Las repercusiones regionales del triunfo de Petro

Gustavo Petro durante su mandato como Alcalde de Bogotá, Colombia (2015)

El triunfo electoral de Gustavo Petro ha proporcionado renovados bríos a las teorías que hablan de un nuevo giro a la izquierda en América Latina o de una nueva marea rosa en la región. El primer giro hace referencia a lo ocurrido en la primera década del siglo XXI, especialmente tras la victoria de Hugo Chávez, que abrió las puertas al proyecto bolivariano, también conocido como la vía al socialismo del siglo XXI.

Quizá con el ánimo de separar un giro de otro, o una marea de la otra, y para poner en valor los grandes méritos democráticos del progresismo actual (muy diferentes a los del bolivarianismo pasado) hay quien habla de una nueva izquierda. Incluso Jorge Castañeda distingue entre tres izquierdas diferentes. Es obvio que en las categorías establecidas el mayor o menor componente populista presente desempeña un papel esencial. Pero, en cualquier caso, esta nueva izquierda es muy distinta de aquella que en su día impulsaba el viejo proyecto soñado por Hugo Chávez y Fidel Castro de avanzar en la construcción conjunta de Cubazuela, o Venecuba. Posteriormente se añadió a ellos la Nicaragua orteguista, para dar lugar al conjunto de los tres países que conforman hoy el núcleo autoritario, y prorruso, de América Latina.

En oposición a este trío estaría el club de la llamada nueva izquierda. Algunos incluso la califican de social demócrata, aunque el Grupo de Puebla prefiere hablar de progresismo. En este grupo encontramos al chileno Gabriel Boric e incluso al colombiano Gustavo Petro. Pero también hay quien incluye, eso sí con una elevada dosis de voluntarismo, al mexicano Andrés Manuel López Obrador, mucho más social que demócrata, al peruano Pedro Castillo, connotado marxista –leninista–

mariateguista, o al argentino Alberto Fernández, de profunda militancia peronista.

También se podría agregar al boliviano Luis Arce, del mismo partido que Evo Morales (si bien con profundas discrepancias con su predecesor por el rumbo del proceso “revolucionario”) y a la hondureña Xiomara Castro, esposa del expresidente Manuel Mel Zelaya. De ganar en octubre en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva sería el último eslabón, de momento, en expandir el número de gobiernos de izquierda en América Latina.

Por eso, cuando Petro alcanzó la presidencia se dispararon las especulaciones en torno a las alianzas regionales que éste podría tejer o respecto a sus potenciales socios en la política latinoamericana. Previamente, el ya presidente electo admitió su sintonía con Boric y Arce, pero también con López Obrador y Fernández, si bien esto es claramente insuficiente para conocer sus preferencias en materia de política regional. Incluso en el caso de que se decante por mantener las opiniones y principios esgrimidos por Boric y su condena del autoritarismo y de las vulneraciones de los derechos humanos, quedaría por saber qué relación tendrá con Nicolás Maduro y con Miguel Díaz-Canel.

Inclusive hay quien especula que el mismo Petro podría convertirse en el gran líder regional, de forma de llenar el gran vacío existente tras la muerte del comandante Chávez. No es sencillo que eso ocurra, ya que más allá de las virtudes del presidente electo, la coyuntura actual, marcada por las necesidades de recuperación post-pandemia y por las urgencias de la guerra en Ucrania, no es la misma que la existente a comienzos del siglo XXI. Pero hay más. Por un lado, Venezuela, o Chávez, disponía de ingentes recursos para invertir en su proyecto hegemónico regional. Y, por el otro, coexistía con un grupo de líderes tanto o más entusiasmados que él en torno a sus propuestas. Entre ellos, y junto a Castro y Chávez, estaban Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega, sin olvidar la complacencia tácita de Néstor Kirchner.

La realidad actual es mucho más complicada y las diferencias, incluso las contradicciones, entre los presidentes agrupados en el conjunto de gobiernos progresista son muy acusadas. Si en los años 2000 todo estaba por hacer, eso ya ha cambiado. Los precios en constante alza de las materias primas servían para impulsar políticas públicas con las que mantener en el poder a gobiernos de cualquier color. Hoy el dinero solo alcanza para mantenerse, a tal punto que, de las 14 últimas elecciones presidenciales celebradas en la región, los oficialismos fueron derrotados en 13. La única excepción fue Nicaragua, pero no precisamente por un exceso de transparencia y formas democráticas. Incluso, buena parte de las instituciones creadas en aquel entonces para impulsar la integración regional han desaparecido o están en hibernación.

Por ahora Petro trata de evitar conflictos y mantiene las buenas formas. Por eso habló tanto con Joe Biden como envió señales positivas a Nicolás Maduro de que iba a normalizar las relaciones con el gobierno de Caracas. De todas formas, aún es pronto para saber el rumbo regional que tomará en su gestión y con quien tendrá un contacto más fluido, o qué querrá hacer tanto con la OEA como con la CELAC. Probablemente tendremos más indicios de por dónde irán las cosas cuando haga público el nombre de su primer ministro de Relaciones Exteriores y, muy especialmente a partir del próximo 7 de agosto, cuando ocupe su despacho en la Casa de Nariño.   


Imagen: Gustavo Petro durante su mandato como Alcalde de Bogotá, Colombia (2015). Foto: Gustavo Petro Urrego (CC BY-NC 2.0).