2026: el mayor espectáculo del mundo
El Mundial que está a punto de comenzar trae transformaciones de calado en el propio formato del torneo. La más visible es la ampliación a 48 selecciones, que eleva el total a 104 partidos frente a los 64 habituales. Para situar la magnitud, la Liga española disputa 380 partidos y la UEFA Champions League, 188, pero ambas competiciones se reparten en más de nueve meses, mientras que el Mundial concentrará todo en 39 días. Las 16 sedes –11 en EEUU, tres en México y dos en Canadá– acogerán a las selecciones de una cuarta parte de los países del planeta y, aunque dos gigantes demográficos como la India y China hayan quedado fuera, es difícil imaginar que la atención global mire hacia otra parte durante esas seis semanas.
Conviene recordar, además, que la Copa del Mundo no la disputan Estados, sino federaciones: como en otros deportes, el fútbol reúne banderas que no figuran en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Frente a los 193 países miembros de la ONU, el Comité Olímpico Internacional integra 206 comités nacionales y la FIFA, 211 federaciones, incluidas Taiwán, Palestina, Kosovo y Puerto Rico. En ocasiones el terreno de juego enfrenta a países sin vínculos diplomáticos formales, aunque en este Mundial todos los rivales de la primera fase se reconocen mutuamente. Sí hay, en cambio, participantes que no tienen relación con los anfitriones: Costa de Marfil es el mejor ejemplo, porque no mantiene hoy vínculos diplomáticos con ninguno de los tres países norteamericanos que organizan el torneo.
Esa expansión a 48 selecciones convive con un reparto marcadamente asimétrico entre los tres anfitriones. De los 104 partidos, 78 se jugarán en EEUU –incluidas todas las eliminatorias desde cuartos de final y la final del 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey–, mientras que México y Canadá albergarán 13 encuentros cada uno, ninguno más allá de octavos de final. La FIFA proyecta ingresos de 13.000 millones de dólares para el ciclo 2023-2026 –un 72% más que en el cuatrienio anterior y 2.000 millones por encima del presupuesto inicial aprobado en 2023–, que se generarán en su mayor parte en territorio estadounidense por venta de entradas, paquetes especiales para empresas y derechos audiovisuales para el mercado norteamericano. De esa bolsa, el Consejo de la FIFA aprobó elevar un 15% los recursos que se distribuirán entre las 48 selecciones participantes, hasta 871 millones de dólares: la subvención de preparación sube de 1,5 a 2,5 millones por equipo, el premio por clasificarse pasa de 9 a 10 millones y se añaden más de 16 millones en contribuciones para delegaciones y entradas. El gobierno mexicano, que ha respaldado la remodelación del Estadio Azteca –financiada por el consorcio privado Grupo Televisa-Banorte– y ha invertido en adecuar los recintos de Guadalajara y Monterrey, observa con preocupación que ni siquiera la inauguración en suelo mexicano logra compensar el desequilibrio: el reparto, decidido por la FIFA, refuerza la lectura de que el torneo es, en lo económico y en lo simbólico, principalmente estadounidense.
Esa coreografía de tres anfitriones se acordó en 2017 y fue elegida en 2018 en un contexto muy distinto del actual: en esas mismas fechas, los tres países sustituían el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) (1994-2020) por el T-MEC/CUSMA/USMCA, con cada país anteponiendo sus propias siglas), firmado en noviembre de 2018 por Donald Trump, Justin Trudeau y Enrique Peña Nieto al margen de la cumbre del G20 de Buenos Aires. No han pasado aún 10 años y las relaciones en la región son inequívocamente otras.
El torneo coincide ahora con la revisión programada del T-MEC, convocada para finales de mayo al cumplirse los primeros seis años de vigencia del tratado. De ese examen dependerá que el acuerdo se prorrogue hasta 16 años adicionales –con horizonte en 2042 y una nueva revisión en 2032– o que entre en un régimen más corto, de un mínimo de 10 años (hasta 2036), sometido a revisiones anuales.
El Mundial llega, por tanto, como una plataforma excepcional para proyectar poder blando, pero lo hace en un momento en que la cooperación trilateral choca de frente con una agenda que subordina la estabilidad regional a la competencia geoeconómica –con una balanza persistentemente deficitaria de EEUU respecto a sus dos vecinos– y a los intereses políticos internos de Washington. Para México, el frente bilateral se ha deteriorado de forma notable por los aranceles que la administración estadounidense ha impuesto a su mayor socio comercial, y a esa presión se suman las fricciones inminentes en torno a las reformas de soberanía energética impulsadas por el gobierno mexicano, que pueden convertirse en moneda de cambio durante la renegociación del tratado.
