El nuevo escenario político israelí

El nuevo escenario político israelí

Tema: El pasado 28 de de marzo de 2006 se celebraron en Israel las elecciones a la decimoséptima Knesset o Parlamento israelí. Estos comicios supusieron los primeros para una formación, Kadima, que finalmente ganó la contienda electoral.

Resumen: Las últimas elecciones al Parlamento israelí han supuesto la entrada en el mismo de dos nuevas formaciones. De una parte Kadima, ganadora de estos comicios, y de otra El Partido de los Pensionistas, auténtica sorpresa en las elecciones. La gran perdedora de los comicios ha sido el Likud que, tras su escisión ha perdido más de la mitad de sus parlamentarios. Las demás fuerzas políticas han mantenido sus resultados, en una contienda electoral que ha tenido la participación más baja de la historia de Israel. Tras la formación de un nuevo gabinete presidido por Ehud Olmert, el nuevo ejecutivo ha de enfrentarse a nuevos desafíos internos y externos.

Análisis

Los antecedentes de las elecciones

Aunque según el calendario los comicios electorales no tocaban hasta el año 2007, la inestabilidad política de Israel hizo que una vez más no se agotara la legislatura. Las anteriores elecciones se celebraron en enero de 2003 y las ganó la formación de derechas Likud, con Ariel Sharon al frente. El Gobierno que éste conformó estuvo compuesto por partidos de muy diversas tendencias. Además del Likud, compusieron este trigésimo gabinete el Shinui (liberales laicos) y el Partido Nacional Religioso. Este ejecutivo comenzó a desvanecerse cuando los liberales del Shinui, liderados por Tommy Lapid, dejaron el Gobierno a finales de 2004 por la política de Sharon a favor de los partidos religiosos. Esta situación hizo que el primer ministro invitara a los laboristas, liderados por Simon Peres, a tomar parte en un gobierno de unidad nacional. El objetivo de este nuevo ejecutivo conformado a principios de 2005 fue llevar a cabo el plan de desconexión de Gaza: la evacuación total de la población judía –6.500 colonos– de dicho territorio, ocupado por Israel en junio de 1967 durante la guerra de los seis días. El plan fue aprobado en el Parlamento israelí gracias al apoyo en unos casos y la abstención en otros de parte del Gobierno y, sobre todo, de la oposición. Parte del Likud, formación en la que todavía estaba Sharon, votó en contra de dicho plan. Pero la denominada desconexión de Gaza se llevó a cabo a finales de agosto de 2005. La primera consecuencia de esta actuación fue el abandono del gabinete del Partido Nacional Religioso, y de parte de los miembros del Likud que, liderados por Benjamín Netanyahu y por Silvam Shalom, ministros de Finanzas y Exteriores respectivamente, estaban en contra del plan. Pero Sharon, consciente de que la mayor parte de la población israelí estaba a favor del abandono unilateral de Gaza, siguió en el Gobierno a pesar del deterioro que se había producido en el seno del Likud. A mediados de noviembre de 2005 los laboristas, socios de Gobierno de Sharon, celebraron primarias. Fueron dos los candidatos que se presentaron a la jefatura del partido: el veterano político askenazi Simon Peres, viceprimer ministro del gabinete Sharon, y Amir Peretz, un judío sefardí líder del histórico sindicato Histadrut, próximo al Partido Laborista. Por un escaso margen de votos ganó el segundo, Amir Peretz, convirtiéndose así en el primer sefardí en liderar esta formación de izquierdas desde su creación en 1919. La primera decisión del nuevo dirigente del Partido Laborista fue abandonar el ejecutivo Sharon. Esta situación, unida a las diferencias ya insalvables que había en el seno del Likud entre los partidarios de Sharon y los de Netanyahu, hizo que el primero disolviera el Gobierno y convocara elecciones anticipadas para el 28 de marzo de 2006.

