Elecciones presidenciales portuguesas 2016: la consagración de Marcelo Rebelo de Sousa

Marcelo Rebelo de Sousa en una imagen de campaña. Foto: juntosporportugal.pt

Tema

El nuevo presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa, deberá afrontar el desafío de tender puentes en un país con complejos problemas políticos, sociales y económicos.

Resumen

La campaña de las presidenciales portuguesas ha estado dominada por la figura, a la vez cercana y desapasionada, de Rebelo de Sousa, muy consciente del papel que debe desempeñar un jefe de Estado de un sistema semipresidencialista, con una labor moderadora y arbitral, pero a la vez activa y con capacidad de influencia, pese a la existencia de una mayoría parlamentaria de compleja configuración e intereses entremezclados.

Análisis

Se cumplieron los pronósticos de las encuestas y el profesor Marcelo Rebelo de Sousa fue elegido presidente de la República portuguesa en primera vuelta en las elecciones del 24 de enero de 2016, tras haber obtenido un 52% de los sufragios, en competición con otros nueve candidatos.

Una constelación de candidatos

Según los artículos 15 y 127 de la Constitución, cualquier ciudadano portugués de origen, mayor de 35 años y en pleno uso de sus derechos, puede concurrir a las elecciones para la presidencia de la República, siempre y cuando deposite entre 7.500 y 15.000 firmas de electores en la sede del Tribunal Constitucional hasta 30 días antes de la fecha señalada para los comicios.

Entre los principales candidatos destacaban Marcelo Rebelo de Sousa, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Lisboa y ex presidente del Partido Socialdemócrata (PSD); António Sampaio da Novoa, ex rector de la Universidad de Lisboa; Marisa Matias, eurodiputada del Bloco de Esquerda (BE); María de Belém Roseira, ex presidenta del Partido Socialista (PS); y Edgar Silva, diputado regional del Partido Comunista Portugués (PCP) en Madeira. Los grandes derrotados, pues no alcanzaron el 5% de los sufragios, fueron la socialista María de Belém (4,24%) y el comunista Edgar Silva (3,95%). Los resultados demuestran una vez más el retroceso de los comunistas ante una izquierda radical representada por el BE (10,13%). En contraste, Sampaio de Novoa obtuvo resultados más brillantes, aunque no suficientes para intentar pasar a la segunda vuelta con el apoyo de formaciones políticas de la izquierda.

La estrategia equivocada de Sampaio de Novoa: 2016 no era 1986

António Sampaio da Novoa obtuvo el segundo lugar con poco más de un millón de votos (22,89%), concentrados en su mayor parte en el Alentejo. Aunque se presentaba como independiente, este catedrático de la universidad lisboeta obtuvo el apoyo explícito de del presidente del PS, Carlos César, y de la secretaria general adjunta, Ana Catarina Mendes. Sin embargo, el primer ministro, António Costa, no expresó sus preferencias ni por esta candidatura ni por la de su compañera de partido, María de Belém Roseira.

La estrategia electoral de Sampaio da Novoa era perceptible desde antes del inicio de la campaña electoral: llevar al electorado a una polarización similar a la que Portugal vivió en las presidenciales de 1986, donde hubo una segunda vuelta entre el líder del PS, Mario Soares, y el democristiano, Diogo Freitas do Amaral, representante del democristiano Centro Democrático Social (CDS). Freitas solo había obtenido el 46% en la primera vuelta, a escasa distancia de la mitad de los votos necesarios para ganar, mientras que Soares quedó en un segundo lugar con un 25%. A Mario Soares no le quedaba otra alternativa que captar el voto del conjunto de la  izquierda con la consigna de que las conquistas de la revolución del 25 de abril estaban en peligro. Después de todo, ¿no tenía Freitas un pasado salazarista, por el hecho de haber sido discípulo de Marcelo Caetano, el último primer ministro del régimen, en la facultad de Derecho de la Universidad de Lisboa, aunque hubiera sido crítico con la situación política de aquellos años? El “no pasarán” era un recitativo obligado para Soares, aunque tuviera que entonarlo el hombre que había contribuido a frenar la deriva comunista de la Revolución de los Claveles.

