Reaprender el idioma del poder: el comercio como disuasión geoeconómica en manos de la UE

Vista de la Tierra desde el espacio por la noche, con Europa iluminada por las luces de las ciudades. Se distinguen claramente la península ibérica, Francia, Italia y el centro de Europa, mientras que el resto del planeta aparece parcialmente en sombra.
Europa por la noche, vista desde el espacio. Foto: DKosig / Getty Images.

Mensajes clave

  • A medida que Estados Unidos (EEUU), Rusia y China avanzan hacia un sistema mundial estructurado en torno a esferas de influencia rivales, el orden internacional abierto y basado en normas que propugna Europa se está desmoronando. En consecuencia, el continente se ve cada vez más arrastrado a un panorama determinado desde fuera, en el que no cuenta su iniciativa propia.
  • No obstante, al contrario de lo que se suele pensar, la Unión Europea (UE) posee un número considerable de resortes de poder, sobre todo en el ámbito económico. La UE controla varios puntos estratégicos clave en las cadenas de valor mundiales –en sectores de los que dependen en gran medida EEUU y China– que podría instrumentalizar.
  • Existen 41 cuellos de botella importantes para China y 67 para EEUU en los que las importaciones procedentes de Europa representan más del 80% de la oferta, como por ejemplo materiales farmacéuticos, insulina y otras hormonas, tecnologías médicas, máquinas de litografía ultravioleta extrema (UVE) y maquinaria industrial especializada empleada en la agricultura, la producción de papel, la metalurgia, el sector textil y la fabricación avanzada.
  • Europa puede consolidar esta influencia aunando fuerzas con socios afines hasta que las dependencias bilaterales se conviertan en un método más amplio y eficaz de disuasión sistémica. Esta influencia geoeconómica conjunta debería conformar la piedra angular de una nueva estrategia europea.

Análisis

El Geostrategic Europe Taskforce, un grupo de expertos de alto nivel compuesto por representantes de 10 Estados miembros de la UE, acaba de publicar el informe Relearning the Language of Power. Ese documento representa un gran paso adelante en el debate de los últimos meses sobre la situación geoestratégica en Europa y la capacidad del Viejo Continente de reconducir su destino en el marco de la economía mundial: lo que propone es pasar de la postura actual de la Comisión Europea de contención defensiva a una postura de construcción proactiva de los cimientos de una nueva estrategia de poder, sobre la base del poder negociador que le confiere el comercio internacional.

Europa se está adentrando en un entorno internacional que ya no se caracteriza tanto por las limitaciones multilaterales, sino por la rivalidad estratégica, la coerción y la instrumentalización de la interdependencia. Europa se ve empujada de manera inexorable hacia un orden internacional definido por otros. EEUU, China y Rusia cada vez tienen menos tapujos en mostrarse como potencias preparadas para utilizar el comercio, la tecnología, las finanzas, las garantías de seguridad y el control sobre insumos críticos como instrumentos de presión geopolítica. En un mundo así, Europa ya no puede apoyar sus decisiones en los supuestos que dieron forma a su modelo de poder exterior tras la Guerra Fría: que los mercados servirían para disciplinar a la política, que el multilateralismo internacional neutralizaría las asimetrías de poder y que EEUU seguiría siendo un socio que contribuiría a consolidar el orden basado en normas.

Desde luego, Europa no ha sido independiente de EEUU –ni económica, ni tecnológica ni geoestratégicamente– desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que vemos hoy es una amenaza incluso para el grado de autonomía del que había llegado a disfrutar. La UE no ha sabido leer las características del poder en el orden mundial actual: mientras que EEUU y China se han granjeado una gran capacidad de influencia en el plano económico, comercial y financiero, y cada vez se muestran más dispuestos a utilizarla como arma, Europa carece de una visión de futuro clara para este orden mundial, y las autoridades europeas siguen confundiendo la soberanía con el poder.

