Los ataques de Trump al Papa no fueron un golpe de efecto, sino una pugna por la autoridad moral

El papa León XIV, visto de espaldas y vestido con la sotana papal, se aleja tras pronunciar su primera oración del Regina Caeli desde un balcón con vistas a la plaza de San Pedro. A la izquierda se aprecia parte del edificio revestido de travertino claro, mientras que detrás de él se alza una columna del mismo material, enmarcada por cortinas rojas. Papa
El papa León XIV se aleja del balcón con vistas a la plaza de San Pedro tras concluir una oración. Foto: Catholic Church England and Wales (CC BY-NC-ND 2.0)

En el corazón de la vieja Bagdad se alza orgullosa la iglesia ortodoxa armenia de la Santa Madre de Dios, construida en 1639 en la zona de Al-Midan cerca de la mezquita Al-Muradiyya. Tanto la iglesia como la mezquita fueron erigidas en torno a las mismas fechas, durante la reconstrucción otomana del casco antiguo de Bagdad, mientras se asentaban los cimientos de una vida civil y religiosa estrechamente entrelazadas. Se dice que la iglesia alberga reliquias de los Cuarenta Mártires de Sebaste, soldados romanos brutalmente ejecutados por su fe. Siglos más tarde, desde la propia Roma, un Papa alza ahora la voz por las antiguas comunidades cristianas de lugares como Irak y el resto de Oriente Medio, a las que una gran parte de la derecha afín al movimiento MAGA apenas presta atención. 

Al presentar al Papa León como una figura internacional distante que se entromete en los asuntos mundanos, Trump encasilla al pontífice en una categoría familiar para sus seguidores: la del globalista de élite que sermonea a la gente corriente mientras ignora sus preocupaciones.

La comunidad de la zona, que en su día fue un centro próspero de vida cristiana armenia en Mesopotamia, ha pasado a ser un mero vestigio. Los cristianos asirios, caldeos, griegos ortodoxos y melquitas de Irak se enfrentan a un destino similar. Se cuentan entre las comunidades cristianas más antiguas del planeta, pero una gran parte del imaginario político estadounidense ni siquiera las tiene en cuenta. Al otro lado de la frontera, ya en Irán, comunidades cristianas pequeñas, pero con profundas raíces históricas, entre ellas las de los cristianos armenios y caldeo-asirios, siguen menguando en un clima de marginación creciente. Esa circunstancia ayuda a explicar los motivos por los que el último ataque del presidente estadounidense Donald Trump al Papa León XIV no es un mero desaire al Vaticano, sino un guiño dirigido a una base evangélica que la única Cristiandad que reconoce es aquella que refleja su propia imagen y semejanza.

Apenas una semana después de asistir al funeral del Papa Francisco en Roma, Trump publicó una imagen de sí mismo generada por inteligencia artificial (IA) vestido de Papa, tan sólo unos días antes de que se celebrara el cónclave en mayo de 2025. En fechas más recientes, recurrió a la plataforma Truth Social para publicar otra imagen de IA en la que se presentaba con una apariencia similar a la de Cristo, “administrando una luz etérea sobre la cabeza de un hombre afligido, mientras figuras translúcidos descendían de los cielos”. Muchos descartaron estas bravuconadas como una provocación infantil más, pero tras atacar públicamente al Papa León XIV, está claro que, en la cabeza de Trump, ninguna figura mundial, ya sea religiosa o política, debe atreverse a eclipsar su protagonismo hegemónico en la escena pública.

Es muy probable que no haya habido otro momento en la Historia en el que dos estadounidenses hayan tenido tanta capacidad de influir en el mundo. Uno tiene en su mano el poder militar. El otro, la autoridad moral. La ironía evidente es que, cuando el cónclave eligió a un estadounidense, optó básicamente por la antítesis de Trump. El Papa León, oriundo de Chicago, se ha consolidado como un pastor universal al hablar de paz, dignidad y el coste humano de la guerra. En su eucaristía inaugural del 19 de mayo, el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio estuvieron entre la concurrencia en representación de una Casa Blanca cuya política choca de frente con el lenguaje moral del nuevo pontífice. Si las imágenes de los medios de comunicación fuesen un cuadro renacentista, su presencia en aquel momento trascendental quedaría plasmada en un lienzo sorprendente sobre esa nueva realidad en la que otro estadounidense ejerce ahora una influencia mundial desde fuera de Washington. 

Es poco probable que los ataques posteriores de Trump al Papa fuesen reacciones impulsivas o arrebatos espontáneos. El presidente, hombre de negocios astuto con perspicacia para interpretar el estado de ánimo y el carácter de la opinión pública, comprende que, dentro de su movimiento político, la confrontación puede convertirse en una fuente de energía. El drama sensacionalista, por muy polémico o irreverente que sea, mantiene la atención puesta en él y transforma cualquier desavenencia en una prueba de lealtad.

Al presentar al Papa León como una figura internacional distante que se entromete en los asuntos mundanos, Trump encasilla al pontífice en una categoría familiar para sus seguidores: la del globalista de élite que sermonea a la gente corriente mientras ignora sus preocupaciones. Al burlarse de los llamamientos a la paz y la moderación, Trump apunta a que la cautela es sinónimo de debilidad y que la fuerza es el verdadero lenguaje del poder. Además, al poner en el punto de mira al líder de la Iglesia católica, saca partido de los antiguos recelos contra Roma en los círculos evangélicos, desde los que se suele mirar a la autoridad papal con desconfianza.

