De diluvio a tsunami: escenario y repercusiones de la última guerra entre Hamás e Israel

Fuerzas de Defensa de Israel durante la protección de civiles el 10 de mayo de 2021, cuando Hamás y la Jihad Islámica Palestina (JIP) lanzaron desde la Franja de Gaza una andanada de cohetes hacia Jerusalén.

Fuerzas de Defensa de Israel durante la protección de civiles el 10 de mayo de 2021, cuando Hamás y la Jihad Islámica Palestina lanzaron desde la Franja de Gaza una andanada de cohetes hacia Jerusalén. Foto: Fuerzas de Defensa de Israel (CC BY-NC 2.0).

Tema

Análisis de las causas y repercusiones de la última guerra entre Hamás e Israel.

Resumen

El presente artículo analiza tanto el contexto geopolítico como las motivaciones y repercusiones que puede acarrear el último conflicto bélico que ha estallado entre Hamás e Israel, en el que existe el riesgo de una peligrosa escalada en una región ya de por sí volátil y marcada por la rivalidad entre grandes potencias.

Análisis 

1) De diluvio a tsunami: escenario y repercusiones de la última guerra entre Hamás e Israel

Las cifras no hablan por sí solas. En el momento en que escribo, el balance de la guerra iniciada por Hamás tras infiltrarse en los territorios y poblaciones israelíes adyacentes a la Franja de Gaza el pasado sábado 7 de octubre es de 600 israelíes muertos, más de 2.200 heridos; 413 palestinos muertos, 2.200 palestinos heridos; 2.200 cohetes lanzados desde la Franja y un número aún por determinar de secuestrados y desaparecidos. Decía que las cifras no hablan por sí solas porque para que las cifras expresen algo más que la magnitud de la consternación y de la sorpresa deben ir acompañadas de un porqué, de un cómo y de un para qué. El objetivo del presente análisis es dar respuesta a estos interrogantes e intentar hacer algo de prospección en los escenarios que se nos presentan en el futuro Oriente Próximo.

2) ¿Por qué?

Establecer el elenco de los porqués nos obliga a abrir una cadena de causalidades que se retrotraen décadas atrás, hasta llegar al fallido proceso de paz, pero que parecen converger en la dinámica de normalización de relaciones entre Israel y algunos países árabes iniciada en septiembre de 2020 y que se conoce como los Acuerdos de Abraham, a los que Hamás se opone vehementemente. Los acuerdos han supuesto la apertura, por primera vez desde la creación de Israel, de relaciones oficiales de carácter diplomático, económico, militar y civil con Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán. La entrada de Arabia Saudí en los acuerdos y los avances en las conversaciones negociadas en los últimos meses y que esperaban concluir a finales de año han acelerado, sin duda, la elección del momento, poniendo de relieve que el actor rival que le disputa la hegemonía que Arabia Saudí intenta proyectar sobre la región, la República Islámica de Irán, es al que debemos mirar para encontrar el segundo de los porqués

Las razones de Irán para encabezar la bandera de la oposición a los acuerdos son dobles. Por un lado, los saudíes han reclamado como condición para sentarse a negociar con Israel concesiones por parte de Estados Unidos (EEUU) en materia de seguridad (acuerdo de defensa mutua), energía nuclear (civil) y el levantamiento de las restricciones para la venta de armas al reino saudí (incluyendo el codiciado F-35). Por parte de Israel, los saudíes han condicionado su entrada en los acuerdos a avances en las reclamaciones palestinas para concluir un estatus final que les garantice un Estado propio y, a pesar de que se ha cuestionado el compromiso del príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, con el pueblo palestino, lo cierto es que en una encuesta reciente, tan sólo el 2% de los jóvenes árabes de la región eran partidarios de normalizar las relaciones con Israel y a Arabia Saudí, en su intento de presentarse como líder regional, la opinión pública le importa. Ambas cuestiones, tanto el incremento de la disuasión saudí como su liderazgo en la diplomacia de la paz, resultan contrarias a los intereses de la república islámica, que disputa el liderazgo e influencia en la región. Y aquí es donde primeramente encontramos la convergencia de intereses entre Hamás e Irán, el Estado que ha esponsorizado y ayudado a planificar el ataque masivo a Israel.

