Mensajes clave
- Existen dos interpretaciones del momento actual: como reajuste o como transición hegemónica. En la primera, EEUU está endureciendo temporalmente su liderazgo para preservar el orden existente. En la segunda, la primacía estadounidense está en declive estructural frente al ascenso de China. La distinción no es sólo teórica: define el margen de maniobra que tendrá América Latina.
- América Latina ha ganado visibilidad estratégica, pero no por sus capacidades, sino por ser una región generadora de problemas (migración, narcotráfico y presencia china) y un espacio de control más accesible. Sin un aumento de agencia propia, esa relevancia será pasajera.
- Ante la presión de Washington, los países latinoamericanos se enfrentan de nuevo a la misma disyuntiva histórica: alinearse o no alinearse. El reequilibrio (aliarse con el rival de EEUU, como hicieron Cuba y Venezuela) ha mostrado resultados poco alentadores. Las posiciones sofisticadas de “alineamiento activo” y “no-alineamiento activo” terminan siendo más parecidas entre sí de lo que sus defensores admiten.
- Más allá de la coyuntura, sin un incremento sustantivo de capacidades propias, la región seguirá siendo prescindible a largo plazo. La atención de EEUU hacia América Latina ha sido históricamente espasmódica: sube cuando hay una amenaza externa y se disipa una vez contenida.
Análisis
Desde la última intervención de la “era del garrote” (Big Stick) en Nicaragua, en 1926, que terminó en 1933 con el anuncio de la política del Buen Vecino (Good Neighbor), EEUU ha intervenido militarmente en un país latinoamericano, en promedio, una vez cada 30 años. Lo hizo en la República Dominicana en 1965; en Panamá en 1989, donde capturó a Manuel Noriega el 3 de enero de 1990; y en Venezuela en 2026, secuestrando a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.[1] Al parecer, los países son invadidos con respetuosa distancia. El patrón desnuda el esqueleto que sostiene la estabilidad hemisférica: violenta y jerárquica, pero dosificada. Ese patrón ayuda a pensar el futuro. Como veremos, los latinoamericanos difieren en su visión de EEUU en función del peso que le den a ese vigésimo o trigésimo quinto año en su memoria.
Con una mirada a largo plazo, los autores de este análisis publicamos en 2021 una investigación sobre la creciente irrelevancia de América Latina. Aportando datos históricos sobre población, capacidad militar, comercio internacional y protagonismo diplomático, mostramos que la región había reducido su peso en todos los indicadores respecto a otras áreas del mundo. Paradójicamente, la ventaja de la irrelevancia era estar cada vez menos presentes en el radar de las grandes potencias.[2] Pero estábamos pensando mucho en los últimos 30 años y poco en el año 30. Subestimamos la capacidad de América Latina para convertirse en un problema para Washington, al abrir las puertas de la región a potencias extra hemisféricas y producir altos niveles de emigración y narcotráfico, lo que la puso de nuevo en el radar. De hecho, la región se ha colocado entre las más relevantes si nos atenemos a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, publicada en noviembre de 2025. En ella, la Administración Trump lista cinco regiones del mundo en orden de prioridad para su política exterior y el hemisferio occidental –que abarca desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego– aparece en primer lugar.
En este texto planteamos interpretaciones alternativas acerca de lo que el posicionamiento de América Latina en lo más alto de la agenda expresa sobre los objetivos del gobierno estadounidense, sobre la relevancia de la región y sobre lo que América Latina puede hacer.
Un mundo alterado: ¿reequilibrio estratégico o transición hegemónica?