Las iniciativas normativas recientes de la UE han puesto un énfasis considerable en la resiliencia de las cadenas de suministro, la supresión de los riesgos, la seguridad económica y el fortalecimiento de las capacidades de defensa. El compromiso de la Comisión Europa con los avances hacia una autonomía estratégica abierta ha ido más allá al abogar por una estrategia que reduzca las dependencias críticas, proteja los sectores fundamentales e inste a aunar fuerzas en ámbitos normativos clave (energía, investigación, salud, medios de comunicación, tecnología, defensa, alimentación, industria), sin perder el compromiso con el libre comercio y el multilateralismo. Ahora bien, por muy importantes que resulten estas iniciativas, su carácter defensivo las hace claramente insuficientes. Protegen la libertad de acción, pero por sí solas no bastan para que Europa logre influir en el comportamiento de otros. Permiten la soberanía, pero no construyen poder nuevo.

La soberanía reduce la vulnerabilidad, mientras que el poder modifica los cálculos de otros actores. Europa se ha concentrado en lo primero y ha invertido muy poco en lo segundo. En consecuencia, ha preservado cierta capacidad de blindarse ante las crisis, pero sigue sin contar con un plan para un orden en el que Estados Unidos ya no respeta al cien por cien la disciplina multilateral y China sigue acumulando influencia estructural en sectores estratégicos.

Para construir ese poder, debemos sacar partido de las herramientas de control importantes en manos de Europa en las cadenas de valor mundial y llevar la voz cantante en el establecimiento de nuevas coaliciones geopolíticas de potencias intermedias.

El modelo de poder de Europa, deteriorado y obsoleto

El modelo tradicional europeo de poder blando se basaba en dos pilares: la escala de su mercado interno y el poder normativo de la UE. Tal y como ha apuntado Anu Bradford, el “efecto Bruselas” había permitido que las normas europeas en ámbitos como la gobernanza digital, la protección al consumidor y la normativa medioambiental influyeran en legislaciones alejadas de las fronteras europeas. Al mismo tiempo, el orden impulsado por la Organización Mundial del Comercio (OMC) brindaba a Europa, por su condición de gran economía abierta, un entorno jurídico estable en el que la interdependencia comercial solía jugar a su favor.

No obstante, la interdependencia entre los países ha cambiado de manera drástica. Las grandes potencias ya no contemplan el comercio, las cadenas de suministro y las asimetrías normativas como un terreno neutral, sino como piezas de una rivalidad geoestratégica sistémica. Lo decisivo en la actualidad ya no es la influencia procedente de los mercados y el poder blando, sino el poder puro y duro y la capacidad de aprovechar las interdependencias de un modo estratégico como instrumentos para promover los objetivos geopolíticos propios, en vez de como meros canales para el beneficio mutuo.

En el contexto geoestratégico actual, las interdependencias transfronterizas –como los flujos energéticos, los ecosistemas tecnológicos, las redes comerciales, las interconexiones financieras y las rutas migratorias– cada vez se utilizan más como armas, tal y como han señalado Henry Farrell y Abraham L. Newman. Los países explotan de manera deliberada –y cada vez más intensa– los vínculos asimétricos presentes en estas redes para coaccionar, disuadir o influir en el comportamiento de otros, a menudo sin llegar a traspasar el umbral del conflicto militar convencional. Este cambio refleja tanto la intensificación de la rivalidad geopolítica como el reconocimiento de que la globalización ha creado pautas de interdependencias densas pero desiguales que se pueden reaprovechar con fines políticos. Por consiguiente, herramientas como los controles a la exportación, las sanciones financieras, las restricciones a las cadenas de suministro y las presiones migratorias se han convertido en componentes fundamentales de la política estatal, por lo que ha quedado difuminada la distinción entre la política económica y la estrategia de seguridad, y se ha redefinido la propia interdependencia como un ámbito de rivalidad por el poder. En este contexto, la antigua confianza de Europa en la ley, los procesos y el atractivo del mercado ya no es suficiente.  

