La transformación del orden de seguridad en Oriente Medio

Vista satelital del globo terráqueo centrada en Oriente Medio, con regiones vecinas visibles parcialmente y algunas nubes dispersas sobre la superficie. A la izquierda, la vista se enmarca por el entorno espacial.
Imagen satelital de Oriente Medio. Foto: Harvepino / Getty Images.

Mensajes clave

  • El orden de seguridad de Oriente Medio está sufriendo una profunda transformación. El viejo orden liberal encabezado por Estados Unidos (EEUU) y sus aliados, que estructuró la seguridad regional durante décadas, está perdiendo capacidad para proporcionar seguridad, gestionar crisis y mediar diplomáticamente.
  • Las alianzas se diversifican y se ensayan partenariados ad hoc distintos de los bloques tradicionales, en los que priman los intereses nacionales. Las relaciones de Israel e Irán con los países árabes, de EEUU y Pakistán con los países del Golfo, y de estos entre sí, evolucionan de forma acelerada bajo unas dinámicas en las que pierden peso las tradicionales variables ideológicas, religiosas y culturales.
  • Este análisis argumenta que todavía no ha surgido un nuevo orden, aunque emergen nuevas estructuras de colaboración entre actores regionales para asumir su gestión, mientras persisten la rivalidad y las diferencias de intereses y percepciones, el uso de la fuerza cruza líneas rojas y los procesos de distensión y normalización no acaban de consolidarse.

Análisis

Introducción

La arquitectura de seguridad de Oriente Medio se encuentra en un proceso de transición donde el viejo orden de seguridad está colapsando y el nuevo no acaba de llegar. No es la primera vez que se habla de un nuevo orden en Oriente Medio y, aunque su significado no es un unívoco, suele referirse a momentos optimistas de futuro para la zona, como la posterior a los acuerdos de Oslo, la caída de Sadam Hussein, la finalización de la guerra en el Líbano o la primavera árabe. La transición tampoco obedece a una hoja de ruta planificada, sino que evoluciona mediante sucesos relevantes entre los que destacan el ataque de Hamás de octubre de 2023, los contrataques de Israel contra Hamás, Hizbulah, Irán y Qatar, las operaciones militares de Israel y EEUU contra Irán de junio de 2025 y el plan para Gaza del presidente Donald Trump de septiembre de 2025, entre otros.

El derrumbamiento del orden liberal internacional basado en reglas y en instituciones multilaterales afecta al orden regional de Oriente Medio porque en los países y sociedades que hasta ahora comprometían fuerzas y recursos para mantener el orden anterior se ha erosionado la voluntad de seguir haciéndolo. La incertidumbre geopolítica alienta el retraimiento hacia los intereses nacionales y relega los compromisos de seguridad a lideres y períodos concretos, sin garantías de continuidad, lo que afecta a la credibilidad de las alianzas, incluso a las más resilientes como la de EEUU e Israel.[1] Del mismo modo, las cuestiones internas influyen cada vez más en las decisiones que toman los ejecutivos en política exterior y gobiernos como los de Turquía, Israel, Siria, Irán y Arabia Saudí se ven condicionados en su actuación regional por motivos de interés doméstico como la represión interna, la polarización social, la situación económica, las libertades o el apoyo social a causas como la palestina o la kurda.

A falta de organizaciones regionales de seguridad, el orden anterior favoreció el papel de EEUU como garante “indispensable” de la seguridad de sus aliados en la zona, principalmente Israel y algunos países árabes. La Liga de Estados Árabes y el Consejo de Cooperación del Golfo se resisten a proyectar su jurisdicción a la totalidad de Oriente Medio y sus miembros carecen de una visión compartida de orden regional. Los países que deberían encabezar la seguridad regional cooperan y compiten entre sí y con actores extrarregionales según sus intereses nacionales, postergando criterios de solidaridad geográfica, religiosa e ideológica.[2] Su capacidad económica los dota de un extraordinario poder blando, pero carecen del poder militar de las potencias regionales no árabes –Israel, Irán y Turquía– para imponer la estabilidad militar o prestar garantías de seguridad a sus vecinos árabes.[3] Y mientras se han multiplicado las mediaciones de Estados influyentes como Qatar, Egipto y Turquía para negociar acuerdos de alto el fuego entre Israel y Hamás, éstos no disponen de la capacidad necesaria para imponer el cumplimiento de los acuerdos.  