La Autoridad Palestina de al-Fatah, principal rival de Hamás en la disputa por la representación del pueblo palestino desde que en el 2007 se hizo con el control en la Franja de Gaza, había  presentado a través de su negociador, Hussein al-Sheikh, hace poco más de un mes, un documento con seis puntos donde esgrimían sus peticiones a las autoridades saudíes para la conclusión de un acuerdo con Israel. Entre esas peticiones se encontraban gestos representativos de carácter político-diplomático, como la reapertura de los consulados estadounidense y saudí en Jerusalén, el reconocimiento de Palestina como Estado en la Organización de Naciones Unidas (ONU) y otras más sensibles para Israel, como el cambio de estatus de territorios en Cisjordania considerados como parte de la zona C (bajo el control absoluto de Israel) a zona B (territorios bajo control civil palestino, pero con la seguridad controlada por Israel). Además de ello, al-Fatah solicitaba el retorno de la financiación saudí a la Autoridad Palestina. Y esto no es un punto menor. En unos territorios donde la supervivencia económica depende de donaciones de Estados situados a ambas orillas del golfo Pérsico, sería contrario a los intereses de Hamás, tanto que la Autoridad Palestina saliera favorecida económicamente de los acuerdos como que se beneficiara del rédito político de condicionar la normalización de las relaciones a la reapertura de las negociaciones territoriales con Israel. Irán no quiere que Arabia Saudí pueda convertirse en una potencia regional con capacidad de disuasión e influencia política y Hamás no desea reabrir un proceso de paz que pueda disputarle su liderazgo y que acabe destruyendo su propia razón de ser: enarbolar la lucha armada frente a Israel hasta hacerlo desaparecer.

La incorporación de Hizbulah, el gran brazo armado de Irán en la región, al tablero de la guerra, debe leerse asimismo en esta convergencia de intereses por desestabilizar la situación e impedir el alcance de cualquier acuerdo. Ello explica que el líder de Hizbulah, Hassan Nasrallah, declarara el mismo día de los ataques que la operación de Hamás era un claro mensaje de advertencia al mundo árabe y a aquellos partidarios de la normalización. El encuentro secreto mantenido en la embajada iraní en Beirut el pasado mes de abril que recogió el Wall Street Journal y en el que se informaba de un acuerdo secreto celebrado entre el jefe de la Fuerza Quds (Cuerpos de élite de la Guardia Revolucionaria Islámica), general Esmail Qaani, y los líderes de Hizbulah, Hamás y Yihad Islámica, son un indicio de que Irán estaba instigando a sus aliados a perpetrar una ola de nuevos ataques coordinados contra Israel. Incluso ya existen especulaciones que indican que Esmail Qaani se encuentra en el sur del Líbano dirigiendo las operaciones contra Israel.

El segundo de los porqués que explican el ataque masivo de Hamás en este preciso momento tiene que ver con las ventajas estratégicas que la actual fractura de la sociedad israelí presentaba para Hamás. El levantamiento civil contra el gobierno de Netanyahu que desde el pasado mes de enero ha movilizado a buena parte de la sociedad israelí opuesta a las reformas antidemocráticas y antiliberales encaminadas a alterar el equilibrio de poderes en favor del Ejecutivo, ha encendido a buena parte de la comunidad de defensa y de inteligencia en Israel. Especial protagonismo ha tenido un movimiento encabezado por los reservistas de “Hermanos y hermanas en armas”, que había amenazado con no cumplir con su deber si eran movilizados para apagar los incendios que este gobierno de extremistas religiosos ultranacionalistas estaba provocando en Cisjordania. La grieta abierta en la otrora unida “nación en armas” ha sido aprovechada por Hamás para lanzar su ataque frente a un Israel dividido y gobernado por una coalición débil de ultranacionalistas radicales que, al igual que Hamás, son contrarios a cualquier concesión territorial que señale el camino hacia la paz, curiosamente basándose en los mismos presupuestos míticos: que la tierra es sagrada e indivisible y que tiene un único dueño legítimo.

