Donald Trump ya ha anunciado que no piensa asistir a los actos organizados en la Zona Cero con ocasión del 25 aniversario de los trágicos atentados del 11-S. En su lugar, mostrando su personal desinterés por acompañar a quienes se acerquen al lugar donde estaban ubicadas las Torres Gemelas para honrar a las 2.996 víctimas mortales del mayor golpe recibido por EEUU en su territorio continental, optará por impartir un discurso en el Pentágono (algo que no podría hacer en la Zona Cero, donde los discursos quedaron eliminados desde 2012). En todo caso, a la espera de dicho discurso son muchas las enseñanzas extraídas desde aquella fecha en la lucha contra el terrorismo (no sólo el yihadista).
(…) el terrorismo continúa siendo una modalidad de acción violenta a la que actores inspirados por muchas motivaciones distintas acaban recurriendo contra un enemigo al que saben que no pueden imponerse en un choque frontal.
La primera de ellas, tomando como referencia la nefasta “guerra contra el terror”, impulsada por George W. Bush y mantenida por sus sucesores hasta diciembre de 2017, cuando Trump rubricó una nueva estrategia nacional de seguridad que volvía a la “competencia entre potencias globales”, es que no hay solución militar contra esa amenaza. Tanto en Irak entonces como en Afganistán más recientemente ha quedado claro que, por mucha que sea la potencia militar empleada, no se podrá ir mucho más allá de eliminar a un líder o rebajar la capacidad operativa de un grupo entero de terroristas. Dicho de otro modo, si no se responde a las causas estructurales que explican las razones por las que determinados individuos consideran que la opción violenta les resulta más atractiva que cualquier otra, no será posible erradicar el problema. Y si se entiende que dichas motivaciones son fundamentalmente de naturaleza social, política y económica, resulta elemental concluir que los medios militares no pueden ser los instrumentos principales en la respuesta.
Asimismo, lo vivido en este tiempo nos muestra que, en demasiadas ocasiones, jugar con fuego termina por tener consecuencias que se vuelven incluso contra sus demiurgos. Ahí están tanto al-Qaeda y Dáesh como tantos otros de los más de 200 grupos que se suelen calificar como terroristas (no hay un concepto consensuado a nivel internacional) como ejemplos de decisiones políticas que han creado y alimentado a verdaderos monstruos, pensando que siempre podrían controlarlos y que nunca se revolverían contra sus patrocinadores, mientras eran empleados para resolver (sin éxito) un problema anterior. La consecuencia de esos errores derivados del cortoplacismo despreocupado de lo que ocurra más tarde ha sido, y es, un incremento del nivel de amenaza tanto en los escenarios ya tradicionales de conflicto como también en el territorio que quien ha creído que sale a cuenta instrumentalizar a los muyahidín, a los talibán y a tantos otros.
Por el camino hemos aprendido (y sufrido) que el marco definido por los sistemas democráticos y el Estado de derecho se ha ido erosionando peligrosamente (Guantánamo es sólo un caso entre muchos). Admitimos ya como normal la violación diaria de nuestra privacidad y la ampliación de controles securitarios que se nos presentan como imprescindibles para garantizar nuestras vidas, a salvo de posibles atentados. No se trata solamente de que es imposible lograr la seguridad plena en un mundo globalizado, sino de que por esta vía se termina justificando el empleo de métodos que un Estado democrático nunca debería admitir. Y el extraordinario avance tecnológico aplicado a estas tareas de control parece acelerar aún más esas tendencias.
Mientras tanto, la amenaza sigue siendo real, aunque el número de atentados y de víctimas mortales, tal y como recoge anualmente el Global Terrorism Index, siga disminuyendo desde 2015 (con la excepción de 2023, por los ataques de Hamás y la Yihad Islámica contra Israel). Eso no significa, en ningún caso, que las organizaciones terroristas hayan dejado de tener la voluntad y la capacidad para golpear a sus enemigos. Desgraciadamente, tanto en escenarios locales (sirva el Sahel africano como punto de referencia) como a nivel global el terrorismo continúa siendo una modalidad de acción violenta a la que actores inspirados por muchas motivaciones distintas acaban recurriendo contra un enemigo al que saben que no pueden imponerse en un choque frontal.
Un terrorismo que también ha evolucionado desde los tiempos de Dáesh, tratando de instaurar un pseudocalifato que fue desmantelado por la fuerza, hasta el actual, menos espectacular si se quiere, pero igualmente inquietante. En lugar de planificar y ejecutar macrooperaciones al estilo del 11-S –sin que eso signifique que renuncien a intentarlo– hemos pasado al terrorista o al grupúsculo con escasa capacitación, pero igualmente radicalizado, dispuestos a poner a prueba los sistemas de seguridad nacional, atacando en donde puedan, como puedan y contra quien puedan. Y eso, inevitablemente, nos coloca a todos en la diana.
Por último, por si lo anterior no bastara, todas las fuentes occidentales sobre la materia coinciden en que el terrorismo practicado por grupos radicalizados de ultraderecha es el perfil más sobresaliente en esta última década. Los discursos de odio, ligados en muchos casos con los flujos migratorios presentados abiertamente como amenaza, y la prolongada desatención a las brechas de desigualdad entre los que tienen y los que se sienten marginados, no sólo alimenta la polarización sociopolítica en muchos países occidentales, sino que hace aún más probable que algunos terminen por recurrir a la violencia.
No estamos, por supuesto, a salvo de sufrir un atentado, pero también es obvio que el terrorismo no es, como muchos han querido hacernos ver, una amenaza existencial. En cualquier caso, no es probable que estos sean los elementos que conformen el próximo discurso de Trump en lo que denomina Departamento de Guerra. Veremos.