Las elecciones de medio mandato del próximo 3 de noviembre se celebrarán en un contexto de profunda polarización política y creciente preocupación por la violencia política en EEUU. Más allá de la disputa por el control del Congreso y de su impacto sobre la segunda mitad del mandato de Donald Trump, estos comicios pondrán a prueba la capacidad del sistema político estadounidense para canalizar la confrontación partidista dentro de las reglas democráticas. La desconfianza hacia el adversario, el cuestionamiento de la legitimidad de las instituciones y la normalización de determinados discursos de confrontación plantean interrogantes no sólo sobre el desarrollo de la campaña electoral, sino también sobre la aceptación de los resultados y el funcionamiento de la democracia estadounidense.
Esta polarización ha adquirido una dimensión que va más allá de las discrepancias políticas tradicionales. Muchos estadounidenses perciben al partido contrario como inmoral y extremista e incluso consideran la elección entre los dos partidos como existencial.
La polarización ya no se limita a nivel nacional, pues cada vez más cargos públicos locales perciben sus efectos negativos directamente en sus comunidades, evidenciando como la polarización está penetrando en la vida cotidiana. Las causas citadas por estos cargos públicos difieren a nivel nacional y local, siendo las más mencionadas para nivel nacional la inmigración, seguida del coste de la vida, la gestión electoral y los asuntos exteriores. Sin embargo, a nivel local, el coste de la vida ocupa el primer lugar, seguido de los impuestos y la vivienda.
Por otro lado, la polarización es identificada por la propia ciudadanía en una encuesta de 2025 como una de las causas principales de la violencia política; una violencia que va desde las agresiones físicas a todo tipo de amenazas e intimidación dirigidas contra representantes públicos, candidatos y ciudadanos. Consideran que las marcadas divisiones entre los dos partidos, la falta de comprensión hacia las personas con ideas diferentes y la normalización de la violencia contribuyen a este fenómeno. Sin embargo, el 77% de los republicanos afirma que el extremismo de izquierdas es un problema grave en el país mientras que sólo el 27% opina lo mismo sobre el extremismo de derechas. Igualmente, el 76% de los demócratas considera grave el extremismo de derechas, frente al 32% que lo considera del extremismo de izquierdas.
A pesar de las percepciones, la historia de EEUU demuestra que la violencia política en el país tiene una larga trayectoria y no pertenece a una única ideología. En los 50, la violencia política se dirigió principalmente contra los activistas de los derechos civiles y procedía, en su mayor parte, de la derecha. Durante los años 60 y 70, la izquierda fue responsable de la mayoría de la violencia política, una tendencia que volvió hacia la derecha en los años 80 y hacia la izquierda a finales de los 90. Desde 2015 se produjo un fuerte incremento de la violencia política vinculada a la extrema derecha. Tras las elecciones de 2024, esta tendencia se moderó, mientras que la violencia atribuida a la extrema izquierda comenzó a aumentar, aunque partiendo de niveles considerablemente más bajos. Estas variaciones muestran que la violencia política no es patrimonio exclusivo de una ideología, si bien su intensidad, motivaciones y manifestaciones han sido diferentes según los períodos históricos.
Lo más preocupante es que el apoyo a la violencia política aumentó en determinados sectores después de las elecciones de 2020, especialmente impulsado por la falsa narrativa de fraude electoral. Aunque la gran mayoría de la población estadounidense rechaza la violencia política, la percepción de que el sistema democrático ya no representa sus intereses puede favorecer su justificación, principalmente cuando se considera que “el pueblo debe actuar” o que el fin justifica los medios.
EEUU cuenta además con un sistema político que puede agravar estas dinámicas de confrontación, ya que los sistemas bipartidistas y la lógica de que “el ganador se lo lleva todo” –presente tanto en las elecciones legislativas como, con particularidades, en las presidenciales– pueden reforzar una percepción de la competición política como un juego de suma cero. Algunos estudios identifican una correlación entre estos sistemas y mayores niveles de violencia política, aunque no una relación causal automática. La ausencia de representación de las opiniones marginales, los bloqueos entre poderes y el cuestionamiento sobre la legitimidad de las elecciones, pueden propiciar el uso de la violencia como método para resolver los desacuerdos políticos.
El fenómeno tuvo una de sus expresiones más graves en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 cuando una multitud intentó impedir la certificación de los resultados de las elecciones presidenciales. Aunque participaron grupos extremistas organizados, la movilización no se limitó a estos sectores, sino que se alimentó también de una narrativa de fraude electoral extendida entre una parte significativa del electorado republicano. El episodio evidenció hasta qué punto la deslegitimación del adversario y el cuestionamiento de los resultados electorales pueden poner en riesgo el funcionamiento de las instituciones democráticas.
Es importante recordar que la polarización no genera violencia por sí sola, pero su instrumentalización por parte de los líderes políticos y la opinión pública sí puede legitimarla. La actuación de los representantes políticos resulta, por tanto, fundamental y como evidenció la reacción al asesinato de Charlie Kirk en 2025, la violencia política puede suscitar condenas y llamamientos a la unidad, pero también ser explotada políticamente. En este sentido, las declaraciones de Trump presentando la violencia cometida por sus seguidores como legítima y patriótica mientras se posiciona a sí mismo como víctima, pueden favorecer su normalización.
Por ello, una condena clara a la violencia por parte de los partidos políticos contribuye a una mejora del clima político. Asimismo, el respeto al Estado de derecho y la búsqueda de espacios de consenso que permitan abordar problemas como el elevado coste de vida, pueden ayudar a reducir las tensiones sociales. En este contexto, las elecciones de medio mandato constituyen una prueba para la resiliencia democrática estadounidense. Más allá de quién obtenga el control del Congreso, será importante observar el desarrollo de la campaña, las posibles amenazas e intimidaciones contra candidatos y funcionarios electorales, el respeto a los procedimientos de recuento y, especialmente, la aceptación de los resultados. El verdadero desafío no reside únicamente en evitar episodios de violencia, sino en preservar las reglas que permiten que la competencia política se desarrolle de manera pacífica y que la alternancia en el poder siga siendo posible.
