Colombia tironeada entre los extremos

Vista frontal de la Casa de Nariño, sede de la Presidencia de Colombia en Bogotá, con banderas nacionales colgadas en su fachada neoclásica. En primer plano destaca la escultura roja Vigilantes, del artista Edgar Negret, rodeada de jardines y zonas verdes bajo un cielo parcialmente nublado.
Exteriores de la Casa de Nariño, sede de la Presidencia de Colombia. Foto: Alejandro Rojas SajoR (CC BY-SA 4.0).

Mensajes clave

  • Colombia refleja el momento electoral de América Latina, una coyuntura marcada por la crisis de los viejos partidos, la emergencia o consolidación de la derecha radical, la decadencia del centro político y la pervivencia de una izquierda competitiva
  • La izquierda, con Gustavo Petro en el poder desde 2022, no ha logrado ser la más votada como se esperaba. Los avances sociales, pese al gobierno mediocre en economía y en seguridad, explican que el oficialista Iván Cepeda recibiera más del 40% de los votos.
  • La primera vuelta de las elecciones en Colombia, como el balotaje en Perú del 7 de junio, muestran la trampa electoral latinoamericana: la condena a elegir entre extremos. A la derecha Abelardo De la Espriella y Keiko Fujimori y a la izquierda Cepeda y Roberto Sánchez, mientras el centro prácticamente desaparece.
  • El auge de la derecha radical y populista tiene en Colombia un nombre propio, De la Espriella, el más votado en primera vuelta gracias al voto del desencanto y al rechazo a la continuidad de la izquierda.
  • La decadencia regional del centro político también se dio en Colombia. Sergio Fajardo es su figura más representativa, pero no llegó al 5%. Tampoco el uribismo, la derecha tradicional, superó el 7%.
  • Los retos del futuro gobierno, gane quien gane, se centran en detener el fortalecimiento de las guerrillas y afrontar la crisis del sistema de salud y la situación económica lastrada por el alza del coste de la vida y la amenaza del déficit fiscal y la deuda externa.

Análisis

Las elecciones presidenciales colombianas refuerzan la segunda oleada iliberal latinoamericana gracias al éxito de De la Espriella, de la extrema derecha. Fue el candidato más votado, por delante del oficialista Cepeda, apoyado por Petro. De la Espriella obtuvo el 43% del voto, aunque las encuestas lo situaban cerca del 25%. Esto enlaza con lo ocurrido desde 2023 en Argentina (Javier Milei), Chile (Juan Antonio Kast), Brasil (Jair y Flavio Bolsonaro), Perú (Fujimori), Ecuador (Daniel Noboa) y El Salvador (Nayib Bukele). Es la segunda ofensiva contra la democracia de alternativas iliberales tras la de principios de siglo, cuando otras fuerzas iliberales, como el chavista “socialismo del siglo XXI”, se expandieron por la región y acabaron con la democracia, en Venezuela y Nicaragua.

El contexto político-electoral colombiano no difiere del latinoamericano, marcado por la crisis de los viejos partidos, la emergencia de la derecha radical, la decadencia del centro político y la pervivencia de una izquierda en el poder que, pese a sus problemas, sigue siendo competitiva. Como en Honduras y en Brasil en 2025, regresó la sombra de la injerencia de Donald Trump en los comicios.

El ocaso de las fuerzas históricas alude a los partidos Liberal y Conservador, más una cultura política que una agrupación organizada. Monopolizaron las luchas políticas entre 1840 y 2000 y articularon a la sociedad colombiana. Sin embargo, entraron en decadencia en la década de 1990 y acabaron como apéndices de otras fuerzas, aunque todavía perduran. Incluso, el uribismo, hegemónico entre 2002 y 2010, y 2018 y 2022, no fue capaz de unificar el voto de derecha, al menos en las elecciones presidenciales. El Pacto Histórico domina en la izquierda y el uribismo, la principal fuerza opositora en el Parlamento, no entró en el balotaje. 