El actual escenario internacional admite dos lecturas contrapuestas. Una lo interpreta como reequilibrio: un endurecimiento transitorio del liderazgo estadounidense para preservar el orden vigente mientras administra el desacoplamiento con China en un mundo bipolar. La otra lo concibe como transición hegemónica, en la que la primacía de EEUU se erosiona de manera estructural frente al ascenso chino. Distinguir entre estas dinámicas no es sólo un ejercicio teórico: de ello dependerá el margen de maniobra de América Latina en el nuevo equilibrio.[3]
La primera interpretación, el reequilibrio hegemónico, cuestiona que estemos frente a una transición plena. En lugar de un declive irreversible de la primacía estadounidense, se vislumbra un pasaje gradual hacia un sistema bipolar –aunque en el aspecto estratégico, la distancia con China todavía sea grande–. En este escenario, Washington estaría liderando un reacomodamiento estratégico, en el que suspende selectivamente las reglas del orden internacional que él mismo creó para rediseñar un nuevo orden a su favor.
Este patrón no es novedoso, sino reconocible en momentos de incipiente bipolaridad con otra potencia: la Unión Soviética. Situaciones similares se produjeron al menos dos veces desde la Segunda Guerra Mundial: bajo Harry Truman, cuando la expansión soviética en Europa y la Revolución en China parecieron amenazar la supremacía estadounidense; y bajo Richard Nixon, cuando la paridad nuclear y el desgaste de Vietnam pusieron en duda la sostenibilidad del orden de posguerra.[4] En ambos episodios, EEUU respondió no retirándose del sistema, sino endureciendo transitoriamente su liderazgo mediante la coerción, para luego volver a una postura de hegemonía más cooperativa.
Desde esta perspectiva, la política exterior de Donald Trump no marca el fin del orden liberal internacional, sino su suspensión momentánea. El unilateralismo, las amenazas explícitas, las intervenciones directas y la ruptura con organismos multilaterales –lo que algunos han llamado hegemonía predatoria–[5] funcionan como instrumentos para realinear aliados, cercar adversarios y redefinir prioridades, no como señales de abandono del liderazgo global. El objetivo no es administrar una transición sino evitarla o, al menos, postergarla en términos favorables. Este reequilibrio se expresa a través de cuatro mecanismos.
Primero, el cerco geopolítico: así como Truman consolidó una arquitectura de alianzas para contener a la Unión Soviética y Nixon explotó la fractura sino-soviética para rediseñar el equilibrio global, Trump parece ensayar movimientos orientados a aislar a China mediante presiones simultáneas en Eurasia y el hemisferio occidental, incluyendo un curioso y persistente acercamiento a Rusia –una “Kissinger invertida”–.
Segundo, la disuasión militar espectacular, que no busca tanto la guerra como demostrar disposición a escalar. Bajo Truman, EEUU compensó la superioridad convencional soviética en Europa combinando una presencia militar masiva con la amenaza implícita de represalias nucleares: la demostración atómica de 1945 buscó enviar un mensaje no sólo a Japón sino también a Moscú, lógica que se mantuvo durante la Guerra de Corea. Nixon, en un contexto de destrucción mutua asegurada y tabú nuclear, reactivó esta estrategia a través de alertas nucleares y señales deliberadas de escalada para presionar a sus adversarios. En la actualidad, las acciones militares en Irán y Venezuela, así como la amenaza sobre Groenlandia, presentan paralelismos con ese patrón de disuasión, aunque sin recurrir explícitamente a amenazas nucleares.
Tercero, el unilateralismo económico como herramienta disciplinaria. Así como las contrapartidas del Plan Marshall o el Nixon Shock subordinaron la estabilidad del sistema a los intereses estratégicos de Washington, la actual política comercial y financiera apunta a redistribuir costes dentro del bloque occidental. En 1947 el Plan Marshall buscó no sólo reconstruir Europa, sino consolidar una esfera económica occidental bajo liderazgo de EEUU. Al condicionar la ayuda, Washington forzó a aliados como el Reino Unido y Francia a aceptar la primacía del dólar y a abandonar ambiciones imperiales, mientras la Unión Soviética quedó excluida por considerar inaceptables esas condiciones. En 1971 la imposición de aranceles y la suspensión unilateral de la convertibilidad del dólar en oro trasladaron el ajuste a aliados clave como Japón y Alemania Occidental, que aceptaron revaluar sus monedas bajo presión. El mensaje fue claro entonces y vuelve a serlo ahora: el orden se mantiene, pero los aliados deben pagar más.
