Elecciones legislativas rusas 2026: el ganador se lleva el botín

Vista panorámica del Kremlin de Moscú, con sus murallas y torres de ladrillo rojo en primer plano y el Gran Palacio del Kremlin y varias catedrales de cúpulas doradas al fondo.
Vista del Kremlin de Moscú. Foto: Soltan Frédéric / Getty Images.

Mensajes clave

  • Las elecciones legislativas de 2026 constituyen la culminación de un proceso de transformación iniciado hace más de dos décadas y permiten observar hasta dónde ha llegado el modelo de “democracia soberana” desarrollado bajo Vladímir Putin.
  • Rusia Unida no sólo gana elecciones: domina un sistema cada vez menos competitivo. Desde 2003 el Kremlin ha ido reduciendo progresivamente la posibilidad de alternancia mediante el control institucional, las ventajas estructurales, las restricciones a candidaturas y el debilitamiento de la oposición no oficial.
  • Las elecciones de 2026 buscan proyectar estabilidad, legitimidad y resistencia en tiempos de guerra. El Kremlin puede presentar el resultado como prueba de que Rusia Unida conserva una base amplia, que la guerra y las sanciones no han desestabilizado el sistema y que no existe una alternativa política organizada capaz de desafiarlo.
  • El resultado no crea por sí solo la siguiente fase política, pero amplía el margen de maniobra del Kremlin. Puede facilitar o legitimar decisiones impopulares –más control interno, cambios de personal o una eventual movilización– aunque esas dinámicas responden principalmente a factores previos, como la guerra, la economía y las relaciones dentro de la elite.
  • Que “el vencedor se lleve el botín” no significa sólo que gane más escaños, sino que adquiere una mayor capacidad para definir quién compite, qué se debate y cuánto margen conservan los demás actores políticos.

Análisis

Introducción

La victoria de Rusia Unida, con el 57,83% de los votos en las elecciones legislativas celebradas entre el 18 y el 20 de septiembre, no ha sido una sorpresa. Ni los ciudadanos rusos ni los observadores extranjeros esperaban que estos comicios produjeran un cambio de gobierno. En un artículo anterior analizamos el proceso de conformación de las listas electorales y las particularidades de estas elecciones. Al análisis previo podemos añadir cómo los opositores al régimen intentaron organizarse ante la ausencia de una alternativa electoral real. Hubo tres estrategias entre los votantes críticos del Kremlin. Una era anular deliberadamente la papeleta, estrategia defendida por el líder de Yabloko, Nikolái Rybakov, salvo en los distritos donde hubiera candidatos propios. Otra era emplear el voto táctico contra Rusia Unida. Yulia Navalnaya y el bloguero Maxim Katz recomendaron votar por cualquier partido que no fuera Rusia Unida en la lista nacional y respaldar en las circunscripciones al candidato con mayores posibilidades de derrotar al aspirante oficialista. La tercera opción era simplemente abstenerse. Ninguna produjo efectos parlamentarios significativos.

Precisamente porque el resultado era previsible, su interés no residiría en saber quién ganaría como en comprender qué revela esta elección sobre la evolución del sistema político ruso. Las legislativas de 2026 constituyen la culminación de un proceso de transformación iniciado hace más de dos décadas y permiten observar hasta dónde ha llegado el modelo de “democracia soberana” desarrollado bajo Vladímir Putin. Esta evolución puede dividirse, a grandes rasgos, en tres etapas. Durante los primeros años de Putin (2000-2007) se construyó un sistema de partido dominante acompañado de un pluralismo controlado. Tras las protestas de 2011-2012 aumentó la utilización de instrumentos jurídicos, administrativos y mediáticos contra los actores políticos independientes. Y, especialmente desde 2022, la lógica de la guerra ha reducido todavía más el espacio tolerado para quienes cuestionan elementos centrales de la política del Kremlin.

La ausencia en 2026 de una oposición capaz de disputar realmente el poder no surge, por tanto, de manera repentina. Es el resultado de más de dos décadas de selección progresiva de la oferta política. Rusia continúa celebrando elecciones y mantiene formalmente un sistema multipartidista, pero se ha reducido de forma paulatina la incertidumbre que caracteriza a unas elecciones competitivas: la posibilidad real de que quienes gobiernan puedan perder.