EEUU mantiene capacidades militares decisivas, pero su capacidad para conformar la seguridad regional de forma unilateral ha disminuido. Ha tomado decisiones controvertidas –transaccionales– como levantar las sanciones a Siria, apoyar las políticas del primer ministro Netanyahu sobre Gaza o atacar las instalaciones nucleares de Irán, pero en su reciente Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) deja bien claro que se acabaron los días en los que Oriente Medio dominó la política exterior de EEUU. El presidente Trump ha venido anticipando a sus interlocutores locales su deseo de que asuman la responsabilidad de su seguridad regional, al igual que ha venido haciendo con sus aliados europeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Unos meses después del traspaso de poderes, la Administración estadounidense actual considera que puede desentenderse porque el libre acceso a la energía está a salvo, confía en las vías abiertas para la resolución los conflictos locales y no desea empantanarse en guerras o en construcciones nacionales perpetuas. El retraimiento republicano hacia el America First y la prioridad geopolítica de Asia-Pacífico ponen punto –aunque quizá no sea final como se ha visto en Irán (operación Midnight Hammer)– a su papel como nación indispensable para la seguridad regional.

A la espera de nuevos liderazgos

Israel, junto a Turquía y los Estados del Golfo parecen los candidatos naturales para liderar la seguridad regional, aunque sus visiones e intereses divergen sustancialmente. Israel no puede reemplazar a EEUU como garante regional de seguridad porque carece de legitimidad para extender su seguridad a otros Estados, no dispone de la escala necesaria para gestionar la seguridad regional y la proyección de su poder militar depende del apoyo estadounidense. Sí que dispone de capacidad militar para disuadir, atacar y dominar la escalada bélica con cualquier actor estatal o no estatal, pero su superioridad militar ha postergado la normalización de sus relaciones con los países vecinos.

Israel, apoyado en su superioridad militar y en el apoyo estadounidense, mantiene abiertos todos los frentes simultáneamente, tanto en el ámbito interno de gobierno (procesamiento, conscripción, asentamientos, elecciones) como en su acción exterior (Gaza, Cisjordania, el Líbano, Siria, Irán y Yemen). Israel llevó a cabo más de 12.500 acciones militares en la región, de ellas cerca de 1.600 ataques aéreos y de artillería según Armed Conflict Location & Event Data (ACLED).[4] El gobierno de Netanyahu aprovecha la urgencia bélica para debilitar el control democrático del ejecutivo y contener la desafección social.[5] Al mismo tiempo, la estrategia de suprimir todas las amenazas estratégicas en la vecindad y modelar el orden regional por la fuerza si es necesario le resta apoyos regionales y extrarregionales y pone en cuestión su contribución al orden regional de seguridad.

Mientras no exista un orden de seguridad acordado, la posibilidad de que Israel desate una escalada militar o un cambio de régimen puede percibirse por los actores árabes como un riesgo mayor para la estabilidad regional que la coexistencia con un rival venido a menos. Esta percepción también se comparte por otros gobiernos europeos y occidentales debido a la falta de sensibilidad y visión política del gobierno de Israel respecto a las demandas de contención de sus socios tradicionales. La percepción sobre la hegemonía israelí también afecta a las poblaciones árabes que ejercen presión sobre sus gobiernos para que releven a Irán en la defensa de la estatalidad palestina.

Turquía es otro actor que ha pasado de una vocación mediadora-integradora en la región a otra con mayor autonomía estratégica, incluido el intervencionismo militar y la diplomacia coercitiva en la región. La autonomía se entiende hacia afuera, codeándose con potencias distintas de las occidentales, y hacia adentro, incentivando el apoyo popular.[6] Turquía ha mejorado sus relaciones con los países sunníes –Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto– desde que apoyara a Qatar en su enfrentamiento con ellos entre 2017 y 2021.