Finalmente, la utilidad estratégica de parecer irracional –desde la imprevisibilidad de Truman, “la mula de Missouri”, hasta la Madman Theory de Nixon– reaparece en el estilo trumpista, donde la teatralidad, la volatilidad retórica y la disposición a romper reglas buscan reforzar la credibilidad de la amenaza.
En este marco, el hemisferio occidental reaparece como prioridad no porque sea decisivo en la competencia global, sino porque permite a EEUU demostrar autoridad en su esfera hegemónica, expulsando a rivales extrarregionalas como siempre ha hecho.[6] Para América Latina, el corolario de esta lectura es la aceptación de su subordinación estratégica y, como se verá, una política de alineamiento.
Pero existe otra lectura, y está más extendida, que entiende el momento actual no como reequilibrio dentro de un orden vigente, sino como transición hegemónica.[7] Desde esta perspectiva, la primacía estadounidense no atraviesa una pausa táctica o un ajuste cíclico sino un declive estructural, producto del ascenso de China y de la incapacidad de seguir proveyendo, en solitario, los bienes públicos que sostuvieron el orden de posguerra.
Esta lectura se inscribe en la teoría del cambio hegemónico[8] y pone el énfasis en transformaciones a largo plazo: el desplazamiento del centro de gravedad demográfico y económico hacia Asia, la erosión de la supremacía tecnológica occidental, la fragmentación del comercio global y la dificultad para sostener consensos normativos. En este marco, el comportamiento estadounidense no se interpreta como suspensión transitoria del orden, sino como revisionismo defensivo. El unilateralismo, la ruptura de compromisos internacionales y el uso creciente de la coerción por parte de Washington reflejarían menos una estrategia de reposicionamiento que una reacción ante la pérdida de posición estructural. A diferencia del pasado, la coerción ya no garantiza la restitución del orden, sino que acelera su fragmentación. El mundo se aleja de Washington en un proceso que su revisionismo potencia. Como expuso en Davos el primer ministro canadiense, Mark Carney, la nostalgia no tiene sentido: nos acercamos a lo desconocido y hay que planear en consecuencia, diversificando riesgos y, por lo tanto, alianzas.
Desde esta óptica, el énfasis en el hemisferio occidental responde a una lógica de retrenchment: ante la imposibilidad de sostener la primacía global, Washington prioriza espacios de control directo y menor coste relativo. América Latina reaparece no sólo como escenario de demostración de fuerza sino como zona de repliegue estratégico, donde EEUU conserva la superioridad y puede compensar pérdidas en teatros más disputados. Al mismo tiempo, deniega ese espacio a sus rivales geopolíticos. La división del mundo en esferas de influencia deviene, al mismo tiempo, “un resultado inevitable de la anarquía internacional y una solución imperfecta a los incentivos competitivos que la anarquía crea”.[9]
Una región expectante: ¿relevante o irrelevante?
La pregunta por la renovada centralidad de América Latina exige una definición previa: qué significa “relevancia” en el sistema internacional y en qué condiciones una región periférica puede adquirirla.