El declive del multilateralismo ha provocado que las relaciones internacionales dejen de sustentarse en normas y pasen a basarse en negociaciones de poder. Y ese cambio ha pillado a Europa por sorpresa. Las potencias intermedias y de menor tamaño se veían beneficiadas por un sistema basado en normas que les permitía negociar de un modo más simétrico con países dominantes como EEUU, a pesar de carecer de una capacidad coercitiva comparable. Las normas restringían la autonomía, pero lo que se ganaba en previsibilidad y justicia compensaba ese peaje. Sin embargo, ahora que EEUU ha dicho adiós a este sistema, ese equilibrio se ha esfumado: instituciones como la OMC han quedado debilitadas y la política arancelaria de la Administración Trump pone de manifiesto que las negociaciones ya no se llevan a cabo en pie de igualdad.

Esta transformación deja entrever un cambio estructural más amplio. En la actualidad, el sistema internacional cada vez está más caracterizado por el conflicto y la inestabilidad. En ese sentido, el resurgimiento de la política del poder puede entenderse como una respuesta adaptativa: los países están pasando de confiar en la legalidad a ejercer su influencia para asegurarse ventajas estratégicas y gestionar vulnerabilidades futuras en los ámbitos del comercio, la energía, la alimentación, el agua y la tecnología.

Europa debe reaprender las claves del poder

Al contrario de lo que a veces se afirma, no cabe pensar en Europa como una víctima del nuevo contexto. La UE cuenta ya con una influencia geoeconómica tan considerable como infrautilizada, por lo que deberá cambiar su planteamiento actual para volver a aprender el idioma del poder.

El problema radica en que, hasta la fecha, el debate se ha centrado en exclusiva en los riesgos, desde un punto de vista defensivo que pasa por alto la notable capacidad de influencia de la UE. En consecuencia, la política ha puesto el foco en la reducción de la exposición, en vez de en la creación activa de nuevas herramientas de poder.

En realidad, la UE mantiene posiciones clave (cuellos de botella críticos) en las cadenas de valor mundiales que podría instrumentalizar como ventajas estratégicas, igual que ha hecho China en los últimos años. Existen numerosas categorías de productos en las que China y EEUU dependen sobremanera de las importaciones procedentes de la UE. Según el informe Relearning the Language of Power, hay 41 cuellos de botella críticos para China y 67 para EEUU en los que las importaciones de Europa representan más del 80% de la oferta. Y no se trata de dependencias secundarias. Incluyen materiales farmacéuticos, insulina y otras hormonas, tecnologías médicas, máquinas de UVE y maquinaria industrial especializada que se emplea en la agricultura, la producción de papel, la metalurgia, el sector textil y la fabricación avanzada.

Lo anterior no implica que Europa deba apresurarse a optar por la coerción económica indiscriminada. Se trata más bien de reconocer que Europa controla ya instrumentos de disuasión y percatarse de que, según lo observado recientemente por Tobias Gehrke, aún no los ha visto como tales. El problema de la UE no es la falta de herramientas, sino carecer de una estrategia creíble de disuasión geoeconómica.

Aumento de la influencia geoeconómica mediante la creación de coaliciones

Europa debe volver a aprender el idioma del poder, pero desde un punto de vista muy distinto al que queda patente en la estrategia marcada por EEUU: Europa debe acumular poder a través de la creación de amplias coaliciones con otros países. La UE puede multiplicar su influencia al sumarla a la de otras potencias intermedias afines, tal y como propuso Mark Carney en el ya famoso discurso que pronunció en Davos.

