Si sólo se atendiera a las declaraciones públicas de nuestros gobernantes, parecería que la humanidad entera ama la paz. Es habitual que incluso quienes pueden parecer más agresivos se empeñen en convencernos de que son pacifistas, “obligados” en ocasiones a emplear la violencia, precisamente para preservar la paz. Lo que frecuentemente ocurre es que lo que tratan de ocultar esos discursos es la intención de defender a toda costa un statu quo en el que los que proclaman su amor a la paz lo que buscan, simplemente, es garantizar y prolongar su posición de ventaja frente a cualquiera que lo cuestione. Así actúan tanto Benjamín Netanyahu como Donald Trump, Vladímir Putin y muchos otros cuando alguien desafía su poder, sin querer asumir que muchas veces dicho statu quo es desequilibrado e injusto, y que lo que hacen para mantenerlo es una rotunda violación del derecho internacional.
Vivimos en un planeta en el que hay 59 conflictos activos, la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial, demostrando que el recurso a la fuerza bruta conserva un amplio predicamento
De hecho, vivimos en un planeta en el que hay 59 conflictos activos, la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial, demostrando que el recurso a la fuerza bruta conserva un amplio predicamento. Incluso cabe entender que el colapso del orden internacional que estamos sufriendo aumenta la tentación de reforzar el músculo militar, en la medida en que ya no cabe esperar amparo en las instituciones y en las normas que han regulado las relaciones internacionales hasta hoy. De igual modo, en ese regreso a la ley de la jungla se incrementa la codicia de algunos por abusar de los más débiles, ampliando sus zonas de influencia hasta el límite de sus fuerzas, y también la urgencia de muchos por aumentar sus arsenales militares, pensando equivocadamente que así estarán más seguros.
Como resultado de todo ello, el gasto militar mundial lleva ya 12 años creciendo de manera continua y todo apunta a que para final de este año se batirá el récord de los 2,8 billones de dólares que se contabilizaron en 2025. El reverso de la moneda viene dado por el hecho de que, como recogía el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI) el pasado mayo, a finales del pasado año sólo había 78.633 efectivos internacionales desplegados en las 58 operaciones de paz activas en 34 países, lo que supone un 49% menos que en 2016 y el nivel más bajo desde al menos el año 2000. Peor aún, en 2025 se ha registrado la caída interanual más pronunciada de todo ese periodo, un 17%.
Unas cifras y una tendencia que se hacen aún más acusadas en relación con la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La penosa situación económica en la que se encuentra el legítimo representante de la comunidad internacional demuestra sobradamente que la paz no está entre las prioridades de sus 193 miembros. Así, mientras se negocia (a la baja) el presupuesto para el próximo ejercicio ya es sabido desde el pasado octubre que la organización está teniendo que recortar un 15% el aprobado inicialmente para este año, mientras que se estima en un 25% el recorte de personal en las 11 misiones de mantenimiento de la paz que todavía están en marcha.
El hecho es que desde 2014, la ONU no ha aprobado ninguna misión de mantenimiento de la paz y actualmente arrastra ya un déficit estimado en ese capítulo de unos 2.000 millones de dólares (lo que representa más del 35% de su presupuesto total de 5.600 millones de dólares para 2024-2025, el más bajo de la última década). El deudor más sobresaliente de todos los Estados miembros es Estados Unidos (EEUU) que, en su calidad de mayor contribuyente al presupuesto de la ONU (junto con China, el segundo deudor más importante, suponen el 42% del presupuesto básico), debe actualmente unos 4.600 millones de dólares (de los cuales unos 2.400 corresponden al presupuesto para cubrir las operaciones de paz y el resto al presupuesto ordinario). Y Trump ya está proponiendo cerrar definitivamente el grifo, sin que se perciba un impulso generalizado en el resto de los miembros de la organización para contrarrestar en lo posible su creciente y preocupante irrelevancia.
En paralelo a ese inquietante desinterés por la prevención y resolución de conflictos (si en la década de los 70 del pasado siglo un 23% de ellos se cerraban con un acuerdo de paz, en la década pasada tan sólo eran un 4%) emergen iniciativas a cada cual más chocante. Así, de la mano de Trump, asistimos a un giro desde el peace-keeping al deal-keeping, con personajes como Jared Kushner y Steve Wittkof, sin experiencia diplomática en este campo, más ocupados en lograr algún resultado crematístico en su favor que en alcanzar una paz duradera. Y lo mismo cabe decir de la tan pomposa como inoperante Junta de Paz creada por el inquilino de la Casa Blanca el pasado enero, ejemplo destacado de la realidad paralela en la que vive su promotor.
Ante esa deriva resultan aún más llamativos gestos como los del Papa León XIV en su visita a Lampedusa, rechazando de paso la invitación para acompañar a Trump en los fastos del 250 aniversario de la independencia de EEUU, al recordarnos que cada ser humano “está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza –aunque sea sólo con indiferencia, cinismo, mentira y odio–, o si promueve la lógica de la paz –con verdad, sobriedad, cercanía y cuidado”–. Palabras llenas de sentido emitidas por quien, en cualquier caso, no tiene músculo suficiente para lograr que se conviertan en una agenda política a favor de un mundo más justo, más seguro y más sostenible. Y no parece que nadie con poder real esté dispuesto a hacerlo en su lugar.
