Irán ha entrado de lleno en la campaña electoral estadounidense a pesar de que rara vez las elecciones de medio mandato se deciden por la política exterior. No porque los estadounidenses estén siguiendo cada movimiento militar o cada negociación diplomática, sino porque una guerra que comenzó a finales de febrero se ha prolongado mucho más de lo previsto y sus consecuencias se sienten cada vez más dentro del país. El aumento de los precios de la gasolina y, especialmente, del diésel; su efecto sobre el transporte, la agricultura y el precio de otros productos; y la ausencia de un final claro de la guerra están convirtiendo una decisión de política exterior en un problema electoral. El votante no tiene necesariamente que decidir su voto en función de si apoya o no la estrategia estadounidense frente a Teherán. Basta con que asocie la guerra con el precio que paga para llenar el depósito o una nueva subida de los alimentos. La contienda convierte así un problema internacional en un asunto doméstico y cotidiano.
Irán no significa, sin embargo, que la base republicana haya abandonado a Donald Trump, aunque las encuestas más recientes ofrecen datos especialmente negativos para la Administración. Lo que parece estar produciéndose es más una erosión que una ruptura. Según una encuesta de Reuters/Ipsos, la aprobación de Trump ha caído al 32%, el nivel más bajo de su trayectoria política, pero el dato más significativo es que su respaldo entre los propios republicanos ha caído del 82% al 73% en sólo una semana.
Esto introduce un problema más complejo para el Partido Republicano. Trump puede conservar la lealtad de su núcleo electoral y, al mismo tiempo, convertirse en una dificultad para candidatos republicanos que necesitan atraer a votantes menos trumpistas, independientes o preocupados fundamentalmente por la economía. De ahí que algunos candidatos republicanos al Senado, como Mike Rogers en Michigan y Ashley Hinson en Iowa, hayan comenzado a reclamar un final rápido de la guerra después de haber respaldado anteriormente la actuación del presidente. No necesariamente están rompiendo con Trump sino intentando poner cierta distancia respecto a una guerra cuyos costes económicos resultan cada vez más difíciles de separar de la campaña electoral. Y lo importante no es que hayan cambiado de posición, sino quiénes son y dónde compiten. Michigan es uno de los estados decisivos para el control del Senado. Iowa, que hace pocos meses parecía un terreno cómodo para los republicanos, se ha vuelto suficientemente competitivo como para que el Partido Republicano tenga que dedicarle atención.
Algo parecido está ocurriendo en la Cámara de Representantes. Zach Nunn y Mariannette Miller-Meeks, dos republicanos de Iowa que afrontan elecciones difíciles, se sumaron a los Demócratas para apoyar una resolución destinada a limitar los poderes de guerra (War Powers) de Trump. En Iowa, además, el efecto económico de los precios del diésel y los fertilizantes resulta especialmente sensible por el peso de la agricultura.
Irán también está introduciendo una tensión interna que va más allá de las elecciones de noviembre. El Partido Republicano actual reúne corrientes diferentes en política exterior, conviviendo sectores más tradicionales y favorables al uso del poder militar estadounidense con una parte del movimiento MAGA mucho más escéptica respecto a las intervenciones exteriores prolongadas. Una operación militar corta en Irán que hubiera debilitado decisivamente su programa nuclear podía haberse presentado como una demostración de fuerza coherente con el America First (utilización de un poder militar abrumador, obtención de un objetivo concreto y ausencia de ocupación o guerra prolongada). Siete meses después, esa narrativa resulta más difícil de mantener. La guerra por tanto reabrirá dentro del trumpismo la pregunta de qué significa exactamente America First cuando Estados Unidos (EEUU) está en guerra.
Por último, existe otra dimensión interesante sobre hasta qué punto las elecciones de medio mandato están empezando a influir en la gestión de la propia guerra. Estamos viendo que Trump parece mantener dos mensajes aparentemente opuestos. Por un lado, amenaza a Irán con consecuencias extraordinariamente graves si no acepta un acuerdo, pero al mismo tiempo insiste en que todavía existe una salida diplomática. Y lo cierto es que, antes del 3 de noviembre, Trump tiene incentivos contradictorios.
Necesita evitar aparecer como alguien que cede ante Teherán, pero una escalada importante podría elevar todavía más los precios energéticos, reforzar la percepción de una endless war y aumentar la presión sobre candidatos republicanos vulnerables. Después del 3 de noviembre desaparece, al menos temporalmente, esa restricción electoral inmediata. Eso podría ampliar su margen tanto para alcanzar un acuerdo como, en sentido contrario, para escalar militarmente. La información de que estaría considerando reanudar los ataques después de las midterms hace que esta segunda posibilidad ya no sea puramente teórica, aunque todavía no se pueda presentar como una decisión tomada.
Lo interesante es que Trump reconoce implícitamente la importancia del 3 de noviembre, aunque invierte por completo la dirección de esa influencia. Según su interpretación, no es Washington quien está esperando a las midterms para decidir qué hacer con la guerra, sino Teherán quien estaría tratando de ganar tiempo hasta comprobar si las elecciones debilitan políticamente al presidente. La paradoja es evidente: Trump niega que el calendario electoral condicione sus decisiones sobre Irán, pero al mismo tiempo presenta ese mismo calendario como un factor que condiciona las decisiones iraníes.
Pero que el calendario electoral pueda favorecer cierta contención antes del 3 de noviembre no significa que la escalada esté descartada antes de las elecciones. Y, si se produjera, introduciría una variable adicional en unos comicios ya muy condicionados por la guerra. Su efecto sería mucho más difícil de anticipar. Históricamente, las crisis internacionales pueden producir inicialmente un rally around the flag, reforzando temporalmente el apoyo al presidente. Pero una guerra prolongada, con costes económicos crecientes o nuevas bajas estadounidenses, puede terminar generando el efecto contrario.
Lo que está claro es que el calendario electoral estadounidense puede estar empezando a decidir cuándo y cómo Trump quiere acabar con la guerra en Irán.