Por ello, los datos de las seis elecciones legislativas celebradas entre 2003 y 2026 plantean una pregunta más relevante que la mera evolución del apoyo a Rusia Unida: ¿qué grado de incertidumbre política existió realmente en cada una de esas elecciones? A esa cuestión se añaden dos preguntas específicas sobre 2026: ¿qué imagen quiere proyectar el Kremlin a través del resultado electoral? y ¿hasta qué punto ese resultado modifica los cálculos del poder, y qué acontecimientos habrían tenido lugar en cualquier caso, con independencia del calendario electoral?

¿Qué grado de incertidumbre política representaban las seis elecciones legislativas?

Figura 1. Resultados de las elecciones legislativas en Rusia, 2003-2026 (% y número de escaños)

Partido político200320072011201620212026
Rusia Unida37,5% (223)64,3% (315)49,32% (238)54,2% (343)49,82% (324)57,83% (355)
Partido Comunista (KPRF)12,8% (52)11,57% (57)19,19% (92)13,34% (42)18,93% (57)13,81% (40)
Partido Liberal-Demócrata (LDPR)11,7% (36)8,4% (40)11,67% (56)13,14% (39)7,55% (21)8,98% (25)
Rusia Justa11,9% (37)7,74% (38)13,24% (64)6,22% (23)7,46% (27)≈5,0% (al menos 4 escaños)
Yabloko7,3% (4)/////////1,34% (0)No participó en la lista federal
Fuente: elaboración propia basada en los datos de Reuters.

Vista en perspectiva, la evolución entre 2003 y 2026 refleja que las elecciones han pasado de ser un mecanismo con cierto margen de incertidumbre a funcionar cada vez más como un instrumento de legitimación y distribución controlada del poder.

Entre 2003 y 2007 Rusia Unida se consolidó como el partido dominante: pasó del 37,5% de los votos y 223 escaños al 64,3% y 315 diputados. El sistema se hizo más centralizado y el multipartidismo no desapareció, pero cambió de función. Puede distinguirse entre Rusia Unida, la “oposición oficial”, autorizada a competir dentro de ciertos límites, y la “oposición no oficial”, sometida a mayores obstáculos para registrarse, financiarse o participar. El sistema conserva así competencia entre partidos secundarios, pero reduce la competencia real por el control del Estado.

Las elecciones de 2011 marcaron un punto de inflexión. Rusia Unida cayó al 49,32% y a 238 diputados, mientras crecían los partidos de oposición oficial. Las denuncias de fraude desencadenaron grandes protestas y, a partir de entonces, el Kremlin reforzó los instrumentos legales y administrativos destinados a contener la movilización política independiente. Desde ese momento, el objetivo no fue sólo ganar elecciones, sino evitar que el descontento pudiera transformarse en una amenaza organizada.

En 2016 se hizo visible otra ventaja estructural del sistema. Rusia Unida obtuvo un 54,2% de los votos, pero 343 de los 450 escaños. El sistema mixto –listas proporcionales y circunscripciones uninominales– amplificó su mayoría: alrededor del 54% del voto se convirtió en más del 76% de los escaños. Su dominio dependía así no sólo del apoyo electoral, sino también de ventajas organizativas, territoriales e institucionales.

Mientras tanto, los principales partidos de la oposición oficial –Partido Comunista, LDPR y Rusia Justa– sobrevivieron elección tras elección. Esa continuidad puede leerse no sólo como estabilidad multipartidista, sino también como parte de la estabilidad del propio sistema. La transformación más profunda se produjo fuera de él: Yabloko pasó de obtener el 7,3% y cuatro diputados en 2003 a quedar fuera de la representación nacional y, en 2026, sin posibilidad de concurrir mediante una lista federal.

Las dudas sobre el fraude, especialmente desde 2011, forman parte de esta evolución, pero no la explican por completo. El control de la competencia se apoya también en restricciones a candidaturas, legislación sobre partidos, predominio mediático, recursos administrativos, ventajas estructurales de Rusia Unida y exclusión o fragmentación de adversarios. La guerra contra Ucrania aceleró este proceso. Ya en las elecciones presidenciales de 2024 el régimen había pasado de restringir la competencia a tolerar únicamente candidatos cuya presencia no amenazara el resultado previsto. Por ejemplo, las candidaturas críticas con la guerra, como las de Ekaterina Duntsova y Boris Nadezhdin, quedaron fuera del proceso electoral mediante decisiones relativas al registro y las firmas necesarias. Mientras tanto, los candidatos de los partidos parlamentarios competían dentro de límites mucho más estrechos; algunos incluso declaraban expresamente que no pretendían captar el voto de Putin.

