Mensajes clave
- La “Gran Norteamérica”, definida por el secretario de Defensa como el espacio al norte del Ecuador, desde Groenlandia y Alaska a Guyana, trasciende el marco estrictamente militar y revela una amplia transformación de la estrategia estadounidense.
- Washington superpone su geografía de seguridad sobre su geografía económica: energía, minerales críticos, alimentos, infraestructura, tecnología y cadenas de suministro forman parte de su seguridad nacional.
- El objetivo es que EEUU reduzca aquellas dependencias concentradas y difíciles de sustituir y que otro Estado las convierta en instrumentos coercitivos.
- La “Gran Norteamérica” cuenta con energía, alimentos, agua, minerales y manufacturas. Su principal vulnerabilidad está en las cadenas de valor: procesamiento de minerales críticos y capacidades tecnológicas concentradas en Asia.
- Para México esto implica un cambio radical. Su principal ventaja durante la globalización fue reducir costes de producción en América del Norte y hoy puede aumentar su valor si consigue reducir ciertas vulnerabilidades estratégicas estadounidenses.
Análisis
A fines de agosto de 2026 EEUU hizo algo paradójico para una potencia que es uno de los mayores productores de petróleo: asegurarse una fuerte posición económica y política sobre parte de las reservas petroleras de Venezuela. El acuerdo, anunciado por la Casa Blanca, involucra 17 campos y 65.000 millones de barriles de reservas probadas y ha generado interrogantes jurídicos y comerciales. Tiene un componente geopolíticamente relevante: Washington obtuvo una participación del 35% en la empresa matriz y derechos preferentes sobre parte de la producción. Por tanto, la pregunta no es sólo por qué Donald Trump quiere el petróleo venezolano, sino por qué busca ampliar el control sobre los hidrocarburos en su hemisferio si ya dispone de una formidable capacidad energética.
La respuesta emerge cuando el acuerdo venezolano se coloca en un mapa más grande. El 5 de marzo el secretario de Defensa, Pete Hegseth, presentó la idea de la “Gran Norteamérica” (Greater North America), que incluye a todos los países y territorios situados al norte del Ecuador: Groenlandia y Alaska hasta Guyana y Ecuador. Hegseth lo definió como el “perímetro de seguridad inmediato” de EEUU. Seis meses después, en septiembre, la National Defense University reunió a responsables políticos, militares, representantes regionales e industria para analizar cómo operar en ese mapa, proteger infraestructuras críticas y terreno estratégico y reforzar la defensa del territorio nacional.
El concepto pertenece al lenguaje de la defensa. Pero junto a otras decisiones de Washington revela algo más profundo: EEUU comienza a superponer su geografía de seguridad sobre su geografía económica. Para México, esto puede modificar el valor de una geografía que durante décadas se midió en kilómetros de frontera, comercio e integración manufacturera. Si Washington comienza a reorganizar su vecindario en función de los recursos, infraestructuras y capacidades que necesita mantener dentro de un perímetro estratégicamente seguro, la ventaja mexicana ya no consistirá sólo en su proximidad a EEUU, sino en identificar qué vulnerabilidades puede ayudar a resolver dentro de ese perímetro. Ahí reside una oportunidad, pero no una garantía, y México deberá convertir proximidad en capacidad antes de que Washington encuentre otros socios.
Cuando la economía se convierte en territorio
La transformación no comenzó con la “Gran Norteamérica”. Durante los últimos años, Washington ha ido incorporando al lenguaje de la seguridad nacional sectores que durante buena parte de la globalización habían sido considerados dentro de la economía. La Administración Trump ha señalado que “la seguridad económica es seguridad nacional”, y su política de inversión identifica tecnología, alimentos, tierras agrícolas, minerales críticos, recursos naturales, puertos y terminales marítimas como activos cuya propiedad y control pueden tener consecuencias estratégicas, especialmente frente a China.
Este cambio de enfoque ha ido más allá de las palabras y tiene consecuencias geopolíticas enormes, pudiendo cambiar al continente. Durante la etapa de máxima globalización, la pregunta clave para las empresas estadounidenses era dónde podían obtener insumos de forma eficiente. Pero en un sistema internacional cada vez más fragmentado, marcado por la competencia entre grandes potencias, restricciones comerciales, guerras y controles de exportación, surge otra pregunta: ¿qué ocurre si aquello que necesita está en un lugar del que puede perder acceso?
