Por la paz en Oriente Medio y contra la guerra en Irán

Imagen satelital de Oriente Medio y parte del mar Mediterráneo.
Oriente Medio y el mar Mediterráneo. Foto: Stuart Rankin (CC BY-NC 2.0).

El alto el fuego de la guerra de Irán ha abierto un espacio de esperanza para Oriente Medio de dos semanas y de alivio para toda la humanidad que contenía el aliento ante una guerra y una escalada a la que no debió llegarse jamás. La posición que siempre ha defendido España, y la que se han ido sumando nuestros socios y la Unión Europa (UE), la vía del alto el fuego y la vuelta a la mesa de negociaciones se ha confirmado como la única salida a una guerra inaceptable desde el punto de vista del derecho internacional e inasumible para España, para Europa y para la inmensa mayoría de la humanidad. Deseamos que el alto el fuego temporal se consolide como permanente y que conduzca hacia la paz definitiva. Este el momento de la diplomacia, es el momento del diálogo, es el momento de la sensatez y de trabajar para revertir una escalada que, ya lo hemos visto, desestabilizó no sólo la región sino todo el planeta.

El alto el fuego de la guerra de Irán abre un espacio para la diplomacia en plena crisis del orden internacional, mientras España y la UE apuestan por el diálogo y la paz.

Nos encontramos ante un contexto global impensable hace poco. Por eso, nuestra primera obligación en este momento es precisamente comprender; comprender para acertar en el beneficio de los españoles y de los europeos. Estamos ante la mayor crisis del orden mundial de este siglo y ante la mayor crisis regional en Oriente Medio desde la Guerra del Golfo, con un potencial desestabilizador incluso mayor que aquel conflicto.

Llevamos años viviendo la guerra de agresión rusa a Ucrania y sus consecuencias, la violencia sin fin en Sudán, vemos la terrible situación humanitaria en el Líbano, presiones inaceptables sobre la UE. Hechos que no constituyen una sucesión de acontecimientos aislados, sino que están conectados, que marcan una dirección e indican un sentido: estamos, en todos esos casos, ante el cuestionamiento de todo el sistema legal e institucional internacional que generaciones enteras hemos conseguido, con mucho esfuerzo, levantar. El cuestionamiento de todas las prácticas y los valores que dieron sentido a ese sistema de paz, cooperación que llamamos el orden internacional y sobre el que se funda el proyecto europeo.

Tras el cuestionamiento de instituciones como las Naciones Unidas, se esconde el rechazo a la paz como objetivo, al dialogo y al entendimiento como método, a la negociación como herramienta, a la resolución pacífica de controversias y a la cooperación internacional. Tras el recurso a la guerra como instrumento político late el rechazo a la idea misma de humanidad, de una naturaleza esencial compartida que se traduce en los mismos derechos a la vida, la paz y la seguridad. La disyuntiva es clara: o el ideal humanista de la razón, la paz, el entendimiento y la ley universal o el abuso del poder, la fuerza bruta y la arbitrariedad.

Y conviene tener esto presente en cualquier diagnóstico que hagamos. No se trata de un cambio de un orden a otro. No se está decidiendo eso en Palestina, en Irán ni en Ucrania. Tampoco en Washington, Moscú, Pekín o Bruselas. Lo que se está decidiendo es si queremos el orden de la paz o el caos de la guerra, la ley o el abuso, el diálogo o el enfrentamiento permanente y sin tregua. Y no nos engañemos, el todos contra todos, el homo homini lupus, no es algo nuevo, al contrario, ha sido práctica corriente para muchos en la historia de la humanidad, algo que, con mucho esfuerzo, con mucho dolor y sufrimiento, conseguimos dejar atrás sobre las cenizas de la guerra más cruel que haya sufrido la humanidad.

