Mensajes clave
- La relación transatlántica se enfrenta a un enorme reto. El lema America First de la segunda legislatura del presidente Trump se está materializando en una política que revierte el uso habitual de promover la unidad entre los aliados de la OTAN. Washington lo está sustituyendo por una estrategia que no se limita a poner en tela de juicio la noción aceptada de la asociación, sino que pone en riesgo las bases mismas de la Alianza al revocar la adhesión a las normas internacionales y minar el respeto por aliados de larga data. Esta postura política ha provocado un sentimiento de traición en Europa incluso entre los aliados más fieles de EEUU.
- Sin embargo, no sería prudente declarar de manera precipitada el final del proyecto OTAN. Sobre todo, teniendo en cuenta el valor excepcional de la contribución estadounidense a la seguridad europea en un momento de resurgimiento de la amenaza de agresión militar por parte de Rusia. Los países del flanco oriental se juegan mucho en esta situación. En el plano formal, los acuerdos de la OTAN permanecen vigentes y el potencial operativo de la Alianza sigue en pie con toda su validez. También hay dinámicas políticas en marcha en EEUU que podrían provocar un vuelco en la política actual de confrontación de Washington hacia sus aliados europeos.
- Ante esta nueva realidad, los europeos deberán optar por una política doble: por un lado, seguir esforzándose por preservar la OTAN en la medida de lo posible; por el otro, desarrollar en paralelo su propia fuerza e identidad en el ámbito de la defensa. Cabría sugerir cinco elementos esenciales que fomentarían ese proceso de “maduración” tan necesario para que Europa se convierta en un interlocutor serio en materia de defensa, con capacidad para garantizar la seguridad incluso sin el apoyo hipotético de Washington. Esos elementos son los siguientes: (a) implantar una mayor convergencia entre las evaluaciones nacionales de amenazas; (b) aceptar la imperfección; (c) ser capaces de imponer una autodisciplina colectiva; (d) creer más en el potencial propio; y (e) apostar por una política más audaz que incorpore métodos nuevos y planteamientos innovadores.
Análisis
La pérdida transatlántica
A finales de 2025 el embajador Ivo Daalder, un sagaz analista, experto en los acuerdos de seguridad transatlánticos, nos regaló un amargo diagnóstico desde el otro lado del Atlántico. Escribió que los europeos estamos en la quinta y última fase del proceso de duelo por la pérdida de la relación transatlántica. Se trata de la fase de aceptación, una vez que se dejan atrás la negación, la ira, la negociación y la depresión.[1]
El diagnóstico de Daalder sirve como punto de partida para unas observaciones adicionales. En concreto, hay un número similar de (cinco) recomendaciones que ayudarían a dar respuesta a su pregunta más importante: ¿estará dispuesta Europa a prestar atención a sus propios intereses en un contexto en el que los estadounidenses no se comunican ni se comportan como un aliado auténtico?
Antes de proceder, quizá fuera útil presentar una importante salvedad al crudo diagnóstico descrito anteriormente. Es cierto que ya no es posible ni deseable negar la realidad de que se está produciendo una deriva tectónica en la comunidad transatlántica de aliados democráticos afines. La publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, un documento de política pública que determina las prioridades de todo el aparato gubernamental estadounidense, lo confirmó sin cortapisas.[2]
Tras un año en el cargo, la Administración del presidente Trump no ve a Europa como su aliado y socio de preferencia. Considera a los europeos débiles e inferiores en fortaleza a otros actores estratégicos del panorama internacional. Además, los estadounidenses han abanderado una nueva propensión a distanciarse de sus aliados tradicionales en muchos asuntos importantes. Amenazar con conquistar Groenlandia en contra del deseo manifiesto de un aliado respetado es una narrativa absolutamente sin precedentes. Aplicar esa política por la fuerza podría destruir la OTAN tal y como la conocemos.[3] El patrón de voto de EEUU en la ONU se ha ido aproximando al de Rusia y otros países autoritarios. En numerosas ocasiones, el presidente Trump ha mostrado más simpatía por las opiniones de Putin que por las de los dirigentes europeos.