La pregunta comenzó a escucharse en la pandemia y se multiplicó con la invasión rusa de Ucrania y la guerra de EEUU e Israel contra Irán. El mundo comenzó a entender que la vulnerabilidad ya no depende sólo de cuánto importa un país, sino por qué importa, a quién, cuántos sustitutos tiene y cuánto tiempo se tardará en reemplazarlos. Esto puede entenderse como una dependencia coercible: aquella suficientemente concentrada, indispensable y difícil de sustituir como para que, quien la controla, la convierta en poder político.
Desde esta perspectiva, la “Gran Norteamérica” tiene otro significado. No representa un proyecto de integración política ni una arquitectura económica equivalente a la UE. Tampoco existe evidencia suficiente para describir todas las iniciativas hemisféricas como partes de un único plan maestro, aunque comienza a existir una coincidencia significativa entre el perímetro que Washington considera necesario y los recursos, infraestructuras y cadenas que considera necesario asegurar.
La seguridad económica suma territorios en un mundo donde la globalización no ha desaparecido, pero comienza a convivir con una regionalización de las cadenas consideradas estratégicas por los gobiernos. Aunque la Administración Trump acabe y sea sustituida por otra diferente, el enfoque de Washington podría mantenerse, ya que quien ha cambiado es el mundo y ésta es la respuesta de Washington.
Un viejo mapa para una vulnerabilidad diferente
La idea de que el continente americano puede proporcionar a EEUU una base material extraordinaria para ser autosuficiente no es nueva. En las primeras décadas del siglo XX, el movimiento tecnocrático asociado a Howard Scott imaginó una enorme unidad continental capaz de reunir los recursos energéticos, minerales, agrícolas e industriales necesarios para sostener un sistema autosuficiente: el “tecno-Estado”. Se trataba de salir de la crisis posterior a la “Gran Depresión” y acabar con la escasez y la economía de precios.
El proyecto era de otra época y respondía a presupuestos políticos radicalmente diferentes. No hay razón para afirmar que Trump quiera recuperarlo. Lo interesante es que, casi un siglo después, la misma geografía recupera valor estratégico, pero por razones distintas. Mientras la vieja ambición era la autosuficiencia material, la actual se dirige hacia la resiliencia estratégica. Basta con revisar los recursos comprendidos dentro del nuevo perímetro estadounidense para entender por qué.
En energía, la combinación es excepcional. EEUU tiene una reserva de 46.000 millones de barriles y aporta una enorme capacidad de producción, tecnología, capital e infraestructura; Canadá incorpora algunas de las mayores reservas petroleras, con cerca de 170.000 millones –fundamentalmente en torno a las arenas bituminosas de Alberta–; México añade cerca de 5.000 millones, junto con producción, infraestructura y una posición estratégica sobre el Golfo; y Venezuela contiene las mayores reservas probadas de crudo, con aproximadamente 303.000 millones de barriles.
El acuerdo con Venezuela es especialmente revelador. Un barril venezolano no hace autosuficiente a EEUU, que ya posee una formidable industria energética. Pero un barril producido en el Caribe y procesado en las refinarías del Golfo reduce distancia y exposición a determinadas rutas externas. Esto es particularmente visible en 2026. Las alteraciones de los flujos energéticos del Golfo Pérsico y las tensiones alrededor de Ormuz se trasladan a los precios estadounidenses, pese a su gran producción interna. En septiembre, la presión sobre los suministros internacionales llevó a la Casa Blanca a estudiar nuevas medidas para ampliar la capacidad de refino estadounidense. Pero la abundancia de recursos, por sí sola, no elimina la vulnerabilidad, también importa dónde se encuentran, cómo se procesan y por dónde llegan.
Con el gas natural ocurre algo parecido. EEUU es el mayor productor. La “Gran Norteamérica” reúne 24,5 billones de metros cúbicos de reservas, gracias a los gigantescos campos de shale estadounidense –Appalachia y Permian–, complementados por Canadá, Venezuela, México y otros productores caribeños como Trinidad y Tobago. A ello se suma la electricidad, con enormes recursos solares y eólicos, destacando Canadá y EEUU. Si Canadá produce el 60% de su electricidad de fuentes hidroeléctricas, EEUU cuenta con la mayor capacidad mundial para generar energía nuclear.
Algo semejante ocurre con los alimentos, donde parte de la regionalización precede a la doctrina. En 2025 México fue simultáneamente el mayor mercado para las exportaciones agrícolas estadounidenses y el mayor proveedor extranjero de productos agrícolas a EEUU. Washington importó 43.800 millones de dólares en productos agrícolas mexicanos y 39.300 millones de Canadá. A su vez, México compró 30.600 millones de dólares en productos estadounidenses.