Para que la situación se repitiera 30 años después, Sampaio da Novoa tenía que poner su esfuerzo en ser identificado como el verdadero candidato del “25 de abril”. Sin embargo, como Portugal no vive ningún proceso revolucionario de esa índole, resultaba obligado revestir esa idea con la convicción de que era el candidato de la “antiausteridad”, algo que ya había hecho al presentar su candidatura en Oporto el 25 de mayo de 2015. Ni que decir tiene que ese discurso funcionaba mejor con el liberal Passos Coelho en la jefatura del gobierno. ¿Podía funcionar también con un ejecutivo, presidido por António Costa, que ya había enarbolado la bandera de la “antiausteridad” para alcanzar el poder con el apoyo del PCP y el BCE? Mas Costa no iba a dar expresamente su apoyo a Sampaio da Novoa, probablemente porque esto hubiera dado motivos para la crítica de quienes desean presentarlo ante la opinión pública como un socialista “radicalizado”. Por el contrario, Costa huyó de toda tentación de “frentismo” porque hubiera dañado su bien trabajado perfil europeísta.

Pese a las ilusiones de Sampaio da Novoa, 2016 nunca podría ser 1986, y menos todavía cabría comparar a Marcelo Rebelo de Sousa con Diogo Freitas do Amaral, representante de un centro-derecha al que algunos sectores de la izquierda, supuestos poseedores de credenciales democráticas, pretendían entonces marginar. Además, en aquella campaña electoral de 30 años atrás, se dilapidaron muchas energías de la clase política al optar casi exclusivamente por una competición en clave de política interna, lo que supuso dejar en un segundo plano la realidad de un tiempo nuevo: el de la reciente adhesión de Portugal a las Comunidades Europeas. No hay similitudes históricas de aquella confrontación electoral con el discurso sosegado y cercano de Marcelo Rebelo de Sousa, en el que no se señalaba con el dedo a los adversarios, en contraste con el de Sampaio da Novoa, siempre dispuesto a combatir con toda su dialéctica a dos enemigos: Rebelo de Sousa y la abstención. Con tales planteamientos, el candidato no podía dejar de predicar una “vuelta a los orígenes”, y presentarse como una especie de reencarnación del auténtico espíritu del 25 de abril.

Por lo demás, si repasamos la Carta de Principios de la candidatura de Sampaio da Novoa, podríamos llegar a la conclusión de que algunos de ellos podían ser compartidos por Rebelo de Sousa: un tiempo para la ciudadanía, un presidente presente, un presidente defensor de causas que respeten la libertad y la dignidad de la persona humana… Sin embargo, existe una diferencia sustancial. Los planteamientos del candidato izquierdista eran mucho más nacionalistas e incluso reticentes hacia Europa, al asegurar que la participación en la construcción europea no podía cuestionar la propia capacidad de decisión portuguesa, hasta el punto de llegar a exigir un debate “en torno a la democratización de la Unión Europea”. Además, advertía que estaría especialmente vigilante sobre la adopción de compromisos que redujeran los poderes soberanos del país. Todo esto era un corolario forzoso de su discurso “antiausteridad”. Ni que decir tiene que tampoco faltaron en sus mensajes referencias al poder acechante de los mercados financieros globalizados y desregularizados.

Añadiremos que Sampaio da Novoa desplegó durante su campaña diversas promesas sobre iniciativas estratégicas relativas a la modernización de la economía portuguesa, a partir de “la incorporación del conocimiento, la tecnología y la innovación, siempre con preocupaciones sociales y ambientales”, o bien insistía en la puesta en marcha de “una valorización de nuestro territorio, las personas y su capacidad productiva, todas las formas de cooperación, para detener así la erosión de la economía y del valor del trabajo…”. Sin embargo, estas y otras propuestas son más propias de un poder ejecutivo que de una institución como la presidencia, que es, ante todo, un poder de representación (art. 123 de la Constitución) y posee unas competencias perfectamente delimitadas (arts. 136-141), que la caracterizan como una institución suprapartidaria. Con todo, la mayoría de los candidatos presidenciales hicieron promesas similares. La excepción la constituyó Marcelo Rebelo de Sousa, que hizo un discurso más escueto, en el que el prometía ser “un presidente simple y frugal”.