Lo inquietante es que Washington ha empezado a transmitir, a menudo de forma brusca, sus expectativas de que los europeos aceleren el proceso destinado a asumir la responsabilidad principal de garantizar la seguridad en su continente, quizá ya para 2027.[4] EEUU ha cambiado de forma drástica su política en torno a Ucrania, en particular al recortar la asistencia financiera proporcionada por Administraciones anteriores. Además, al mismo tiempo que permite que sus socios compren sistemas militares esenciales fabricados en EEUU para Kiev, el Ejecutivo actual ha adoptado en ocasiones una postura dudosa de mediador entre el agresor, Rusia, y la víctima, Ucrania. Incluso ha dejado entrever la posibilidad de actuar con la misma equidistancia en cuestiones relacionadas con la seguridad europea. En general, el presidente Trump y sus representantes han empezado a tratar a las instituciones europeas como una amenaza mayor que Rusia o China. En realidad, han iniciado un proceso destinado a menoscabarlas. Por su parte, las relaciones comerciales con Europa han seguido una trayectoria similar.
Esta evolución ha llegado a ser lo suficientemente preocupante como para alarmar a los euroatlanticistas más comprometidos o incluso convertirlos en “huérfanos transatlánticos”. Este sentimiento de traición —de los ideales y los valores— por parte de EEUU, así como las dudas sobre la veracidad de los compromisos en materia de seguridad, se percibe con especial intensidad en los países situados en la parte oriental del continente.[5] Después de conseguir desembarazarse de décadas de yugo soviético (con el apoyo y la ayuda de EEUU), estas naciones son las que tienen más motivos para tenerle miedo al envalentonamiento del imperialismo ruso.
Es pronto para enterrar a la OTAN
Ahora bien, tampoco tiene justificación caer en la tentación de dejarse llevar por un pesimismo extremo y la sensación de que todo está perdido. Sería muy imprudente celebrar ya el funeral de la OTAN y renunciar a la esperanza de un replanteamiento de la política estadounidense hacia Europa en el futuro. Cabe destacar que EEUU aún no ha retirado su compromiso de defensa colectiva consagrado en el Tratado de Washington. Sigue habiendo fuerzas estadounidenses estacionadas en Europa, al igual que sus elementos de mando y su material almacenado. No hay ningún documento oficial estadounidense que afirme que Washington pretende salir de la OTAN.
Además, no existe nada parecido a un consenso entre los aliados dispuestos a acelerar una posible desvinculación de EEUU de la OTAN. No hay duda de que los países fronterizos harán todo lo que esté en su mano para mantener vigentes las garantías esenciales de seguridad proporcionadas por EEUU. ¿Qué otra cosa cabría esperar cuando la opinión mayoritaria en el seno de la Alianza vaticina la amenaza real de un intento ruso de poner a prueba las defensas en el flanco oriental hacia 2030?[6] Sólo un dirigente insensato optaría por rechazar de manera unilateral el excepcional compromiso estadounidense respaldado por las capacidades de defensa (nucleares y convencionales) del gigante norteamericano y declarar su nulidad. Sería muy arriesgado desde el punto de vista de la disuasión. Asimismo, las capitales occidentales de Europa reconocen absolutamente el valor excepcional (extremadamente difícil de reemplazar en poco tiempo) de las capacidades militares estadounidenses. La claridad de este reconocimiento quedó patente hace poco en la manera casi degradante en la que los países que conforman la Coalition of the Willing para Ucrania suplicaron a Washington que respaldase la fuerza de seguridad no liderada por EEUU (véase la Declaración de París).[7]
La propia OTAN aún sigue teniendo mucho potencial político y militar por aprovechar (o por reconocer suficientemente) para mitigar el riesgo de una retirada completa de EEUU del ámbito de la seguridad en Europa. La exigencia de Washington de que los europeos asuman una responsabilidad mucho mayor en lo que atañe a la defensa convencional del continente está teniendo eco en el calendario de planificación de la defensa acordado por la OTAN. En términos porcentuales, los miembros europeos de la Alianza ya están destinando a ese fin más de dos tercios de las fuerzas y capacidades necesarias de la OTAN conforme a los planes vigentes. El proceso de traslado de la carga operativa está cobrando impulso. Asimismo, la OTAN puede efectuar una contribución valiosa en cuestiones específicas y actuales de contención. Por ejemplo, hay margen para aumentar de forma considerable las aportaciones de aliados ajenos a la OTAN para la protección de Groenlandia y toda la ruta atlántica GIUK (Groenlandia, Islandia y el Reino Unido), de vital importancia estratégica.