Su importancia no reside sólo en el volumen, sino en la complementariedad. Cerca del 70,7% de las importaciones agrícolas estadounidenses desde México (2025) fueron verduras, frutas y bebidas, mientras EEUU exportó a México maíz, lácteos, carne de cerdo, soja y productos avícolas. No se puede olvidar a Canadá y la producción tropical de América Central, el Caribe y el norte de Sudamérica. No se trata de que todas las regiones produzcan lo mismo, sino precisamente de que no lo hacen. Porque la geografía produce complementariedad.
Lo anterior también se observa en el agua dulce. Los Grandes Lagos, compartidos por EEUU y Canadá, concentran el 84% del agua dulce de América del Norte y el 21% del mundo. Pero, la “Gran Norteamérica” no sólo tiene enormes reservas de agua almacenada, sino también algunos de los mayores sistemas de agua dulce renovable. La cuenca del río Mississippi tiene un drenaje anual de casi 580 km³; la del río San Lorenzo 439 km³ y la del río Mackenzie otros 350 km³. Hacia el sur, en Colombia y Venezuela, la abundancia aumenta con los ríos Orinoco y Magdalena. El Orinoco aporta aproximadamente 914 km³ anuales y el Magdalena otros 260 km³. Su suma es de casi 1.174 km³, más del doble que el escurrimiento del Mississippi.
Aquí se ven dos ventajas diferentes, una, la extraordinaria reserva de agua dulce, y, la otra, los enormes flujos renovables desde las grandes cuencas continentales hasta el trópico. Nada de esto elimina los graves problemas de estrés hídrico del oeste estadounidense o del norte de México. Pero sí modifica la naturaleza estratégica del problema: dentro del perímetro existe una enorme disponibilidad agregada de agua, aunque esté desigualmente distribuida y requiera infraestructura, inversión y gestión para convertirse en seguridad hídrica.
Petróleo, gas, alimentos, agua, territorio y una importante base industrial hacen que la “Gran Norteamérica” posea una combinación de recursos difícil de reproducir en otras grandes regiones económicas. Si el poder se ejerciera como en buena parte del siglo XX, el análisis podría terminar aquí. Pero el siglo XXI no funciona así.
Entre la mina y la máquina
Una potencia del siglo XXI no vive sólo de lo que puede extraer, sino de lo que sabe transformar, y esta podría ser la principal grieta de la “Gran Norteamérica”. Dentro del perímetro trazado por la nueva doctrina geopolítica de Washington hay importantes reservas de cobre, litio, plata, uranio, bauxita, níquel y otros minerales. América Latina y el Caribe constituyen, además, una de las grandes regiones minerales del planeta. Sin embargo, poseer un mineral y controlar la cadena industrial que depende de él son dos cosas completamente diferentes.
EEUU, Canadá y México conforman una plataforma minera considerable. México es el principal productor mundial de plata y en 2024 aportó el 22,8% de la producción global; y es uno de los 10 mayores productores de oro, cobre, plomo y zinc. Canadá posee alrededor de 588,500 toneladas en recursos conocidos y Saskatchewan alberga algunos de los yacimientos con mayor concentración de mineral del mundo. Sus dos grandes operaciones, Cigar Lake y McArthur River/Key Lake, produjeron juntas cerca de una cuarta parte del uranio mundial en 2024. EEUU agrega cobre, litio, tierras raras y una base minera considerable, pero también una vulnerabilidad reveladora: sigue dependiendo de importaciones para numerosos minerales considerados críticos para su economía y seguridad nacional.
Hacia el sur el inventario se amplía. Colombia y Venezuela tienen níquel, bauxita, oro y otros minerales, mientras el Caribe tiene bauxita (Jamaica), una de las principales fuentes externas EEUU. América Latina y el Caribe producen alrededor del 40% del cobre mundial, más del 20% del estaño y zinc y una cuarta parte del litio. La región también posee importantes reservas de plata, grafito y tierras raras, pero no todo eso se encuentra dentro de la “Gran Norteamérica”, sino principalmente en Chile, Perú y Argentina. Si miráramos sólo el mapa geológico, el viejo sueño tecnocrático parecería volver a funcionar. Pero el problema es que una potencia del siglo XXI no vive de minerales, sino de lo que sabe hacer con ellos. Una mina de litio no produce baterías ni una de cobre fabrica transformadores. Poseer tierras raras no significa poder separarlas, refinarlas y convertirlas en los imanes que necesitan un vehículo eléctrico, un servidor o un misil. Ahí aparece China, la primera dificultad del plan.