La estrategia electoral del profesor Marcelo

Es cierto que los candidatos presidenciales no representan oficialmente a ningún partido, aunque las formaciones políticas apoyen explícita o implícitamente a alguno de ellos. En el caso del profesor Marcelo Rebelo de Sousa, su estrategia ha sido la de hacer campaña por cuenta propia, huyendo de cualquier identificación con el PSD, aunque él fuera uno de sus fundadores y ejerciera además la presidencia del partido entre 1996 y 1999. Era un candidato versátil, autodefinido como “la izquierda de la derecha”. Un político que no estaba en ejercicio y que no pretendía asumir el papel de político sino el del profesor erudito, aunque a la vez sencillo y cercano, que, durante años, en una cadena de televisión hablaba de libros y analizaba, con cierto distanciamiento didáctico, la situación política, sin obviar las críticas a correligionarios suyos como Passos Coelho o, en tiempos más lejanos, Pinto Balsemão. Hubo algún analista político que habló de la “insoportable levedad del profesor Marcelo” en su campaña electoral, o incluso le tachó de “candidato de la indefinición”. Realmente al candidato no le importaba ser calificado de “irrelevante”. Los calificativos eran algo secundario si el objetivo era ser elegido en la primera vuelta. Se trataba de demostrar que era el candidato de la experiencia y de la cercanía, una especie de “paterfamilias” próximo a la gente, que sabía diferenciarse con nitidez de los demás candidatos. Supo transmitir, como nadie, que la suya sería “una presidencia de proximidad y afecto”. Su victoria fue la de una reputación, no de una ideología.

Hoy abundan políticos que pasean por la calle y dan abrazos. El profesor también lo hizo, pero resultaba más creíble que otros. Para empezar, desde hace tiempo ha conseguido transformarse en un hombre sin apellido, Marcelo, como si fuera una estrella del fútbol luso. Su experiencia mediática le convierte además en un maestro del storytelling. La historia que transmite no es la de un político al uso sino la de un “solitario de la política”, no comprometido con nadie, en todo caso con Dios, pues también ha reconocido su condición de católico y su simpatía por el papa Francisco.

El resultado electoral nos demuestra que la estrategia de campaña fue una virtud, no un defecto. Rebelo de Sousa supo intuir que los portugueses están cansados de debates políticos en los que reina la crispación y la sospecha sobre las intenciones del rival. Con su actitud, “desvalorizó” las elecciones, no las convirtió en una cuestión de vida o muerte, ni mucho menos en la segunda vuelta de las legislativas en una especie del desquite del centro-derecha. Antes bien, el profesor Marcelo reconoció que su principal interés era la estabilidad de Portugal, y ha insistido en que no está entre sus prioridades utilizar la “bomba atómica”, como se conoce popularmente la facultad del presidente de disolver la Asamblea de la República (art. 133.e de la Constitución). A este respecto, señalaba que “la función del presidente de la República es arbitral y el árbitro no mete goles, arbitra entre los partidos. El presidente no puede tener un programa de gobierno”. Además subrayó que “sería una inconsciencia disolver el parlamento después de un año de elecciones, de una difícil formación de gobierno y con una situación económica de salida de la crisis. No sería bueno para Portugal” (El País, 17/I/2016).

La presidencia, según el profesor Marcelo

Visto el desarrollo de su campaña, algunos analistas pronostican cierta pasividad política en el nuevo presidente de Portugal. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que no será el “vengador” de la coalición de centro-derecha, pero tampoco puede esperarse del profesor Marcelo que asuma el papel de “protector” del gobierno de António Costa, su antiguo discípulo en la universidad lisboeta. Estamos ante una magistratura de influencia desempeñada por un intelectual, y no por un político profesional como los anteriores inquilinos del palacio de Belém. Dada su formación de constitucionalista, es muy consciente del papel arbitral, y no meramente representativo, de la presidencia de la República. El sistema político de Portugal no es parlamentario sino semipresidencialista. El jefe del Estado no es el equivalente a un monarca parlamentario europeo. No está, por tanto, llamado a pasar desapercibido. Ninguno de los cuatro presidentes de los últimos 40 años lo ha hecho, aunque tuvieran que cohabitar con gobiernos de su misma ideología política. Del programa electoral de Marcelo Rebelo de Sousa podemos entresacar su percepción de la presidencia: “Un presidente es una referencia de Estado, una voz decisiva en la representación del pueblo, en la pedagogía en relación con los otros poderes públicos y un fusible de seguridad para las situaciones de crisis”.