También reestableció diplomáticas plenas con Israel en 2022 hasta que las rompió en 2023 en protesta por los ataques israelíes sobre la Franja de Gaza. Comprometido a integrar el nuevo régimen sirio en la región, el gobierno turco se enfrenta ahora al riesgo de que Israel instrumentalice la cuestión kurda contra Siria y Turquía y que sus ataques sobre grupos proiraníes en Siria desestabilicen el nuevo gobierno.[7] Tanto Irak como Siria ofrecen oportunidades de expansión de Turquía en todos los ámbitos de influencia, aunque también le plantean problemas de seguridad en relación con la inmigración y el terrorismo. Aspira a ser un actor indispensable en el nuevo orden que emerja, ofreciéndose como mediador y estabilizador regional, por lo que tiene que oponerse a que Israel se convierta en la potencia hegemónica regional utilizando su poder militar.[8]

Irán ostentaba una credibilidad como potencia militar que se ha devaluado en pocos meses. A la normalización de las relaciones con los países árabes, incluida la de Arabia Saudí con mediación china en 2023, su colaboración con potencias extrarregionales en los BRICS y la Organización de Cooperación de Shangai, su resiliencia frente a las sanciones estadounidenses y su capacidad de disuasión asimétrica de su “eje de resistencia” sobre Israel, ha seguido un dominó de reveses militares al que se añade ahora una renovada agitación social por las pésimas condiciones de vida y libertad interna. Irán, que en el antiguo orden podía iniciar y mantener los enfrentamientos armados lejos de sus fronteras, ha sido incapaz de evitarlos dentro de ellas. La erosión de su capacidad hegemónica, por su debilidad militar –salvo que Irán culmine con éxito su programa de proliferación nuclear–, contrasta con el creciente liderazgo de Israel debido a su poder militar.  

La contención de Irán tras los ataques aéreos de Israel y EEUU de junio de 2025 muestran su debilidad para afrontar una escalada militar. Además, su retroceso también ha creado vacíos de poder en escenarios conflictivos como Irak y las fronteras de Turquía, que antes estaban bajo el control iraní o el de sus proxies regionales. A la pérdida de disuasión militar se añade ahora la inestabilidad económica. Las movilizaciones actuales contra el desgobierno económico, la inflación y la depreciación de la moneda se acumulan a movilizaciones previas por los derechos y libertades, especialmente los de las mujeres. Como descubrió el régimen sirio de los Assad, la represión alarga el ejercicio del poder, pero socaba su legitimidad y acaba acelerando su implosión, aunque a veces ayude la injerencia externa como el apoyo turco y catarí a los rebeldes sirios.

A falta de liderazgos solventes, parece difícil escalar desde los numerosos acuerdos bilaterales y minilaterales de seguridad existentes hacia agrupaciones de seguridad más maduras. Son acuerdos nacidos al amparo de procesos de normalización, como los de Israel y Emiratos Árabes Unidos bajo los Acuerdos de Abraham que han pasado de la normalización diplomática a la cooperación industrial y tecnológica en seguridad. En el mismo sentido la distensión entre Irán y Arabia Saudí ha incrementado la cooperación militar entre ambos países.[9] También los surgidos desde los partenariados estratégicos de EEUU con países regionales, como los grupos de trabajo para la integración de la defensa aérea y la seguridad marítima de los países del Golfo. Otros acuerdos de seguridad como el de Israel y Jordania se han mantenido en vigor a pesar de desencuentros ocasionales. La colaboración se manifiesta en ejercicios militares como los del Mando Central de EEUU y esos mismos países[10] o la de países como Grecia, Israel y Chipre.[11]

Los focos de conflicto armado

Oriente Medio preserva un alto número de conflictos abiertos, alguno de ellos de alta y extrema gravedad, según refleja la Figura 1. A pesar de ello, la economía regional se ha mostrado sorpresivamente resiliente durante 2025,[12] a lo que han ayudado las expectativas de paz. Estas expectativas pueden reducir esos niveles de violencia y, además, el terrorismo yihadista se ha desplazado masivamente a África, siendo residual en Yemen y Somalia.