En líneas más generales, los activos militares, políticos y económicos de los aliados de EEUU pueden ayudar a la superpotencia norteamericana en su confrontación mundial con rivales estratégicos como China. Si Washington los ignora, lo hará pagando un precio excesivo e irracional por lo que respecta a sus propios intereses. Una comparación rápida atendiendo al PIB y al progreso tecnológico respectivo apunta con fuerza a que la realidad no confirmaría la creencia dogmática en la capacidad de EEUU de vencer por sí solo en una pugna con China.[8]
El acceso a territorio aliado en Europa (y lo mismo cabe decir de Canadá, Islandia o Turquía) aporta inmensas ventajas operativas a los planificadores militares estadounidenses. Baste pensar en las bases militares, en los puertos, en infraestructuras como hospitales, en el equipo preposicionado, etc. A modo de ejemplo, la reciente operación llevada a cabo por las fuerzas estadounidenses en el Atlántico que se saldó con la incautación de petroleros bajo sospecha de contrabando de petróleo venezolano habría sido prácticamente imposible de realizar sin la ayuda del Reino Unido. Y los beneficios más rápidos del poder blando que conmina a los aliados a ayudar a EEUU de manera voluntaria podrían seguir estando al alcance de los estadounidenses si el gabinete actual supiese apreciar su importancia.
Por último, el mayor error al caer en la tentación de aceptar la inevitabilidad del divorcio transatlántico sería equiparar a EEUU con la Administración Trump. Lo que hoy parece imparable podría acabar revirtiéndose en los próximos meses. No existe ninguna prueba convincente de que el rumbo actual de la política estadounidense –de una hostilidad inexplicable hacia los socios europeos (y, por ende, hacia los del Indopacífico)– esté profundamente arraigado en la opinión pública estadounidense. De hecho, no lo está. Es más, la popularidad neta de la OTAN aumentó en todo el espectro político de EEUU en 2025. El 75% de los ciudadanos estadounidenses encuestados apoyan el artículo 5.[9] El estadounidense medio juzga con dureza a Putin y otros autócratas. En este contexto, no habría que perder la esperanza de que los argumentos empleados por la Casa Blanca al afirmar que “adquirir Groenlandia es una prioridad de seguridad nacional para que EEUU disuada a sus adversarios en la región del Ártico”, posiblemente recurriendo a la fuerza militar contra un antiguo aliado, sea considerado por el electorado como algo inaceptable o, como mínimo, irracional. Con toda seguridad, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses entienden que atacando a tus propios aliados no disuades a tus enemigos. Algunas iniciativas bipartidistas en el Congreso estadounidense dan pie a mantener esa esperanza. Quién sabe; aunque la política exterior no suele ser el tema principal en las elecciones de medio mandato (mid-term), es posible que tenga cierto peso positivo en 2026. Ningún poder perdura para siempre.
La última consideración depende, por supuesto, de la propia ciudadanía estadounidense. El principal cometido de los europeos en estos momentos –por volver a la pregunta planteada por el embajador Daalder– es tener los deberes hechos, lo que implica disuadir a EEUU de aniquilar sin remedio el vínculo transatlántico y, al mismo tiempo, prepararse para el máximo grado de autosuficiencia en el ámbito de la defensa. Estas tareas no se contraponen, sino que se complementan mutuamente.
Cinco pautas que podrían garantizar el éxito de Europa
Hay cinco elementos que parecen esenciales para lograr avances rápidos y auténticos en pos de la madurez europea en defensa, en caso de una reorientación drástica de la política estadounidense.
Acabar con las divergencias en la percepción de amenazas
El primer elemento, y quizá el más fundamental, es la necesidad de centrarse en lograr un nivel mucho más alto de convergencia en la evaluación de amenazas comunes. En la actualidad, se antoja demasiado grande la brecha entre la percepción de amenaza existencial que mueve a los países del flanco oriental, por un lado, y la notable reticencia de los países más alejados de Rusia a declarar la urgencia de la situación. Esta diferencia influye en las decisiones políticas, como quedó de manifiesto en la lamentable sucesión de intentos de superar las objeciones de índole comercial algo egoístas de Bélgica a la hora de utilizar los activos congelados de Rusia para garantizar fondos a Ucrania. El argumento de que Ucrania está defendiendo en la práctica las fronteras europeas de la acometida imperialista rusa y que, por lo tanto, ayudar al país requiere de medidas extraordinarias que resultan beneficiosas para la seguridad europea era algo obvio para polacos, lituanos y suecos, pero algo menos para muchos otros, entre ellos los que se guarecieron tras los impedimentos belgas.
