Mensajes clave
- La relación sino-rusa es sólida pero profundamente desigual. La visita de Putin a Pekín confirma la convergencia estratégica entre ambos países frente a EEUU y Occidente, pero también muestra que Rusia necesita mucho más a China que China a Rusia. La escenografía bilateral proyecta amistad, continuidad y coordinación, aunque detrás de esa imagen hay una dependencia rusa cada vez mayor.
- China ofrece a Rusia respaldo geopolítico, pero sin asumir una alianza formal. Pekín ayuda a Moscú a romper su aislamiento, le proporciona cobertura diplomática y refuerza su narrativa sobre un orden multipolar. Sin embargo, China evita reconocer las anexiones rusas, no es una aliada militar formal y mantiene una posición calculadamente ambigua para no quedar atrapada en la guerra contra Ucrania ni deteriorar en exceso sus relaciones con Europa.
- Power of Siberia 2 resume la asimetría de la relación. Para Rusia, el gasoducto es casi una necesidad estratégica tras la pérdida del mercado europeo. Para China, en cambio, es una opción útil, pero no imprescindible. Pekín puede esperar, negociar precios más bajos y exigir mejores condiciones, mientras Moscú necesita avances rápidos para redirigir sus exportaciones energéticas y sostener sus ingresos.
- La interdependencia económica crece, pero consolida la subordinación rusa. El comercio bilateral se ha disparado desde 2022, pero reproduce una división desigual: Rusia exporta energía y materias primas, mientras importa de China maquinaria, automóviles, tecnología, bienes industriales y componentes de doble uso. La relación ayuda a Moscú a resistir las sanciones, pero también aumenta su dependencia estructural de Pekín.
- La relación sino-rusa se ha convertido en uno de los principales desafíos estratégicos para EEUU, Europa y sus aliados asiáticos precisamente porque combina dos elementos difíciles de gestionar: una coordinación política cada vez más estrecha contra el orden Occidental y una dependencia rusa cada vez mayor respecto a China.
Análisis
Introducción
La visita resiente de Vladímir Putin a Pekín (19 y 20 de mayo de 2026) fue presentada por Rusia y China como una nueva confirmación de la solidez de sus relaciones bilaterales. La reunión subrayó el 30º aniversario del establecimiento de la Asociación Estratégica entre ambos países (firmada por Boris Yeltsin y Jiang Zemin en 1996) y del 25º aniversario del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación(firmado en 2001 por Vladimir Putin y Jian Zemin) que es la base normativa de la actual relación sino-rusa.
Putin en Pekín ha tenido tres objetivos principales: (a) reforzar el respaldo geopolítico de China; (b) cerrar el acuerdo del gasoducto Power of Siberia 2; y (c) ampliar la relación económica y comercial con China.
Respaldo geopolítico de China a Rusia
La relación entre Rusia y China tiene un trasfondo histórico largo y ambiguo. Durante siglos, ambos países alternaron cooperación y conflicto, con episodios de rivalidad abierta como los enfrentamientos fronterizos sino-soviéticos de 1969. No eran, ni son, socios naturales. Sin embargo, bajo Vladimir Putin y Xi Jinping la relación ha alcanzado una profundidad sin precedentes.
El punto de inflexión fue la ruptura progresiva de Rusia con Occidente y, sobre todo, la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. Putin “cerró la ventana rusa a Europa y giró de forma decisiva hacia Asia”.[1] Aunque Moscú ya había priorizado el vínculo con China desde la llegada de Xi al poder en 2013, la guerra ha intensificado esa dependencia. Ambos líderes comparten una visión autoritaria del poder, la percepción de EEUU como potencia hegemónica, el rechazo a las críticas Occidentales sobre democracia y derechos humanos, y la convicción de que Rusia y China son actores indispensables en un orden internacional en transformación, que gira hacia un sistema multipolar.