3) ¿Cómo?

Decía Friedrich Nietzsche que “aquél que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Y en el ámbito de los cómo, el efecto táctico de la sorpresa del ataque de Hamás, su modus operandi y la carga simbólica del momento elegido son reseñables y apuntalan su porqué.

En un conflicto como el árabe-israelí, trufado de símbolos de liberación, autodeterminación, sacralización del derecho a la tierra o la elevación de la guerra a la categoría de santa y sus perpetradores a la de mártires, la elección del 50 aniversario de la Guerra de 1973, conocida popularmente como Guerra del Yom Kipur o Guerra del Ramadán, aludiendo a las festividades religiosas que se estaban celebrando en ese momento, están relacionadas con el intento de un movimiento religioso islamista de consolidar su legitimidad y su narrativa libertadora por medio de una victoria cargada de símbolos religiosos. El día elegido para el ataque, además de conmemorarse los 50 años y un día de esa guerra que pilló por sorpresa a Israel y cuyo final nunca ha considerado como una victoria plena (por el número de pérdidas humanas), coincidía, irónicamente, con la celebración del último día de la fiesta de Sucot, el día de la “alegría de la Torá”. Frente a esa alegría sobrepusieron la operación Al-Aqsa, recordando a todos los musulmanes su deber de defender el tercer lugar más santo para el islam y renovando su compromiso de no cesar hasta expulsar a los usurpadores de Dar al-Islam.

El despliegue en una operación conjunta sin precedentes y perfectamente coordinada por tierra, mar y aire implica un nivel de sofisticación en las comunicaciones, en el ámbito operacional y en el financiero que, como ya hemos apuntado, Hamás no habría podido conseguir sin el respaldo financiero y táctico de Irán.

La llamada a la rebelión de los árabes israelíes, de los palestinos de Cisjordania y de los Estados vecinos de Israel (léase Líbano y Siria, pero también se han añadido Irak y Yemen, todos ellos con milicias apoyadas por Irán), es un recordatorio de que el daño podría ser mayor si Hizbulah, el mejor ejército de cuantos bordean a Israel y principal peón de Irán en la región, decidiera entrar en guerra. Los recientes ataques perpetrados por Hizbulah en la frontera con Líbano han obligado a Israel a abrir un frente preventivo en el norte, que podría extenderse con su armada hacia las aguas territoriales, donde sus pozos de gas ya han sufrido algún ataque por parte de la organización islamista. En el sur del país, donde los milicianos islamistas han tomado rehenes en los kibutz y pequeñas poblaciones cercanas a Gaza, Sderot o Ashkelon, la táctica israelí parece dirigirse hacia una política de tierra quemada, lo que obligará a desplazar a las poblaciones israelíes de esas áreas. Por otro lado, la respuesta que está dando Israel en la Franja de Gaza, con ataques aéreos dirigidos contra infraestructuras de Hamás en la zona con mayor densidad de población del mundo, están causando la destrucción de viviendas, infraestructuras y vidas de cientos de civiles palestinos. Se avecinan días duros y en los que sin duda habrá que aplicar la contención para evitar un mayor desastre humanitario. La guerra se prevé larga y la entrada de EEUU en el tablero, tras el anuncio de Joe Biden junto con el secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin, de ofrecer su apoyo incondicional a Israel y del envío del grupo de portaviones USS Gerald R. Ford junto con munición y equipamiento adicionales, dan cuenta de las dimensiones de la operación que Israel está preparando en la Franja de Gaza. De cuán efectiva sea, dependerá la consecución del objetivo de acabar con el poder de Hamás en la Franja; y de cuán cruenta sea, dependerá la magnitud del incendio que la operación desate en la región.

4) ¿Para qué?