Visto así, el destinatario real de la injuria no era tanto el Vaticano, sino el electorado estadounidense.

El entorno de Trump encarna una forma de política claramente civilizacional en la que la fe, la identidad y el poder se entrelazan sin remedio; hay quien diría que se inspira en el antiguo modelo imperial en el que la teología y la autoridad se reforzaban mutuamente. Baste pensar en la retórica de Marco Rubio, que en ocasiones recurre al discurso del “choque de civilizaciones” o el tatuaje “Deus Vult” de Pete Hegseth, que evoca imágenes de la época de las Cruzadas y se utiliza desde hace tiempo en los discursos antimusulmanes. Ese simbolismo cala en un pensamiento político evangélico estadounidense que contempla Oriente Medio a través del prisma de la profecía apocalíptica y la dominación estratégica, en vez de considerar la coexistencia pluralista. El resultado es una visión binaria del mundo más cercana en esencia a las divisiones maniqueas que a la complejidad ética del pensamiento cristiano mayoritario.

Por el contrario, el Papa León XIV opta por un tono bien distinto, centrado en la dignidad humana, la protección de los refugiados, el sufrimiento de las víctimas de la guerra, la gestión responsable del medio ambiente y la coexistencia pacífica. Además, recoge el testigo de los últimos pontífices que dirigieron la atención a las vicisitudes de los cristianos de Oriente Medio. Al igual que el Papa Francisco, cuya visita a Irak en 2021 durante la pandemia hizo de ese mensaje un eje central, el Papa León no se refiere a estas comunidades como reliquias del pasado, sino como parte integral del futuro plural de la región. La histórica visita del Papa Francisco sirvió de espaldarazo moral para las comunidades cristianas en declive y puso el foco en la preocupación por las minorías cuya supervivencia depende más de la coexistencia que de la mera protección política. Heredó también un papado que, con el Papa Francisco, convirtió Gaza, el desplazamiento y el sufrimiento de la población civil de Oriente Medio en imperativos morales, extendiendo la mirada de la Iglesia mucho más allá de las guerras culturales de la política estadounidense. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), entre los casi 200 lugares de Gaza dañados o destruidos durante la guerra, se encuentra la iglesia bizantina de Jabaliya, construida en el año 444 y destruida en octubre de 2023.Esa misma preocupación quedó patente en la reunión del Papa Francisco con el gran ayatolá Ali al-Sistani en Náyaf, donde los dos líderes religiosos hicieron gala de una autoridad moral que el fracturado Estado iraquí no ha logrado igualar. La versión de Trump de la geopolítica sólo se pregunta quién gana, mientras que la geoteología del Papa León se cuestiona qué queda de nuestra humanidad común una vez terminada la lucha por el poder.

Para las antiguas comunidades cristianas de Oriente Medio, se trata de una pregunta exenta de polémica. Su mera existencia aporta complejidad al mapa ultrasimplista que sólo divide entre “Oriente” y “Occidente”, y su supervivencia no suele encajar con los relatos o intereses políticos modernos. Mucha de la gente que habla en Estados Unidos (EEUU) de defender la Cristiandad pasa por alto a estos cristianos cuyas raíces en la región datan de varios siglos antes de la propia existencia de EEUU. En el discurso político estadounidense, estas comunidades autóctonas quedan relegadas al olvido cuando se reduce la región a un concepto simplista como “el mundo islámico”. No hablamos de personas recién llegadas a Oriente Medio, sino de poblaciones autóctonas. Viven ahí desde antes de que existiesen las banderas que ahora los gobiernan.

Las sucesivas convulsiones en lugares como Irak han desestabilizado de una manera irreversible la vida cristiana tradicional, sobre todo en los años posteriores a la invasión estadounidense. La violencia confesional, los secuestros, los bombardeos de iglesias y la emigración en masa han ido esquilmando poco a poco la vida de unas comunidades que habían perdurado durante siglos. El auge del denominado Estado Islámico en Mosul y en la llanura de Nínive exacerbó la ruptura al acelerar lo que muchos describen como un desmoronamiento existencial de la presencia comunitaria. Algo que había sobrevivido a imperios, dinastías y siglos de cambios en la región se vio abocado al borde de la desaparición en un lapso sorprendentemente breve. La guerra se vendió a la opinión pública estadounidense con el discurso de la democracia y la liberación, pero para muchos cristianos de la zona trajo consigo desplazamiento, miedo y aniquilación.

En esencia, los ataques de Trump al Papa León representan un encontronazo entre dos formas de entender EEUU. Lo que hace que el discurso del Papa León sea tan chocante para Trump y sus acólitos es su rechazo categórico a ese lenguaje tan característico de la simplificación y la excepcionalidad. Al igual que el niño que se atreve a afirmar que el emperador está desnudo, el Papa León saca a la luz la brecha que separa la retórica estadounidense de la vivencia real en lugares como Irak, Siria, el Líbano y Tierra Santa. Da voz a una región que ya no confía en el discurso made in America. Si Occidente no es capaz de reconocer la Cristiandad a menos que hable su propio acento, puede llegar el día en el que se percate de que algunas de las voces cristianas más antiguas sobre la faz de la Tierra ya habrán callado para siempre.