Canadá, el tercer vértice de esa alianza deportiva, vive un deterioro paralelo. Los aranceles estadounidenses sobre el acero, el aluminio y, más recientemente, el sector automotor, han tensado una relación bilateral que durante décadas se dio por descontada y las provocaciones reiteradas de Trump sobre la conveniencia de que Canadá se convirtiera en el “estado 51” en el marco de la llamada “Donroe Doctrine” se han recibido en Ottawa como una afrenta. El primer ministro Mark Carney ha respondido con medidas espejo, una significativa visita a China en enero y un giro discursivo inhabitual en la diplomacia bilateral, mientras los gobiernos provinciales de Ontario y Columbia Británica –que albergan los partidos de Toronto y Vancouver– han tenido que negociar por separado garantías logísticas con Washington. El resultado es paradójico: los tres anfitriones se presentan ante el mundo como socios mientras renegocian, casi en paralelo a la inauguración, la continuidad misma de su integración económica.
Si en el Mundial de Qatar la denuncia internacional se concentró sobre los trabajadores que levantaron los estadios, en el de 2026 los focos se reparten entre varios frentes simultáneos.
El primero es la propia geografía del torneo. Entre las sedes más alejadas median 4.000 km –los que separan Ciudad de México de Vancouver, o Santa Clara de Foxborough– y a esa distancia se suman bruscos contrastes térmicos y de altitud: los jugadores irán encadenando esfuerzos extremos en condiciones ambientales muy distintas con apenas unos días de margen entre partido y partido. El calendario de la selección de Uzbekistán ilustra ese desgaste hasta el extremo: debutarán a 2.200 m sobre el nivel del mar en Ciudad de México, donde la presión de oxígeno es notablemente menor, y sólo cinco días después estarán en Houston, al nivel del mar, jugando bajo un calor tropical y una humedad asfixiante.
Esa logística continental tiene un coste ambiental sin precedentes: la mayor huella de carbono de todos los mundiales disputados hasta el momento, nueve millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, casi el doble de los 5,25 millones que generó el Mundial de Qatar –que ya había superado los 4,7 millones de las ediciones precedentes– y un 92 % por encima del promedio histórico de los mundiales celebrados entre 2010 y 2022. Cifras difíciles de leer al margen del patrocinio global que la FIFA firmó en 2024 con la petrolera estatal saudí Aramco –la mayor emisora individual de gases de efecto invernadero del mundo–, rubricado apenas seis meses antes de que se confirmara la elección de Arabia Saudí como sede del mundial de 2034.
A diferencia de Qatar 2022, donde la construcción de siete estadios desde cero concentró las denuncias por explotación laboral, el Mundial de 2026 se disputará en recintos existentes y, en su mayoría, gestionados por franquicias privadas de la National Football League (NFL, la organizadora del fútbol americano, no del que allí denominan soccer): SoFi Stadium en Inglewood, MetLife en Nueva Jersey, AT&T Stadium en Arlington (que no podrá usar el nombre de su patrocinador por exigencias de la FIFA), Mercedes-Benz Stadium en Atlanta y Hard Rock Stadium en Miami, entre otros. El modelo evita la huella laboral de Qatar, pero desplaza el centro de gravedad económico del torneo hacia un puñado de propietarios privados –algunos de los hombres más ricos de EEUU– y sus patrocinadores comerciales. Los estadios se reconfiguran a medida durante el torneo para satisfacer las exigencias de la FIFA: ampliación del césped natural sobre las superficies sintéticas, ajuste de aforos y zonas de hospitalidad, reserva exclusiva de espacios publicitarios. La consecuencia es un Mundial sin grandes obras públicas, pero también sin retorno material duradero para las ciudades anfitrionas, cuyos contribuyentes aportan seguridad, transporte y servicios sin apenas participar de los ingresos del evento.
El segundo asunto clave son las restricciones –que llegan hasta el veto migratorio– que EEUU impone a los ciudadanos de 50 países, entre ellos cuatro cuyas federaciones de fútbol masculino compiten por la Copa del Mundo de 2026: Costa de Marfil, Haití, Irán y Senegal. En abril ya se prohibió la entrada a Canadá a uno de los dirigentes de la federación iraní de fútbol por sus vínculos con la Guardia Revolucionaria Islámica, considerada organización terrorista por el gobierno canadiense.