Lo que los profetas de la guerra y la violencia nos piden no es avanzar hacia otro orden nuevo; al contrario, es volver muy atrás, es volver a los valores y las prácticas del momento más doloroso y tenebroso de la Historia, es volver a las prácticas y los tiempos en los que la humanidad entera, desgarrada de dolor y destrucción, dijimos que no volveríamos nunca más, que no repetiríamos jamás. No son hechos aislados, todo está conectado con todo y por eso en Ucrania, en Oriente Medio, en Palestina, en el Líbano, en Sudán, en Groenlandia, en Cuba se decide no sólo el destino de cada uno de esos países, sino también el de la humanidad. Se decide si nuestro futuro será el de la paz, la justicia y la libertad o el de la violencia, el abuso y la arbitrariedad. Y entre esas alternativas, no se puede dudar: la política exterior de España escoge democracia, ley, derechos, diálogo y paz.

Por eso, España no ha dudado ante esta situación. Hemos actuado con coherencia e identidad propia, no por oposición a nadie sino por aquello en lo que creemos, en esos valores que son los de la inmensa mayoría de la sociedad española. No actuamos reactivamente, no nos definimos por aquello a lo que nos oponemos sino por aquello que defendemos: paz, diálogo y seguridad para todos por igual. Esos han sido y son nuestros valores y nuestra guía en Gaza, en el Líbano, en Ucrania, en Cuba, en Groenlandia y en Irán.

Desde el pasado 28 de febrero, Oriente Medio vive el conflicto más extendido de su historia contemporánea y que ya ha causado en el mundo la crisis energética más aguda desde los años 70 del siglo pasado. Esta guerra, tras el ataque de Israel y de Estados Unidos a Irán, se superpone el recrudecimiento de la violencia y la inestabilidad que está afectando gravemente a toda la región, y muy especialmente, a Palestina y el Líbano. Pero también a otros países como Kuwait, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Arabia Saudí, que han sido objeto de ataques absolutamente injustificados por parte de Irán. También Turquía, socio de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). E incluso Chipre, miembro de la UE han sufrido esos ataques. Todos ellos amigos de España. Los ataques injustificados iraníes a los países de la región, los bombardeos de instalaciones energéticas y el bloqueo del estrecho de Ormuz nos sitúan en una situación crítica. A las pérdidas insoportables de vidas humanas, se suman las graves consecuencias para la economía global y para el bienestar de nuestros ciudadanos.

Frente a esta guerra, la política exterior de España ha sido clara: hemos vuelto a liderar, desde la coherencia y los valores de nuestra sociedad, la respuesta en el seno de la UE: rechazamos una guerra contraria al derecho internacional sobre la que no hemos sido ni informados ni consultados. Fuimos los primeros y muchos otros nos están siguiendo en nuestra posición. Por los mismos valores y desde los mismos principios, rechazamos esta guerra y también los injustificados ataques iraníes a los países de la región. El alto el fuego debe consolidarse. Apoyamos la mediación de Pakistán. Exigimos a las partes desescalada, diálogo y contención. El derecho internacional, el derecho internacional humanitario y la Carta de las Naciones Unidas deben ser respetados.

España ha sido muy clara en todo momento. Hemos condenado todas y cada una las violaciones de los derechos humanos por parte del régimen iraní contra su pueblo, que merece vivir en paz y con libertad y dignidad. Hemos votado a favor de que la Guardia Revolucionaria fuera incluida en el listado de grupos terroristas de la UE. Hemos apoyado las medidas sancionadoras, también contra el programa nuclear y contra el programa de misiles iraníes, y por su apoyo a la agresión rusa contra Ucrania. Por eso también condenamos reiteradamente los ataques constantes contra los países del Golfo.

En las últimas semanas he mantenido un contacto constante con mis homólogos de Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Omán, Líbano, Egipto, Turquía y Baréin, a quienes he trasladado nuestra solidaridad y apoyo a sus países en estos momentos tan complicados. Nos reunimos en un Consejo extraordinario de Asuntos Exteriores Unión Europea – Consejo de Cooperación del Golfo y hemos respaldado la iniciativa de Baréin plasmada en la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas 2817, condenando los ataques iraníes contra estos países y llamando al cese del conflicto y a la reapertura de la navegación segura en el estrecho de Ormuz.