La respuesta correcta ante un mundo abocado a las esferas de influencia no es un aislamiento europeo, sino una coalición construida en torno a intereses compartidos, compromisos vinculantes y disuasión colectiva. El modelo propuesto supone de manera explícita abandonar a su suerte a la OMC. No es un rechazo a las normas ni la cooperación, sino que la idea consiste en reconstruirlas sobre una base diferente: un acuerdo al estilo de un club entre países dispuestos a coordinar el acceso al mercado, los controles a la exportación, los mecanismos contra la coacción y, por último, la cooperación para el desarrollo de nuevos mercados e industrias con bajas emisiones de carbono. En ese sentido, el objetivo no consiste únicamente en endurecer la postura defensiva de Europa, sino en imaginar un nuevo modelo de poder europeo capaz de sustentar un orden renovado de base normativa entre países que, pese a seguir valorando la cooperación, no consideran ya que la cooperación pueda sobrevivir sin capacidad de influencia.

Este nuevo modelo de poder europeo, capaz de promover una renovación del orden internacional basado en normas, requiere también de una fuerte coherencia institucional en el seno de la UE. La Unión cuenta con muchas herramientas relevantes –instrumentos comerciales de defensa, mecanismos anticoercitivos, alianzas relativas a materias primas críticas, mecanismos de control de la inversión extranjera, capacidad de control de las exportaciones y poder regulador–, pero las despliega de un modo fragmentado. La política exterior, la política comercial y la estrategia industria suelen discurrir por separado, en lugar de entenderse como partes integrantes de un único diseño geopolítico. Por lo tanto, no sólo hacen falta nuevas coaliciones exteriores, sino contar también con una cultura estratégica más integrada dentro de la propia Europa (dentro de los países y entre los propios Estados miembros, así como entre ellos y la Comisión, e incluso entre las propias direcciones generales de la Comisión). Sólo entonces podrá convertir la UE estas capacidades dispersas en una posición de poder reconocible.

El antiguo orden se basaba en el supuesto de que las normas comunes, la no discriminación y el respaldo hegemónico bastarían para estabilizar la globalización. Tras la crisis del universalismo, el nuevo orden propuesto contaría con un número de miembros más restringido, pero sería más firme en su aplicación y menos universal en su forma pese a mantener un compromiso internacionalista.

Una nueva estrategia para Europa: disuasión a través del poder colectivo

La estrategia actual de la UE para lidiar con la presión de la Administración Trump no está bien enfocada. Trump ha enarbolado de manera sistemática la incertidumbre intrínseca a sus acciones –‍ya sea con los aranceles, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o incluso las amenazas militares– como una herramienta de negociación, explotando las situaciones bilaterales en las que EEUU tuviese más peso. Ante lo mucho que estaba en juego y las dudas acerca del compromiso estadounidense, los dirigentes europeos optaron en gran medida por limitar los daños y cedieron en cuestiones como comercio, gasto en defensa y dependencia energética, al tiempo que evitaban las represalias incluso cuando Washington se retiraba de acuerdos internacionales fundamentales. Sin embargo, algunas estrategias alternativas –basadas en posiciones más firmes, contramedidas creíbles y principios más claros– podrían haber dado mejores resultados, como quedó patente en el caso de Groenlandia.

Esta circunstancia apunta a que la disuasión debe ser la piedra angular de una nueva estrategia para reconfigurar el modelo de poder europeo y la política exterior de la UE. Como ya se ha mencionado, la Unión puede aprovechar los cuellos de botella críticos bajo su control en las cadenas de valor mundiales para aumentar su influencia estratégica y seguir una estrategia de “control de la escalada” (al igual que ha hecho China con las materias primas críticas). Las Figuras 1 y 2 muestran los principales cuellos de botella comerciales que se podrían instrumentalizar.

Las predicciones económicas basadas en los datos comerciales también dejan patente que sería un error considerar la influencia como algo que se ejerce de manera independiente, en lugar de en coordinación con otros. Si la UE lograra ampliar su esfera de influencia asociándose con países que controlen otros cuellos de botella estratégicos similares y compartan el riesgo de sufrir presiones de EEUU y China, su capacidad de disuasión geoeconómica podría verse muy reforzada.