El fin del liderazgo del expresidente Álvaro Uribe se debe al auge de la derecha radical, que hoy lleva un nombre propio: De la Espriella, conocido popularmente como “el tigre”. Este abogado, de polémica trayectoria como jurista, logró lo que no pudo el trumpista peruano Rafael López-Aliaga y pasó a la segunda vuelta. De la Espriella es el adalid de la mano dura, que encarnaba Uribe. Físicamente se asemeja a Bukele. Utiliza, como Milei, un lenguaje directo, a veces soez, ultranacionalista (como evidencia su saludo “firme por la patria”) y demagógico, con mensajes plagados de viejos tópicos referidos a la antipolítica (“No vine a hacer la política de siempre, lo nuestro es un cambio estructural, un cambio de orden en todo sentido”) para captar el sentimiento anti-partidos. Presume de outsider, de representante de “los nunca”, lo que recuerda a Francia Márquez, la vicepresidenta de Petro, que hace cuatro años habló de “los nadie”.

Es más radical que el outsider de 2022, el empresario Rodolfo Hernández, que compitió con Petro en el balotaje, y refleja el sentimiento contrario a los políticos de siempre, extendido y presente en el electorado colombiano y latinoamericano. Es un tecnopopulista, mezcla de líder trumpista, nacionalista (su movimiento se llama Defensores de la Patria), adalid de la mano dura y partidario de los recortes como el chileno Kast y de la motosierra mileísta (su candidato a vicepresidente, José Manuel Restrepo, defiende un duro ajuste). Su acercamiento a las iglesias evangélicas, pese a ser exateo, atrae el voto de los sectores más conservadores en temas valóricos,

Su discurso populista distingue entre “ellos”, los de siempre, y “nosotros”, los de nunca, en referencia a los que nunca nos beneficiamos del Estado, los que nunca robamos, etc. Sus intervenciones públicas no pasan de 40 minutos y son un ritual interactivo con sus seguidores. En ellas se encuentran preguntas del tipo: “¿Quieren que se bajen los impuestos? ¿Que la familia vuelva a ser el núcleo de la sociedad? ¿Reducir el Estado? ¿Defender a Dios? ¿Que los bancos presten plata al 2% o, si no, cerrarlos? Estas preguntas retóricas tienen respuestas obvias, elementales y concluyentes, y para hacerlas realidad deben votar por el líder, deben marcarle “la raya al tigre”.

La decadencia del centro político, un fenómeno regional, se observa en el declive de Sergio Fajardo, su figura más representativa durante más de una década. Después de reunir en 2018 casi el 24% de los votos, en 2022 y 2026 se ha estancado, con apenas el 4%. La ironía supuso que en esta oportunidad la uribista Paloma Valencia representara al centro tras la aparición de una fuerza mucho más a la derecha. Algo parecido ocurrió en Perú (el fujimorismo fue desplazado a posiciones más centradas por López-Aliaga), en Argentina (con el macrismo y el éxito de Milei) y en Chile (Chile Vamos y el ascenso del Partido Republicano de Kast). El uribismo no logró captar el voto de centro, ya que buena parte de su maquinaría política, y con ella un sector mayoritario de las bases uribistas, se decantó por De la Espriella. Valencia no llegó al 7% cuando las encuestas le daban más del 20%.

Petro gobierna desde 2022, pero la izquierda ha salido muy golpeada de la elección al no ser, como señalaban las encuestas y esperaba el presidente, la opción más votada. Y si bien ganó en sus bastiones tradicionales, lo hizo con cifras inferiores a las esperadas en Bogotá, Cauca y Nariño. Sin embargo, su suelo electoral es sólido: el 40% del voto pese al gobierno mediocre, tanto en lo económico como en seguridad. Ahora bien, los avances sociales explican el resultado de Cepeda. En Colombia, como en Chile y Argentina, el voto duro de la izquierda muestra su capacidad para competir y pasar a la segunda vuelta. Aunque, como en los casos anteriores, en Colombia la distancia entre el suelo y el techo sea mínima. Las iniciativas sociales han intentado “poner platita” en el bolsillo de los potenciales seguidores del Pacto Histórico, con medidas de populismo electoral, como el aumento del salario mínimo en más de un 23%, la concesión de subsidios a los sectores más vulnerables, la eliminación de peajes o la supresión de multas. Este populismo clientelar posiblemente se repetirá para el balotaje, pero su capacidad de movilizar a nuevos votantes se estima más reducida, ya que la mayoría de los potenciales beneficiados ya acudió a las urnas.

