La visita de Estado de Xi Jinping a Washington ha sido percibida con distintos matices en Pekín, Washington y Bruselas. Los siguientes análisis abordan la reunión desde tres perspectivas diferentes y complementarias.
La lectura china: institucionalizar la competencia
Mario Esteban
La lectura mayoritaria en China de la cumbre de septiembre es que ha consolidado y dotado de mayor contenido a la “estabilidad estratégica constructiva” acordada en mayo. La principal novedad es que Xi y Donald Trump han añadido a esta fórmula tres principios –respeto, equidad y reciprocidad– como base de una relación más simétrica con Estados Unidos (EEUU). Wang Yi los definió: respeto a la soberanía, al sistema político y a los “intereses fundamentales” de cada parte; equidad para evitar que una potencia busque ventajas absolutas; y reciprocidad para reafirmar que ninguno de los dos países está por encima del otro. La narrativa china presenta así septiembre como un paso desde la estabilización coyuntural hacia una relación entre grandes potencias sometida a reglas más claras.
La cobertura oficial subraya también que esta estabilización debe traducirse en mecanismos concretos. Xi afirmó que no se trata de una medida temporal y pidió que departamentos, sectores y niveles de gobierno conviertan la visión en acción. Los ocho resultados anunciados tras la visita incluyen nuevos mecanismos comerciales, reducciones arancelarias recíprocas por valor de 30.000 millones de dólares, un diálogo bilateral sobre inteligencia artificial (IA) y un canal específico para incidentes relacionados con esta tecnología, además de avances en comunicación de crisis militares. La competencia tecnológica no desaparece, pero comienza a tratarse también como un problema de gestión de riesgos. Taiwán mantiene, sin embargo, una condición distinta. Xi pidió a Washington que se oponga a la independencia de Taiwán y gestione esta cuestión con prudencia, advirtiendo que un manejo inadecuado podría poner en riesgo las relaciones sinoestadounidenses.
Aunque resulta más difícil separar la respuesta espontánea de la amplificación de los medios oficiales, la percepción social en China parece haber sido igualmente favorable y ha estado muy centrada en los múltiples gestos realizados por el presidente Trump para agasajar al líder chino. Entre las tendencias de Weibo del 25 de septiembre destacaron #中美元首华盛顿会晤# – “Cumbre presidencial entre China y EEUU en Washington”– y #中美不必讳言竞争# –“China y Estados Unidos no tienen por qué evitar hablar de competencia”–. En Douyin tuvieron una circulación especialmente elevada los vídeos de Xinhua de Trump recibiendo personalmente a Xi en el aeropuerto y de la ceremonia de bienvenida en la Casa Blanca, ambos con cientos de miles de “me gusta”. Estos datos no permiten hablar de opinión pública en sentido estricto, pero sí muestran una fuerte atención a dos dimensiones: el reconocimiento protocolario de China como gran potencia por parte de las autoridades estadounidenses y la idea de una competencia abierta con EEUU, pero sometida a límites.
En cualquier caso, la interpretación china no apunta a una reconciliación estratégica ni al final de la rivalidad. El propio discurso oficial de Xi en la cena de gala normaliza la competencia como una característica duradera de la relación, aunque insiste en que debe ser “benigna” y no convertirse en una confrontación de suma cero. Aunque se mantienen las divergencias estructurales sobre Taiwán, tecnología o seguridad, la principal novedad frente a la cumbre de abril es la tentativa de institucionalizar la competencia bilateral: mayor reconocimiento de estatus, mecanismos para gestionar riesgos, acuerdos económicos parciales y cooperación selectiva.
Xi en Washington: mucha ceremonia para una estabilización todavía frágil
Carlota García Encina
La visita de Estado de Xi Jinping a Washington ha sido la continuación de un proceso iniciado hace casi un año en Busan y que siguió en mayo con la visita de Donald Trump a Pekín. No supone una reconciliación ni el final de la competición estratégica, sino un intento de gestionarla y evitar nuevas escaladas.
