Más de un año después de la elección de León XIV y tras una histórica visita a España, la novedad de tener un Papa estadounidense empieza a dejar paso a otra pregunta: ¿qué significa realmente que el líder de la Iglesia católica proceda de la primera potencia del mundo?
Cuando el humo blanco apareció sobre la Capilla Sixtina el 8 de mayo de 2025, pocos imaginaron que el nuevo pontífice sería estadounidense. Al día siguiente de la elección, los principales periódicos italianos utilizaron la misma expresión: “Il Papa Americano”, reflejando tanto la emoción como el desconcierto que producía la ruptura de una de las convenciones más arraigadas de la política vaticana. Durante décadas, la sola posibilidad de un Papa nacido en Estados Unidos (EEUU) había sido considerada poco menos que impensable.
La razón no era la ausencia de candidatos cualificados, sino precisamente lo contrario. EEUU ya ejercía una influencia extraordinaria como principal potencia militar, económica, tecnológica y cultural del planeta, por lo que la idea de un Papa estadounidense parecía tan improbable como la de un estadounidense al frente de las Naciones Unidas. Algunos advertían de que un pontífice nacido en la superpotencia enviaría un mensaje inquietante al resto del planeta; otros, que el Vaticano valoraba demasiado su independencia diplomática como para aceptar a alguien originario de una potencia hegemónica; incluso dentro de la propia Iglesia estadounidense existía la convicción de que un pontífice norteamericano tendría más dificultades para criticar a su propio país con la libertad necesaria.
A estas razones geopolíticas se sumaban factores culturales. EEUU es una sociedad marcada por una cultura relativamente informal, dinámica y pragmática, muy distinta de la tradición ritual, jerárquica y ceremonial del Vaticano. Además, aunque el catolicismo se ha normalizado plenamente en la vida pública estadounidense, sigue siendo una confesión minoritaria en un país de raíces protestantes. Cabe recordar que sólo dos presidentes estadounidenses han sido católicos, John F. Kennedy y Joe Biden (cuando Kennedy se presentó a las elecciones de 1960, tuvo que convencer a muchos votantes de que, por ser católico, no recibiría órdenes del Papa).
Por eso la elección de Robert Prevost como León XIV constituyó una de las mayores sorpresas de la historia reciente del catolicismo. Sin embargo, Prevost reunía características poco habituales. Aunque nacido en Chicago, había pasado dos décadas en Perú y desarrollado gran parte de su trayectoria pastoral en América Latina, poseyendo además la nacionalidad peruana. Esa experiencia hizo que muchos cardenales lo percibieran como una figura menos identificada con la Iglesia católica estadounidense.
El Papa Francisco, además, había favorecido su ascenso. Su nombramiento al frente del Dicasterio para los Obispos (encargado de la selección de los mismos) le permitió conocer de cerca la Curia romana, establecer relaciones con numerosos cardenales y comprender las dinámicas internas del Vaticano. A ello se sumaba el prestigio adquirido como prior general de los agustinos. Todo ello reforzó su perfil como un candidato de consenso.
Algunos observadores han sugerido también que las circunstancias internacionales facilitaron una decisión que habría resultado mucho más difícil décadas atrás. EEUU sigue siendo la principal potencia mundial, pero ya no disfruta del predominio incontestable de la década de los 90. La creciente competencia con China y la percepción de un relativo declive estadounidense pudieron reducir parte de las reticencias históricas que durante años bloquearon la posibilidad de un Papa nacido en EEUU.
Más que un simple relevo en la Santa Sede, la elección de León XIV supuso, por tanto, el final de una excepción histórica. Por primera vez, el origen nacional del pontífice dejó de ser un obstáculo decisivo frente a los desafíos globales que afrontaba la Iglesia.
Un nuevo actor en la política estadounidense
La elección de León XIV llegó además en un momento particularmente complejo para EEUU. El país atraviesa una intensa polarización política, una creciente presencia de la religión en el debate público y una discusión abierta sobre su papel en el mundo. En ese contexto, la figura del nuevo pontífice ha adquirido una relevancia que trasciende claramente el ámbito religioso.
