El –cada vez más– próximo 11 de junio comenzará la 23ª Copa del Mundo de fútbol en el Estadio Azteca de Ciudad de México. El mismo lugar en el que Diego Armando Maradona se consagró como estrella en 1986 al marcar dos goles a Inglaterra que se convirtieron en símbolos nacionales de Argentina. México acogió aquel Mundial tras la renuncia de Colombia, sede originalmente designada, por motivos económicos, pero en esta ocasión Estados Unidos (EEUU), México y Canadá compartirán el acontecimiento de mayor impacto del deporte mundial en un contexto en el que sus relaciones atraviesan un momento delicado, marcado por la incertidumbre permanente y la agresividad comercial que ha traído el retorno de Donald Trump a la presidencia estadounidense.
Cuarenta años después de los goles de Maradona, el Estadio Azteca volverá a vivir un Mundial; el mundo que lo rodea, sin embargo, ya no es el mismo.
Esta inédita alianza deportiva continental coincide con la revisión programada del Tratado entre México, EEUU y Canadá (T-MEC) a finales de mayo, un proceso que afronta fuertes tensiones. De manera específica para México, el escenario bilateral se ha deteriorado de forma notable debido a los aranceles impuestos por Washington a su mayor socio comercial. A esta presión arancelaria se suman las fricciones inminentes por las reformas de soberanía energética impulsadas por el gobierno mexicano, las cuales pueden ser objeto de represalias durante la renegociación del tratado comercial. En consecuencia, aunque la cita futbolística de 2026 representa una plataforma excepcional para proyectar poder blando, el futuro de la cooperación trilateral choca frontalmente con una agenda que subordina la estabilidad regional a la competencia geoeconómica y a los intereses políticos internos.
La Copa del Mundo de 2026 trae consigo muchas novedades. La más importante es el número de selecciones participantes, que pasa de las habituales 32 a 48, lo que eleva el total a 104 partidos. Como referencia, la Liga española disputa 380 partidos y la UEFA Champions League, 188, pero esas competiciones duran más de nueve meses, frente a los 39 días de esta Copa del Mundo. Sobre el césped de las 16 sedes (dos en Canadá, tres en México, 11 en EEUU) se enfrentarán las selecciones de una cuarta parte de los países del mundo, así que –aunque los gigantes demográficos la India y China no compitan– es difícil pensar que la atención global no esté puesta esos días en el fútbol. Conviene recordar que la Copa del Mundo no la disputan países, sino 211 federaciones nacionales de fútbol, como ocurre con otros ámbitos deportivos en los que encontramos banderas que no vemos en las Naciones Unidas. Frente a los 193 países miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Comité Olímpico Internacional integra 206 comités nacionales y la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), 211 federaciones, entre ellas Taiwán, Palestina, Kosovo y Puerto Rico. En algunos casos, países que no mantienen relaciones diplomáticas formales se encuentran en los terrenos de juego, aunque en este Mundial todos los equipos que se enfrentan, al menos en la primera fase, se reconocen mutuamente y tienen vínculos diplomáticos. Varios países participantes, sin embargo, no tienen relaciones con los países anfitriones, como ocurre con Costa de Marfil, que hoy no mantiene relaciones diplomáticas con ninguno de los tres países norteamericanos que albergan esta Copa del Mundo.
La imagen pública de la FIFA está tan deteriorada como la de otras organizaciones deportivas internacionales debido a un largo historial de corrupción y la constante contradicción entre su discurso ético y sus acciones. El “FIFA Gate” –el escándalo revelado en mayo de 2015 por el Departamento de Justicia de EEUU, que acusó a decenas de altos directivos de recibir más de 150 millones de dólares en sobornos, así como de fraude y lavado de dinero– sigue manchando la institución, que ignora los derechos humanos al asignar sedes para sus acontecimientos, como ocurrió en 2022 con Qatar y sucederá en 2034 con Arabia Saudí. Si aquel escándalo costó su puesto al entonces presidente de la organización, Sepp Blatter –cuya cúpula directiva, escribía en 2016 Andrew Jennings, “tiene todos los elementos de un sindicato del crimen organizado”–, su sucesor, Gianni Infantino, ha recibido duras críticas tras la creación y entrega del Premio FIFA de la Paz a Donald Trump en 2025, un galardón cuyo comité de selección –presidido por el empresario y expresidente de la federación de fútbol de Birmania, Zaw Zaw, con fuertes vínculos con la dictadura militar y la represión de la minoría rohinyá– nunca desveló ni el procedimiento ni los criterios de aquella elección.
Si en el Mundial de Qatar la situación humanitaria de los trabajadores que construyeron los estadios concentró la atención de las organizaciones internacionales, en el Mundial de 2026 son varios los aspectos que la requieren.