El pragmatismo y la moderación del nuevo gobierno sirio le ha permitido aprovechar la caída de Bashar al-Assad para reducir los conflictos armados en el interior durante 2025, aunque no ha podido evitar el ajuste de cuentas contra la población alauita (Tartus, Hama, Homs, Latakia, en marzo) y los choques entre los grupos armados drusos y las milicias beduinas (As-Suwayda y Daraa). A la sucesión de atentados yihadistas contra iglesias cristianas (Damasco, en junio; Homs, en diciembre) y contra fuerzas sirias y estadounidenses (Palmyra, en diciembre) han seguido los ataques de EEUU e Israel. Continúa la ocupación turca e israelí de territorios próximos a sus fronteras, donde se suceden ataques militares esporádicos entre las fuerzas leales al gobierno de transición y las milicias kurdas (Fuerzas Democráticas Sirias) o entre las anteriores y el ejército turco con las milicias que apoya (Ejército Nacional Sirio). Israel trata de evitar la consolidación de un gobierno fuerte en Siria que ponga en riesgo su presencia en el norte del país, aunque reforzar la autonomía drusa y kurda choque frontalmente con los intereses de Arabia Saudí y Turquía, respectivamente.

Figura 1. Conflictos y violencia en Oriente Medio, 2025

Los ataques aéreos israelíes de julio contra instalaciones militares sirias en apoyo de los grupos armados drusos –o para consolidar una zona tampón hacia el sur– aumentan la posibilidad de que los enfrentamientos aislados degeneren en conflictos abiertos entre Turquía, Irán e Israel o que desestabilicen el gobierno de Ahmed al-Shara, una posibilidad que enfrenta al gobierno de Jerusalén con los de Washington y Riad. Si a Israel le preocupa que el apoyo turco favorezca la resurgencia de los grupos proiraníes, a Turquía le preocupa el apoyo israelí a las fuerzas kurdas sirias (Fuerzas Democráticas Sirias) y a todos los anteriores les preocupa el agravamiento de la cuestión kurda y que Siria acabe colapsando por su maltrecha economía o por los enfrentamientos sectarios.  

Los enfrentamientos armados con Israel han reducido significativamente la influencia regional del “eje de la resistencia” que lidera Irán. Su reducción no acaba con el riesgo de reactivación puntual, pero reduce el riesgo que una movilización simultanea de todos los proxies suponía para la estabilidad regional. La inferioridad militar de Hamás en Gaza, Hizbulah en el Líbano y la del propio Irán han debilitado –pero no erradicado– la amenaza estratégica que planeaba sobre Israel anteriormente. Ni Siria ni Irak han conseguido todavía integrar las milicias proiraníes locales (Fuerzas de Movilización Popular, Resistencia Islámica en Irak, Batallones de Hizbulah y las Fuerzas de Defensa Locales o Nacionales, respectivamente) bajo el control de sus Fuerzas Armadas. El proceso de integración y los ataques preventivos o de represalia de Israel y EEUU contra ellos han reducido sus ataques contra Israel y contra tropas estadounidenses en la región.  

Algo similar esperan Israel y Arabia Saudí que ocurra en el Líbano con Hizbulah para disminuir su amenaza latente sobre los Altos del Golán y Yemen, respectivamente, pero ni el gobierno libanés ni sus Fuerzas Armadas pueden imponerse a las milicias proiraníes, con lo que se alarga la presencia internacional de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) y aumenta el riesgo de que Israel vuelva a atacar sus infraestructuras. El gobierno libanés no es capaz de recuperar el control del monopolio de la fuerza a pesar de las horas bajas que atraviesa Hizbulah en lo militar, lo económico y lo político, lo que dificulta avanzar en el desarme de las milicias en un año de elecciones como el de 2026.