En nuestro trabajo anterior distinguíamos entre relevancia como recurso y relevancia como amenaza. La primera se asocia a capacidades positivas: peso demográfico, económico, militar o diplomático. La segunda, a la capacidad para generar problemas a las grandes potencias, ya sea por inestabilidad interna, conflictos interestatales o apertura a actores extra regionales. El diagnóstico era que América Latina había perdido relevancia en ambas dimensiones. Desde una perspectiva secular, la región se volvió menos relevante por el ascenso del resto del mundo: Asia, Oriente Medio e incluso África incrementaron su peso demográfico, estratégico y comercial, desplazando a América Latina en casi todos los indicadores estructurales. Desde una perspectiva coyuntural, el fin de la Guerra Fría eliminó la principal fuente de relevancia negativa, al desaparecer la competencia sistémica que convertía al hemisferio en un campo de batalla ideológico y geopolítico. El resultado fue una región más pacífica, pero también más prescindible.[10]
Sobre este trasfondo, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU y el discurso asociado a una revitalización hemisférica invitan a pensar en una recuperación de la relevancia como problema. Los argumentos son conocidos. Primero, una reinterpretación de la Doctrina Monroe que valoriza la región como espacio de exclusión frente a potencias rivales. Segundo, la creciente importancia de minerales críticos y recursos estratégicos presentes en América Latina, claves para la transición energética y tecnológica, que EEUU no quiere dejar en manos de China. Tercero, la proyección geopolítica asociada a pasajes, corredores marítimos y choke points –del océano Ártico al cabo de Hornos, pasando por el canal de Panamá– en un contexto de competencia global. Finalmente, la función clásica de la región como espacio de negación territorial: impedir que potencias enemigas establezcan presencia militar, tecnológica o logística dentro del perímetro de seguridad de EEUU.
Es posible que América Latina se torne positivamente relevante a largo plazo, en particular por sus reservas estratégicas. Sin embargo, cuando se ponderan las reservas de otras regiones, este argumento pierde peso. No porque América Latina no tenga recursos, sino porque carece de capacidad estatal para defenderlos y utilizarlos en su beneficio.[11]
La historia sugiere que la atención estadounidense hacia América Latina ha sido espasmódica y reactiva. Cada vez que una potencia extra hemisférica intentó avanzar en la región –Alemania en las guerras mundiales, la Unión Soviética durante la Guerra Fría y China hoy– Washington respondió con firmeza. Pero una vez contenida la amenaza, la región volvió a un segundo plano. La priorización nunca derivó en una reorientación duradera de capacidades ni un compromiso estratégico sostenido.[12] Desde esta óptica, el llamado Corolario Trump no sería síntoma de relevancia estructural recuperada, sino una hipérbole estratégica dirigida a múltiples audiencias: votantes domésticos, gobiernos latinoamericanos, aliados extra hemisféricos y adversarios globales. La región reaparece como problema –migraciones, crimen organizado y penetración externa– más que como recurso. Controlados esos problemas y bloqueadas las intromisiones externas, la dinámica histórica anticipa que la atención volverá a disiparse.
Así, América Latina se encuentra hoy en una posición expectante. Puede experimentar una relevancia coyuntural derivada de la competencia entre grandes potencias, pero esa relevancia no surge de sus propias capacidades sino de su utilidad estratégica.[13] La incógnita no es si la región vuelve a importar, sino por cuánto tiempo y en qué términos. La experiencia sugiere que, sin un aumento sustantivo de agencia propia, la relevancia será nuevamente pasajera y subordinada, y la irrelevancia estructural –más silenciosa, pero más persistente– terminará imponiéndose. ¿Qué significa esto para su política exterior?
América Latina: alinearse o no-alinearse, esa es la cuestión
¿Se encuentra el mundo en transición hegemónica o en recomposición de la primacía estadounidense? La respuesta tiene efecto sobre la relevancia de América Latina y la política exterior de sus países. Quienes ponen el énfasis en el poder militar (el año 30), suelen ver como más probable la tesis del reequilibrio estratégico, puesto que la superioridad de EEUU es avasallante. Pero una mirada económica, que minimiza la jerarquía y la violencia para enfocarse en los 30 años, apunta en otra dirección. En este contexto, la reaparición del hemisferio occidental en la agenda estratégica de Washington actualiza un dilema clásico de la política exterior latinoamericana: cómo situarse frente a la potencia hegemónica hemisférica.
Las respuestas disponibles no son novedosas; lo que cambia es el contexto y, con él, los costes y beneficios relativos de cada opción. La tipología tradicional ofrece tres cursos de acción. El alineamiento implica aceptar la primacía de la potencia hegemónica y coordinar políticas con ella –en su versión sofisticada, manteniendo los mayores márgenes de autonomía posibles–.[14] El no-alineamiento, por el contrario, propone comenzar por la autonomía y no subordinarse automáticamente a ninguna potencia.[15] Finalmente, el equilibrio consiste en hacer frente a la potencia hegemónica aliándose con su rival, como hizo Cuba durante la Guerra Fría y Venezuela hasta hace poco: los resultados no son alentadores.