En la actualidad, muchas potencias intermedias están exigiendo dar un paso hacia adelante para crear este tipo de coalición y, tal y como señalaron hace poco Kathleen R. McNamara y Federico Steinberg, la UE se enfrenta a la oportunidad única de liderarla y ayudar a configurar una renovación del orden internacional basado en normas en un momento de abandono de EEUU e incertidumbre a nivel mundial. Un orden internacional alternativo, impulsado por una alianza de socios comprometidos, con Europa a la cabeza, podría dar prioridad a una forma más controlada de globalización, manteniendo al mismo tiempo como bases las normas jurídicas y la cooperación institucional. Este planteamiento dependería de estrechar la coordinación entre la UE y los países afines, desde Canadá y Japón hasta países importantes del sur global. En este contexto, Europa podría situarse en la primera línea de un orden internacional más estable y previsible en un mundo sin hegemonía estadounidense.

Figura 1. Una coalición geopolítica entre la UE y Japón podría aumentar la influencia geoeconómica frente a China

Figura 2. Una coalición geopolítica entre la UE y Japón podría aumentar la influencia geoeconómica frente a EEUU

Los 41 cuellos de botella críticos para China bajo control de la UE podrían aumentar de manera considerable tras la creación de una coalición geopolítica con Japón. En la Figura 1, se muestra este incremento de la capacidad de influencia en caso de formar esa coalición. Una alianza estratégica con Japón añadiría 37 productos a los 41 artículos críticos ya disponibles para la UE con fines de disuasión. Al mismo tiempo, la exposición de China crecería de un modo muy marcado –en torno a un 75%–, puesto que su dependencia de las importaciones combinadas procedentes de la UE y Japón sería mucho mayor que la dependencia de la Unión en solitario.

Algo parecido ocurriría también en el caso de EEUU. La UE posee una influencia considerable sobre EEUU (Figura 2) a través de sus exportaciones de maquinaria de gran valor, equipos industriales y materiales farmacéuticos importantes que resultan fundamentales para los sistemas de producción estadounidenses, en especial para la fabricación, la agricultura y la salud. Esa influencia es aún mayor en eslabones posteriores de la cadena, donde Europa suministra compuestos químicos críticos, productos biológicos y tecnologías médicas que cuesta reemplazar. Al aunar fuerzas con Japón, la influencia se amplía aún más hasta incrementar la dependencia estadounidense en un amplio abanico de productos y aumentar su exposición en sectores estratégicos.

En líneas más generales, las vulnerabilidades de EEUU derivan también de su dependencia de un pequeño grupo de países proveedores especializados –como Taiwán, Japón, Corea del Sur y las naciones con abundantes recursos– para los semiconductores, los materiales críticos y los insumos industriales, lo que deja al descubierto una estructura fragmentada pero considerable de dependencias mundiales. Por lo tanto, la creación de coaliciones entre la UE y estos países debería ser una prioridad importante para la política exterior europea.

El efecto disuasorio de las coaliciones de potencias intermedias puede ser considerable. La coordinación con Japón, Canadá y otros socios –como el Reino Unido, Suiza, la India, Indonesia, Corea del Sur, México, Brasil y Malasia– incrementaría sobremanera la influencia de la UE ante China o EEUU, tal y como se observa en la Figura 3. Europa cuenta con más margen para la formación de coaliciones de lo que se suele pensar, puesto que otras potencias intermedias podrían querer erigirse como artífices activos de ese orden, en lugar de limitarse al papel de elementos amortiguadores pasivos entre varias superpotencias.

Figura 3. La UE puede formar coaliciones geopolíticas con otros países para aumentar su influencia geoeconómica sobre EEUU y China

Las pruebas empíricas que se extraen de estos datos son claras y podrían ser útiles para orientar los esfuerzos de la UE destinados a lograr una mayor autonomía estratégica: Europa debería tratar su influencia geoeconómica como una fuente de poder estratégico y organizarla de manera colectiva. En la práctica, implica determinar las dependencias críticas, proteger los cuellos de botella, recurrir a instrumentos anticoerción y coordinar con sus socios los controles a la exportación y los mecanismos de respuesta. No supone abandonar el multilateralismo, sino de defender la cooperación multilateral al aumentar el coste por infringirla.