Los huzí yemenís (Ansar Allah) son los versos sueltos del “eje de resistencia”. Han enviado a Israel más de 400 drones y cohetes, una cantidad similar a la que han empleado para interrumpir la navegación en el mar Rojo. Aquí EEUU e Israel coinciden en emplear la fuerza para proteger la libertad de navegación, pero difieren en usarla si conlleva el riesgo de una escalada militar. El primero no tuvo reparos en acordar un alto el fuego para proteger sus barcos en mayo de 2025, pero el acuerdo no incluía la interrupción de los ataques sobre territorio israelí o sobre los buques que transportan el 30% del comercio marítimo israelí. Arabia Saudí preserva su tregua con los huzí de Yemen y no participa en las misiones internacionales de seguridad marítima para garantizar la libertad de navegación en el mar Rojo como la operación Aspides de la Unión Europea (UE). Entre los ataques y la tregua mencionados, los ataques huzí se redujeron el 84% en 2025.

Los conflictos que se deberían evitar

La posibilidad de nuevos ataques contra la infraestructura nuclear de Irán constituye un riesgo serio para la región, pero es aún mayor el riesgo que corre si se implanta en ella la proliferación nuclear. Irán se ha mostrado resiliente a las presiones internacionales para interrumpir sus programas nucleares y de misiles y los ataques, junto con la exigencia de desmantelar su influencia en el “eje de resistencia”, disminuyen las expectativas de que retorne al Plan Integral de Acción Conjunto del que China y Rusia son parte. Los ataques contra las instalaciones nucleares de Irán retrasaron su materialización a corto plazo, pero abrieron una ventana de oportunidad para la proliferación nuclear en el Golfo. Dado que la mera disponibilidad de instalaciones, capacidades tecnológicas e industriales (latencia nuclear) de Irán no bastó para disuadir a Israel y EEUU de un ataque, la conclusión para los países del Golfo sería que lo importante para la disuasión no es tanto lo cerca que se esté de poder producir armas nucleares sino el disponer de ellas cuanto antes.

Esta perspectiva, si no se desactiva mediante vías diplomáticas o por la fuerza, puede conducir a que las potencias regionales se vean tentadas a desarrollar programas para alcanzar la latencia nuclear, primero, y a la posesión de armas nucleares después. Para lo primero pueden desarrollar programas de capacitación dual, civil y militar, dentro del régimen del Tratado de No Proliferación Nuclear.  Para lo segundo, pueden actuar al margen del régimen de no-proliferación, como han hecho Israel, la India y Pakistán. En este sentido, es de resaltar el oportunista acercamiento de Pakistán a Qatar, aprovechando el ataque israelí de septiembre, y la firma del Acuerdo Estratégico de Defensa Mutua con Arabia Saudí de octubre. No está claro qué significado real tienen términos como la “disuasión conjunta” o “cualquier agresión”, del Acuerdo, ni el alcance de los tratados bilaterales de defensa que Pakistán mantiene con todos los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, pero todos consolidan el valor disuasorio que Pakistán aporta al bloque árabe frente a Israel e Irán.

El segundo conflicto a evitar sería el derivado de un fracaso en Gaza. A las dificultades diplomáticas y políticas que esperan al Consejo de Paz y al Comité Tecnocrático para supervisar y reconstruir la gobernanza de la Franja, se añade la dificultad de generar una Fuerza Internacional de Estabilización adecuada al mandato que se deduzca de la Resolución 2803(2025) del Consejo de Seguridad. La dificultad procede de la complejidad de una misión en la que se superponen las tareas de mantenimiento de la paz, la estabilización, la imposición y la reconstrucción y, además, hacerlo en un entorno hostil y urbano bajo el control de Hamás a cuyas fuerzas hay que desarmar y desmilitarizar. Ningún país ha comprometido tropas por ahora y esperarán a ver cuál es el concepto de la operación y sus términos de referencia. La participación bajo mando de EEUU es un aliciente, pero eso no ha impedido fracasos en operaciones menos complejas en el pasado. Un planeamiento cuidadoso y una generación de fuerzas exigente demorarán la presencia mucho más allá de principios de 2026 como está previsto.