No sería muy exagerado afirmar que el profesor Marcelo podría encajar en el papel de o presidente-rei, en expresión tomada del filósofo Agostinho da Silva (1906-1994), que creía en el modelo de un monarca cercano al pueblo, cuyo espejo serían los reyes portugueses, entre los siglos XII y XIV, como aquel famoso rey trovador don Dinis. El citado apelativo fue aplicado también por los historiadores al mariscal Sidónio Pais, presidente de la Primera República. El presidente-rei tiene, en primer lugar, la legitimidad derivada de su elección por sufragio universal directo y absoluto, pero a la vez su autoridad política está vinculada a su personalidad carismática, que le proporciona un alto grado de autonomía moral e independencia psicológica, bien valorada por una gran mayoría de portugueses. En el imaginario colectivo del pueblo portugués, el jefe del Estado es mucho más que el “primer ciudadano”. Y el propio Rebelo de Sousa se encargó de subrayar este carisma presidencial en su programa electoral: “Más allá de los poderes inscritos en la Constitución, el presidente de la República tiene un poder muy importante: el de influencia y magisterio. Diciendo, proponiendo, intermediando, en privado o en público. Este poder no se agota en la influencia sobre los principales protagonistas de la escena pública y debe ser trabajado y ejercido desde el primero al último día del mandato”.

Un último detalle, anecdótico o no. Eduardo Simões, analista del Diário de Notícias (28/I/2016), hacía hincapié en que entre las banderas republicanas de Portugal, con las que se saludaba la victoria de Marcelo Rebelo de Sousa en la facultad de Derecho de Lisboa, había también una bandera monárquica. Sirve para recordar que el profesor Marcelo, como ciudadano privado, ha sido administrador de la fundación Casa de Braganza. Un detalle a tener en cuenta en un país que siempre ha tenido un gran sentido de la continuidad histórica.

Perspectivas de la cohabitación con el gobierno de António Costa

Rebelo de Sousa señalaba en su programa electoral: “La Constitución de la República Portuguesa consagra un sistema de equilibrio de poderes entre el presidente de la República y la Asamblea de la República. El presidente tiene un poder de control moderado en el día a día, pero un poder decisivo en las situaciones más críticas”.

En efecto, Portugal pasa por una situación política peculiar, no prevista en las cuatro décadas de la Tercera República, que ha originado una mayoría parlamentaria, la del PS y sus socios del PCP y del BE, constituida al margen de la coalición de centro-derecha vencedora de las elecciones del 5 de octubre. Algunos analistas han interpretado estos hechos como un retroceso del sistema semipresidencialista frente al parlamentario, pues el presidente Cavaco Silva, tras el rechazo de la Asamblea al gobierno de Passos Coelho, tuvo que dar por válido el pacto postelectoral y encargar la formación del gobierno a António Costa, si bien este último aceptó por escrito seis garantías de estabilidad, que tranquilizaran a los mercados y a los inversores, y que supusieran además una continuidad en la política exterior. Sobre este particular, el presidente electo ha manifestado que está interesado en la estabilidad del gobierno y que no contribuirá a su caída por una disolución de la Asamblea. De hecho, recalca en su programa: “No debe de haber nominaciones, destituciones o disoluciones anunciadas”, y si bien subraya el poder del presidente para disolver el parlamento, añade que no es un poder absoluto.Pese a todo, la actual mayoría parlamentaria, en especial las formaciones a la izquierda del PS, no dejará de verle con desconfianza por su pertenencia al principal partido de la anterior coalición gubernamental. Y tampoco es un secreto que miembros de esa mayoría, en los días previos a la formación del gobierno de Costa, hicieran alarde de detentar una legitimidad democrática que, en su criterio, está por encima de las atribuciones e iniciativas del presidente. Si a esto añadimos que amplios sectores del PSD consideran suya la victoria de Marcelo Rebelo de Sousa, aunque en todo momento el candidato huyera de adscripciones partidistas, se entiende el recelo que pueda existir entre el jefe del Estado y la actual mayoría parlamentaria.

