Las amenazas, no sólo verbales, se multiplican desde que, en febrero del pasado año, Donald Trump proclamó que “la Unión Europea se creó para joder (sic) a Estados Unidos”. Desde entonces, con insultos a distintos gobernantes de los Veintisiete, exabruptos imperialistas sobre Groenlandia, rotundos desprecios a sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) –Reino Unido incluido– e imposición de aranceles por medio, hemos llegado al anuncio de que Washington va a retirar unos 5.000 efectivos militares de suelo alemán.
¿Correrá ese riesgo una potencia hegemónica en declive, cuando está comprobando que su poder militar no le basta en solitario para imponerse a una potencia media como Irán y cuando China desafía su liderazgo planetario ya sin disimulo?
La reacción del inquilino de la Casa Blanca, lejos de reconocer su error al meterse en una guerra contra Irán, no sólo muestra a un narcisista enrabietado, sino que pretende ser un castigo a sus críticos empleando lo que considera el principal instrumento a su alcance: restar cobertura de seguridad a los aliados europeos. Un mantra sostenido a lo largo de décadas con el que espera volver a imponer el dictado de Washington ante el temor de todos ellos a verse desprotegidos ante amenazas que ninguno de ellos es capaz de neutralizar.
No cabe engañarse. Hoy ni la Unión Europea (UE) ha alcanzado la autonomía estratégica que sus documentos oficiales ya apuntan como objetivo a lograr, ni los miembros europeos de la OTAN están en disposición de hacer frente por sí mismos a todas las posibles contingencias imaginables contra su seguridad, desde la guerra híbrida y cibernética hasta el uso de armas nucleares. Eso significa, con Rusia en mente, que todos ellos son conscientes de que todavía necesitan la aportación que Washington les presta; unos (sobre todo los vecinos más próximos a Moscú) convencidos de que no hay mejor opción posible; y otros (con Francia a la cabeza de un grupo en el que también está España) como mal menor ante las carencias propias.
Eso no significa, sin embargo, ni que el vínculo trasatlántico sea un puro ejemplo de altruismo o generosidad estadounidense, ni que los aliados europeos carezcan de margen de maniobra fuera del paraguas de seguridad proporcionado por Estados Unidos (EEUU). En realidad, a falta de alguna otra instancia euroatlántica operativa, la OTAN es el mejor instrumento que tiene Washington para influir en los asuntos del Viejo Continente, empleando la garantía de seguridad como palanca para movilizar voluntades políticas en línea con las directrices que, a fin de cuentas, sirven para consolidar el liderazgo estadounidense. De ahí se deduce de inmediato que mucho más que servir a los intereses y necesidades de los europeos, los más de 80.000 efectivos que EEUU tiene desplegados en Europa –sumando tropas permanentes, efectivos en rotación y personal civil al servicio de defensa– defienden sobre todo intereses propios.
Las facilidades concedidas a EEUU en la cincuentena de bases e instalaciones militares con las que cuenta a este lado del Atlántico –entre las que figuran las bases españolas de Morón y Rota– le permiten proyectar poder tanto terrestre como naval y aéreo a zonas de interés preferente para su propia estrategia de seguridad planetaria. En concreto, en Alemania no sólo se contabilizan unos 36.000 efectivos, sino que en su suelo se ubica el cuartel general del Mando Estratégico para Europa (EUCOM), la mayor base aérea fuera del territorio continental estadounidense (en Ramstein), el cuartel general del Mando Estratégico para África (AFRICOM) y el mayor hospital militar de los que ha montado fuera de su territorio (en Landstuhl).
Eso significa que, si Trump termina por materializar sus fanfarronadas –salir de la OTAN, expulsar a España (un supuesto imposible) o retirar recursos de Alemania–, el primer dañado será el propio EEUU. En primer lugar, perdería esa considerable capacidad para subordinar a sus aliados europeos a los planes de Washington. Igualmente, dejaría en una situación de mayor vulnerabilidad a sus propios militares al quedar menos protegidos por la merma de su propio despliegue. Y, sobre todo, vería mucho más limitada su capacidad para operar en escenarios tan relevantes para su propio liderazgo como Oriente Próximo, Oriente Medio y África.
Por supuesto, también los europeos saldríamos perdiendo, empezando por las localidades más próximas a las instalaciones militares afectadas por los posibles recortes. A corto plazo, también se harían más visibles los agujeros de los sistemas nacionales de defensa, sobre todo si la reducción de fuerzas afecta no sólo a unidades terrestres de línea, sino también a sistemas de defensa antiaérea, guerra electrónica, reconocimiento y transporte estratégico. Pero, visto en positivo, quizás sea algo así lo que termine por servir para vencer las reticencias de algunos de los Veintisiete para decidirse a acelerar el proceso de construcción de una Europa de la Defensa que pase por encima de los cada vez más insostenibles cálculos nacionalistas. Y, si así fuera, nos encontraríamos en una situación en la que el derrotado neto sería EEUU, arriesgándose a perder un aliado con el que, a pesar de las baladronadas de Trump, todavía comparte muchos intereses.
¿Correrá ese riesgo una potencia hegemónica en declive, cuando está comprobando que su poder militar no le basta en solitario para imponerse a una potencia media como Irán y cuando China desafía su liderazgo planetario ya sin disimulo?