Por decirlo sin rodeos, aún no se observa que todas las capitales defiendan la necesidad de tomar decisiones urgentes que exigirían sacrificios a corto plazo para garantizar la capacidad de defensa a la larga. De ahí la reticencia a destinar recursos presupuestarios considerables a las inversiones en defensa. Y si no se produce ese cambio, justificado por la prioridad absoluta que cabe asignar a la defensa en la actualidad, los europeos fracasarán colectivamente a la hora de transformar sus declaraciones grandilocuentes en políticas concretas que generen una capacidad real. Y hacen mucha falta en numerosos ámbitos, como el equipamiento y el entrenamiento de importantes fuerzas militares preparadas para el combate, la capacidad de producir grandes cantidades de munición, el desarrollo de sistemas de misiles de largo alcance o tecnologías de vehículos aéreos no tripulados, por nombrar solo algunas. Los fondos de la UE (que incluyen sobre todo mecanismos de crédito) resultan útiles desde el punto de vista fiscal, pero no suplirán a las difíciles decisiones presupuestarias a las que se enfrentan los gobiernos.
La perspectiva de verse obligados a garantizar una defensa creíble en Europa sin el tremendo apoyo habitual de EEUU deberá servir de revulsivo sistémico para sacar a los países de su complacencia y acomodamiento. La nueva realidad afecta a todos y cada uno de los Estados europeos. Rusia ya no esconde sus nocivos designios en un continente al que le gustaría someter o, como mínimo, chantajear. Cuando un expresidente como Medvédev pide públicamente el secuestro del canciller alemán Merz, sólo un observador con carencias intelectuales podría afirmar que el régimen de Putin no es una amenaza para Europa. Lo que está llevando a cabo es una guerra híbrida agresiva contra todos. La situación geográfica no garantiza la inmunidad contra los ataques que alteran el funcionamiento de aeropuertos, inutilizan las redes eléctricas, ponen en jaque numerosos elementos de infraestructuras críticas o esparcen desinformación que hace mella en los procesos electorales y las instituciones democráticas.
Lo perfecto es enemigo de lo bueno (y de lo realista)
Todo esto nos lleva al segundo elemento, el cual se puede definir como aceptar la imperfección. ¿Por qué? Porque resulta necesario subsanar cuanto antes las divergencias en la evaluación de amenazas en Europa. Además, debe conseguirse de un modo realista, y el realismo dice que lo más prudente es no poner muy alto el listón de la congruencia. No es necesario esperar a que la percepción de la amenaza que entraña una posible agresión militar rusa contra los países bálticos sea exactamente la misma en Europa Oriental que en, por ejemplo, España o Italia. Y lo mismo ocurre al contrario: no se puede presuponer que la opinión pública en Polonia o en Finlandia vaya a compartir los sentimientos de los países del flanco sur por lo que respecta a los riesgos relacionados con la inestabilidad en África del Norte, por ejemplo. Sin embargo, lo correcto y racional es asegurarse de que exista un grado de solidaridad suficiente entre todas las regiones de Europa.
En ese sentido, Luis Simón, del Real Instituto Elcano, presentó el concepto extremadamente útil de la “fungibilidad” en un artículo reciente sobre los dilemas a los que se enfrenta España en materia de seguridad: “La contribución española a la disuasión en el flanco este debería por tanto priorizar acciones operativas y capacidades que sean fungibles, es decir, útiles tanto a la hora de reforzar la seguridad colectiva en Europa como desde la óptica de los tres grandes ejes de la defensa nacional […]”.[10] El principio de equiparar contribuciones del mismo tipo y el mismo valor procede del mundo de las finanzas, pero es aplicable en su totalidad también al ámbito de la defensa, y desde luego no sólo a España.