Tanto los proponentes del alineamiento como los del no-alineamiento suelen reconocer alguna sensatez en el contraargumento y defienden una versión sofisticada o “activa” del propio. Quienes postulan el no-alineamiento activo enfatizan que no se trata de una política de confrontación con Washington sino de maximizar márgenes de maniobra, evitando compromisos rígidos y aceptan que requiere una diplomacia sofisticada.[16] Pero esta posición no difiere en mucho del alineamiento activo, que sugiere comenzar de una posición de alineamiento para luego maximizar márgenes de maniobra evitando compromisos rígidos, lo que también exige una diplomacia sofisticada.
En esta coyuntura, América Latina se enfrenta a una decisión crucial: ¿alinearse o no alinearse? Esa es la cuestión. En términos de Shakespeare: “¿Qué es más noble para el alma, sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna o tomar las armas contra un mar de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?”.
La experiencia histórica de potencias fuera de la región es ilustrativa. El Reino Unido, Francia, Alemania y Japón optaron, después de 1945, por el alineamiento explícito con EEUU, aunque con grados variables de autonomía, como vía para reconstruir capacidades y defenderse de la amenaza soviética.
En América Latina, Cuba tomó el camino de Hamlet. Pero, obviando las tragedias del equilibrio, las opciones mayoritarias se desplegaron entre el alineamiento y el no-alineamiento, fueran más o menos activos. Brasil ensayó un alineamiento temprano que, durante la Segunda Guerra Mundial, le permitió beneficios industriales y militares; posteriormente buscó el no-alineamiento, con resultados mixtos y costes crecientes.[17] Argentina privilegió el no-alineamiento con episodios de alineamiento tardío, pagando costes de exclusión en momentos críticos.[18] México mantuvo una autonomía prudente, acotada por la proximidad geográfica, que combinó cooperación funcional con resguardos simbólicos.[19] Los países menores, por su parte, alternaron entre el alineamiento y las intervenciones externas, evidenciando la fragilidad de estrategias maximalistas.[20]
Para quienes vislumbran un reequilibrio de la primacía estadounidense en un esquema bipolar, el escenario actual –con EEUU como potencia hegemónica hemisférica y China como competidor– empuja hacia el alineamiento.[21] Considerando el coste de las sanciones que EEUU puede aplicar por no-alinearse (el caso de Venezuela es un ejemplo extremo), la disyuntiva real no es “alinearse o no”, sino cómo. Esta visión se basa en evidencia empírica de que la opción entre EEUU y China no era complementaria ni siquiera antes del desacoplamiento en curso.[22] Desde esta perspectiva, la opción más sensata es el alineamiento activo, donde la región no pisa las líneas rojas establecidas por Washington –por ejemplo, el acceso de China en áreas sensibles– y se contenta con mantener autonomía dentro de los límites del paraguas hegemónico. El no-alineamiento sin respaldo material se traduciría en vulnerabilidad, colocándose en la mira de Washington para los palos sin el beneficio de las zanahorias.
La estrategia del no-alineamiento activo, en contraste con la anterior, considera que existe una transición hacia un mundo post-occidental y enfatiza la dimensión económica antes que la militar.[23] Sus promotores la conciben, a diferencia del no-alineamiento de la Guerra Fría, como menos defensiva y más orientada a la diversificación y búsqueda de oportunidades globales. En esta visión, el alineamiento con uno de los rivales hegemónicos estrecharía el rango de opciones y obturaría el desarrollo económico en vez de fomentarlo. Implícita está la idea de que se puede separar la hegemonía económica de la militar. El no-alineamiento activo, afirman, no tiene signo ideológico, por lo que permite la cooperación internacional entre gobiernos de diferentes inclinaciones.
