La Unión Europea hace las cuentas (a la baja)

Vista general de los líderes europeos reunidos alrededor de una gran mesa circular en la sala S3 del Edificio Europa, en Bruselas, durante una sesión del Consejo Europeo. La sala presenta un suelo y un techo decorados con motivos geométricos de colores. Entre los asistentes se encuentran representantes políticos y responsables de los países miembros y representantes de los órganos de la UE.
Mesa redonda del Consejo Europeo celebrada en octubre de 2026 (16/10/2026). Foto: © European Union, 2026.

Un Consejo Europeo más y la misma o parecida decepción e intranquilidad. No había grandes expectativas y siempre se podrá argumentar que queda tiempo para tomar decisiones, pero es innegable que cada nuevo retraso y cada nueva muestra de fragmentación interna hace un flaco favor a la causa europea. O, lo que es lo mismo, aumentan las dudas de que algún día la UE llegue a ser reconocida como un “actor de envergadura mundial” (Estrategia de Seguridad Europea de 2003

 dixit) con una plena “autonomía estratégica” (Estrategia Global de 2016, con los añadidos de “abierta” y “ampliada”).

En esta ocasión la reunión ordinaria de los 27 jefes de Estado y de Gobierno contemplaba en su agenda, entre otros asuntos nada menores, la competitividad, el presupuesto para el próximo septenio y la revisión de las variadas crisis internacionales. Por supuesto, el encuentro se ha cerrado con una lista de resultados que sirve para transmitir la sensación de que, al menos, el tren está en marcha, desde la aprobación para que siga adelante el proceso de creación de un mecanismo de emergencia para gestionar futuras crisis migratorias, la apertura de los primeros capítulos de negociación en el proceso de adhesión de Moldavia a la UE o el requerimiento a Washington para que retire sus sanciones a la Corte Penal Internacional.

Pero por encima de esos exiguos apuntes se impone la imagen de los 27 como desunidos y faltos de ambición; todo ello en un momento en el que crece el temor de que muy pronto los movimientos de ultraderecha –es decir, antieuropeístas– alcancen el suficiente poder como para desvirtuar el proceso hacia una verdadera Unión política.

Desunidos han estado nuevamente en materia migratoria, con España en la diana por atreverse a aprobar una regularización extraordinaria que muchos otros se resisten a hacer, fundamentalmente por temor al efecto electoral que esa medida puede tener a corto plazo ante el auge de los partidos xenófobos. Aunque el documento de conclusiones recoge formalmente la solidaridad con España ante la crisis de Ceuta, es bien visible que en el debate interno hoy parecen tener más peso los gobiernos que se inclinan por reforzar el sesgo restrictivo de los flujos migratorios, con Italia y Dinamarca a la cabeza.

Igualmente desavenidos se han mostrado los 27 en las discusiones para aprobar el Marco Financiero Plurianual (2028-2034). Si el 16 de julio la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, llegó a plantear la necesidad de contar con un presupuesto global de dos billones de euros, la secuencia a la baja se ha intensificado de inmediato, hasta llegar a los 1,62 billones de euros (en precios constantes de 2025) que ha presentado Irlanda en su calidad de presidente rotatorio del Consejo de la UE. Así, mientras se sigue retrasando la aprobación de nuevos instrumentos que permitan aumentar los ingresos directos de la Unión, y con intención de desbloquear la prolongada pugna entre los “frugales” y los Amigos de la Cohesión (España entre ellos), Dublín ha propuesto recortar un 13% el bloque de competitividad, investigación (Horizonte Europa) y defensa, y un 17% el presupuesto de acción exterior. Y nada garantiza que se haya tocado suelo y que no se reduzca aún más el principal instrumento con el que contamos para construir Europa.

Por mucho que se empeñen los creativos de la política de comunicación, inventando lemas llamativos, con menos no se puede hacer más. Actualmente lo que cada uno de los miembros de la UE pone en la caja común apenas llega al 1,1% del PIB de los 27 (la propuesta inicial de la Comisión Europea suponía llegar al 1,26%), mientras que el resto del gasto público total (el 48% del PIB comunitario) lo realizan los gobiernos nacionales, siguiendo sus propias prioridades e intereses. En términos comparativos cabe recordar que en EEUU el presupuesto federal representa el 23% del PIB nacional, y el gasto de los 50 estados supone el 11%-13%.

En definitiva, y aunque el proceso no está cerrado, a la espera de ver lo que logra António Costa hasta finales de año, tratando de encontrar un punto de acuerdo válido para todos, es bien probable que todavía asistamos a nuevos recortes; recortes que implican renunciar a aprovechar la última oportunidad en términos de competitividad para encontrar un hueco propio en el desarrollo tecnológico en el que tanto EEUU como China han tomado una delantera que pronto será insalvable y nos colocará en una posición subordinada; y recortes que, vistos desde Ucrania, generan más dudas sobre el nivel del apoyo que los 27 están dispuestos a prestar a Zelenski y los suyos, después de que el presidente ucraniano les haya solicitado formalmente 70.000 millones de euros para cubrir las necesidades de su país para el próximo año (de un total estimado en 155.000 millones de euros).

Recortes, en definitiva, que nos hacen más pequeños y menos capaces.