En este sentido, la evolución del sistema ruso puede describirse menos como la desaparición del multipartidismo que como la desaparición progresiva de la alternancia como posibilidad creíble. Los partidos siguen existiendo, pero la función de buena parte de ellos se ha desplazado: de competir por sustituir al gobierno a canalizar determinados electorados, ocupar espacios ideológicos y proporcionar legitimidad pluralista a un sistema cuyo centro político permanece prácticamente fuera de competición. El Kremlin ha pasado de gestionar una competición política limitada a reducir de antemano casi toda incertidumbre electoral.

En 2026 Rusia Unida ha obtenido oficialmente el 57,83% de los votos y 355 escaños, su mejor resultado parlamentario de toda la serie. Lo hace después de cuatro años y medio de guerra, sanciones y costes económicos y sociales. Pero esa victoria se produce también tras más de dos décadas de reducción del espacio competitivo. Entre 2016 y 2026 el régimen pasó de administrar la competencia entre los partidos políticos a administrar el resultado. Las legislativas de 2021 constituyen un punto de comparación especialmente útil con las de 2026 porque es posible identificar mecanismos que usa el Kremlin para garantizar la victoria de Rusia Unida: la eliminación de la oposición real, la fragmentación de la oposición tolerada, la movilización selectiva de votantes, el fraude electoral y la utilización del apoyo personal a Putin.

Después de las protestas provocadas por las elecciones de 2011, el Kremlin tenía incentivos para reducir la necesidad de fraude directo reduciendo previamente la competencia electoral. Falsificar masivamente una elección acarrea riesgos políticos: puede provocar movilizaciones como las de Rusia en 2011-2012 o, en otro contexto, Bielorrusia en 2020. Por eso resulta más seguro impedir antes de las elecciones que aparezca una alternativa capaz de disputar el poder. En 2026 la expulsión de Yabloko de la carrera electoral es un claro ejemplo de ello.

La trayectoria es, por tanto, bastante clara: en 2011 todavía existía una incertidumbre capaz de generar desgaste y protesta; en 2021 Rusia Unida podía perder apoyo, pero difícilmente el control de la Duma; y en 2026 la incertidumbre se concentra ya en cuestiones secundarias. Rusia mantiene elecciones y varios partidos, pero la posibilidad real de alternancia se ha reducido mucho más que el pluralismo formal.

¿Qué imagen quiere proyectar el Kremlin con los resultados en 2026?

Más que ofrecer una medición transparente del apoyo social al Kremlin, el resultado permite proyectar una imagen de fortaleza, cohesión y continuidad. Hacia dentro, pretende demostrar que Rusia Unida conserva una base electoral amplia, que el aparato estatal sigue siendo capaz de movilizar al electorado y disciplinar a las elites y que no existe una alternativa política organizada. Hacia fuera, busca transmitir que ni la guerra ni las sanciones han provocado una erosión política suficiente como para poner en peligro la estabilidad del régimen.

En este sentido, las elecciones de 2026 cumplen una función que ya era perceptible en las legislativas de 2021 y, de forma todavía más clara, en las presidenciales de 2024: no tanto producir alternancia como confirmar legitimidad, cohesión, capacidad de control y continuidad del statu quo político.

Pueden identificarse cuatro mensajes principales que el Kremlin ambiciona transmitir. El primero es que Rusia Unida continúa disponiendo de una base social amplia y que el sistema conserva la capacidad de producir mayorías muy elevadas. El objetivo no consiste necesariamente en convencer que todos los votos expresan una adhesión ideológica intensa al Kremlin, sino en mostrar que el partido del poder continúa ocupando, con gran diferencia, el centro del sistema político. Este mensaje es especialmente relevante después de las elecciones de 2021 en las que Rusia Unida llegó con unos niveles de popularidad considerablemente menores.

El segundo es que la guerra no ha provocado una erosión política capaz de desestabilizar el régimen. El resultado electoral no demuestra por sí mismo que la guerra cuente con un respaldo social masivo ni permite medir con precisión el grado de apoyo. Sí proporciona al Kremlin una cifra con la que sostener que cuatro años y medio de guerra, sanciones y costes económicos no han producido una ruptura política suficientemente profunda como para amenazar su control. Esa función legitimadora ya estuvo muy presente en las presidenciales de 2024.