Sus críticas a la intervención militar estadounidense contra Irán y sus posiciones sobre la inmigración lo han situado inevitablemente en el centro del debate político norteamericano. No ha sido el primer Papa en criticar la Administración Trump, pero la diferencia está en que, cuando el Papa Francisco cuestionaba una decisión de Washington, muchos podían interpretarlo como la opinión de un líder extranjero. Cuando lo hace León XIV, resulta más difícil descalificarlo de esa manera. Sus palabras no se perciben como las de alguien que observa EEUU desde fuera, sino como las de una figura que entiende sus debates, sus contradicciones y sus tensiones internas. Precisamente por ello, sus palabras tienen más capacidad para influir en una conversación nacional marcada por la polarización y la creciente búsqueda de referentes morales. Y mientras el presidente Donald Trump ha intentado presentar algunos desacuerdos como enfrentamientos personales o ideológicos, el pontífice ha evitado entrar en esa dinámica. Sus declaraciones han permanecido en un plano moral y ético, lo que le ha permitido conservar la simpatía de numerosos católicos conservadores que respaldaron a Trump en las urnas en las elecciones del 2024.
El pontificado de León XIV coincide además con una creciente influencia del catolicismo dentro de las élites políticas conservadoras estadounidenses. El secretario de Estado, Marco Rubio, es católico, así como dos tercios del Tribunal Supremo, mientras que JD Vance es un católico converso.
El vicepresidente, convertido al catolicismo en 2019 y cuya trayectoria narra en su próximo libro, representa una tendencia cada vez más extendida entre jóvenes intelectuales y dirigentes conservadores que han encontrado en la Iglesia una respuesta a lo que consideran la crisis moral, cultural y social de Occidente. A diferencia de las tradicionales comunidades católicas de origen irlandés, italiano o latinoamericano, muchas de estas conversiones proceden de personas criadas en entornos protestantes o incluso alejadas de la religión, especialmente entre jóvenes intelectuales atraídos por la tradición, la liturgia y la estabilidad doctrinal de una institución con dos milenios de Historia.
León XVI introduce una voz cristiana que en parte compite con esta interpretación religiosa dominante en algunos sectores del conservadurismo estadounidense. Aunque comparten referencias doctrinales y coinciden en cuestiones como la defensa de la vida o la importancia de la familia, mantienen diferencias significativas en asuntos como la inmigración, la pena de muerte, los refugiados y el papel internacional de EEUU. De algún modo, la relación entre Vance y León XIV refleja uno de los grandes debates que atraviesan actualmente al catolicismo estadounidense sobre cómo conciliar la defensa de la identidad nacional y las comunidades locales con la vocación universal que la Iglesia reclama para sí misma.
La importancia de esta cuestión trasciende de nuevo el ámbito estrictamente religioso. Con alrededor de 60 millones de fieles, los católicos representan alrededor de una quinta parte de la población estadounidense y constituyen uno de los grupos electorales más disputados del país. No votan de forma abrumadoramente homogénea y su comportamiento electoral ha reflejado muchas de las divisiones sociales, culturales y étnicas, convirtiéndolos en un valioso termómetro de la evolución política del país. En las elecciones presidenciales de 2024, aproximadamente el 55% de los católicos votó por Donald Trump frente al 43% que respaldó a Kamala Harris. Sin embargo, bajo esa aparente mayoría republicana se esconden diferencias profundas. Mientras que los católicos blancos apoyaron de forma abrumadora a Trump, los católicos hispanos mantuvieron una posición mucho más dividida.