La situación en el Líbano es una vergüenza en la conciencia de la humanidad. Más de 2.000 muertos, cientos de heridos, más de 1,2 millones de desplazados en una guerra ajena, impuesta y en la que el pueblo libanés ni siquiera es contendiente, tan sólo víctima. Hizbulah alimenta una guerra que ni su gobierno ni su pueblo desea. Israel ha comenzado una operación terrestre que condenamos ocupando militarmente territorio soberano libanés y destruyendo puentes sobre el río Litani. En mis conversaciones con mi homólogo del Líbano le he trasladado el apoyo de España a su gobierno y a la soberanía e integridad territorial de su país. El gobierno del Líbano ha estado haciendo todo lo posible para desarmar a Hizbulah, evitar una guerra civil y garantizar la integridad y el desarrollo del Líbano.

España está comprometida con la seguridad y prosperidad del Líbano y lo demostramos con nuestra participación en la misión de paz de las Naciones Unidas en el sur del país (FINUL), a la que contribuimos con más de 600 efectivos, que están realizando una encomiable labor en unas circunstancias muy complejas –bajo ataques que condeno– por la estabilidad de toda la región y a los que rindo homenaje. Además, para paliar la grave crisis humanitaria que vive el Líbano, hemos anunciado una contribución de nueve millones de euros para alimentos, agua y saneamiento, asistencia sanitaria y medios de refugio.

En estas dos semanas del alto el fuego, la política exterior de España tiene tres objetivos claros: tienen que césar los bombardeos sobre Irán y que ese cese y el alto el fuego incluya al Líbano; tienen que cesar los ataques de Irán sobre los países del golfo, también los ataques de los grupos no estatales de la región; y tiene que abrirse el estrecho de Ormuz a un paso libre y seguro de mercancías.

Mientras la guerra en Oriente Medio entra en una nueva fase, parece que el mundo se haya olvidado de Gaza y Palestina. Allí la situación continúa siendo crítica, con bombardeos sobre Gaza, con avances en asentamientos ilegales en Cisjordania y ataques de colonos radicales, cada vez más virulentos, contra la población palestina. La situación humanitaria sigue sin mejorar y las ONG humanitarias cada vez se encuentran con más trabas. La fase dos del Plan de Paz no avanza.

Frente a ello, el gobierno de España sigue alzando la voz en defensa del derecho internacional. La única vía para alcanzar la paz pasa por apoyar a la Autoridad Nacional Palestina, nuestro socio para la paz, para que unifique bajo su autoridad Gaza y Cisjordania, y poner en pie la solución de dos Estados. Sólo un Estado de Palestina conviviendo en paz y seguridad con un Estado de Israel permitirá una paz duradera en la región. Ese es el único horizonte de paz, en esa dirección debemos caminar y ahí están puestos nuestros esfuerzos y compromisos. No podemos renunciar a la paz, no nos podemos resignar a que Oriente Medio sea una guerra permanentemente abierta porque es injusto para la región y porque es un peligro, ya lo estamos observando, para la humanidad entera.

La guerra en Oriente Medio no es una guerra lejana. Las consecuencias son dolorosamente cercanas. Ya lo hemos visto y padecido con la subida de los precios de la energía. Una guerra que perdure en el tiempo dará lugar a movimientos migratorios, a inflación, a subidas en el precio de los fertilizantes y de los alimentos. Afectará al bienestar de los españoles y de los europeos y, por eso, el gobierno de España ha actuado con rapidez aprobando un Plan Integral de Respuesta a la Crisis en Oriente Medio, con 80 medidas de respuesta y la movilización de 5.000 millones de euros. Una vez más, este Gobierno ha demostrado estar a la altura de las circunstancias protegiendo a los españoles y defendiendo los valores de la sociedad española: la paz, el diálogo, la cooperación, la tolerancia, el derecho internacional y también nuestros intereses y nuestro bienestar.