América Latina y el Caribe refinan dentro de la región sólo el 20% de los minerales energéticos que extraen, excluyendo el litio. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) calcula que desarrollar la plena capacidad de procesamiento elevaría el valor económico generado por las cadenas minerales regionales hasta los 220.000 millones de dólares en 2035. Desde 2005 China concentró más de 90% del crecimiento de la capacidad mundial de fundición de cobre, elevando su participación de aproximadamente 15% a 50% en 2025. La concentración del refino sigue aumentando y, excluyendo tierras raras, en 2025 el principal país refinador de cada mineral controlaba un promedio del 72% del mercado. Esto significa, en el caso de un conflicto geopolítico, un desastre natural o un cierre comercial en ese país dominante, que la fabricación global de autos eléctricos, paneles solares y baterías podría detenerse totalmente.
El problema no es sólo encontrar los minerales, sino reproducir la infraestructura china para procesarlos. La IEA calcula que construir nueva capacidad de refino fuera de China puede costar entre un 20% y un 150% adicional en inversión, mientras los costes operativos son, en promedio, un 50% superiores. Esa es la paradoja que rompe el sueño tecnocrático de EEUU. Porque mientras “la Gran Norteamérica” puede controlar la mina, China controla el camino entre la mina y la máquina, y puede convertir esa capacidad en poder. Los controles chinos sobre siete tierras raras pesadas introducidos en 2025 obligaron a algunas automotrices a reducir o detener temporalmente su producción. Según la IEA, una aplicación completa de las restricciones ampliadas podría poner en riesgo 6,5 billones de dólares anuales producidos fuera de China.
Mientras buena parte de la discusión geopolítica sigue concentrándose en quién posee las minas, una parte decisiva del poder se ha desplazado hacia lo que ocurre entre la mina y la máquina. El bloque tiene acceso simultáneo al Atlántico, al Pacífico, al Golfo de México, al Caribe y al Ártico, además del Canal de Panamá como conexión entre los dos grandes océanos. Por tanto, buena parte de sus recursos podría circular dentro de un mismo perímetro continental. Pero tampoco aquí desaparece completamente la vulnerabilidad. Mientras EEUU siga necesitando semiconductores, minerales procesados y componentes fabricados en Asia, seguirá dependiendo de rutas transpacíficas y de choke points situados fuera de su perímetro.
Los tres perímetros de la “Gran Norteamérica”
Esta diferencia, permite entender a la “Gran Norteamérica” no como un único espacio, sino como tres perímetros en distintas etapas de construcción. El primero es el de seguridad, que Hegseth ya ha delimitado explícitamente: del Ártico al Ecuador. Su lógica consiste en defender el territorio estadounidense alejando determinadas amenazas, protegiendo infraestructura crítica y evitando que potencias externas adquieran posiciones capaces de alterar el equilibrio hemisférico.
El segundo es el perímetro material. Buena parte ya existe. Energía, alimentos, agua, minerales, puertos, redes eléctricas, corredores logísticos y una formidable base industrial están distribuidos dentro de esa geografía. El tercero es el perímetro industrial y tecnológico. Es el que hasta ahora aún permanece incompleto. EEUU conserva enormes ventajas en capital, investigación, diseño tecnológico y manufactura avanzada, pero continúa dependiendo del exterior en numerosos minerales procesados, componentes y cadenas industriales. En varios casos, las concentraciones más difíciles de sustituir permanecen en Asia, particularmente en China.
Interpretar a la “Gran Norteamérica” como un proyecto autárquico conduce a una conclusión equivocada. Porque EEUU sigue necesitando al mundo, pero distinguiendo entre aquello que puede tolerar y lo que puede utilizarse en su contra. Esto último implica una jerarquía diferente: aquí se pueden encontrar aliados aceptables; aliados que pueden diversificarse; otros que pueden sustituirse; y un grupo mucho más pequeño que, por su concentración y relevancia estratégica, Washington intentará reducir, aunque sea económicamente más costoso. Ahí la seguridad empieza a competir con la eficiencia como criterio para organizar la economía internacional.
México: de reducir costes a reducir vulnerabilidades
En este tercer perímetro cambia la posición estratégica de México. Durante tres décadas una parte fundamental de la ventaja mexicana en América del Norte consistió en producir de forma competitiva junto al mayor mercado del mundo. El TLCAN primero y el T-MEC después construyeron cadenas profundamente integradas en automóviles, electrónica, agricultura, maquinaria y múltiples sectores industriales. Pero la regionalización que marca la Doctrina de Seguridad Nacional puede modificar la naturaleza de esta ventaja. Durante la globalización, México fue valioso porque reducía costes, pero en la “Gran Norteamérica” puede aumentar su valor reduciendo vulnerabilidades.