La historia de América Latina es rica en ejemplos de todas las estrategias concebibles en política exterior. Analizando las relaciones con Washington desde 1945, los estudios sugieren que hay tres variables explicativas: el contexto geopolítico; la distancia respecto a EEUU; y un conjunto de factores domésticos que afectan la estabilidad de la política exterior y su propensión al alineamiento.
Primero, contextos geopolíticos benignos han permitido a los países latinoamericanos diversificar sus relaciones y maximizar su autonomía, mientras que contextos geopolíticos restrictivos, como el avance de potencias extrarregionales en el hemisferio, han tendido a reducir las opciones.[24]
Segundo, respecto a la distancia, las intervenciones directas de EEUU han tenido lugar dentro de su perímetro de seguridad, que llega hasta Colombia y Venezuela, pero han sido indirectas más allá. Ello implica costes diferenciados para la resistencia o autonomía: cuanto más lejos, más tolerable.[25] Como destaca Octavio Amorim Neto, Brasil tiene condiciones de las que México carece. El excanciller mexicano Jorge Castañeda lo admite cuando afirma que, “a diferencia del resto del continente, Brasil puede darse el lujo de actuar solo”.[26]
Tercero, países como Brasil y México han respondido más a la correlación de fuerzas con la potencia hegemónica que a procesos políticos domésticos.[27] Esta consideración remite al concepto de volatilidad de la política exterior latinoamericana.[28] Las investigaciones listan una serie de factores institucionales (como la concentración del poder presidencial) y estructurales (como el tamaño de los países) que explican por qué algunos se comportan de forma más previsible que otros. Países de tamaño pequeño y medio han exhibido mayor influencia de factores domésticos, como ideología y régimen político, en la definición de su alineamiento internacional, aunque Chile, Colombia y Uruguay constituyen excepciones.[29]
Cualquiera que sea la política exterior que se adapte en función del contexto externo, igual de importante será la capacidad de mantener apoyo doméstico. Hasta ahora, el alineamiento con EEUU resultó electoralmente rentable, según sugieren las victorias de Javier Milei en Argentina y Nasry Asfura en Honduras. Pero si los resultados del alineamiento tardan en llegar, una reacción nacionalista encuentra antecedentes en cualquier manual de historia latinoamericana. A su vez, la neutralidad puede resultar popular a corto plazo, pero gravosa en caso de sanciones o exclusión de mercados. Como nos reveló un canciller latinoamericano, “el no-alineamiento activo o la autonomía estratégica suenan muy bien y entretienen a los académicos, pero lo cierto es que son conceptos que nos quedan grandes. Somos vulnerables y no nos queda más que intentar el juego de cintura”. Si la potencia hegemónica hace vacío, sería el voto económico el que derribaría gobiernos. La política exterior está más alejada de la cotidianeidad social que otras políticas públicas, pero en democracia, su formulación y condiciones de éxito también dependen del voto popular.
Conclusiones
La disyuntiva entre transición o reequilibrio hegemónico importa menos por la precisión analítica que por las estrategias que habilita o desalienta. En América Latina, errar el diagnóstico puede conducir a dos trampas opuestas. De un lado, una política exterior fundada en supuestos maximalistas de autonomía que no se corresponden con sus capacidades materiales ni con la estructura jerárquica del hemisferio puede derivar en sanciones hegemónicas, sean económicas o militares. Del otro, el alineamiento acrítico puede obturar oportunidades económicas derivadas de la diversificación y, en el extremo, provocar la animosidad de potencias extra hemisféricas. En ambos casos, además, equivocar la estrategia implica pérdidas relativas respecto de los vecinos que acierten.
Si el escenario actual es un reequilibrio, el alineamiento con EEUU –más o menos activo– aparece como una adaptación racional a un orden que se endurece. Si, en cambio, nos enfrentamos a una transición hegemónica, la diversificación de vínculos es prudente y conveniente. Cualquiera que sea el caso, la historia sugiere que la irrelevancia estructural no se revierte por declamación ni por ambigüedad, sino por la acumulación sostenida de capacidades y agencia. Sin ello, América Latina seguirá siendo relevante sólo como problema ocasional o teatro secundario, oscilando entre alineamientos impuestos y autonomías ilusorias en un mundo que no espera.