La Declaración Conjunta presentada tras la última reunión insiste en la defensa de un orden mundial multipolar, la coordinación estratégica y el respeto al derecho internacional.[2] En apariencia, ello refleja el cumplimiento del primer objetivo de Putin: reforzar el respaldo geopolítico chino a Rusia, dado que Moscú usa la guerra contra Ucrania para transformar el sistema internacional.[3] Sin embargo, esa formulación oculta una realidad más incómoda para Moscú: la creciente dependencia rusa respecto a Pekín.
Sin el apoyo de China, Irán y Corea del Norte, Rusia tendría muchas más dificultades para sostener la guerra contra Ucrania. China no sólo ha reproducido el relato ruso que responsabiliza a la OTAN del conflicto, sino que ha proporcionado un apoyo económico, tecnológico y militar indirecto decisivo. Ha comprado grandes volúmenes de hidrocarburos rusos, contribuyendo a financiar el esfuerzo bélico, y ha suministrado bienes industriales, maquinaria, microelectrónica y componentes de doble uso esenciales para la producción de misiles, tanques, aeronaves y otros sistemas militares.[4]
Pero Putin buscaba en Pekín algo más que apoyo material. Necesitaba legitimidad internacional frente al aislamiento Occidental, cobertura diplomática en organismos multilaterales y profundidad estratégica frente a EEUU. Moscú necesita que China trate a Rusia como una gran potencia, no como un paria. Las visitas, declaraciones conjuntas y cumbres bilaterales permiten proyectar la imagen de que Rusia sigue siendo un actor central del sistema internacional.
China, por su parte, mantiene una posición calculada. No reconoce formalmente la anexión rusa de territorios ucranianos, pero evita adoptar el lenguaje Occidental sobre la guerra, rechaza las sanciones unilaterales y contribuye a diluir las condenas internacionales. Esto permite a Moscú sostener que el conflicto no enfrenta a Rusia con la comunidad internacional, sino con Occidente. Pekín ayuda así a disputar quién representa realmente a esa comunidad internacional.
Moscú también busca que China mantenga abierta una presión paralela sobre Washington. Cuanto más deba concentrarse EEUU en la competencia con China en el Indo-Pacífico, menor será su margen para sostener una estrategia de presión máxima contra Rusia en Europa. Para el Kremlin, la rivalidad sino-estadounidense es una oportunidad estructural, porque impide a Washington concentrar todos sus recursos estratégicos en el teatro europeo.
La paradoja es evidente. Rusia busca el respaldo de China para no quedar subordinada a Occidente, pero ese mismo respaldo aumenta su dependencia de Pekín. Moscú necesita a China para resistir la presión Occidental, pero intenta evitar que su política asiática quede reducida a esa relación. Por eso cultiva vínculos con la India, Vietnam y, sobre todo, Corea del Norte. Pyongyang no sólo contribuye a sostener la guerra en Ucrania mediante soldados, armamento, posible transferencia tecnológica, respaldo político y cooperación informativa, sino que también permite a Moscú mostrar que conserva margen diplomático propio en Asia.
Durante el encuentro, la cooperación militar no fue el eje público de la cumbre. El énfasis oficial recayó en la coordinación estratégica integral, la multipolaridad, la prórroga del Tratado de Buena Vecindad y la cooperación práctica en energía, transporte, ciencia, tecnología e innovación. Esto no significa que la dimensión militar estuviera ausente. Quedó integrada en un lenguaje más amplio de coordinación estratégica y oposición a la presión estadounidense. Xi y Putin insistieron en los principios de no alianza, no confrontación y no orientación contra terceros, una fórmula que permite a Pekín evitar la imagen de una alianza militar formal. China quiere beneficiarse de la cooperación con Rusia, pero sin aparecer como parte de un bloque equivalente a la OTAN ni quedar atrapada directamente en la guerra contra Ucrania.