Cabría argumentar que esa es precisamente la norma que se ha usado con frecuencia en las deliberaciones sobre políticas de la OTAN. El concepto de “seguridad de 360 grados”, que implica un acuerdo por parte de todos los aliados para lidiar con amenazas procedentes de cualquier dirección, adopten la forma que adopten (ya sea de carácter militar, híbrido o terrorista), ha puesto de manifiesto que es posible conseguir la cuadratura del círculo sobre el papel y a nivel político. Sin embargo, la aplicación de esta política siempre dependió de la disponibilidad de los activos y las herramientas militares proporcionadas por EEUU. Por lo tanto, aunque siga siendo una política relevante, en caso de que ya no se pudiese dar por sentada la aportación estadounidense, o de que, por lo menos, no se pueda ver a EEUU como el primer país en responder ante un conflicto en Europa, los europeos deberán producir sus propios recursos militares y financieros para que mantenga su credibilidad.
Aceptar la imperfección también puede implicar mostrar tolerancia a planteamientos diferentes y distintas formas de contribuir a la seguridad colectiva europea. No es realista esperar que haya muchos países que desarrollen con rapidez un gran número de unidades terrestres móviles comparables a la 82ª División Aerotransportada de EEUU. En un país como Polonia, los planificadores militares tienen que aceptar el hecho de que, en caso de desatarse una guerra a gran escala con Rusia, el grueso de los primeros combates en el flanco oriental recaería sobre las fuerzas terrestres polacas y alemanas, a las que se sumarían contingentes de países de la región norte y este. Ahora bien, no se debería obligar a esos mismos planificadores a aceptar la situación de que los países grandes y ricos situados más lejos de Rusia dejasen de invertir en la preparación de un gran contingente bien capacitado que constituyese las fuerzas esenciales de refuerzo, listas para ser desplegadas en una segunda fase del conflicto. Esta parecería ser la esencia de esta norma de la imperfección aceptable.
Recompensar a quienes colaboran y sancionar a quienes sabotean y se aprovechan
El tercer elemento está estrechamente ligado al segundo y gira en torno a la necesidad imperiosa de que los europeos ejerzan una autodisciplina colectiva. Aquí también, el hecho de que en la actualidad exista un vacío clamoroso en ese ámbito tiene mucho que ver con que, durante décadas, los europeos hayan dependido de los estadounidenses para persuadir y reprender a oportunistas y destructores de la solidaridad aliada. Y cuando se topaban con un problema demasiado difícil de gestionar, las distintas Administraciones estadounidenses se solían limitar a aportar recursos desde Washington para cubrir las carencias de capacidad que afectasen a la seguridad europea. Ahora esta tarea les corresponde a los propios europeos.
¿Qué implica en la práctica? Seguramente, tres aspectos como mínimo. En primer lugar, los países que socavan de manera sistemática la seguridad europea en todos los sentidos –por ejemplo, Hungría– deben asumir los peajes que les impongan otros miembros de la UE y la OTAN. En caso contrario, seguirán adelante con sus políticas disruptivas que los acercan a adversarios como Rusia. Además, atraerán a imitadores. Los casos flagrantes de sabotaje de proyectos concretos de importancia estratégica para la seguridad del continente –como el ya mencionado de los activos rusos– también deberían acarrear consecuencias para los países responsables. Es simplemente inaceptable no invertir en defensa y depender después de que otros suplan las carencias: véase el caso de las peticiones de ayuda ante los drones que alteran el funcionamiento de los aeropuertos.
En segundo lugar, este principio debería alentar a todos los países europeos a desistir de una autopromoción excesiva en beneficio de la unidad europea y aliada. No se deberían acometer iniciativas políticas con implicaciones para la seguridad de todo el continente (en apariencia en nombre de Europa, pero en la práctica con fines políticos internos) sin las consultas y los acuerdos correspondientes con los demás países de Europa. Un ejemplo son los obsesivos ejercicios de “diplomacia telefónica” con Putin que llevan a cabo varios dirigentes europeos de manera periódica. No sirven para nada, suponen hacer caso omiso de la opinión de países mejor posicionados para aportar información sobre la estrategia del Kremlin y, en definitiva, socavan la unidad.[11] Otro ejemplo estaría en la proliferación de distintos formatos como el E3 o el grupo de Berlín (en el contexto de Ucrania) que se arrogan el derecho exclusivo a hablar en nombre de los demás, pese a tener disponibles otros formatos más incluyentes.
En tercer lugar, para reforzar la solidaridad y lanzar un mensaje a quienes no deseen trabajar en equipo, los europeos harían bien en reflexionar sobre los peligros que entraña el distanciamiento autoimpuesto. El gran coste innegable del Brexit para el Reino Unido[12] y los malos datos económicos de Hungría,[13] que prefiere alinearse con frecuencia con Rusia y China en vez de con los europeos, deben servir aquí de interesante tema de reflexión. La unidad y el compromiso colectivo son una apuesta mucho más segura para todos los países europeos.
