Resumen ejecutivo
Pese a carecer de una estrategia formal, la posición española con respecto a China obedece a un cálculo pragmático. España reconoce las muchas diferencias que hay entre los sistemas políticos chino y el de las democracias de la Unión Europea (UE). Aun así, es consciente de que las diferencias internas y de modelo no se van a subsanar de manera significativa desde el exterior. Por ello, el gobierno central y muchos de los gobiernos autonómicos optan por el diálogo político continuo, de manera que se establezca una relación estable y constructiva con Pekín al tiempo que España se erige como un interlocutor serio en un debate sobre la relación Europa-China que tenga en cuenta los intereses económicos españoles.
El pragmatismo económico español en el contexto de la relación con China tiene que ver con la posición histórica de España como receptor de tecnologías. España no es un líder tecnológico, sino que se posiciona en un rango intermedio en el escalafón. Por tanto, el China Shock 2.0 no representa para España el mismo tipo de amenaza industrial quasi-existencial que para las economías europeas situadas en la frontera tecnológica. La presión competitiva sí se concentra de manera más acuciante en regiones de Alemania y otros países europeos del norte, cuyas industrias de mayor valor añadido se ven mermadas por la competencia china. España ve en China la posibilidad de recibir inversión que promueva su transformación y modernización industrial en sectores como baterías, vehículo eléctrico y otras tecnologías verdes. Se busca que la inversión china afiance la posición española en las cadenas de valor europeas y mundiales. Sin embargo, esto no se hace desde una posición de ingenuidad: la entrada de inversión china debe estar condicionada a la creación de valor local y el potenciamiento de la capacidad tecnológica nacional y europea.
De igual forma que España observa las oportunidades que supone la inversión china para la transición energética y la transformación industrial, también se reconocen los riesgos que puede entrañar. Estos incluyen el desarrollo de sobredependencias que menoscaben la autonomía, la ampliación de vulnerabilidades por una concentración excesiva y el control de infraestructuras críticas. Por ello, es importante que se condicione la colaboración a la generación de valor, empleo y transferencia de conocimiento a nivel local. Este enfoque, además, goza de consenso entre los mayores partidos políticos españoles, dotando de mayor estabilidad y predictibilidad a la inversión.
La posición española se enmarca en el debate europeo más amplio sobre las relaciones con China. España trata de que Europa deje atrás únicamente la gestión de riesgos para apostar por una consolidación industrial proactiva que beneficie a su propia economía a través de un enfoque diferenciado. Por un lado, Europa debe proteger sus sectores esenciales. Por el otro, China brinda la oportunidad de aprovechar su madurez tecnológica y eficiencia de costes, de forma que se adquiera tecnología china barata que permita la descarbonización, al tiempo que se liberan recursos fiscales para promover la investigación e innovación de vanguardia en Europa. Todo ello, sin embargo, no quita que deban acometerse las reformas estructurales que consoliden el mercado único y la competitividad europea, y eso requiere de financiación y una capacidad fiscal común para movilizar los recursos necesarios.
En este marco, el enfoque español hacia China no representa una desviación de la estrategia europea, sino una propuesta de calibración: evitar tanto la sobreexposición como el aislamiento, convertir la interdependencia en palanca de poder y utilizar el vínculo con China para reforzar la base industrial y tecnológica de España y de Europa.
Introducción: colaboración en tiempos de rivalidad estructural
La política española respecto a China ha suscitado cada vez más interés a nivel internacional en los últimos años. En un momento en el que las relaciones entre China y Estados Unidos (EEUU) han ido enfriándose y la UE ha endurecido su discurso sobre la reducción de riesgos, la seguridad económica y la autonomía estratégica, España ha mantenido un alto grado de interacción política con Pekín. El presidente Pedro Sánchez ha convertido las visitas anuales a China en una característica permanente de la diplomacia española, y el propio rey Felipe VI hizo una visita de Estado a Pekín en 2025. De esta manera, España se coloca junto a Alemania, Francia e Italia en el grupo de países europeos con acceso directo e ininterrumpido a los dirigentes chinos.
Este planteamiento ha suscitado cierto debate. ¿Por qué dar prioridad a esta relación cuando en Europa va en aumento la preocupación por la dependencia y la competencia industrial china? ¿Por qué atraer inversión china hacia sectores estratégicos como los vehículos eléctricos, las baterías y las tecnologías renovables, cuando la UE está hablando de ampliar los instrumentos de defensa comercial?
La respuesta del Gobierno español parte de una interpretación estratégica del cambio estructural. China no es un actor secundario que Europa pueda permitirse ignorar. Se trata de la segunda economía del planeta (la mayor en términos de paridad de poder adquisitivo), un pilar central del sistema industrial mundial, un interlocutor dominante en el ámbito de las tecnologías verdes, un nodo fundamental en las cadenas de suministro mundiales y un protagonista indiscutible en los foros mundiales de gobernanza.
Intentar llevar a cabo una desconexión abrupta entrañaría un coste económico considerable, mientras que los beneficios en materia de autonomía serían más bien inciertos. Al mismo tiempo, la interdependencia sin control puede generar vulnerabilidades y asimetrías. Además, China no es una democracia ni tiene visos de serlo en un futuro próximo, lo que plantea un problema estratégico a medio y largo plazo.
En este contexto, la estrategia de España intenta encontrar un equilibrio entre estos extremos. Recurre a la interacción pragmática como un instrumento para fortalecer su base económica, acelerar la modernización industrial y contribuir al proyecto europeo más amplio de reforzar la autonomía estratégica. El pragmatismo económico no equivale a una apertura ingenua; se trata de una iniciativa calculada para ganar influencia en un mundo definido por la rivalidad estructural entre China y EEUU, la competencia tecnológica, el cambio climático y la transición energética tras dejar atrás los combustibles fósiles.
Por lo tanto, para comprender la política española con respecto a China hace falta contar con el contexto de cuatro dimensiones interconectadas: el posicionamiento diplomático de España, su estrategia de transformación industrial, el discurso político-económico interno sobre oportunidades y riesgos y su postura dentro de la reacción más amplia de la UE al llamado China Shock 2.0.