La Declaración Conjunta también abordó el entorno estratégico que justificaría una cooperación militar más estrecha. Criticó la política estadounidense, el deterioro del control de armamentos y los proyectos de defensa antimisiles de Washington. Estos elementos encajan con una agenda compartida frente a la superioridad militar estadounidense. La cooperación tecnológica añade otra dimensión. Los 40 documentos firmados abarcan ciencia, tecnología e innovación, con referencias a inteligencia artificial y tecnologías digitales. Aunque se presenten en clave civil o económica, estos ámbitos tienen un claro potencial dual. Inteligencia artificial, espacio, computación avanzada, sensores, comunicaciones, drones y guerra electrónica son áreas en las que la frontera entre cooperación tecnológica y militar resulta cada vez más difusa.
El no acuerdo sobre Power of Siberia 2
El segundo objetivo de Putin en Pekín, cerrar el acuerdo para la construcción del gasoducto Power of Siberia 2, no se ha cumplido. China y Rusia han anunciado un acuerdo marco para avanzar en el proyecto, pero aún no han cerrado el contrato comercial definitivo que permitiría convertirlo en una realidad plenamente ejecutable. El Power of Siberia 2 atravesaría Mongolia y conectaría los grandes yacimientos rusos con el mercado chino. Complementaría al actual Power of Siberia 1, operativo desde 2019, que ya transporta más de 38.000 millones de metros cúbicos anuales desde Siberia oriental hacia China. El nuevo gasoducto podría añadir casi 50.000 millones de metros cúbicos al año, elevando de forma sustancial la interdependencia energética entre ambos países. Sumados, ambos gasoductos podrían cubrir alrededor de una quinta parte de la demanda china de gas.
La relación energética se ha convertido en uno de los pilares del acercamiento estratégico entre China y Rusia, pero también en el mejor ejemplo de su asimetría. Desde la invasión de Ucrania y la ruptura parcial de los vínculos energéticos entre Rusia y Europa, Moscú necesita con urgencia nuevos mercados para sus hidrocarburos. China aparece como el comprador más importante, y el más obvio dadas las necesidades energéticas de Pekín, pero no comparte esa misma necesidad. Para Rusia, el proyecto tiene una importancia casi existencial. Para China, en cambio, es útil, pero no imprescindible. Pekín valora el gas ruso porque llega por tierra, puede ser más barato que el gas natural licuado transportado por barco y reduce la exposición china a rutas marítimas vulnerables. Esta ventaja es especialmente relevante en un contexto de crisis en Oriente Próximo y posibles disrupciones en el estrecho de Ormuz, por donde transitan grandes volúmenes de petróleo y gas procedentes del Golfo Pérsico. Rusia puede presentarse así como un proveedor terrestre más seguro frente a la inestabilidad marítima.
Pero China no necesita desesperadamente gas ruso; necesita energía barata y segura. Pekín ha diversificado sus suministros mediante gas natural licuado de Qatar y Australia, energía procedente de Asia Central, renovables, nuclear y otros proveedores. Esa diversificación le permite negociar sin prisa, retrasar el acuerdo, presionar a la baja el precio y evitar compromisos que la aten demasiado a Rusia.
El proyecto tiene, además, una dimensión ártica. Parte de la lógica rusa consiste en conectar los recursos de Yamal y del Ártico ruso con el mercado asiático. Sin embargo, esa necesidad puede abrir la puerta a una mayor presencia china en infraestructuras, rutas logísticas y proyectos energéticos del Ártico. Para Moscú, esto resulta delicado, porque el Ártico ha sido tradicionalmente un espacio de soberanía estratégica rusa.[5] Si necesita demasiado el acuerdo, podría verse obligada a conceder a China algo más que gas barato: acceso, influencia e infraestructura en una región de enorme valor geopolítico.