Este panorama ha sido el caldo de cultivo para el desarrollo de una campaña polarizada entre la izquierda petrista y la derecha radical, alimentada desde las redes sociales. En ese contexto, el centro pasó a ser irrelevante al no encontrar un discurso alternativo sólido (Fajardo) o no ser creíble. El mejor ejemplo de esto último lo dio Valencia, aliada con Juan Daniel Oviedo, su candidato a vicepresidente, un político antiuribista y defensor de la comunidad LGTBI+. La polarización fue alimentada por ambas partes y será aún mayor en la segunda vuelta. En la campaña pasada Cepeda calificó a sus dos rivales de derecha de “fascistas” y De la Espriella aseguró que iba a “destripar a la izquierda”. El ambiente se caldeará y complicará la gestión del nuevo gobierno. Petro y Cepeda cuestionaron el resultado electoral y De la Espriella los llamó cobardes y ladrones. Con el lema oficial chileno en mente llamó a “defender la democracia por la razón o por la fuerza”, a la vez que enviaba una señal de su determinación para gobernar de forma frontal (y con hombría). El avance ultra está impulsado desde EEUU. Trump, como en Honduras con Nasry Asfura, ha apoyado a De la Espriella.

Las nuevas dinámicas electorales en América Latina

Colombia se inserta en una de las dinámicas electorales de América Latina. En una elección muy polarizada los dos primeros sumaron casi el 85% de los votos, algo visto en otros países desde 2022. En Brasil, los dos candidatos que disputaron el balotaje ese año conquistaron el 90%, en Ecuador en 2025 más del 85% y algo menos en Costa Rica en 2026. Estos casos contrastan con aquéllos donde hubo una polarización atenuada: tres o cuatro fuerzas sumaron en torno al 80-90% (Uruguay, Paraguay, Bolivia, Panamá y Argentina). También con los escenarios de alta fragmentación (los dos primeros no llegan al 30%): en 2026, en Perú, Fujimori tuvo un 17% y Sánchez un 12%. En Guatemala, en 2023, Sandra Torres apenas pasó el 21% y el actual presidente Bernardo Arévalo el 15%. Los casos de predominio hegemónico, donde un solo partido superó el 50% en la primera vuelta, son El Salvador, con Bukele (84%), México, con Claudia Sheinbaum (59%), y República Dominicana en 2024, con Luis Abinader (57%).

Figura 1. Elecciones presidenciales en América Latina (2022-2026), según grado de concentración del voto

  • Predominio hegemónico
País y añoResultado en primera vuelta
El Salvador (2024)Nayib Bukele: 84%
México (2024)Claudia Sheinbaum: 59,7%
República Dominicana (2024)Luis Abinader: 57%
Fuente: elaboración propia.
  • Alta bipolarización
País y añoResultado en primera vuelta
Brasil (2022)Lula + Bolsonaro = 91,6%
Ecuador (2025)Noboa + Luisa González = 85%
Colombia (2026)De la Espriella + Sánchez = 84%
Costa Rica (2022)L. Fernández + Ramos ≈ 81%
Fuente: elaboración propia.
  • Bipolarización atenuada
País y añoResultado en primera vuelta
Argentina (2023)Milei + Massa + Bullrich ≈ 87%
Uruguay (2024)Orsi + Delgado + Ojeda ≈ 85%
Paraguay (2023)Peña + Alegre + Cubas ≈ 91%
Panamá (2024)Mulino + Lombada + Torrijos +Roux ≈ 87%
Bolivia (2025)Paz + Quiroga + Medina + Rodríguez ≈ 84%
Fuente: elaboración propia.
  • Alta fragmentación
País y añoResultado en primera vuelta
Perú (2026)Fujimori (17%) + Sánchez (12%) = 29%
Guatemala (2023)Torres (21%) Arévalo (15%) = 36%
Fuente: elaboración propia.

Salvo los casos hegemónicos, el resto presentan problemas de gobernabilidad o de incapacidad del Ejecutivo de impulsar políticas públicas en un contexto fragmentado y polarizado. En esa línea, en Colombia el proceso comenzó en marzo con las elecciones internas y las legislativas. El nuevo Parlamento quedó fragmentado, sin mayorías claras, lo que complicará la gestión del futuro gobierno. En la Cámara de Representantes hay 22 grupos, aunque sólo siete tienen un tamaño significativo y en el Senado otros 11. Las legislativas, si bien reforzaron al oficialista Pacto Histórico, que se consolidó como la fuerza más votada, le dejaron lejos de una mayoría sólida. En el Senado, con una lista liderada por la exministra de Salud Carolina Corcho logró 25 escaños, cinco más que en 2022, mientras que el uribista Centro Democrático logró 17 senadores, cuatro más que en 2022. Así, ni Cepeda ni De la Espriella tendrán apoyos suficientes para imponer sus reformas más radicales. Este último, con sólo cuatro senadores y un diputado, para gobernar deberá buscar el apoyo del uribismo y de los “de siempre”.