El tercer mensaje es la demostración de capacidad de movilización y control administrativo. Si en 2026 el Kremlin consigue simultáneamente una participación elevada, una mayoría reforzada y una oposición incapaz de disputar el poder, la señal dirigida a las elites resulta clara: la maquinaria estatal continúa funcionando. Ese mensaje no se dirige únicamente a los ciudadanos; también tiene como destinatarios a los gobernadores, las burocracias regionales, las empresas públicas, las fuerzas de seguridad y las elites económicas. Un resultado contundente demuestra que el centro sigue teniendo capacidad para fijar objetivos y exigir su cumplimiento a todo el aparato territorial.

El cuarto mensaje, y probablemente el más importante, es que no existe una alternativa política organizada al actual sistema. La fuerza del resultado no reside solamente en el porcentaje alcanzado por Rusia Unida, sino en que ninguno de los demás partidos aparece como una alternativa plausible de gobierno. Existe, además, una dimensión exterior. Igual que ocurrió en 2024, el Kremlin puede utilizar el resultado para transmitir a Ucrania y a los gobiernos occidentales que no deben esperar que el coste de la guerra provoque, al menos a corto plazo, un cambio político interno capaz de obligar a Moscú a modificar su estrategia.

¿Hasta qué punto modifica el resultado electoral los cálculos del Kremlin?

La campaña de Rusia Unida combinó promesas de normalización con llamamientos a la consolidación en tiempos de guerra. Ambas líneas respondían a necesidades políticas distintas pero complementarias: tranquilizar a los ciudadanos respecto a la vida cotidiana y, al mismo tiempo, preparar a la sociedad para la posibilidad de nuevas dificultades. Sin embargo, el resultado electoral no determina por sí mismo la siguiente fase de la política rusa. Modifica, más bien, el margen de maniobra del Kremlin y puede influir en el momento elegido para adoptar decisiones que, en muchos casos, responden a dinámicas anteriores.

La victoria amplia de Rusia Unida es interpretada por el Kremlin como prueba de que conserva capacidad de movilización y control y, por tanto, que puede reducir el coste político percibido de determinadas medidas impopulares. Pero una eventual movilización militar, un mayor endurecimiento interno o determinados relevos de personal dependerán principalmente de las necesidades de la guerra, de la evolución de la economía y de las relaciones dentro de la elite, y no del resultado de las elecciones. Las elecciones pueden acelerar, retrasar o legitimar esos procesos; difícilmente los explican por sí solas.

Las grandes tendencias –continuación de la guerra, endurecimiento del control político, mayor peso del Estado en la economía y reajustes dentro de las elites– no nacen de las elecciones de septiembre de 2026. Son procesos anteriores, estrechamente vinculados a la transformación del sistema ruso bajo las condiciones de guerra.

En este contexto, el resultado reduce los incentivos para introducir concesiones. Puede también ampliar el margen para endurecer la política interna, al permitir presentar esas medidas como compatibles con una sociedad políticamente estable. Pero conviene no confundir correlación temporal con causalidad. Buena parte del endurecimiento es anterior a las elecciones. La exclusión de Yabloko de la competición nacional, la presión sobre Telegram y otras medidas destinadas a aumentar el control estatal ya estaban en marcha antes de la votación.

Una de las mayores preocupaciones de los rusos es si habrá una movilización militar general. La necesidad de más efectivos depende fundamentalmente de factores militares: las pérdidas, las necesidades del frente, la duración de la guerra, la capacidad de reclutamiento y las decisiones estratégicas respecto a Ucrania. Ninguna de esas variables cambia simplemente porque se hayan celebrado elecciones. Lo que sí puede cambiar es el cálculo político asociado a una medida impopular. Una vez superada la prueba electoral con una mayoría amplia, el Kremlin puede considerar que dispone de mayor margen para adoptar decisiones que habría preferido posponer durante la campaña. Por tanto, no hay que excluir la posibilidad de una movilización militar general en Rusia este otoño.

Conclusiones: el vencedor se lleva el botín

Rusia Unida no se queda literalmente con todos los escaños, pero su victoria produce efectos mucho más amplios que una simple mayoría parlamentaria. El resultado de las Elecciones legislativas refuerza simultáneamente el control del partido de Vladimir Putin sobre la Duma, la autoridad del Kremlin sobre las elites, la capacidad del centro para disciplinar al aparato administrativo de las regiones y la posibilidad de presentar las decisiones posteriores como legitimadas por las urnas. Así, “el vencedor se lleva el botín” adquiere un significado político más profundo: no sólo acumula votos y escaños, sino también una parte creciente de los recursos que determinan quién puede competir, qué cuestiones pueden debatirse y cuál es el margen de actuación de quienes permanecen fuera del poder.