Lograr una mayor autonomía estratégica no será fácil, puesto que la capacidad de influencia no se aplica por sí sola. Los gobiernos democráticos pueden dudar a la hora de activar sanciones o controles a la exportación cuando las empresas nacionales teman perder ventas, sufrir represalias o incurrir en mayores costes. En la UE, algunas de estas cuestiones requieren de unanimidad, como por ejemplo la aplicación de sanciones, mientras que para otros de los temas puede bastar con una mayoría cualificada por guardar más relación con la política comercial. Además, a los socios de la coalición les preocupará repartir la carga y asegurarse de que los demás actúen de verdad en situaciones de presión. Por ese motivo, existe la necesidad de contar con normas preestablecidas, compromisos creíbles e incluso mecanismos estabilizadores o fondos de compensación que puedan amortiguar las pérdidas económicas temporales cuando se activen las medidas anticoercitivas. El nuevo orden no puede depender únicamente de la retórica; necesita instituciones que den credibilidad en la práctica a la solidaridad de la coalición.

En este sentido, cabe percatarse de que la UE no es la que controla los cuellos de botella críticos en las cadenas de valor mundiales, sino los Estados miembros individuales. El caso reciente de la empresa neerlandesa ASML deja patente la influencia considerable que puede ejercer Europa cuando aprovecha sus cuellos de botella y recurre a la tecnología como herramienta de poder geopolítico. No obstante, pone de manifiesto también que fue un solo país quien, de manera unilateral –en este caso, bajo una fuerte presión del gobierno estadounidense–, tomó la decisión de imponer restricciones a las exportaciones de equipos litográficos avanzados a China. Por ese preciso motivo, es esencial elaborar una serie de normas y marcos institucionales preestablecidos capaces de coordinar con eficacia las respuestas de los Estados miembros de la UE, promoviendo el alineamiento de una masa crítica de países y facilitando la formación de coaliciones coherentes con socios de fuera de la Unión.

La buena noticia es que no habría que empezar de cero esta labor. Ya existen bases sobre las que construir esas normas e instituciones. Un ejemplo de especial interés es el Instrumento Anticoercitivo de la UE aprobado en diciembre de 2023, por el que la Unión puede responder de forma coordinada cuando un país tercero intente ejercer presión económica (a través de restricciones comerciales, boicots o medidas reglamentarias) sobre un Estado miembro o la propia UE. Su fundamento es claramente disuasorio: antes de actuar, la UE busca el diálogo, pero si la coerción persiste, podría imponer contramedidas proporcionadas como aranceles, limitaciones de acceso al mercado europeo, controles sobre las inversiones o restricciones a la participación en la contratación pública. La clave de este instrumento no está únicamente en reaccionar, sino en aumentar el coste de la coerción para evitar que ocurra. La UE aún no ha echado mano formalmente de esta herramienta a modo de represalia económica directa y una de sus posibles limitaciones estaría en su estructura de gobernanza: su diseño pretende encontrar un equilibrio entre la capacidad de respuesta y el control político; para su activación, la Comisión debe iniciar el proceso, tras lo cual se necesita una mayoría cualificada en el Consejo de la UE. Se evitan así posibles vetos individuales, pero, en la medida en que requiere de un amplio respaldo político, se coloca tan alto el listón para su activación que se acaba dificultando su uso. No cabe duda de que bajar ese listón facilitaría la posibilidad de recurrir a ese instrumento en caso de necesidad.