Esta diferencia no es menor. En agosto de 2026 la Secretaría de Economía mexicana y la Arizona State University (ASU) formalizaron un acuerdo para profundizar la cooperación en el desarrollo del ecosistema norteamericano de semiconductores. Se busca conectar formación de talento, universidades, empresas y cadenas de proveeduría mexicanas con una industria que está creciendo rápidamente en Arizona, al otro lado de la frontera. El estado de Coahuila ha avanzado en la cooperación con la ASU para desarrollar capacidades y personal especializado para el mismo ecosistema. Aunque estos movimientos son todavía pequeños frente a la escala de la industria china, revelan una posibilidad estratégica mayor.
México está dentro de los dos primeros perímetros de la “Gran Norteamérica”, que ya tienen una gran profundidad, y en el tercero, que Washington necesita construir. México ya participa del sistema energético norteamericano y está integrado en sus cadenas alimentarias, manufactureras y logísticas. Comparte una frontera de más de 3.000 kilómetros con EEUU y posee acceso simultáneo al Pacífico y al Golfo de México. Y aunque la geografía proporciona una oportunidad, no garantiza una función.
Para convertir esa posición en poder negociador durante los próximos cinco o 10 años, México tendría que preguntarse no sólo cómo preservar su acceso al mercado estadounidense, sino también qué vulnerabilidades estratégicas puede ayudar a resolver. Procesamiento de minerales, empaquetado y pruebas de semiconductores, componentes eléctricos, infraestructura energética, manufactura avanzada, logística y formación de talento son algunos de los espacios donde esa transformación podría producirse. La pregunta mexicana frente a la regionalización no debería ser únicamente qué quiere Washington de México. La pregunta debería ser: ¿qué puede aportar México que Washington no pueda sustituir fácilmente? Esa es la diferencia entre tener una geografía privilegiada y convertirla en poder geopolítico.
Conclusiones
La “Gran Norteamérica” todavía no constituye una alianza económica formal ni existe evidencia suficiente para interpretar cada movimiento estadounidense desde Groenlandia hasta Venezuela como parte de un diseño coordinado. Ese es el límite del argumento. Lo que sí puede observarse es la convergencia de dos procesos hasta ahora analizados por separado. Por un lado, Washington ha definido explícitamente un nuevo perímetro de seguridad desde el Ártico al Ecuador y ha comenzado a discutir institucionalmente cómo proteger dentro de él infraestructuras críticas y posiciones estratégicas. Por el otro, EEUU redefine como asuntos de seguridad nacional a minerales, energía, tecnología, alimentos, puertos, infraestructura y cadenas de suministro.
Ambas geografías empiezan a superponerse y Venezuela adquiere un significado distinto; también Groenlandia, Panamá, Colombia, Guyana, Canadá y México. No necesariamente porque Washington pretenda controlar políticamente todos esos espacios, sino porque recursos, rutas e infraestructura que antes podían analizarse primordialmente mediante el mercado comienzan a evaluarse también por su vulnerabilidad estratégica. China es la razón por la que esa transformación no puede detenerse en las materias primas. El poder no reside únicamente en controlar aquello que existe bajo el suelo, sino en dominar los procesos que permiten convertirlo en baterías, redes eléctricas, centros de datos, semiconductores, vehículos y sistemas de defensa.
El verdadero desafío de la “Gran Norteamérica” no consiste en demostrar que posee suficientes recursos para aislarse del mundo. Probablemente nunca lo hará y tampoco le convendría hacerlo. Consiste en determinar qué dependencias exteriores está dispuesta a conservar y cuáles considera demasiado importantes para dejarlas fuera de un espacio que pueda proteger, diversificar o controlar.
Trump puede haber acelerado esa transformación y Hegseth puede haberle dado un nombre. Pero las fuerzas que la empujan son más profundas que una Administración: competencia entre grandes potencias, concentración industrial, controles de exportación, vulnerabilidad de las rutas marítimas y fragmentación progresiva de la globalización. Eso significa que algunos elementos de esta doctrina geopolítica podrían sobrevivir a quienes hoy la impulsan. Durante décadas, la globalización enseñó a EEUU a preguntarse dónde podía producir algo más barato. Mientras, la “Gran Norteamérica” empieza a plantear la pregunta que puede organizar la siguiente etapa: ¿qué necesita producir suficientemente cerca para que nadie pueda impedírselo?