Finalmente llegamos al ámbito de los para qué, que es la pregunta que apela al sentido último de una acción y es aquí donde la situación ofrece más margen para el análisis y la interpretación. El primer para qué debemos mirarlo desde la óptica de Hamás, que se beneficia de este ataque porque intenta monopolizar la representación del pueblo palestino y con ella afianzar su carácter de actor político en una región en la que las viejas alianzas se están recalibrando al tiempo que llegan nuevos actores como Rusia o China, que desean sacar ventaja de este nuevo equilibrio. La estrategia de muchos en Israel, y particularmente del primer ministro Netanyahu, ha sido la de imponer la paz como un hecho consumado en la región, al que se adhiere la causa palestina como un post-it en un tablón de anuncios. Hamás no quiere la paz en estos momentos y por ello quería evitar una situación similar a la de Camp David en el 2000, en la que los palestinos se sintieron los convidados de piedra y siempre percibieron como una oferta ya pactada entre EEUU e Israel y frente a la cual se esperaba que firmaran y asintieran.

El segundo de los para qué tiene que ver con las visiones antagónicas que existen en un sistema de relaciones regionales penetrado por grandes potencias ajenas a la región. Algunos académicos han afirmado en muchas ocasiones que Oriente Medio era una región sin regionalismo, es decir, una región sin visión política de región, en la que prevalecían los intereses nacionales sobre otros intentos de superar las divisiones internas, como la Liga Árabe o el Consejo de Cooperación del Golfo, y que, por ello, estas tentativas de organizar la cooperación estaban destinadas al fracaso. Lo que Irán está ofreciendo a través de Hamás, Hizbolah y otros delegados es su propia versión de regionalismo frente a la rival que podría encabezar Arabia Saudí si entrara en la política de alianzas iniciadas con los Acuerdos de Abraham y que suponen, por otro lado, la renuncia a la iniciativa de paz árabe liderada por la propia Arabia Saudí y presentada en el 2002 como alternativa a los difuntos Acuerdos de paz de Oslo. La disyuntiva frente a este nuevo regionalismo con EEUU como garante es un regionalismo con un Irán nuclear como garante de la independencia regional.

Por último, la espectacularidad del ataque, el terror provocado en la población civil israelí y la extensa difusión de las imágenes de los ataques en redes sociales y otros medios demuestra que la operación es un claro acto de propaganda, dirigido a producir no un diluvio, como ellos mismos han llamado simbólicamente a la operación, sino un tsunami similar al que supuso la destrucción de las Torres Gemelas en el 2001.

Evidentemente, huelga decir que la continuada ocupación militar israelí de los territorios palestinos y el sometimiento de sus poblaciones a las políticas de control de movimiento, suministros o medios de vida, aportan, desde el punto de vista de sus víctimas, el mayor sentido a cualquier acción de resistencia que se efectúe. Lo cual no justifica los medios. La pregunta es si el impacto en ambas sociedades y la dimensión del ataque compelerán a ambas partes a reflexionar sobre una estrategia a largo plazo que garantice la seguridad a los ciudadanos israelíes y devuelva la dignidad a los palestinos, ofreciendo con ello un sentido a las muertes que la guerra va a generar. Todo conflicto armado presenta limitaciones muy serias al diálogo, pero su repercusión sobre las conciencias también genera ventanas de oportunidad para la paz. Si la señal del final del diluvio fue para Noé una paloma que llevaba en el pico una rama de olivo como símbolo de la paz, el final de este tsunami tal vez traiga una esperanza similar, aunque antes haya que limpiar el lodo del dolor y la destrucción que la guerra va a causar, así como depurar sus responsabilidades. 

Conclusiones

La guerra iniciada por Hamás el pasado sábado 7 de octubre ha conseguido el objetivo efectista que buscaba, tomando por sorpresa tanto a Israel como al resto de sus aliados. El terror que ha causado buscaba sin duda una respuesta contundente de Israel, a fin de romper el marco negociador iniciado con los Acuerdos de Abraham en septiembre del 2020 y provocar el realineamiento de fuerzas, en un contexto por la disputa de la hegemonía en la región entre los liderazgos de Arabia Saudí e Irán.