Siempre se ha dado por sentado que la no discriminación en el comercio internacional conlleva un efecto estabilizador intrínseco. Sin embargo, en un mundo de coerción en auge, el tratamiento igualitario para todos los actores ha dejado de ser neutral, puesto que podría recompensar la deserción, ignorar las asimetrías y exponer a explotación a los países que respeten las normas. Por lo tanto, Europa necesita una política económica exterior con más condiciones que distinga entre socios y desertores, reconociendo desde el principio que no siempre será fácil diferenciar entre ambos. El acceso al mercado, la financiación, la contratación, las normas y las preferencias comerciales deberían vincularse al cumplimiento de las normas compartidas. Esta distinción entre socios y desertores no se plantea como un proteccionismo puro y duro, sino que se concibe como un principio estabilizador en un orden afín a un club en el que se protege la integridad de la coalición y se aporta una mayor credibilidad a la cooperación. Los beneficios se concentrarían entre aquellos miembros dispuestos a respetar las normas comunes que podrían acordar al principio los distintos países interesados. En cambio, quienes deserten o instrumentalicen la interdependencia se enfrentarían a aranceles, restricciones a las exportaciones u otras sanciones.

Conclusiones

Se hace necesario reconducir el debate europeo en torno al poder. Ha llegado la hora de redefinir la identidad exterior de Europa para encarar una era geopolítica más convulsa. Debemos cuestionarnos el supuesto reconfortante de que la labor de Europa consiste sobre todo en preservar la apertura, defender las instituciones existentes y reducir las vulnerabilidades secundarias. Lo que debemos comprender es que el orden internacional ya se está reorganizando en torno a la influencia, la coerción y el alineamiento selectivo, y que Europa no debe responder con nostalgia, sino con imaginación institucional.

La respuesta no se encuentra en una esfera de influencia europea en el sentido clásico de una gran potencia, sino en una estrategia de coalición entre potencias intermedias y regionales que se plantee la disuasión como una vía para construir un orden internacional alternativo, comprometido con una forma controlada de globalización, normas jurídicas y cooperación institucional. La idea no es sumarse a la tendencia de las potencias que sólo desean competir sin norma alguna, sino acumular suficiente capacidad de disuasión para actualizar y reformar el orden internacional basado en normas. El objetivo no consiste en dejar fuera a EEUU y China de esta coalición internacional, sino incorporar a estos países de manera gradual a través de la disuasión coercitiva de las potencias intermedias y regionales.

Europa debe mantener su compromiso con las normas, pero ya no basta con las normas sin consecuencias. Europa debe valorar la apertura, pero esa apertura debe condicionarse a la reciprocidad y el equilibrio estratégico. Europa sigue necesitando socios, pero la forma de cooperación relevante ya no es el modelo laxo y compartimentalizado de asociación del último decenio. Debe aplicarse un modelo de coalición más político, más selectivo y mejor integrado en el que se aborden el comercio, la tecnología y la seguridad como ámbitos de la política estatal que se refuerzan mutuamente.

El modelo de poder tradicional de Europa se ha deteriorado porque el mundo que lo sostenía ha cambiado. Ahora bien, Europa sigue contando con los recursos económicos e institucionales necesarios para configurar el nuevo orden, siempre que esté dispuesta a reaprender el idioma del poder. Ese propósito implica reconocer los cuellos de botella como herramientas de influencia, aceptar que la aplicación de normas y condiciones es indispensable para la cooperación y crear coaliciones que puedan proteger de la coerción y ofrecer un camino tangible hacia la prosperidad económica, el desarrollo tecnológico y la descarbonización.

Para avanzar en esa dirección y sacar un provecho real de los cuellos de botella, es necesario reconocer que el control sobre ellos en las cadenas de valor mundiales no está en manos de la UE de por sí, sino de los Estados miembros individuales que la componen. Esa circunstancia deja patente la importancia vital de establecer mecanismos institucionales capaces de garantizar una coordinación eficaz entre los Estados miembros y facilitar el desarrollo de coaliciones coherentes con socios ajenos a la Unión.

Los países que más tienen que perder en caso de que el mundo se divida en esferas de influencia rígidas podrían ser también los mejor posicionados para construir una alternativa. En ese sentido, Europa podría erigirse como uno de los principales artífices de ese orden alternativo.