La fe en el éxito como condición indispensable
El cuarto elemento que redundaría en beneficio de todas las iniciativas destinadas a reforzar la seguridad europea es la autoconfianza. Se aprecia demasiado pesimismo por lo que respecta a la posibilidad de que los europeos se encarguen del grueso de las capacidades de defensa. De nuevo, resultaría útil definir de manera adecuada el nivel de ambición. No es ni factible ni necesario igualar el abanico completo de capacidades de EEUU. La vara de medir tiene otro nombre asociado: Rusia. Y superar a Rusia no es tarea imposible, ni mucho menos. En el plano económico, no es la URSS. Su PIB es más pequeño que el de Polonia y España sumados.[14] A su economía corrupta y militarizada le está costando responder al esfuerzo bélico en Ucrania. A nivel tecnológico, Moscú depende del apoyo de China y no puede competir a la larga con los europeos, pero sólo a condición de que estos últimos muestren la voluntad política necesaria para traducir ese potencial conjunto en una disuasión real en el ámbito de la defensa.
Además, tras años de escasa inversión en defensa, las iniciativas ya emprendidas por un número cada vez mayor de países para ponerse al día están empezando a dar sus frutos. Polonia y otros países fronterizos (entre ellos, Finlandia, Suecia y los miembros nuevos) han mostrado el camino para gastar en defensa y encabezan ahora las estadísticas de la OTAN. Alemania se encuentra ante la tesitura de protagonizar un cambio trascendental al haber orientado por fin sus motores industriales y tecnológicos a la producción de capacidades de defensa dignas del país más importante de Europa. Francia ha decidido centrarse en invertir en equipos más sofisticados a expensas del tamaño. El Reino Unido todavía no ha cruzado el Rubicón que debería conllevar un gasto más ambicioso. Aun así, ambas potencias nucleares ofrecen ya una variedad considerable de herramientas militares formidables. En su conjunto, estas reorientaciones en materia de defensa han servido de impulso para el resto del continente. Ha llegado el momento de que se sumen otros al mismo esfuerzo, atendiendo como mínimo al principio de fungibilidad ya descrito.
Romper con lo antiguo y apostar por lo nuevo
El quinto elemento gira en torno al atrevimiento y la innovación. Si es cierto que la necesidad agudiza el ingenio, Europa tiene ante sí una oportunidad y una necesidad únicas de romper con lo establecido. Poner la seguridad en primer plano debería servir de catalizador de la innovación tecnológica y la competitividad. La inversión en producción para la defensa debería estimular el crecimiento económico y la modernización. Los europeos pueden acelerar esa modernización de su defensa si se salen de los moldes impuestos y aprovechan la diversidad de sus capacidades nacionales actuales para crear una red de unidades listas para el combate sin depender totalmente de EEUU. Pueden mejorar el cómputo colectivo aprovechando la experiencia única de Ucrania y sus conocimientos adquiridos en el campo de batalla. Con la orientación correcta y los recursos adecuados, los ingenieros y programadores europeos pueden desarrollar tecnologías de defensa que supongan un salto de varias generaciones, echando mano del rico acervo de conocimientos científicos del continente. Y si EEUU continúa prefiriendo ir por libre, no hay motivos que impidan combinar la fortaleza europea con la de socios y aliados de otros continentes (en principio, cabría pensar en Australia, Canadá, Japón o Corea del Sur).[15]
Esa audacia a la hora de pensar y actuar no debe reservarse únicamente para las capacidades y tecnologías de defensa. Por ejemplo, ha llegado el momento de replantearse determinados acuerdos internacionales que suponen escollos para una defensa eficaz, como es el caso del Derecho del Mar, el cual no sirve para responder al reto que plantea el uso de una flota clandestina para evadir las sanciones y llevar a cabo una guerra híbrida.