El primero es la enorme distancia entre las sedes –los 4.000 km que separan Ciudad de México de Vancouver o Santa Clara de Foxborough– y las grandes diferencias térmicas o de altitud que sufrirán los deportistas, cambiando de condiciones ambientales para someterse a esfuerzos extremos en apenas unos días y desplazándose constantemente por el continente. El calendario de la selección de Uzbekistán es el ejemplo perfecto de este desgaste extremo: los jugadores debutarán a 2.200 m de altura en Ciudad de México, donde la presión de oxígeno es notablemente menor, y apenas cinco días después volarán a Houston para jugar al nivel del mar, bajo un calor tropical y una humedad asfixiante.
El resultado será la mayor huella de carbono de todos los mundiales disputados hasta el momento: nueve millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, casi el doble de los 5,25 millones que generó el Mundial de Qatar –que ya había superado los 4,7 millones de las ediciones previas– y un 92% por encima del promedio histórico de los mundiales celebrados entre 2010 y 2022. Estas cifras resultan difíciles de leer al margen del patrocinio global que la FIFA firmó en 2024 con la petrolera estatal saudí Aramco –considerada la mayor emisora de gases de efecto invernadero del mundo–, un acuerdo firmado seis meses antes de que se confirmara la elección de Arabia Saudí como sede del mundial de 2034.
El segundo asunto clave son las restricciones –que llegan al veto migratorio– que EEUU impone a los ciudadanos de 50 países, entre ellos cuatro cuyas federaciones de fútbol masculino que compiten por la Copa del Mundo de 2026: Costa de Marfil, Haití, Irán y Senegal. La gravedad de la situación ha llevado al Congreso a debatir una iniciativa, bautizada como Save the World Cup Act, que establece que “no podrán utilizarse fondos federales asignados al Departamento de Seguridad Nacional ni al Departamento de Justicia, salvo en circunstancias urgentes, para llevar a cabo actividades de control migratorio civil al amparo de la legislación migratoria […] en un radio de una milla en torno a cualquier partido del Mundial de la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) de 2026 o de cualquier FIFA Fan Festival”; es decir, una norma que impediría al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) operar durante los actos del torneo. El precedente más delicado se produjo hace un año, durante la final del Mundial de Clubes disputada precisamente en el MetLife Stadium de Nueva Jersey –que también será sede de la final de la Copa del Mundo–, cuando un aficionado fue detenido por la policía y entregado al ICE, que lo retuvo tres meses antes de deportarlo.
Figura 1. Vetos migratorios impuestos por EEUU
| Suspensión total de visados (19 países y un territorio) | Suspensión parcial (visados de visitante b-1/b-2, estudiantes e inmigrantes) | Suspensión parcial (inmigrantes) |
|---|---|---|
| Afganistán, Birmania, Burkina Faso, Chad, República del Congo, Guinea Ecuatorial, Eritrea, Haití*, Irán*, Laos, Libia, Malí, Níger, Sierra Leona, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen | Angola, Antigua y Barbuda, Benín, Burundi, Costa de Marfil*, Cuba, Dominica, Gabón, Gambia, Malaui, Mauritania, Nigeria, Senegal*, Tanzania, Togo, Tonga, Venezuela, Zambia y Zimbabue | Turkmenistán |
El caso más extremo será el de Irán, integrado en el grupo G con Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda, que jugará sus partidos de primera fase en Inglewood (Los Ángeles, California) y Seattle (Washington) no sólo con la guerra de fondo, sino con el recuerdo de las cinco jugadoras de la selección femenina que tuvieron que solicitar asilo en Australia hace unos meses tras negarse a cantar el himno nacional en señal de protesta contra su gobierno. A ello se suma que Seattle decidió convertir uno de los partidos que alberga en “el partido del Orgullo”, aprovechando la coincidencia con el Día del Orgullo LGTBI (28 de junio). El sorteo del calendario hizo que ese encuentro sea el Egipto-Irán del 26 de junio, dos países que persiguen la homosexualidad y cuyas federaciones ya han protestado ante la FIFA.
A un mes del pitido inicial, la Copa del Mundo de 2026 se perfila como un escaparate involuntario de las tensiones que recorren el orden internacional contemporáneo: la fragilidad de la cooperación trilateral norteamericana, la captura del deporte global por intereses corporativos y autocráticos, la emergencia climática que ningún patrocinio logra disimular y la deriva securitaria de las políticas migratorias. Que los 104 partidos puedan disputarse pese a todo ello no será una victoria del fútbol sobre la política, sino la confirmación de que el deporte de masas se ha convertido en una de sus arenas más elocuentes. Cuarenta años después de los goles de Maradona, el Estadio Azteca volverá a vivir un Mundial; el mundo que lo rodea, sin embargo, ya no es el mismo.