De ahí la modestia de los objetivos de la visita. Los analistas estadounidenses esperaban algún avance en competencia tecnológica, comercio o Taiwán, pero no parece haberse logrado nada sustancial. Y no es baladí. Las cumbres ofrecen una oportunidad única para abordar las cuestiones más difíciles. Barrerlas bajo la alfombra en aras de la cortesía supone desaprovecharlas.
Los resultados materiales fueron, por tanto, modestos, pero la puesta en escena extraordinaria. Probablemente lo más llamativo fue el grado de calidez personal y ceremonial que Trump quiso mostrar hacia Xi. Lo excepcional no fue que Washington ofreciera honores a un presidente chino, sino la acumulación de gestos y, especialmente, la implicación personal de Trump desde el momento mismo de la llegada del líder chino.
Esta demostración de afecto fue coherente con la tendencia de Trump a reducir relaciones complejas entre Estados a la interacción personal entre sus líderes. Pero este enfoque, por sí solo, difícilmente puede estabilizar la relación bilateral más importante del mundo. Frente a la pompa de la visita las conversaciones sustantivas entre los dos líderes fueron relativamente breves –90 minutos– y los preparativos estadounidenses volvieron a gestionarse de forma poco sistemática y a última hora. A ello se sumaron las tensiones entre la Casa Blanca y determinados medios estadounidenses, una paradoja en una visita en la que Washington había apostado extraordinariamente por la escenografía.
La cumbre destaca también por lo que no ocurrió. Trump no desbloqueó el paquete de venta de armas a Taiwán por valor de aproximadamente 14.000 millones de dólares, que permanece pendiente desde la cumbre de mayo, y que trata de convertir en una herramienta de negociación con Pekín. Pero sería prematuro hablar de una concesión definitiva a China. Habrá que prestar especial atención a lo que ocurra a partir de ahora, teniendo en cuenta la gran presión por parte del Congreso estadounidense para que la Administración siga adelante con las ventas y la asistencia pendientes.
Tampoco hubo un acuerdo sustantivo sobre normas o salvaguardias para la IA, pero sí un avance limitado. Ambos países establecieron un diálogo bilateral sobre los riesgos asociados a la IA y un canal de comunicación para incidentes que puedan afectar a la seguridad nacional. Es un mecanismo todavía modesto, pero apunta a una posible zona de cooperación comparable a las medidas de gestión de riesgos que históricamente desarrollaron grandes potencias rivales, no porque haya confianza, sino precisamente porque no la hay.
En el terreno económico, a pesar de que los mecanismos creados en mayo –Board of Trade y Board of Investment– han comenzado a funcionar, algunos compromisos avanzan lentamente y siguen existiendo dudas sobre las compras agrícolas, Boeing y, sobre todo, las tierras raras. Y aunque la tregua comercial ha vuelto a ser prorrogada, sólo ha sido por un periodo limitado.
Estos horizontes temporales tan cortos son además problemáticos para las empresas privadas, que necesitan mayor estabilidad para asegurar sus cadenas de suministro y tomar decisiones de inversión. Esto ayuda a explicar la presencia de numerosos líderes empresariales estadounidenses en la cena de Estado, pero contrasta con la ausencia de empresarios chinos que inicialmente se había contemplado.
La espectacularidad de la recepción y la centralidad de la relación Trump-Xi pueden alimentar la idea de un nuevo G2. Pero hay pocas evidencias. La cumbre no produjo grandes acuerdos sobre terceros países ni un reparto de responsabilidades sobre el orden internacional. La agenda fue esencialmente bilateral.
No estamos ante una nueva amistad entre EEUU y China, pero tampoco ante una guerra fría sin límites. Estamos ante algo más incómodo, una rivalidad estructural en la que ambos han descubierto que también necesitan estabilidad. Y, por ahora, ese equilibrio conviene a los dos porque les permite ganar tiempo. A Washington, para reducir su dependencia de China; a Pekín, para reducir sus vulnerabilidades frente a EEUU mientras acaba el mandato de Trump.
La pregunta es cuánto puede durar. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Shenzhen, en noviembre, y el G20 de Miami, en diciembre, serán los próximos test.
