Medio mandato en EEUU: ¿en qué consiste el avance “socialista”?

Una bandera roja con una rosa blanca y dos manos entrelazadas ondea sobre una multitud de manifestantes, algunos con pancartas contra el racismo, durante una protesta en Austin, Texas, el 31 de mayo de 2020.
Bandera de la organización Democratic Socialists of America durante una protesta en Austin, Texas, en 2020. Foto: cspirtos (Dominio Público.

Los “socialistas” están teniendo un buen año electoral en EEUU. Sus victorias en las primarias de 2026 que anteceden a las elecciones de medio mandato están demostrando que pueden movilizar nuevos votantes, disputar escaños a congresistas consolidados y cuestionar la propia dirección del Partido Demócrata. Pero su avance exige distinguir entre su capacidad para ganar presencia y poder dentro del partido, y su capacidad para vencer a los republicanos.

Democratic Socialists of America (DSA) se fundó en 1982, tras la fusión de dos organizaciones preexistentes en un momento político que no resultaba nada prometedor para la izquierda. Uno de sus cofundadores, Michael Harrington, la describió como “el ala izquierda de lo posible”. Tras una inyección de nuevos miembros jóvenes y de energía organizativa a raíz de las campañas presidenciales de Bernie Sanders –que se autodenomina socialista democrático, aunque no es miembro de DSA– en 2016 y 2020, las filas de DSA se redujeron. Tras las elecciones de Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib en 2018, las elecciones de Cori Bush y Jamaal Bowman en 2020 potenciaron la presencia de DSA en el Congreso, pero Bush y Bowman perdieron sus escaños en 2024 frente a candidatos del establishment en lo que, en aquel momento, fueron las campañas al Congreso más caras de la historia de EEUU, reflejando una profunda fractura interna dentro del Partido Demócrata, especialmente en torno a la política exterior y las críticas de los miembros del ala progresista hacia las acciones militares de Israel en Gaza.

El triunfo de Zohran Mamdani en las elecciones a la alcaldía de Nueva York en noviembre de 2025 y las victorias en varias primarias de 2026 los han vuelto a reactivar. Impulsados por una base joven y entusiasta, DSA ha ido creciendo en todo el país, sobre todo en las grandes ciudades, pero también en lugares más sorprendentes del Sur y del Medio Oeste. Mantiene su independencia organizativa con respecto al Partido Demócrata y le está disputando el poder mediante las primarias, al tiempo que sigue construyendo un proyecto político propio.

Hasta ahora los “socialistas” han demostrado importantes avances en los bastiones demócratas, pero todavía les queda por demostrar una capacidad equivalente para conquistar territorios republicanos. Según el líder demócrata Rahm Emanuel, “lo que el ala socialista ha decidido hacer es convertir los distritos azules en azul oscuro”, con lo que aseguran un escaño sin añadir ninguno a la mayoría del partido.

No todos los progresistas forman parte de DSA. Hay candidatos que comparten propuestas de la organización sin pertenecer a ella, como James Talarico, candidato demócrata al Senado por Texas, que combina posiciones progresistas, populismo económico y lenguaje religioso. También Abdul El-Sayed, candidato al Senado por Michigan, que se define como “un capitalista que realmente ha leído sobre el capitalismo”, que defiende algunas prioridades políticas del grupo pero que ni pertenece ni ha recibido su respaldo. Y, sin embargo, ambos han sido incluidos automáticamente en el bloque socialista, lo que oscurece la variedad de la renovación demócrata.

Los datos sobre la aceptación del socialismo requieren la misma cautela. Las encuestas más recientes muestran una receptividad considerable hacia la izquierda socialista dentro de la base demócrata. En septiembre, Quinnipiac encontró que el 59% de los votantes demócratas se consideraba simpatizante de DSA, mientras que UMass Amherst situó en el 54% a los demócratas que se identificaban, al menos en cierta medida, con ese movimiento. Ambas cifras miden afinidad, no afiliación ni adhesión a todo su programa, y tampoco demuestran que esta corriente controle el partido. Su proyección nacional presenta, además, límites. Según Quinnipiac, sólo el 26% del conjunto de los votantes estadounidenses se declaraba simpatizante de DSA, y la identificación de un candidato como partidario del socialismo democrático alejaba a más electores de los que atraía. Estos datos sugieren una base favorable para disputar primarias e influir en la agenda demócrata, pero no garantizan una ventaja en las elecciones generales ni permiten anticipar quién definirá el rumbo del partido hacia 2028.

El alcance político del movimiento tampoco debe medirse exclusivamente por los resultados en primarias. Algunos candidatos han modificado su comportamiento al ver amenazado su puesto por un Socialista Democrático. Y el éxito de los candidatos que hablan de vivienda, sanidad, salarios y poder económico ha obligado al conjunto del partido a responder a esos problemas con mayor concreción. Además, una lectura de las primarias que se han visto hasta ahora es que parte del avance de los socialistas expresa también una frustración con el liderazgo demócrata y una rebelión contra dirigentes percibidos como acomodados, más que una conversión del electorado a una identidad socialista.

La reacción de algunos dirigentes del Partido Demócrata ante este avance ha sido hostil. Figuras del establishment del partido emitieron una serie de declaraciones hostiles contra ellos, pidiendo abandonar el lema “azul pase lo que pase” para impulsar una ruptura más formal con el ala más progresista. Third Way, un grupo demócrata centrista, anunció una iniciativa de 15 millones de dólares para librar una “guerra” contra ellos. Y algunos líderes y miembros de DSA se han convertido en blanco de la prensa sensacionalista.

Los detractores demócratas de la organización señalan algunas de sus posturas más radicales –desde la eliminación del Senado hasta la reducción de la financiación policial– como una muestra de su falta de seriedad, además de facilitar los ataques republicanos contra candidatos que necesitan votos de los independientes. De hecho, el presidente Donald Trump y los republicanos han intensificado sus esfuerzos por presentarlos como radicales peligrosos empeñados en convertir a EEUU en un Estado socialista. Muchos tampoco olvidan que el giro hacia la izquierda del partido en cuestiones culturales durante la última década le ha costado el apoyo de muchos votantes de clase trabajadora, sobre todo en 2016 y 2024, con las victorias de Trump.

Sin embargo, algunos demócratas más moderados reconocen que el mensaje de DSA está calando porque el resto del partido no ha sido capaz de presentar una visión propia que satisfaga a los votantes. De ahí la comparación con el Tea Party, algo que resulta sugerente pero prematuro. Existe una semejanza en el uso de las primarias para presionar a dirigentes y desplazar el debate, pero aún no hay evidencias suficientes de una transformación del Partido Demócrata comparable a la que experimentó el Partido Republicano. La notoriedad de algunas victorias socialistas puede hacer que el movimiento parezca más extenso y uniforme de lo que es.

De cara a las elecciones de medio mandato y a una posible victoria demócrata en la cámara baja, de materializarse esta no constituirá por sí sola un mandato nacional a favor del socialismo democrático. Pero si las candidaturas de izquierda amplían el mapa demócrata, reforzarán el argumento de que renovación y competitividad pueden avanzar juntas. Los socialistas no necesitan controlar el Partido Demócrata para influir en su futuro. Necesitan demostrar que pueden contribuir a construir una mayoría, además de seguir queriendo cambiar quién habla en su nombre.