La gravedad de la situación ha llevado al Congreso a debatir una iniciativa, bautizada como Save the World Cup Act (Ley para salvar la Copa del Mundo), que establece que “no podrán utilizarse fondos federales asignados al Departamento de Seguridad Nacional ni al Departamento de Justicia, salvo en circunstancias urgentes, para llevar a cabo actividades de control migratorio civil al amparo de la legislación migratoria […] en un radio de una milla en torno a cualquier partido del Mundial de la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) de 2026 o de cualquier FIFA Fan Festival”; es decir, una norma que impediría al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) operar durante los actos del torneo. El precedente más delicado se produjo hace un año, durante la final del Mundial de Clubes disputada precisamente en el MetLife Stadium de Nueva Jersey –que ahora será sede de la final–, cuando un aficionado fue detenido por la policía y entregado al ICE, que lo retuvo tres meses antes de deportarlo.
A esa presión sobre los aficionados se suma el uso interno que la Administración Trump ha dado al propio torneo. La Casa Blanca creó en 2025 la White House Task Force on the FIFA World Cup, presidida por el propio Trump, con la misión declarada de coordinar seguridad, infraestructuras y movilidad entre agencias federales, estatales y locales; el organismo opera al margen del Comité Organizador y ha asumido competencias que en ediciones anteriores recaían en autoridades civiles. El despliegue de la Guardia Nacional en Los Ángeles durante 2025 –decisión que se justificó como respuesta a las protestas contra las redadas migratorias– ha sentado el precedente para una presencia militarizada en otras ciudades sede como San Francisco, Seattle y Boston. Diversas organizaciones civiles han advertido de que el Mundial está siendo utilizado como pretexto para normalizar un dispositivo de seguridad interior cuyo alcance excede con mucho los 39 días del torneo y cuyos efectos sobre las comunidades migrantes, en particular las de origen mexicano y centroamericano, podrían persistir bastante después del pitido final. Y todo ello con una selección estadounidense –el U.S. Soccer Men’s National Team (USSMNT)– llena de figuras latinas de la liga local y con el argentino Mauricio Pochettino como entrenador.
Figura 5. Vetos migratorios impuestos por EEUU
| Suspensión total de visados (19 países y un territorio) | Suspensión parcial (visados de visitante B-1/B-2, estudiantes e inmigrantes) | Suspensión parcial (inmigrantes) |
|---|---|---|
| Afganistán, Birmania, Burkina Faso, Chad, República del Congo, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Haití*, Irán*, Laos, Libia, Malí, Níger, Sierra Leona, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen | Angola, Antigua y Barbuda, Benín, Burundi, Costa de Marfil*, Cuba, Dominica, Gabón, Gambia, Malaui, Mauritania, Nigeria, Senegal*, Tanzania, Togo, Tonga, Venezuela, Zambia y Zimbabue | Turkmenistán |
El caso extremo será el de Irán, integrado en el grupo G con Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda, que jugará sus partidos de primera fase en Inglewood (Los Ángeles, CA) y Seattle (WA) –aunque tendrá su base en México– no sólo con la guerra de fondo, sino con el recuerdo de las cinco jugadoras de la selección femenina que tuvieron que asilarse en Australia hace unos meses tras negarse a cantar el himno nacional en señal de protesta contra su gobierno. A ello se suma que Seattle decidió convertir uno de los partidos que alberga en “el partido del Orgullo”, aprovechando la coincidencia con el Día del Orgullo LGTBI (28 de junio). El sorteo del calendario hizo que ese encuentro sea el Egipto-Irán del 26 de junio, dos países que persiguen la homosexualidad y cuyas federaciones ya han protestado ante la FIFA.
Conclusiones
A pocos días del pitido inicial, la Copa del Mundo de 2026 se perfila como un escaparate involuntario de las tensiones que recorren el orden internacional contemporáneo: la fragilidad de la cooperación trilateral norteamericana, la captura del deporte global por intereses corporativos y autocráticos, la emergencia climática que ningún patrocinio logra disimular y la deriva securitaria de las políticas migratorias. Que los 104 partidos puedan disputarse pese a todo ello no será una victoria del fútbol sobre la política, sino la confirmación de que el deporte de masas se ha convertido en una de sus arenas más elocuentes. 40 años después de los goles de Maradona, el Estadio Azteca volverá a vivir un Mundial. El mundo que lo rodea, sin embargo, ya no es el mismo.