Alfombra roja para Xi: el desafío de una Europa sola
Miguel Otero Iglesias
Desde Europa, la visita de Xi Jinping a Washington deja una sensación ambivalente. La aparente estabilización de la relación entre EEUU y China es una buena noticia. Una nueva escalada comercial, tecnológica o militar entre las dos mayores potencias tendría costes directos para las empresas europeas y para una economía mundial ya sometida a fuertes tensiones. Pero la cumbre confirma también una realidad más incómoda: Washington y Pekín están desarrollando mecanismos propios para gestionar su rivalidad, mientras Europa debe prepararse para defender sus intereses sin poder asumir que EEUU y la Unión Europea (UE) actuarán siempre en paralelo.
La cuestión ya no es, por tanto, si existe un G2 informal, sino qué implica para Europa que las dos grandes potencias sean capaces de estabilizar su relación bilateral. La cumbre ha producido mecanismos concretos para gestionar la competencia: se han puesto en funcionamiento los consejos de comercio e inversión y se ha acordado establecer un canal de comunicación para incidentes relacionados con la IA, en un momento crítico de su desarrollo. No estamos ante una reconciliación, sino ante algo quizá más relevante a largo plazo: la institucionalización de una rivalidad que ambos consideran estructural, pero que también quieren mantener bajo control.
Para Europa, esta evolución contiene una paradoja. Una rivalidad menos peligrosa entre Washington y Pekín reduce riesgos, pero un entendimiento bilateral demasiado estrecho puede dejar a la UE expuesta. Si EEUU y China negocian condiciones específicas sobre comercio, tecnología o minerales críticos, sus decisiones tendrán consecuencias para Europa, aunque Bruselas no participe en ellas. El problema no es que Europa necesite estar presente en cada negociación entre las dos potencias, sino que pueda verse obligada después a adaptarse a sus resultados.
El comercio es especialmente delicado. La estabilización sinoestadounidense puede aliviar las tensiones sobre las cadenas de suministro, pero también modificar los flujos comerciales y aumentar la presión competitiva sobre los productores europeos. Vehículos eléctricos, tecnologías limpias, baterías, maquinaria o semiconductores son sectores en los que China compite cada vez más directamente con Europa.
Luego la situación para Bruselas es especialmente incómoda: justo cuando la UE está siguiendo a EEUU y endureciendo su posición frente a China para contener sus desequilibrios comerciales y su sobrecapacidad industrial, una desescalada entre Washington y Pekín podría abrir a las exportaciones chinas una nueva vía de escape hacia el mercado estadounidense.
Algo parecido ocurre con la IA. El nuevo diálogo entre Washington y Pekín es positivo desde el punto de vista de la gestión de riesgos, pero abre una cuestión estratégica para Europa: si las dos principales potencias tecnológicas empiezan a definir conjuntamente mecanismos de seguridad y estándares para una tecnología que transformará la economía mundial, el marco regulatorio europeo puede quedar al margen de esa conversación.
Taiwán plantea un problema distinto, pero relacionado. Para Washington y Pekín sigue siendo una cuestión central de su relación estratégica. Para Europa, cualquier cambio significativo en el equilibrio del estrecho tendría consecuencias económicas y de seguridad, aunque los europeos no participen en la negociación que pueda producirlo.
La conclusión, otra vez, no debería ser que Europa tenga que elegir entre Washington y Pekín. Tampoco que deba aspirar a convertirse en una tercera superpotencia a corto plazo, aunque eso sería lo ideal a medio y largo plazo. El desafío es más concreto: Europa necesita poder defender sus intereses independientemente de cómo evolucione la relación entre las otras dos potencias. Bruselas teme tanto una nueva escalada sinoestadounidense como un acercamiento entre Washington y Pekín que deje a Europa en una posición vulnerable.
La visita de Xi confirma así una paradoja: Europa tiene mucho que ganar con la estabilidad entre EEUU y China, pero no puede depender de ella. La autonomía europea no consiste en equidistancia, sino en capacidad de acción: cooperar lo máximo posible con Washington, negociar duro con Pekín y, cuando sea necesario, actuar por sí misma –y con determinación–.