El legado económico y social de Petro

La campaña de la primera vuelta y también la del balotaje se han centrado en el apoyo o rechazo al legado de Petro, caracterizado por una agenda social con importantes avances en medio de la polarización incentivada por el aumento del gasto público y la actitud desafiante, a veces provocativa, del presidente, en un contexto marcado por el deterioro económico y en lo relativo a salud y seguridad.

Las reformas sociales del petrismo (principalmente salud, pensiones y trabajo) explican el alto apoyo recibido por Cepeda. También por sus medidas coyunturales como decretar en diciembre una subida del 23% del salario mínimo. Finalmente, el enfrentamiento con Trump, una relación ya encauzada, que ha aportado apoyos de la izquierda nacionalista y antiimperialista. La participación de Trump en la campaña, respaldando a De la Espriella y atacando a Cepeda, puede tener un efecto adverso más que favorable al animar al electorado nacionalista a votar en contra del dictado de Washington.

También ha sido muy polémica la tendencia de Petro a confrontar con las instituciones apelando a la movilización social y a la calle para presionar al Poder Judicial y al Parlamento ante el rechazo a ratificar ciertas medidas. Esta estrategia ha acentuado la polarización política y es un precedente para De la Espriella que, enfrentado al Congreso, podrían exhibir músculo al margen de las instituciones para “defender la democracia con la ley o la fuerza”.

Petro no solucionó los problemas económicos estructurales ni alcanzó la “paz total” con los grupos armados, una de sus grandes promesas que ha sido retomada por Cepeda. Su gobierno deja una deuda que crece a un ritmo sin precedentes, llega al 55% del PIB y aumentó en cerca de 400 billones de pesos, lo que no ocurrió ni siquiera en la pandemia. Al mismo tiempo, el déficit fiscal no se reduce. Cerró 2025 en el 6,4% del PIB. En poco más de tres años el gobierno emitió deuda por valor de 27.115 millones de dólares frente a los 15.857 millones de Uribe y los 19.051 millones de Juan Manuel Santos en dos mandatos cada uno y los 15.183 millones de Iván Duque, en uno solo, incluyendo la pandemia. Esto aboca al nuevo gobierno a medidas de recorte y ajuste del gasto público. La Contraloría señala que el servicio de la deuda alcanzó los 105 billones de pesos en 2025, equivalente al 23% del gasto público, cinco puntos porcentuales más que el 18% de 2021. Esa tendencia presiona las finanzas estatales y reduce el margen fiscal para la inversión.  

Otro reto del futuro gobierno es el sistema sanitario. Las cifras de la Superintendencia de Salud dan cuenta de que, de 2024 a 2025, las peticiones, quejas y reclamos por la atención de las Empresas Promotoras de Salud (EPS) aumentaron más de un 27%. Los pacientes se quejan de la escasez de medicamentos y de las insuficientes citas médicas disponibles, sobre todo con especialistas. Petro ha culpado a la corrupción de los privados que manejan recursos públicos e intentó reformar el sistema con una ley que el Congreso bloqueó.

Al comienzo de su gobierno Petro logró armar una amplia alianza parlamentaria que incluía a varios partidos del centro y de la derecha. Con semejantes apoyos podía haber aprobado buena parte de las reformas presentadas, como salud, pensiones, educación, laboral, impositiva y otras. Y aunque éstas no hubieran tenido ni la radicalidad ni la profundidad deseadas, debido al natural proceso de negociación, sí se hubieran aprobado y le hubieran permitido pasar a la historia como el gran transformador de la Colombia moderna. Pero sus prisas y su intransigencia lo llevaron a romper la alianza y a un desarrollo mucho más errático e incierto de la mayor parte de sus transformaciones.

