El Mundial 2026 y la proyección de España: el balón vuelve al tejado de la política exterior

Jugadores de la sección española de fútbol, vestidos con el uniforme rojo y azul, celebran la victoria de la Copa Mundial de la FIFA 2026 sobre el podio del MetLife Stadium repleto de público, mientras cae confeti dorado alrededor. En el centro, el capitán de la sección Rodrigo Hernández Cascante (“Rodri”) levanta el trofeo dorado.
La sección española de fútbol celebra la victoria de la Copa Mundial de la FIFA 2026 tras el partido contra Argentina en el MetLife Stadium (19/07/2026). Foto: Bryan Berlin / WikiPortraits (Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0).

El 19 de julio de 2026, España se proclamó campeona del mundo por segunda vez en su historia al vencer a la vigente campeona, la Argentina de Lionel Messi, por un gol a cero en la prórroga de la final. El triunfo tiene una lectura que trasciende el césped: el fútbol vuelve a consolidarse como epicentro de la imagen exterior española y, con ello, de su poder blando. Si en 2010 el Mundial de Sudáfrica marcó un hito político y social, 2026 confirma que el deporte sigue siendo el valor más seguro, potente y rentable de la proyección global de España.

Si en 2010 el Mundial de Sudáfrica marcó un hito político y social, 2026 confirma que el deporte sigue siendo el valor más seguro, potente y rentable de la proyección global de España.

Los Barómetros de la Imagen de España (BIE) realizados desde el Real Instituto Elcano llevan más de una década documentando que el fútbol es, por sí solo, un recurso de primer orden para la diplomacia pública y el poder blando de España, dentro de una dimensión, la del deporte, que supone un 0,9% de la presencia blanda global de nuestro país. El fútbol absorbe de manera sistemática la tercera parte de toda la cobertura que la prensa internacional dedica al país y, si se suma el resto del deporte, la cifra se acerca al 50% de las noticias sobre España en el exterior. Buena parte de lo que el mundo ve de España –su energía, su estilo, su modernidad– pasa por el prisma del fútbol, de sus clubes, sus jugadores y las selecciones nacionales, tanto masculina como femenina. El poder blando del fútbol español radica sobre todo en los clubes y sus estrellas. Figuras como Unai Simón, Lamine Yamal, Rodri y Ferran Torres son para el mundo auténticos embajadores de un país diverso, joven, competitivo y creativo, con un alcance que difícilmente pueden igualar campañas de comunicación o la acción diplomática formal. Pero merece destacarse que la reciente Estrategia de Diplomacia Pública 2026-2028 ha incluido a la “diplomacia deportiva” como uno de los ejes sectoriales clave de nuestra presencia exterior. Sin duda lo es.

La victoria en el Mundial no es un episodio aislado; puede entenderse como un multiplicador de esa exposición ya de por sí dominante. Durante las semanas del torneo y las que seguirán, España ha ocupado portadas, aperturas de noticieros y tendencias globales de búsqueda: el interés mundial por «Spain» en Google se ha multiplicado por más de tres en el último año (+250% interanual), con el torneo como detonante y un pico histórico durante la semana de la final. Más importante aún, el valor de esa presencia reside en su credibilidad: a diferencia de una campaña publicitaria, es un reconocimiento espontáneo, emitido por periodistas, medios e influencers, de valores altamente favorables –excelencia, ambición, humildad, talento colectivo– que positivan y consolidan la reputación del país. No es una percepción: España cierra el torneo con 38 partidos sin perder –nuevo récord mundial de selecciones, arrebatado a la Italia de 2018-2021– y se convierte en el segundo equipo europeo, tras Alemania en 2014, que gana un Mundial en suelo americano. Son exactamente los datos que estos días encabezan las crónicas de la prensa internacional.

La victoria en el Mundial de Sudáfrica de 2010 se produjo en un contexto distinto, apenas dos meses después de los duros recortes del gobierno a la política social en el marco de la gran crisis económica. Y, sin embargo, aquel ciclo 2008-2012 contribuyó a normalizar los símbolos nacionales en el espacio público y, sobre todo, proyectó en el mundo una imagen muy similar a la de hoy: la de un equipo ganador en el que el grupo, por encima de sus individualidades, es capaz de sobreponerse a las derrotas o a las crisis.

Este nuevo ciclo de éxitos deportivos en el fútbol es aún más deslumbrante que el de entonces: victoria del equipo masculino en los Juegos Olímpicos de París, en el Europeo de 2024, del femenino en el Mundial de Australia-Nueva Zelanda –que inesperadamente mostró, en la crisis desatada tras la final, la fortaleza y el arraigo de los valores de igualdad en la sociedad española– y de ambas selecciones en las nuevas Nations League. El momentum del fútbol español llega en un periodo estratégico, porque nuestro país coorganizará la Copa del Mundo masculina de 2030 junto a Portugal y Marruecos. La victoria en este Mundial 2026 refuerza la legitimidad del país como potencia futbolística anfitriona –con detalles por cerrar como las sedes de la final y del centro internacional de prensa– y alimenta un relato de continuidad que se prolongará durante los próximos cuatro años.

A esa proyección de soft power se suma la dimensión económica del deporte: 44.839 millones de euros (un 3,28% del PIB) y más de 635.000 empleos directos e indirectos. El Real Madrid y el FC Barcelona son los dos clubes más valiosos del mundo, según Forbes, y LaLiga ha reforzado su expansión transnacional con la entrada de capital internacional y la adaptación de horarios al mercado asiático. El éxito de las selecciones nacionales masculina y femenina retroalimenta ese ecosistema comercial: eleva el atractivo de LaLiga, de sus clubes y jugadores en los mercados globales, en un círculo donde prestigio deportivo y valor económico se refuerzan mutuamente. La victoria en el Mundial 2026 confirma lo que los datos de los Barómetros de la Imagen de España del Real Instituto Elcano vienen señalando desde hace años: el fútbol es el mayor generador de imagen exterior de España, capaz de proyectar el país ante cientos de millones de espectadores con una credibilidad que supera a la diplomacia convencional y consolida el suelo reputacional del país. Con el Mundial masculino de fútbol de 2030 en el horizonte, España afronta una oportunidad histórica: la de convertir este instante de gloria deportiva en una estrategia duradera de proyección global. El reto ya no es ganar sobre el césped –parece difícil hacerlo mejor–, sino traducir esa hegemonía, ese capital de poder blando, en influencia sostenida y real. El horizonte es 2030 y la tarea, sin excusas, es la que quedó pendiente tras 2010: convertir la diplomacia deportiva de la Estrategia de Diplomacia Pública 2026-2028 en una realidad material sobre el terreno de juego.