El sector energético en la encrucijada de la descarbonización

El sector energético en la encrucijada de la descarbonización. Imagen de una planta eléctrica alimentada por carbón

La economía mundial afronta una crisis energética multidimensional, acelerada por la invasión rusa de Ucrania, que amenaza la seguridad de suministro de buena parte del mundo con una particular incidencia negativa en Europa. En este difícil momento energético, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha publicado por primera vez un análisis de la situación inversora del sector energético que arroja un diagnóstico claro: las inversiones en energías bajas en carbono son insuficientes para compensar el rápido declive de las realizadas en el sector del petróleo y el gas. Esta situación, fruto de la incertidumbre sobre la demanda de combustibles fósiles a medio plazo, está incentivando un contexto inversor muy conservador que puede afectar severamente a la seguridad de suministro global durante el proceso de descarbonización.

El primer síntoma de desconexión entre las necesidades energéticas y las inversiones es la apatía con la que el sector de los hidrocarburos ha recibido la subida de precios. El sector, acostumbrado a ciclos alcistas y bajistas, está manteniendo un perfil conservador ante la carestía del mercado. Prueba de ello es que el sector del shale oil en EEUU, amparándose en la disciplina financiera exigida desde los accionistas de Wall Street, ha obviado las apelaciones patrióticas de la Administración Biden para incrementar la producción y recuperar los niveles previos a la pandemia. Por su parte, las grandes petroleras europeas han desarrollado ambiciosos planes de descarbonización para 2050, redirigiendo parte de sus inversiones a la generación renovable, principalmente eólica marina, y otras actividades bajas en emisiones. La AIE apunta también que esta incertidumbre está privilegiando inversiones con ciclos de retorno cada vez más cortos, estrategia que contrasta con la visión a largo plazo que tradicionalmente ha caracterizado a las empresas de petróleo y gas. Estas inversiones se están concentrando en campos petrolíferos ya operativos, dejando la inversión en nuevos yacimientos los últimos cinco años en mínimos históricos.

A ello se une la inflación de las materias primas, que reduce la productividad de las inversiones realizadas al haberse incrementado los precios de los materiales para la extracción de petróleo en un 25%, absorbiendo buena parte del incremento de la inversión este 2022. Los principales actores del sector de los hidrocarburos en Europa y, en menor medida, Norteamérica están afrontando una de las últimas ventanas de oportunidad inversora con extrema cautela ante el temor a terminar con activos varados que tengan un alto coste económico, social y reputacional. Precisamente, la crisis energética causada por la invasión de Ucrania evidencia la dificultad de gestionar estos activos condenados a desaparecer o, en el mejor de los casos, a experimentar una transformación integral, como las refinerías. En la UE durante la última década se cerró cerca de un 15% de la capacidad de refino, concentrándose los cierres en Alemania, Francia y el Reino Unido. La crisis de Ucrania ha expuesto la dependencia europea de ciertos productos derivados del petróleo como el diésel, aditivos para el refino o el queroseno, con consecuencias directas como la subida del precio de los combustibles en una proporción superior que la del petróleo crudo.

Uno de los resultados de este repliegue inversor es la concentración de la producción de petróleo y gas en actores no europeos. Como señala la AIE, las empresas estatales de Oriente Medio son las únicas que han incrementado la inversión por encima de los niveles previos a la pandemia. Con unas reservas muy productivas, bajos costes operativos y en un contexto de reducción de la inversión, la AIE pronostica que los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) podrían controlar en torno al 52% de la producción global de crudo para 2050. Esta situación contrasta con el 37% actual y presumiblemente permitiría incrementar la influencia de un cártel cuyos miembros arrastran profundas carencias de gobernanza y sostenibilidad. Este escenario, si no es contrarrestado con una inversión masiva en tecnologías bajas en emisiones, replicaría las vulnerabilidades en materia de dependencia energética que la UE está experimentado durante la presente crisis de Ucrania.

Siguiendo esta línea, el informe de la AIE apunta a la necesidad de incrementar de forma drástica las inversiones en tecnologías bajas en emisiones ya disponibles como la energía solar, eólica y la movilidad eléctrica para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y reducir el impacto de la subida de los precios de las materias primas energéticas. Los volúmenes que la AIE estima necesario para una descarbonización cumpliendo los compromisos adquiridos en los Acuerdos de París estaría en torno a los cinco billones de dólares anuales durante la próxima década frente a los insuficientes dos billones invertidos de media en los últimos cinco años. Este mensaje se suma al que a escala regional la UE ha querido transmitir con la publicación del REPowerEU en el marco del paquete Fit-for-55, incrementando un orden de magnitud el ritmo de despliegue de energías renovables y gases bajos en emisiones que permitan acelerar la transición energética a la vez que reducir la dependencia energética de Rusia.

La necesidad de acelerar la transición energética para evitar las peores consecuencias del cambio climático ha generado una incertidumbre difícil de gestionar para los actores del sector de hidrocarburos. Esta incertidumbre ha supuesto un repliegue de las compañías del sector que han reducido sus inversiones en exploración y producción de forma drástica desoyendo las señales de precios. Paradójicamente, esta desinversión no se ha sincronizado con la necesaria movilización de capital hacia energías bajas en emisiones que permita sustituir la demanda de hidrocarburos. Sin un incremento disruptivo de la inversión en el sector energético, existe el riesgo de que se genere un desequilibrio estructural entre oferta y demanda que perpetúe la situación de mercado actual. Una crisis semejante podría tener efectos devastadores sobre la credibilidad de la transición energética, la economía de los hogares y sectores vulnerables y el acceso a la energía en los países en desarrollo.


Imagen: Planta eléctrica alimentada por carbón. Foto: cristi180884 vía Envato Elements.