El legado de Petro en paz y seguridad

La aspiración de Petro era alcanzar la “paz total”, negociando simultáneamente con todos los grupos armados. Ese sueño no sólo no se ha cumplido, sino también condujo a un progresivo deterioro de las condiciones de seguridad. Además, después de más de tres décadas, un precandidato presidencial, Miguel Uribe Turbay, fue asesinado.

En el marco de la política de “paz total”, iniciada por Petro, se establecieron mesas de negociación y cese del fuego con varios grupos armados, entre ellos el Estado Mayor Central (EMC), disidencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), con pocos avances. Éstas sirvieron para que los grupos insurgentes experimentaran un doble proceso de fortalecimiento (cualitativo y cuantitativo) y de fragmentación. La Fundación Ideas para la Paz señala que los grupos ilegales superan ya los 27.000 integrantes entre combatientes y redes de apoyo, con un crecimiento del 23,5% en sólo un año.

El fenómeno es también cualitativo por la capacidad de penetración territorial y control social en regiones como el Cauca, Valle del Cauca, Nariño, Catatumbo, Arauca y la frontera con Venezuela, con funciones de gobernanza criminal. Estos grupos mejoraron su capacidad tecnológica, como el acceso a drones. El EMC ha incorporado nuevos mecanismos, lo que le permite desafiar los esquemas tradicionales de seguridad. Esto ocurre en paralelo a la fragmentación progresiva de los grupos criminales: surgimiento del Estado Mayor de Bloques y Frente (EMBF) y la Coordinadora Nacional del Ejército Bolivariano (CNEB), provocando disputas territoriales en varios departamentos.

Camino de la segunda vuelta

El 21 de junio Colombia enfrenta una segunda vuelta aún más polarizada que la primera. El futuro gobierno carecerá de mayoría en las dos cámaras y ante posibles bloqueos legislativos la pugna institucional puede ser un fácil recurso. Esta dinámica, ensayada por Petro, es una tentación para liderazgos autoritarios como el de De la Espriella.

Si bien las segundas vueltas son una nueva elección, De la Espriella tiene mayores opciones de crecer atrayendo la mayor parte del voto uribista (6,7%), una parte pequeña del de Fajardo (4,7%) y el de Raúl Santiago Botero (0,8%). Valencia ha anunciado a título personal su respaldo a De la Espriella para evitar ocho años seguidos de un gobierno de izquierda: “No podemos permitir la continuidad de un gobierno inútil y corrupto ni la instalación del neocomunismo”. Mientras Cepeda sólo puede crecer con el voto centrista de Fajardo, Claudia López (0,95%) y el de Mauricio Lizcano y Roy Barreras.

La clave podría estar en la movilización de una parte del 42% que no votó. En 2022, Petro logró que casi dos millones de personas que no participaron en la primera vuelta lo hicieran en el balotaje que le dio la victoria. Dado el alto abstencionismo y que en la primera vuelta hubo más participación de lo habitual se antoja muy difícil que se dé un nuevo salto participativo. Esto porque Petro anunció que se volcará por Cepeda en la nueva campaña. El efecto Trump podría incitar a algunos a abandonar el retraimiento.

Se perfila una segunda vuelta como la de Brasil en 2022 entre dos opciones incompatibles, con el rival convertido en un enemigo existencial, algo especialmente evidente en seguridad y economía. Cepeda habla de “seguridad humana” y prioriza la apuesta petrista por el Acuerdo de Paz y la negociación con actores armados como mecanismo para reducir la violencia. De la Espriella representa el discurso más duro, bukelista, frente al crimen organizado. Su propuesta se centra en el fortalecimiento coercitivo del Estado mediante operaciones militares, bombardeos selectivos, reactivación de la fumigación aérea y una ofensiva frontal contra el narcotráfico. También propone construir 10 mega cárceles para criminales de alto impacto, planes de choque para recuperar territorio y estrategias específicas contra la extorsión.

En economía, De la Espriella plantea crear un ecosistema pro empresa y reactivar la exploración petrolera para crecer hasta un 7% anual; mientras el representante del Pacto Histórico promete ampliar la función del Estado “para atacar la desigualdad” apoyando a la microempresa, la producción nacional y la economía popular.