[1] Granada, intervenida en 1983, no es latinoamericana; Haití, que lo es, fue intervenida de manera multilateral. También excluimos operaciones encubiertas y otro tipo de influencias –como la diplomacia coercitiva de los despliegues navales de la Cuarta Flota y actividades del Comando Sur–. En rigor, el esqueleto coercitivo de la estabilidad hemisférica tiene más carne de la que admitimos.
[2] L.L. Schenoni y A. Malamud (2021), “Sobre la creciente irrelevancia de América Latina”, Nueva Sociedad (291), pp. 4-18.
[3] L.L. Schenoni (2019), “Bipolarity or hegemony? Latin America’s dilemma for the 21st century”, E-International Relations; D. Herrera Santana (2017), Hegemonía, poder y crisis. Bifurcación, espacialidad estratégica y grandes transformaciones globales en el siglo XXI, Ediciones Monosílabo; J.L. León-Manríquez y L.F. Alvarez (2014), “Mao’s steps in Monroe’s backyard: towards a United States-China hegemonic struggle in Latin America?”, Revista Brasileira de Política Internacional, vol. 57, nº 1, pp. 9-27; G.E. Merino y L.A. Morgenfeld (2022), “América Latina y la crisis de la hegemonía estadounidense: las disputas en el BID y la Cumbre de las Américas”, Cuadernos sobre Relaciones Internacionales, Regionalismo y Desarrollo, vol. 17, nº 31, pp. 1-30.
[4] L.L. Schenoni (2025), “Ecos de la contención: cómo Truman y Nixon ayudan a comprender a Trump”, Asuntos Globales, nº 2, pp. 153-169.
[5] S.M. Walt (2026), “The predatory hegemon: how Trump wields American power”, Foreign Affairs, marzo/abril.
[6] A.B. Tickner (2021), “El pensamiento latinoamericano en las Relaciones Internacionales”, en T. Legler, A. Santa Cruz y L. Zamudio González (eds.), Introducción a las Relaciones Internacionales: América Latina y la política global, Universidad Iberoamericana, México; A. Santa-Cruz (2020), US Hegemony and the Americas: Power and Economic Statecraft in International Relations, Routledge, Nueva York.
[7] A. Serbin (2019), América Latina en un mundo en transición, Icaria, Barcelona; O. Stuenkel (2016), Post-Western World: How Emerging Powers are Remaking Global Order, Polity Press.
[8] G. Allison (2017), Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap?, Houghton Mifflin Harcourt, Boston.
[9] S. Walt (2026), “What spheres of influence are and aren’t”, Foreign Policy, 19/I/2026.
[10] R. Russell (2006), “América Latina para Estados Unidos: ¿especial, desdeñable, codiciada o perdida?”, Nueva Sociedad, nº 205, pp. 48-62.
[11] C.R.S. Milani y L. Pinheiro (2013), “Política externa Brasileira: os desafios de sua caracterização como política pública”, Contexto Internacional, vol. 35, nº 1, pp. 11-41.
[12] M.C. Desch (1993), When the Third World Matters: Latin America and United States Grand Strategy, Johns Hopkins University Press, Baltimore; L. Schoultz (1998), Beneath the United States: A History of US Policy Toward Latin America, Harvard University Press, Cambridge MA; G. Smith (2005), The Last Years of the Monroe Doctrine, 1945-1993, Hill and Wang, Nueva York.
[13] E. Actis y N. Creus (2020), La disputa por el poder global: China contra Estados Unidos en la crisis de la pandemia, Capital Intelectual.
[14] C. Escudé (1992), Realismo periférico: fundamentos para la nueva política exterior argentina, Planeta, Buenos Aires; C. Escudé y L.L. Schenoni (2016), “Peripheral realism revisited”, Revista Brasileira de Política Internacional, vol. 59, nº 1.
