Si la paz es un bien escaso, las guerras, aunque su número no hace más que aumentar, no parece que pasen por su mejor momento como vías para resolver conflictos.
En la literatura sobre algo que nos viene acompañando desde el principio de los tiempos se repiten hasta el infinito las interpretaciones de la guerra (la violencia, decía Karl Marx) como la partera de la Historia. Son muchas, asimismo, las alabanzas ditirámbicas a la guerra como escuela de patriotismo y forja de hombres virtuosos (dejando fuera a las mujeres). Con el tiempo también se ha convertido en dogma la máxima de Carl von Clausewitz, según el cual “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, sin querer entender que, cada vez más, la guerra es el fracaso de la política, por no ser capaces de defender los intereses propios y de resolver los conflictos por vías no violentas. Hasta hay quienes apelan a Platón, quien consideraba que la guerra era esencial y necesaria para la construcción de la justicia. E incluso los hay, como Edward Luttwak, que insisten en que lo deseable es dar una oportunidad a las guerras, dejando que lleguen a su fin, sin intervenciones humanitarias, operaciones de paz ni diplomacia de por medio, en la medida en que sirven para resolver conflictos de manera concluyente y duradera.
Si todas esas referencias de supuesta autoridad, sin olvidar el eterno si vis pacem para bellum, no cambian el hecho de que las guerras sean indeseables, la de que es aconsejable dejarlas llegar hasta sus últimas consecuencias, permitiendo que haya una victoria definitiva (y, por tanto, una derrota igualmente inapelable) parece cada vez más cuestionable. Por un lado, porque ese planteamiento, al margen del factor que haya provocado el estallido generalizado de la violencia, supone olvidarse de la legalidad y la justicia para apostar simplemente por el más fuerte, tenga o no razones que avalen su apuesta bélica, dado que, al menos en principio, es el que tiene más posibilidades de imponer su dictado en el campo de batalla. Por otro, porque en la práctica son escasísimas las ocasiones en las que las armas logran realmente finalizar una contienda. Quizás la última vez en la que se produjo un hecho de esas características fue en mayo de 2009, cuando los combatientes del grupo separatista Tigres de Liberación de Tamil Eelam fueron masacrados hasta su completa eliminación por las fuerzas gubernamentales de Sri Lanka, tras una guerra de 26 años.
Porque lo que resulta mucho más frecuente, como bien muestra un simple repaso a los 59 conflictos actualmente activos, es que estos se prolonguen indefinidamente sin llegar a una resolución que quepa considerar justa, global y duradera; es decir, aquella en la que los contendientes terminen por deponer las armas y puedan pasar página. Así, consumiendo la vida de sucesivas generaciones que nunca llegan a conocer la paz, la guerra, en todas sus variantes y tanto si son inter como intraestatales, acaban por convertirse en un elemento más de sus vidas.
Lo que impide que finalicen conflictos violentos como el palestino-israelí o los que sufren Ucrania, Haití, la República Democrática del Congo y tantos otros no es, desde luego, la intervención de los actores humanitarios, que sólo tratan de paliar los efectos más dramáticos de la violencia contra la población civil. Tampoco cabe achacarlo en general a los esfuerzos diplomáticos (tanto a través de cauces formales como mediante la implicación de actores no oficiales), tratando de crear un mínimo común denominador entre los actores enfrentados para posibilitar el cese de las hostilidades y la puesta en marcha de un proceso de negociaciones que permita alcanzar un acuerdo de paz.
Son muchos los factores que explican el recurso a la violencia, tanto a escala individual como colectiva. Los agravios de quienes se sienten injustamente tratados y la codicia de quienes desean aún más de lo que ya tienen figuran entre los más potentes. Una larga lista que incluye, por una parte, al individuo que se suma a un grupo armado por ser esa la única opción a mano para poder satisfacer sus necesidades básicas y garantizar su seguridad en entornos territoriales donde no espera nada de su propio Estado. Y, por otra, también suma a los que aprovechan esas motivaciones para alimentar la violencia financiando y suministrando los medios necesarios, movidos por un mero afán crematístico.
Y por esas vías se llega a situaciones tan llamativas como ver a una teórica superpotencia militar como Rusia incapaz, más de cuatro años después, de conseguir el objetivo que se había marcado en su “operación especial militar” contra Ucrania. Un país que parecía derrotado de antemano, sumido en una crisis económica muy profunda y que, sin embargo, hoy no solamente resiste, sino que se atreve a golpear en todos los rincones de su enemigo. Y otro tanto cabe decir de Estados Unidos, con un Donald Trump que no sabe cómo doblegar a Irán a pesar de contar con la maquinaria militar más potente del planeta.