Estas elecciones tienen además un componente geopolítico, más evidente tras el apoyo de Trump a De la Espriella. Su triunfo alinearía a Colombia con la estrategia de la Casa Blanca y su Escudo de las Américas. Colombia volvería a ser, como en tiempos de Uribe y en los años 60-70, el aliado regional más cercano a Washington. Lo contrario ocurriría de ganar Cepeda. Y aunque Trump es lo suficientemente flexible como para pasar en semanas de amenazar con atacar Colombia a reconciliarse con Petro, la victoria de Cepeda sería la de alguien con vínculos históricos con las FARC y a quien el presidente estadounidense ha calificado de marxista.

Conclusiones

El resultado electoral colombiano ha generado diversos análisis que subrayan que América Latina enfrenta una amenaza autoritaria, encarnada por De la Espriella, los Bolsonaro, Fujimori, Kast, Milei y Bukele. Más allá de las pulsiones iliberales y autoritarias de estos liderazgos, algunos más que otros, las amenazas a la institucionalidad democrática no son ninguna novedad regional. Lo nuevo es que ahora proceden de la derecha radical y están alentadas desde Washington, pero el hecho en sí no es nuevo.

El siglo XXI ha conocido ataques en sucesivas oleadas contra las democracias latinoamericanas. Unas democracias que no sólo están “fatigadas” (como sostiene Manuel Alcántara) sino también acosadas por movimientos, partidos y liderazgos que rechazan la institucionalidad democrática y proponen modelos personalistas y cesaristas al margen de los equilibrios de poderes y de las instituciones. Dichas fuerzas captan el desencanto ciudadano con un discurso demagógico, antistablishment (anti “casta” política y antipartidos), que potencia la conexión directa entre el dirigente carismático (caudillo) y la población.

Este estilo de liderazgo y propuestas autoritarias no son una novedad, salvo por el recurso a las redes sociales y el apoyo de la Casa Blanca. Fue utilizado de forma exitosa por la primera oleada antidemocrática e iliberal a comienzos de siglo. El “socialismo del siglo XXI”/chavismo, de 1999 a 2015, desembocó en la instauración de gobiernos abiertamente dictatoriales (Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro, y Nicaragua con el matrimonio Ortega-Murillo) y en regímenes iliberales como Bolivia con Evo Morales y Ecuador con Rafael Correa.

El mesianismo personalista, iliberal y populista de Chávez no difería del empleado por los nuevos líderes de la derecha radical latinoamericana. Donde el comandante afirmaba “con Chávez, el pueblo manda” o “Chávez no es Hugo Chávez, Chávez es el pueblo”, De la Espriella asegura que representa a los nadie: “Así como existieron los nadie, con nosotros existen los nunca. Nunca hemos robado, nunca hemos dejado de trabajar y nunca hemos pedido regalado”. Donde Chávez encarnaba un nacionalismo de ultraizquierda (“¡Patria, socialismo o muerte! Venceremos”), De la Espriella encabeza a los “Defensores de la Patria”. El lenguaje directo de Chávez (“Váyanse al carajo yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno”) es mucho más marcado y zafio en “el tigre”, que califica a sus adversarios de “cobardes” o presume de genitales.

Colombia es el último ejemplo de cómo las democracias fatigadas son el caldo de cultivo que alimenta al desafío iliberal. Esto no es novedoso, sí lo es que el ataque viene de la ultraderecha cuando hace un cuarto de siglo procedía de la izquierda radical, capaz de convertir una democracia, como la venezolana, de más de medio siglo de vida, aunque disfuncional desde los años 80, en una dictadura.

Todo apunta a que la resiliencia de las democracias será nuevamente puesta a prueba como ocurrió a comienzos de siglo. Y lo será por debilidades propias, por su incapacidad para resolver los problemas que más afectan a la ciudadanía: inseguridad, alto coste de la vida y frustración de expectativas y mejoras sociales. Chávez en su día y De la Espriella hoy conectan mejor con una población que desea respuestas inmediatas a problemas urgentes y que cree en la efectividad de esas simples y comprensibles soluciones que en realidad requieren de soluciones de conjunto. El centro, a la izquierda y a la derecha, se encuentra ante un dilema en el que se juega el futuro de las democracias: desaparecer y ser engullidos por el radicalismo o ser capaz de rearticular su mensaje y ser electoralmente competitivo. Por ahora, la derecha extrema necesita al centro para gobernar porque carece de mayoría parlamentaria.