Finalmente, los conflictos anteriores han restado protagonismo a los de Sudán y Somalia. La desatención extrarregional coincide con la división interna entre los actores regionales. En lugar de apoyar el proceso de transición civil, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos optaron por apoyar a las Fuerzas Armadas Sudanesas, mientras que Qatar apoya a los islamistas de las Fuerzas de Apoyo Rápido. Ambos grupos mantienen un enfrentamiento armado desde abril de 2023 por el control del poder y de los recursos del país, lo que ha generado una catástrofe humanitaria en Sudán.[13] En Somalia, persiste el enfrentamiento armado entre el Ejército Nacional de Somalia y la insurgencia yihadista de al-Shabaab y Estado Islámico y el de los clanes tribales, sin que las misiones de seguridad de la Unión Africana –ATMIS y AUSSOM– consigan mitigar la amenaza. También continúa la confrontación política entre el Gobierno Federal y los gobiernos federados. El apoyo etíope a la independencia de Somalilandia en enero de 2024 se atemperó mediante la mediación turca del Acuerdo de Ankara pero la tensión secesionista persiste. El alineamiento prooccidental de las autoridades aspira a propiciar su reconocimiento internacional o, al menos, acuerdos puntuales con países como Israel aprovechando su ubicación estratégica.

Conclusiones

Los cambios y las tendencias de cambio apuntan a la transformación del orden regional de seguridad conocido hasta 2023. A la espera de un nuevo orden, algunos actores extrarregionales están perdiendo capacidad de influencia mientras que otros regionales, solos o en colaboración, tendrán que conducir la transformación en curso hasta articular una arquitectura alternativa de seguridad.

Bajo la capa de conflictos abiertos o latentes existe un sustrato de diseños de cooperación en defensa y seguridad que deberían adquirir escala y madurez. Al igual que han progresado esquemas regionales de cooperación diplomática, económica y energética a pesar de los conflictos, los actores regionales deberían esforzarse en reforzar la arquitectura de seguridad regional. Se tendrán que ocupar ellos mismos de la prevención y gestión de los conflictos porque los actores extrarregionales y multilaterales aportarán cada vez menos al orden de seguridad de Oriente Medio.


[1] Benny Miller, “The New World Order: Implications for Israel”, INSS Insight n. 2076, 30/X/2025.

[2] Máté Szalai, “The GCC between competition and coordination amid regional instability”, Cligendael, CRU Report, enero 2025.

[3] Kristian Diwan, “Países árabes del Golfo, alineamientos regionales y el futuro de Oriente Medio”, en El cambiante orden regional de Oriente Medio, Afkar Ideas 74, primavera 2025.

[4] La variación respecto a 2024 aumentó en Irán (2.269%), Yemen (140%) y Cisjordania (74%), y disminuyó en el Líbano (-85%), Siria (-34%) y Gaza (-29%).

[5] Muriel Asseburg y Peter Lintl (2025), “Israel’s Radical Government”, SWP Comment, 18/IV/2025.

[6] Mustafa Kutlay y Ziya Óniç (2021), “Turkish foreign policy in a post-western order: strategic autonomy or new forms of dependence”, International Affairs 97(4).

[7] Carmen Rodríguez (2025), “Turquía ante la guerra en Gaza y el cambio de régimen de Siria”, en El cambiante orden regional de Oriente Medio, Afkar Ideas 74, 2025.

[8] Asli Aydintaçbaç (2025), “Axis of unease: Why Europeans should try to manage a Turkey-Israel rivalry”, ECFR Commentary, 25/VI/2025.

[9] Giorgio Cafero (2024), “Security Dimensions of the Saudi-Iranian Détente”, Arab Center Washington, 21/XI/2024.

[10] Maged L. Benjamin-Elias (2025), “Strengthening Regional Defense Cooperation”, USCENTCOM news, 10/II/2025.

[11] Reuters (2025), “Greece, Israel and Cyprus to step up joint exercises in eastern Mediterranean”, 29/XII/2025.

[12] Fondo Monetario Internacional (2025), “Middle East and Central Asia”, Regional Economic Outlook, octubre, p.2.

[13] Jonas Horner (2025), “The falcons and the Secretary bird: Arab Gulf States in Sudan’s war”, EFCR Policy Brief, 30/VII/2025.