Pero aunque algunos quisieran vivir de facto en un régimen de asamblea parlamentaria, el profesor Marcelo, acreditado constitucionalista, defenderá, en la teoría y en la práctica, el vigente régimen semipresidencialista. Es significativo este párrafo recogido del programa: “El presidente tiene el poder de nombrar al primer ministro pero este poder no se agota en este acto concreto, debe acompañar el proceso, procurar aproximaciones y fomentar gobiernos viables y duraderos. El poder de magisterio debe de acompañar este proceso antes, durante y después del acto electoral”. Por tanto, el presidente no se limita a las formalidades sino que “preside” realmente, lo que conlleva un papel de árbitro en la vida política portuguesa. ¿Puede llevar esto, por ejemplo, a la búsqueda de un acercamiento de las posiciones de António Costa y Pedro Passos Coelho, habida cuenta de las dificultades de entendimiento que previsiblemente surgirán entre el primer ministro y sus socios parlamentarios?

Si los pronósticos confirman que Passos Coelho seguirá al frente del PSD, tras el próximo congreso de abril, es dudoso que el líder socialdemócrata alcance algún acuerdo con Costa, si no tiene ningún tipo de compensación. Cuando un gobierno se obstina en revertir todas las medidas aprobadas por el ejecutivo anterior, no hay lugar para entendimientos que manden el mensaje a la opinión pública de que está apoyando, sin contrapartidas, a quienes les arrebataron en el parlamento la primera posición alcanzada en las urnas. En todo caso, un acuerdo con Costa sería más factible si el PSD cambiara de líder, dando al partido una orientación de centro-izquierda, con una especie de retorno a los orígenes de la formación política fundada por Francisco Sá Carneiro. No obstante, el escenario político no contempla, a día de hoy, rivales de envergadura para disputar el liderazgo a Passos Coelho. No se percibe a nadie que quiera arriesgar su futuro político ante la eventualidad de unas elecciones anticipadas, que bien pudieran ser en 2017, sobre todo si la Asamblea no aprueba el presupuesto para dicho año.

Pese a todo, algunos socialdemócratas, como el ex primer ministro Pedro Santana Lopes, apuntan la posibilidad de que Passos Coelho, cambie su equipo para brindar el mensaje de que estamos ante un tiempo nuevo. Se trata de llamadas a centrar el partido, a presentarse como auténticos socialdemócratas y a no dar la imagen de neoliberales. Sin embargo, estas propuestas conllevan para el PSD el riesgo de distanciarse de su antiguo socio de coalición, el democristiano CDS, que también renovará su liderazgo en marzo. La historia reciente demuestra que únicamente los pactos entre los dos partidos han dado mayorías suficientes al centro-derecha en Portugal, y el que algunos socialdemócratas vieran con buenos ojos la formación de un “bloque central” entre el PS y el PSD no resulta demasiado creíble bajo el liderazgo de Costa, y ahora mismo sus rivales en el partido no tienen demasiadas oportunidades de sustituirle. No vemos, por tanto, al profesor Marcelo trabajar por la formación de una nueva mayoría parlamentaria que acercara a socialistas y socialdemócratas, ni tampoco favoreciendo unas elecciones anticipadas.

En cualquier caso, y dadas las buenas relaciones personales entre António Costa y el nuevo presidente, cabe esperar que este último buscará puentes entre la izquierda y la derecha que tiendan a soluciones de estabilidad y de consenso.

Conclusión

Los primeros tiempos del mandato presidencial de Marcelo Rebelo de Sousa pasarán por la búsqueda de consensos amplios para tratar de devolver la confianza a una sociedad demasiado fracturada por la situación socioeconómica y la crispación política. Tal y como decía el presidente electo en el discurso en que celebraba su victoria, el país no puede darse el lujo de desperdiciar energías y alimentar crispaciones innecesarias y contraproducentes. Pero su reconocido papel de árbitro de la vida política no implicará pasividad, pues, según señalaba en su campaña electoral, es necesario “Un presidente que respete y haga respetar la Constitución. Un presidente que respete la separación de poderes, pero que use todos los poderes que tiene siempre que sea necesario”.

Antonio R. Rubio Plo
Analista de política internacional y profesor de Política Comparada y Política Exterior de España