También el excelente y profesional servicio exterior de España ha vuelto a estar a la altura de las circunstancias. Desde el inicio de la guerra, nuestras Embajadas y Consulados en los países de la región, así como la unidad de emergencia consular de la sede central del Ministerio han estado movilizados para seguir la evolución de la situación y proteger a los españoles. Hemos coordinado la mayor operación de repatriación de la historia, con más de 13.000 españoles que han regresado a España desde el 28 de febrero, y la evacuación exitosa de la Embajada de España en Teherán que ha tenido que cerrar temporalmente por razones de evidente inseguridad. Sigo en estrecho contacto con los embajadores y encargados de negocios en la región, que están dando seguimiento permanentemente la evolución de la situación y pendientes de los españoles que por el momento han decidido permanecer en sus países de residencia. Quiero agradecer a todo el personal de las Embajadas y Consulados el esfuerzo y el trabajo que han hecho y están realizando, en circunstancias muy complejas para ellos y sus familias. Su dedicación y compromiso en la protección y salvaguarda de nuestros conciudadanos, es encomiable.

En un mundo al que vuelve la guerra, España está con la paz y la diplomacia. En un mundo al que vuelve la confrontación, España está con la cooperación porque siempre es más poderosa. Porque es mediante las negociaciones, mediante el diálogo, con el arte de la diplomacia, como se consiguen acuerdos beneficiosos para los ciudadanos y protegemos más vidas y aumentamos el bienestar, no de unos contra otros ni de unos frente a otros, sino el bienestar conjunto de todos.

Cuando hablamos de Oriente Medio, tratamos de mucho más. Hablamos de los valores que nos guían, hablamos del futuro que queremos, hablamos de elegir la cooperación o la confrontación, hablamos de la diplomacia o la fuerza, de la arbitrariedad o la ley, de ganar todos juntos o de perder casi todos. Hablamos sobre todo del bienestar, la seguridad y la prosperidad de nuestros ciudadanos. Y es cierto que son tiempos complejos, que hay nuevas y viejas brechas a las que hacemos frente; pero, ante esos retos, quiero subrayar la confianza. La que nace de una política cargada de sentido en el momento en el que más se necesita. La confianza de saber que somos más, abrumadoramente más, los países y las personas que, en todo el planeta, queremos seguir en la vía del diálogo, el multilateralismo, los derechos humanos y la paz. La confianza de saber que vivimos en una UE que ya es una gran potencia económica y que debe convertirse en una potencia política global en defensa de esos valores de paz y prosperidad compartida. La confianza, la seguridad de que hacemos lo mejor por los españoles, de que defendemos sus valores y su bienestar, y eso es lo que da sentido a toda nuestra acción y a nuestro compromiso político.

Este no es tiempo para el cinismo, es tiempo para la política cargada de sentido. Este no es tiempo para el fatalismo y la resignación, es tiempo para la determinación, el compromiso y la acción. Esa es la convicción del gobierno de España. Los españoles pueden estar seguros de que la política exterior seguirá trabajando con dedicación, con discreción y con toda la determinación para defender sus valores, sus intereses y su bienestar.

Por coherencia con nuestros principios y recogiendo el sentir abrumadoramente mayoritario de la sociedad española, nos hemos opuesto a una guerra ilegal, para la que no fuimos consultados, que desestabiliza toda la región y que ya afecta seriamente a la economía global, también a los intereses de los españoles. Por esa coherencia en la defensa de la paz, los derechos humanos y el orden internacional, por esa política exterior con identidad propia, España es hoy ampliamente reconocida y apreciada por millones de personas que, en todo el mundo, nos señalan como un ejemplo de dignidad y compromiso con valores que son los de la inmensa mayoría de una humanidad. Ningún demócrata puede resignarse a un mundo de violencia, a la ley del más fuerte, al vasallaje y la guerra. Defender hoy la democracia es defender el derecho internacional y la paz. Esa es la posición que ha liderado España, a la que se ha sumado ya la UE, incluso países con gobiernos muy distintos ideológicamente al nuestro. Son valores que vale la pena defender, valores que nos identifican como europeos, como demócratas y como españoles. Los mejores valores de nuestra sociedad, que defendemos y defenderemos.