La reciente erupción del movimiento de protesta en torno al Partido Popular de las Cucarachas (CJP, por sus siglas en inglés) ha mostrado las fisuras en la imagen de una India en ascenso imparable. La insatisfacción de los jóvenes indios con el liderazgo y las estructuras sociales y económicas del país ha estallado ante uno de los muchos insultos con los que son agasajados por un liderazgo cada vez más desapegado de la base social más joven.
De la gestión de la protesta depende, en parte, su éxito, con la represión y la falta de negociación como principales recetas para que perdure en el tiempo.
Lo que dicen los datos
La India es el país más poblado del planeta y también uno de los más jóvenes: el 65% tiene menos de 35 años. Sobre el papel, los datos macroeconómicos son positivos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) cifra en un 7,8% el crecimiento del PIB indio durante el primer trimestre de 2026. El dividendo demográfico es patente, dado que la población en edad de trabajar (15-64 años) supera a la dependiente (niños y ancianos). No obstante, lo que se considera un impulso para la productividad económica, al haber una mayor fuerza laboral, puede ser también una desventaja si no se dan las condiciones necesarias para aprovecharlo.
El gobierno indio sólo podrá beneficiarse de dicho dividendo si logra convertir sus recursos humanos en una fuerza laboral productiva. Para evitar la fuga de cerebros y el aumento del paro juvenil, se deben crear entre 8 y 10 millones de puestos de trabajo al año. Sin embargo, la fuerza laboral existente carece de las habilidades necesarias para ocupar los puestos de trabajo que las empresas requieren. Además, esta distribución es especialmente severa en el caso de las mujeres, donde la tasa de participación laboral se sitúa en el 32,8% (datos de 2024), frente a la media mundial del 51%.
El desencanto de la generación Z y de la sociedad en su conjunto
En los trabajos asalariados, según el informe de la Universidad Azim Premji, el paro entre los jóvenes graduados de 15 a 25 años asciende a casi un 40% y es del 20% entre los de 25 a 29 años. La de las cucarachas no es la única oleada reciente de protestas protagonizada por jóvenes desencantados. Entre 2018 y 2019, el gobierno convocó decenas de miles de plazas de empleo para los ferrocarriles indios, a las que se presentaron casi 20 millones de candidatos en los estados de Bihar y Uttar Pradesh, entre los más poblados y pobres del país.
La mayoría de las candidaturas procedían de graduados con títulos universitarios que, sin embargo, competían por puestos que no requerían cualificación alguna: cargadores, limpiadores, porteros, personal de mantenimiento y algunas plazas de conductores. Cuando, años después, se publicó la lista de admitidos, se detectaron irregularidades que motivaron la anulación de la convocatoria. El resultado fue una oleada de protestas, con el tráfico ferroviario interrumpido y trenes y contenedores en llamas.
Según Newslaundry, en los últimos 10 años ha habido 89 casos de filtración de exámenes a nivel central y estatal, además de 48 nuevas convocatorias y 22 cancelaciones. Entre ellas están las convocatorias para la Prueba Central de Elegibilidad para Docentes (CTET), el examen nacional de acceso a la educación médica superior (NEET) y el de admisión a ingeniería (JEE), carreras de prestigio cuyo acceso es muy competitivo.
El problema no es, por tanto, un caso aislado, sino estructural. Para los más de 2,2 millones de estudiantes que habían trabajado duro para obtener una de las casi 130.000 vacantes en más de 2.000 centros de estudios de medicina en el territorio nacional, la convocatoria de NEET de mayo y su posterior cancelación por el filtrado de las preguntas añaden leña al fuego. También lo es para las familias cuya inversión en educación requiere un esfuerzo económico que no está al alcance de todos.
En la educación primaria en la India, más del 97% de las familias necesitan financiación, tanto para la escuela pública como para la privada (esta última es más cara y no necesariamente de calidad); en la educación superior, los jóvenes saben que la inversión en ellos se hace, muchas veces, a costa de los ahorros para la jubilación de sus padres.
De acuerdo con el barómetro nacional Lokniti-CSDS, el paro es la mayor preocupación de la población india (29% de los encuestados), seguido de la pobreza (21,6%) y la inflación (19%), que además son los principales factores que influyen en el patrón de voto. En cambio, la importancia de la filtración de los resultados de exámenes importaba, según dicha encuesta, un 0,2%. No obstante, este estallido social muestra que las familias siguen considerando la educación la principal vía de acceso al mercado laboral y al ascenso social.
La protesta como válvula de escape
A todas luces, no es extraño que la presión sobre los estudiantes sea asfixiante. La alta competición, las pocas plazas para muchos candidatos y las elevadas expectativas han llevado a que, en esta ocasión, 12 aspirantes se hayan quitado la vida. En la India, se estima que alrededor de 13.000 estudiantes se suicidan al año, lo que representa el 7,6% del total de muertes por esta causa. Si añadimos el paro y la falta de perspectivas, la tasa de suicidio en el grupo de edad de 15 a 29 años es del 34%, aunque es un fenómeno que no suele reportarse, especialmente en las zonas rurales.
Por eso, cuando el presidente del Tribunal Supremo de la India, Surya Kant, denominó a los jóvenes de la Generación Z en el paro como una banda de “cucarachas” y “parásitos” de la sociedad, uno de ellos, Abhijit Dipke, recogió el guante para darle la vuelta al insulto y crear una parodia del partido del gobierno, el BJP por CJP, que reunió en poco tiempo a más de 25 millones de seguidores en Instagram.
La atención que ha generado esta protesta puede estar relacionada con otras de la Generación Z en países vecinos, como Nepal, Sri Lanka y Bangladés, donde las movilizaciones provocaron la dimisión de sus dirigentes. La fortaleza y gran convocatoria de la protesta han terminado con la dimisión del ministro de Cultura, Dharmendra Pradhan, el 25 de julio.
La India es demasiado grande y compleja como para que su gobierno corra la misma suerte que la de sus vecinos. La mala gestión de la protesta, en parte, provocó su éxito, con la represión y la falta de negociación como principales recetas para que perdurase en el tiempo (la de los agricultores entre 2020 y 2021 duró más de un año, hasta que consiguieron que el primer ministro Narendra Modi retirase la reforma agraria que pretendía aprobar en el Parlamento). Igualmente, si la idea era dejar que muriera poco a poco (el calor y las lluvias monzónicas podían contribuir a ello) sin llegar a una solución, el desencanto social volvería a reproducirse en otro momento. Se puede decir que el gobierno de Nueva Delhi erró al interpretar el creciente descontento social entre los más jóvenes, que son mayoría y de quienes depende el futuro del país. Ha sido precisamente la Generación Z la que ha recordado a los gobernantes que la India sigue siendo una democracia participativa y que toda la maquinaria que suelen utilizar para acallar las protestas, con ellos, no funcionará.