La relación económica y comercial entre Rusia y China
La energía es la columna vertebral de la relación económica y comercial entre Rusia y China, pero el vínculo se ha ampliado mucho más allá de los hidrocarburos. En los últimos cuatro años, el comercio bilateral se ha duplicado y China se ha convertido en el principal socio comercial de Rusia. Esta transformación responde a una sustitución acelerada: productos que antes Moscú importaba de Europa o de otros mercados Occidentales son ahora suministrados por China. Rusia depende cada vez más de bienes de consumo, maquinaria, automóviles, componentes electrónicos, productos manufacturados y tecnología china.[6] El caso de los automóviles es especialmente ilustrativo: tras la salida de las marcas occidentales, las empresas chinas han ocupado buena parte del mercado ruso.
La relación, sin embargo, tiene una estructura muy desigual. Rusia exporta sobre todo energía, metales, minerales y otras materias primas, mientras importa de China productos industriales y tecnológicos de mayor valor añadido. Más del 70% de las exportaciones rusas a China corresponden a energía y, si se suman metales y minerales, más del 85% son recursos naturales. Esto consolida una división del trabajo desfavorable para Moscú: Rusia queda cada vez más como proveedor de materias primas, mientras China actúa como suministrador de bienes industriales, tecnológicos y manufacturados.[7]
También se ha transformado la dimensión financiera del vínculo. Una parte creciente del comercio bilateral se liquida en yuanes y rublos, no en dólares o euros. Esto permite a Rusia reducir parcialmente su exposición al sistema financiero Occidental y amortiguar el impacto de las sanciones. Sin embargo, la “yuanización” no libera plenamente a Moscú, sino que crea una nueva dependencia respecto a una moneda que no controla y unas infraestructuras financieras sometidas a la autoridad china. Además, los grandes bancos chinos actúan con cautela para evitar sanciones secundarias, por lo que muchas operaciones se canalizan a través de bancos regionales, intermediarios o mecanismos alternativos.
La inversión china en Rusia sigue siendo menor de lo que Moscú esperaba.[8] Pekín ha incrementado de forma notable sus exportaciones hacia Rusia, pero no ha comprometido capital de manera masiva. Prefiere vender productos, comprar energía barata y aprovechar oportunidades comerciales antes que invertir profundamente en un mercado sancionado, políticamente arriesgado y con elevada inseguridad jurídica. Esto confirma el carácter pragmático de la posición china: ayuda a Rusia, pero evita asumir costes excesivos.
Figura 1. Comercio bilateral entre Rusia y China, 2021-25 (US$ mn)
| Año | Exportaciones chinas a Rusia | Importaciones chinas desde Rusia | Comercio total | Saldo de China |
|---|---|---|---|---|
| 2021 | 67,6 | 79,3 | 146,8 | 11,8 |
| 2022 | 76,1 | 114,2 | 190,3 | 38,0 |
| 2023 | 111,0 | 129,1 | 240,1 | 18,2 |
| 2024 | 115,5 | 129,3 | 244,8 | 13,8 |
| 2025 | 103,3 | 124,8 | 228,1 | 21,5 |
Los datos comerciales confirman esta tendencia. Entre 2021 y 2024 el comercio bilateral pasó de unos US$147.000 millones a casi US$245.000 millones, un aumento cercano al 67%. La guerra y las sanciones Occidentales aceleraron una reorientación que ya existía, pero que hasta entonces avanzaba de forma más gradual. China sustituyó parcialmente a Europa como proveedor de productos de consumo para Rusia.
El salto más fuerte se produjo entre 2022 y 2023. En 2022 el comercio creció por el encarecimiento y la redirección de las exportaciones energéticas rusas hacia Asia. En 2023 el principal impulso vino del fuerte aumento de las exportaciones chinas a Rusia, que crecieron casi un 47% respecto al año anterior. Automóviles, maquinaria, electrónica, bienes de consumo y componentes industriales chinos ocuparon espacios abandonados por empresas europeas, estadounidenses, japonesas y surcoreanas.
Aunque el saldo comercial favorece a Rusia en términos brutos e insinúa una relación de compatibilidad económica, ello no implica una relación equilibrada. Rusia conserva superávit porque exporta grandes volúmenes de materias primas, pero depende cada vez más de China para bienes industriales y tecnológicos. China, en cambio, vende productos de mayor complejidad y refuerza su posición en un mercado del que se han retirado muchos competidores occidentales.
