Xi-Trump, camino de la estabilidad estratégica constructiva

El presidente chino, Xi Jinping, y el presidente de EEUU, Donald Trump, caminan por una alfombra roja durante una ceremonia oficial en Pekín mientras un grupo de jóvenes agita banderas de China y Estados Unidos y sostiene ramos de flores. Al fondo se distingue el Gran Palacio del Pueblo y un monumento en la plaza de Tiananmén.
Xi Jinping y Donald Trump durante la ceremonia de bienvenida en Pekín (13/05/2026). Foto: Daniel Torok, White House (Dominio Público).

Dicen las crónicas que, en 2014, en el marco de una visita oficial a China, Barack Obama y un recién llegado al poder Xi Jinping sostuvieron una conversación personal en la que intercambiaron sus puntos de vista sobre la mayor o menor sostenibilidad de los regímenes democráticos frente a los autocráticos. Aquella fue probablemente la última vez en la que Estados Unidos (EEUU) pudo mirar a China desde una posición de superioridad, con Obama tratando de convencer a su interlocutor de que, en línea con el “fin de la historia” del que había hablado Francis Fukuyama al final de la Guerra Fría, el futuro pertenecía a los sistemas democráticos. Era la misma línea de pensamiento que había llevado a Bill Clinton, en 2001, a dar la bienvenida a China a la Organización Mundial de Comercio (OMC), convencido de que detrás de la liberación económica vendría una liberación política que haría de la República Popular un nuevo miembro del club democrático.

Hoy, Donald Trump, en su segunda visita a Pekín como presidente, se ha encontrado con que China no sólo no ha seguido ese camino, sino que ya no mira desde abajo a quien hasta hace poco creía ser todavía la potencia hegemónica indiscutible y el campeón de la democracia. Entretanto, como recoge el último informe del Instituto V-Dem sobre el estado de la democracia en el planeta, por primera vez desde hace dos décadas las autocracias (91) superan a las democracias (88), con un 72% de la población mundial viviendo en sistemas autoritarios. Peor aún, quien se autodefine como el mejor presidente de la historia de EEUU ha dejado la impresión de que, a pesar de su fachada de triunfador rodeado de los 17 consejeros delegados de las principales empresas y bancos nacionales, ha ido a Pekín en posición de inferioridad, buscando algún tipo de entendimiento con un Xi muy reforzado.

Lo que Xi trasmite ahora es que mientras Trump se dedica a hacer colapsar ese mismo orden internacional del que EE UU ha sido el principal beneficiario, Pekín va a empezar a jugar con sus propias reglas.

Al margen de si Xi tenía o no razón cuando sostenía ante Obama que la pérdida de la cohesión social hacía muy débiles a las democracias frente a la alternativa de un gobernante autócrata con capacidad para decidir desde una autoridad que no necesita el refrendo regular en las urnas, China ha demostrado que ha sido capaz de sacar de la pobreza extrema a cientos de millones de los suyos, mantener la estabilidad interna (con las correspondientes dosis de represión y vigilancia ciudadana) y convertirse en un actor de envergadura mundial. Eso le ha permitido no sólo contar con bazas de retorsión eficaces ante Washington, cuando Trump ha desencadenado una guerra comercial que ha tenido que reconsiderar, sino también hacerse más atractivo a ojos de quienes se sienten igualmente molestos por las decisiones del actual inquilino de la Casa Blanca.

A la espera de que el tiempo permita calibrar con exactitud en qué se concretan los anuncios proclamados en Pekín, si se juzga por lo que se ha hecho público da la impresión de que los resultados han quedado claramente por debajo de las expectativas estadounidenses. Por muy rimbombante que suene la “estabilidad estratégica constructiva”, elegida como lema para definir la próxima etapa de relaciones bilaterales, la sensación dominante es que tan sólo cabe hablar de la continuación de la tregua vigente entre ambas potencias. Una tregua que lleva a suponer que, de momento, renuncian a intensificar la guerra comercial y que habrá más compras chinas de petróleo, aviones y productos agrícolas estadounidenses. Pero sin que eso quiera decir que, a cambio, China vaya a abrir su mercado a las entidades financieras y a las empresas de su principal rival estratégico.

Eso también incluye compartir la idea de que Irán no debe poseer armas nucleares y debe permitir la libertad del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz; pero sin que de ahí quepa deducir un compromiso de Pekín para hacer valer su influencia sobre Teherán para que termine por aceptar las condiciones que Washington plantea para lograr un acuerdo que ponga fin a la guerra. Y tampoco hay nada muy novedoso sobre Taiwán, más allá de las declaraciones de Trump en el viaje de regreso, añadiendo más ambigüedad al compromiso de defensa de la isla ante una posible invasión china.

En todo caso, la mera formulación de esa “estabilidad estratégica constructiva” lleva implícito un matiz que pronto puede dar paso a cambios de más calado. En una primera lectura ya conlleva asumir que Washington y Pekín se sitúan en un plano de igualdad, con ambos interlocutores entendiendo que una confrontación directa les acarrearía más costes que beneficios. El matiz está en que, para llegar a ese nivel de igualdad, Pekín ha estado jugando con las reglas impuestas por Washington (es decir, el orden internacional basado en normas); de tal manera que a ese punto de equilibrio se ha llegado por el declive estadounidense y la acelerada emergencia china. Lo que Xi trasmite ahora es que mientras Trump se dedica a hacer colapsar ese mismo orden internacional del que EE UU ha sido el principal beneficiario –por entender que ya no le resulta funcional a sus intereses–, Pekín va a empezar a jugar con sus propias reglas.

Un buen ejemplo de ello es su decisión de ordenar a sus empresas que no compren los, hasta ayer, ansiados chips H200 de Nvidia, convencido de que incluso en ese terreno en el que hasta muy recientemente estaba retrasado con respecto a EEUU es capaz de mantener el pulso y marcar el rumbo. Veremos.