Conclusiones
Puede ser útil recurrir a una metáfora deportiva. Al igual que ocurre con un buen equipo de fútbol, si los europeos pretenden estar a la altura del desafío de reforzar su defensa, deben verse a sí mismos como jugadores con diferentes habilidades y talentos. Algunos pasarán mejor el balón y son creativos, otros presumirán de fuerza física para defender hombro con hombro y, por último, estarán los que logren marcar gol pese a contar con escasas oportunidades. Dicho de otro modo, la diversidad y la aceptación inteligente de la imperfección que caracterizan a Europa pueden servir para obtener resultados ventajosos. En cualquier caso, todos los países deben cumplir su cometido, sin que haya margen para que las palabras vacías y las apariencias sustituyan a los hechos. El desdén de la Administración Trump hacia Europa ha sumido a la alianza transatlántica en el caos. Sin embargo, convertir esta crisis existencial en una oportunidad real no es un eslogan vacío, sino la única estrategia sensata a la que puede recurrir Europa.
[1] Ivo Daalder (2025), “Europe’s 5 stages of grief”, Politico, 30/XII/2025.
[2] “National Security Strategy”, 2025-National-Security-Strategy.pdf, The White House, XII/2025.
[3] Nicholas Vinocur (2026), “Europe’s top leaders rally to defend Greenland against Trump’s threats”, Politico, 6/I/2026.
[4] Alex Raufoglu (2025), “US promises pre-Christmas arms boost for Ukraine, pushes for Europe-led NATO by 2027”, Kyiv Post, 5/XII/2025.
[5] En una encuesta reciente sobre el grado de confianza que genera el presidente estadounidense entre la población polaca, el voto mayoritario fue para la desconfianza. No existen muchos precedentes al respecto en Polonia: véase Filip Waluszko (2026), “Sondaż OGB: Polacy ocenili Donalda Trumpa i USA w roli sojuszników”, Business Insider, 2/I/2026.
[6] La fecha de 2030 fue mencionada incluso por el secretario general de la OTAN en un discurso reciente. Véase “Keynote speech by NATO Secretary General Mark Rutte and moderated discussion with Minister for Foreign Affairs of Germany Johann Wadephul”, OTAN, 11/XII/2025.
[7] “Paris Declaration – Robust security guarantees for a solid and lasting peace in Ukraine”, Élysée, 6/I/2026.
[8] Incluso los informes que cuestionan distintos elementos de los compromisos aliados con EEUU son tajantes al ensalzar los beneficios derivados de colaborar con socios al competir con China. Por ejemplo: “[…] si Washington sigue optando por una política de Estado que socave la confianza de sus aliados en Estados Unidos, los dirigentes de esos países no respaldarán los objetivos estadounidenses en el mundo, lo que debilitará la posición de la superpotencia norteamericana en su pugna con China”. Citado de Christopher S. Chivvis, Kristin Zhu, Beatrix Geaghan-Breiner, Maeve Sockwell, Lauren Morganbesser & Senkai Hsia (2025), “Legacy or liability? Auditing US alliances to compete with China”, Carnegie Endowment, 8/X/2025.
[9] Véase Ronald Reagan Presidential Foundation & Institute, 2025 National Defense Survey Executive Summary, About the Survey, XI/2025.
[10] Luis Simón (2025), “Finding the balance: Russia, the South and the future of Spain’s defence”, Real Instituto Elcano, 26/XI/2025.
[11] Tras una iniciativa predecible del presidente Macron, ahora se sube al carro la primera ministra italiana: véase “Meloni urges Europe to talk to Russia, sees no swift return to G8”, Reuters, 9/I/2026.
[12] Para un examen exhaustivo de las pérdidas económicas sufridas por la economía británica, véase “Brexit has deepened the British economy’s flaws and dulled its strengths”, The Economist, 30/XII/2025.
[13] El declive relativo de Hungría en el último decenio se percibe incluso desde fuera de Europa: véase, por ejemplo, “Poorest country in EU: once prosperous, Hungary is now the poorest nation in EU – meanwhile, this tiny nation tops the wealth rankings”, The Economic Times, 20/VI/2025.
[14] Véase, por ejemplo, “World Economic Outlook (October 2025) – Real GDP growth”, IMF, XI/2025.
[15] El autor ha comentado las oportunidades derivadas de una mayor coordinación y cooperación en materia de seguridad entre los aliados de la OTAN y sus socios del Indopacífico en un informe publicado en 2024. Véase Robert Pszczel (2024), “New horizon Implications for Poland’s security of NATO’s approach to the Indo-Pacific”, OSW Centre for Eastern Studies, 1/VIII/2024.