En 2024 el intercambio comercial parece haber alcanzado un techo. El comercio siguió creciendo, pero sólo un 1,9%. Ya no se repitió el salto de 2022 y 2023, lo que sugiere que el efecto inicial de sustitución de Occidente empezaba a agotarse: Rusia ya había redirigido buena parte de sus compras hacia China y las exportaciones energéticas rusas dependían más de los precios que de grandes aumentos de volumen.
La caída de 2025 no indica una ruptura sino un cambio de fase. El comercio descendió alrededor de un 7% hasta unos US$228.000 millones. La bajada se explica por el menor valor de las importaciones chinas de crudo ruso, debido a precios energéticos más bajos o restricciones adicionales, y por la reducción de las ventas chinas a Rusia, especialmente automóviles y otros bienes que habían crecido muy deprisa en los años anteriores. Aun así, el volumen sigue siendo muy superior al de 2021 y permanece por encima del objetivo político de US$200.000 millones fijado por ambos gobiernos antes de la guerra.
La relación económica y comercial se ha intensificado notablemente, pero sobre una base profundamente asimétrica. El comercio crece, pero la dependencia se concentra del lado ruso. Rusia vende recursos naturales y compra productos manufacturados; China compra energía y gana influencia sobre una economía rusa cada vez más desconectada de Occidente.
Conclusiones
Aunque la escenografía del encuentro entre ambos presidentes buscó transmitir armonía y profundización de las relaciones bilaterales, la relación sino-rusa no es armónica ni está libre de contradicciones. China acepta y aprovecha la dependencia rusa, pero no considera a Rusia como un igual. Ve a Moscú como una potencia secundaria, mientras se percibe a sí misma como un actor de primer rango, comparable a EEUU. Además, sus visiones del futuro orden internacional no coinciden plenamente. China aspira a un orden post-Occidental con reglas, estabilidad y condiciones favorables para su ascenso global. Rusia, en cambio, parece más cómoda con un entorno desordenado e inestable, en el que la disrupción contribuya a debilitar a Occidente. A ello se suman tensiones potenciales en Asia Central, África, el Ártico y el Extremo Oriente ruso, donde persisten sensibilidades históricas, económicas y territoriales.
La cumbre de mayo de 2026 no muestra, por tanto, una relación entre iguales, sino una asociación de conveniencia en la que Rusia es la parte más necesitada. Pero su solidez no debe subestimarse: la convergencia frente a EEUU es real, la cooperación económica se ha profundizado y la coordinación diplomática seguirá siendo relevante. La relación sino-rusa se ha convertido en uno de los principales desafíos estratégicos para EEUU, Europa y sus aliados asiáticos precisamente porque combina dos dinámicas difíciles de gestionar: una coordinación política cada vez más estrecha contra el orden Occidental y una dependencia rusa creciente respecto a China.
[1] https://www.aei.org/research-products/report/the-crink-inside-the-new-blocsupporting-russias-war-against-ukraine/.
[2] http://kremlin.ru/events/president/news/79787.
[3] https://www.realinstitutoelcano.org/policy-paper/la-mayoria-mundial-una-comunidad-politica-imaginada/.
[4] https://www.aei.org/research-products/report/the-crink-inside-the-new-blocsupporting-russias-war-against-ukraine/.
[5] https://www.realinstitutoelcano.org/comentarios/groenlandia-y-el-artico-como-espacios-clave-del-pensamiento-estrategico-ruso/.
[6] https://www.uscc.gov/sites/default/files/2025-02/Elina_Ribakova_Testimony.pdf.
[7] https://www.uscc.gov/sites/default/files/2025-02/Elina_Ribakova_Testimony.pdf.
[8] https://www.uscc.gov/sites/default/files/2025-02/Elina_Ribakova_Testimony.pdf.