[15] H. Jaguaribe (1979), “Autonomía periférica y hegemonía céntrica”, Estudios Internacionales, vol. 12, nº 46, pp. 91-130; R. Russell y J.G. Tokatlian (2013), “América Latina y su gran estrategia: entre la aquiescencia y la autonomía”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, nº 104, pp. 157-180.
[16] C. Fortín, J. Heine y C. Ominami (eds.) (2021), El no alineamiento activo y América Latina: una doctrina para el nuevo siglo, Editorial Catalonia.
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[18] A.C. Simonoff (2023), “La insoportable persistencia de la Autonomía: esbozos de una mirada panorámica a cuarenta años de política exterior argentina y democracia (1983-2023)”, Relaciones Internacionales, vol. 32, nº 65, pp. 15-29; D. Paikin (2022) “La política exterior de la Argentina contemporánea: entre la búsqueda de autonomía y la aceptación del lugar subordinado”, Anuario Latinoamericano, nº 14, pp. 151-168.
[19] G. González González (2001), “Las estrategias de política exterior de México en la era de la globalización”, Foro Internacional, vol. 41, nº 4, pp. 619-671; A. Covarrubias (2011), “Mexico’s foreign policy under the Partido Acción Nacional: promoting democracy, human rights, and interests”, en G.L. Gardini y P. Lambert (eds.), Latin American Foreign Policies: Between Ideology and Pragmatism, Palgrave Macmillan, Basingstoke, pp. 213-233.
[20] J.I. Domínguez y A. Covarrubias (eds.) (2014), Routledge Handbook of Latin America in the World, Routledge, Londres.
[21] L.L. Schenoni y D. Leiva (2021), “Dual hegemony: Brazil between the United States and China”, en F. Böller y W. Werner (eds.), Hegemonic Transition. Global Economic and Security Orders in the Age of Trump, Springer, pp. 233-255.
[22] F. Urdinez, F. Mouron, L.L. Schenoni y A.J. de Oliveira, (2016), “Chinese economic statecraft and US hegemony in Latin America: an empirical analysis, 2003-2014”, Latin American Politics and Society, vol. 58, nº 4, pp. 3-30.
[23] Urdinez, F. (2025), Economic Displacement. China and the End of US Primacy in Latin America, Cambridge University Press; M. Wigell, S. Scholvin y M. Aaltola (2018), Geo-economics and Power Politics in the 21st Century: The Revival of Economic Statecraft, Routledge.
[24] A. Malamud (2025), “América del Sur, entre la dependencia económica y la autonomía política”, Asuntos Globales, nº 2, pp. 51-55; J.C.C. Rodriguez (2012), “Chacal ou Cordeiro? O Brasil frente aos desafios e oportunidades do Sistema Internacional”, Revista Brasileira de Política Internacional, vol. 55, nº 2, pp. 70-89.
[25] R. Russell y F. Calle (2022), “Periferias turbulentas y penetradas: su papel en la expansión de los intereses de seguridad de Estados Unidos en América Latina”, CEBRI-Revista: Brazilian Journal of International Affairs, nº 1, pp. 167-189.
[26] J. Castañeda (2026), “How Latin America failed Venezuela”, Foreign Affairs, 13/III/2026.
[27] A. Amorim Neto y A. Malamud (2015), “What determines foreign policy in Latin America? Systemic versus domestic factors in Argentina, Brazil and Mexico, 1946-2008”, Latin American Politics and Society, vol. 57, nº 4, pp. 1-27.
[28] F. Merke, D. Reynoso y L.L. Schenoni (2020), “Foreign policy change in Latin America: exploring a middle-range concept”, Latin American Research Review, vol. 55, nº 3, pp. 413-429.
[29] L.L. Schenoni (2020), “Divide et vinces: La lógica realista de la transición sudamericana”, Desarrollo Económico, vol. 60, nº 230, pp. 1-26.