De cara a las elecciones de medio mandato de 2026, ambos partidos son conscientes de que el voto católico volverá a ser uno de los principales campos de batalla electorales. Precisamente por ello, León XIV introduce un elemento nuevo en esta ecuación. Por primera vez, millones de católicos estadounidenses escuchan a un Papa que comparte su idioma, conoce sus referencias culturales y comprende de primera mano los debates políticos y sociales del país. Aunque resulta improbable que el pontífice influya directamente en el comportamiento electoral de los fieles, sí puede contribuir a reorientar algunas conversaciones públicas, especialmente en cuestiones donde la doctrina social de la Iglesia desafía tanto a republicanos como a demócratas
El significado de una elección histórica
Más de un año después de la elección de León XIV, muchas de las preocupaciones que durante décadas acompañaron la idea de un Papa estadounidense parecen haberse demostrado infundadas. León XIV no se ha convertido en un portavoz de los intereses de Washington y tampoco ha encontrado resistencia significativa entre los católicos de otras regiones del mundo. Al contrario, ha sido recibido con calidez tanto en Europa como en África y América Latina.
También hay otras implicaciones internacionales que apenas comienzan a vislumbrarse. En primer lugar, León XIV se ha convertido, de forma inevitable, en uno de los principales activos de poder blando asociados a EEUU en un momento en que el atractivo internacional del país atraviesa dificultades. La elección de un pontífice nacido en Chicago no restaura por sí sola ese prestigio, pero sí introduce la interesante paradoja de que una de las figuras morales más influyentes del planeta procede precisamente del país cuyo liderazgo internacional es objeto de un intenso debate.
Además, León XIV encarna una combinación poco habitual de identidades. Es estadounidense por nacimiento, pero también profundamente latinoamericano por formación y experiencia pastoral. Su trayectoria le permite comprender simultáneamente las dos comunidades católicas más numerosas e influyentes del continente americano. En un momento en que las relaciones entre EEUU y América Latina están marcadas por cuestiones como la migración, la desigualdad y la seguridad, esa capacidad para moverse entre ambos mundos podría convertirlo en una figura singularmente bien situada para tender puentes donde la política encuentra crecientes dificultades.
Existe además una tercera dimensión que podría resultar todavía más relevante a largo plazo. León XIV ha mostrado desde el inicio de su pontificado un interés particular por las implicaciones éticas de la inteligencia artificial y de las nuevas tecnologías. No es casual que haya elegido el nombre de León, evocando a León XIII, el pontífice que intentó responder a los desafíos sociales planteados por la Revolución Industrial. Si León XIII trató de ofrecer una respuesta moral a la transformación económica de finales del siglo XIX, León XIV parece dispuesto a intervenir en el gran debate tecnológico del siglo XXI.
Su reciente encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a los retos antropológicos, sociales y éticos derivados de la inteligencia artificial, constituye hasta ahora la expresión más clara de esa ambición. En ella advierte de los riesgos que plantea la concentración del poder tecnológico, tanto en manos de países como de empresas, los efectos de la automatización sobre el trabajo, el uso militar de la inteligencia artificial y el riesgo de que la eficiencia tecnológica termine sustituyendo al juicio moral humano. Su mensaje central es que la tecnología debe estar al servicio de la persona y del bien común, y no al revés.
Resulta significativo que el primer Papa estadounidense proceda precisamente del país que lidera la revolución digital, alberga las principales empresas tecnológicas del mundo y concentra buena parte de la innovación en inteligencia artificial.
Todo ello apunta a una realidad más profunda. Por primera vez, el Vaticano cuenta con un pontífice que comprende de manera intuitiva el funcionamiento de Washington, Wall Street, Silicon Valley y los grandes medios de comunicación estadounidenses. En una época en la que muchos de los principales desafíos globales –desde la inteligencia artificial y el poder de las plataformas digitales hasta la polarización política y la transformación del trabajo– tienen su origen y su epicentro en EEUU, esa familiaridad puede acabar siendo tan importante como su propia nacionalidad.
Quizá por eso la pregunta más interesante no sea qué significa que el Papa sea estadounidense. La verdadera cuestión es qué pretende hacer con esa posición inédita. Porque, a diferencia de sus predecesores, León XIV comprende profundamente la sociedad más poderosa del planeta, pero parece decidido a recordar constantemente que la Iglesia pertenece a algo mucho más amplio que EEUU.
Y quizá ahí resida la principal novedad de este pontificado. Por primera vez, Washington no sólo tiene que escuchar al Papa. Tiene que escuchar a uno de los suyos.
