No hay una “Little Caracas” en Madrid

Gran Vía de Madrid llena de peatones junto a tiendas, cafeterías y edificios históricos en una concurrida tarde en el centro de la ciudad.
Multitud de peatones y comercios en la Gran Vía de Madrid. Foto: Alexander Spatari / Getty Image.

El pasado mes de febrero el Instituto Nacional de Estadística confirmó que, tras prácticamente doblar su número durante la última década, la población residente en España nacida en el extranjero había superado por primera vez el umbral de los 10 millones de personas. En este hito demográfico han tenido un papel fundamental los inmigrantes latinoamericanos y más concretamente los procedentes de Colombia y Venezuela, quienes ya suponen la segunda y tercera comunidad extranjera tan sólo por detrás de la marroquí. Pero mientras la inmigración colombiana ha tendido a distribuirse de manera relativamente equilibrada por el territorio nacional, más de la mitad de la venezolana (52%) ha acabado concentrada en tres Comunidades Autónomas que apenas suponen la cuarta parte de los habitantes de España (24,6%): Canarias, Galicia y Madrid. En los dos primeros casos, el origen geográfico de muchos de los emigrantes españoles que marcharon en los siglos XIX y XX al país caribeño ha supuesto la principal fuerza de atracción para que ahora sus descendientes elijan esas regiones como su nuevo lugar de residencia; mientras que en lo relativo a la Comunidad de Madrid, ha sido la condición de gran metrópoli de su capital y área circundante la causante de ese intenso flujo migratorio.

A este respecto, no debería sorprender que la ciudad de Madrid sea el principal lugar de residencia de los migrantes venezolanos llegados a nuestro país, al igual que lo es de muchos otros colectivos extranjeros. Sin embargo, la presencia venezolana en la capital de España sí muestra dos características particulares que merecen ser subrayadas. La primera y más obvia, su vertiginoso crecimiento desde comienzos de siglo. Así, mientras en 2001 se trataba de un colectivo minoritario conformado por apenas 5.000 personas ampliamente superado por las ya entonces asentadas comunidades ecuatoriana y colombiana, entre 2011 y 2025 multiplicó por ocho su tamaño convirtiéndose en la principal diáspora extranjera residente en la ciudad.

La segunda particularidad de la población venezolana residente en Madrid, ésta no tan evidente, es una distribución espacial a lo largo y ancho del término municipal menos segregada que la del resto de principales comunidades extranjeras, a excepción de la argentina.[1] Por lo general, los primeros grupos de inmigrantes que llegan a una ciudad procedentes de un mismo país suelen compartir perfil socioeconómico, lo que les empuja a concentrarse en áreas concretas atraídos por las redes de contacto y apoyo establecidas por los “pioneros” que les facilitan su asentamiento. A su vez, esta dinámica de aglomeración fomenta la aparición de un tejido comunitario conformado por asociaciones y negocios ligados a dicha diáspora que refuerza la capacidad de la zona para seguir atrayendo a las siguientes oleadas. Y solamente con el paso del tiempo y su progresiva integración en la sociedad de llegada, en ocasiones estas diásporas empiezan a expandirse hacia otros barrios de la ciudad.

En el caso de Madrid, algunas comunidades como la china y la dominicana han supuesto un claro ejemplo de esta pauta con sus respectivos asentamientos en los distritos de Usera y Tetuán, y en general, todos aquellos grupos migratorios procedentes de países con menor nivel de desarrollo que España han tendido a concentrarse en distritos del sur y del este (además de en el propio Tetuán, que supone la excepción “norteña”). Pero entre los residentes nacidos en Venezuela este comportamiento no se observa tan claramente. Así, aunque el distrito donde tienen un mayor peso es Villa de Vallecas (6,2%), resulta igual de probable cruzarte un vecino venezolano en Villaverde que en Salamanca, en Usera que en Fuencarral, o en Puente de Vallecas que en Centro, no bajando del 2% su presencia en ninguno de los 21 distritos madrileños.

La principal causa de esta dinámica demográfica se encuentra en que, a diferencia de los integrantes de la inmensa mayoría de diásporas presentes en Madrid cuyo objetivo generalizado es prosperar económicamente, las circunstancias por la que los inmigrantes venezolanos han abandonado su país durante los últimos años son más variadas. En esta línea, aunque abundan los que igualmente persiguen en España unas mejores condiciones materiales de vida para sus familias, también es muy relevante la presencia de venezolanos de clase media y alta que buscan emprender un nuevo ciclo vital en un entorno cultural e idiomático similar pero mucho más libre y seguro. De hecho, cabe suponer que bastantes de éstos últimos se encuentran entre los beneficiarios de las 243.223 autorizaciones de estancia o residencia por razones humanitarias otorgadas por España a ciudadanos venezolanos entre 2019 y 2025, cifra muy superior a las concedidas a nacionales de cualquier otra procedencia. Por tanto, se trata de una diáspora heterogénea en términos socioeconómicos, educativos e incluso etarios en la que pueden identificarse tres subgrupos claramente diferenciados: “empresarios que llegaron con capitales para invertir, profesionales con alta formación académica que habían ocupado en Venezuela puestos de cierto nivel y, finalmente, personas de menores recursos que han debido insertarse en nichos laborales de baja cualificación”.[2] De tal manera, dicha heterogeneidad acaba reflejándose en los distintos lugares que eligen para vivir en función de sus recursos y contextos sociales, tal y como sucede con los españoles autóctonos.

Así, a pesar del cliché que señala al distrito de Salamanca como epicentro de la inmigración venezolana residente en Madrid, lo cierto es que dicha comunidad está muy dispersa, como certifica el hecho de que las cuatro secciones censales con mayor proporción de residentes venezolanos se sitúen en cuatro distritos diferentes (no siendo, por cierto, el de Salamanca ninguno de ellos). Sin duda el acento caraqueño cada vez se escucha más en Madrid, pero no hay una “Little Caracas” en la ciudad.


[1] Una de las formas de calcular la segregación residencial de una comunidad extranjera es el Índice de Disimilitud, que mide cómo se distribuye dicha comunidad con respecto a la población autóctona, oscilando su valor entre 0 (integración perfecta) y 1 (segregación máxima).

[2] Luiz, S. S., et al. (2023), “La inmigración venezolana en la ciudad de Madrid”, Espacio Tiempo y Forma, Serie VI, Geografía 16, pág. 1-24.