El nacimiento de Kadima y las elecciones

Tan pronto como se convocaron estas elecciones, 15 de los 38 diputados del Likud liderados por Ariel Sharon, conformaron un grupo parlamentario propio llamado Responsabilidad Nacional. Días más tarde, era el propio Sharon quien anunciaba la formación de un nuevo partido político de centro llamado Kadima, al que poco después se adhirió el ex laborista Peres. Las encuestas fueron desde el principio favorables para la nueva formación liderada por Sharon. Algunos de estos sondeos le otorgaron casi medio centenar de escaños, resultados comparables a los que el MAPAI –antiguo Partido Laborista– obtuvo en las primeras citas electorales cuando estuvo liderado por David Ben Gurion. Pero un hecho fatídico truncó las expectativas de esta formación y sobre todo las de su líder, el carismático Ariel Sharon. A principios del mes de enero de 2006, el veterano dirigente israelí sufría un hemorragia cerebral que le dejaba en coma y lo retiraba definitivamente de la vida política. Su sustituto, tanto como primer ministro en funciones como líder de Kadima, fue Ehud Olmert, antiguo alcalde de Jerusalén y aliado fiel de Sharon en varios ministerios. En este contexto se celebraron las elecciones en Israel tal y como estaba previsto, el 28 de marzo de 2006. Los resultados, aunque dieron la victoria a Kadima, se alejaron mucho de las previsiones que las encuestas le habían otorgado a esta formación en tiempos de Sharon.

Una lectura de los resultados electorales

En estas elecciones votaron un total de 3.186.739 personas, sobre un censo de 5.014.622 votantes. Hubo un participación electoral de un 63,5%, la más baja en la historia del país, si exceptuamos las elecciones de 2001 que fueron sólo a primer ministro. El sistema electoral israelí es proporcional y para estas elecciones sólo era necesario obtener el 2% de los votos para conseguir un escaño, medio punto más que en las anteriores elecciones. Esta realidad hace del sistema parlamentario israelí un verdadero mosaico en el que las formaciones minoritarias son fundamentales para conformar un gobierno de mayoría estable. En estos comicios consiguieron representación parlamentaria 12 de las 31 formaciones que se presentaron.

Un análisis de los resultados de estos comicios nos demuestra que la única formación que realmente ganó fue el Partido de los Pensionistas (GIL). Este partido pasó de no tener representación parlamentaria a conseguir siete escaños. El éxito del GIL se explica por dos razones fundamentales. La primera, de neto carácter socioeconómico, estaría relacionada con el proceso de estrechamiento del Estado del bienestar que se está produciendo en Israel, resultado de la crisis económica que atraviesa este país desde la segunda Intifada. Así, a la caída de los ingresos del turismo producto de un estado de beligerancia constante, hay que añadirle el gasto que en materia de seguridad y defensa ha de asumir el país. Esta realidad llevó al gabinete Sharon a implantar severas políticas de reducción de gasto público que han repercutido muy directamente en una de las capas más dependientes de cualquier sociedad moderna, como es la de los pensionistas. La segunda razón que explicaría el éxito del GIL tendría que ver con la recepción de un gran número de votos provenientes de población joven y descontenta con la clase política tradicional, y que vería en estos “abuelos” una forma de canalizar el voto protesta.

Por su parte, aunque ha ganado las elecciones, Kadima no obtiene los resultados que le vaticinaban con Sharon, lo que resta capacidad a esta formación y sobre todo a su líder, Ehud Olmert. La formación ultranacionalista Yisrael Beitenu, que recibe un gran número de votos de la población judía originaria de la antigua URSS, también gana representación. Los laboristas de Peretz aguantan el tirón, manteniendo escaños, y su líder afronta la responsabilidad de entrar en un Gobierno al mando de una cartera tan sensible como es la Defensa.

Las formaciones perdedoras son tres. La primera, los liberales de Shinui, que de 15 escaños pasan a desaparecer de la escena política israelí. Sin duda, las desavenencias internas, el abandono de la política por parte de su líder Tommy Lapid y la aparición de Kadima han llevado a esta organización a la desaparición. El otro gran perdedor es el Likud y sobre todo su líder Benjamín Netanyahu. Esta formación pierde nada más y nada menos que 27 escaños. Ha sufrido una fuga generalizada de votos, sobre todo a Kadima pero también a Yisrael Beitenu. Por último, otra formación que pierde escaños elección tras elección, esta vez uno, es el izquierdista Meretz de Yossi Beillin. Las demás formaciones, como el Partido Nacional Religioso o las listas árabes, se mantienen. O, como en el caso del Shas (partido religioso sefardí) y la Unión Judía por la Torah (partido ortodoxo askenazi), ganan un escaño.

La formación de un nuevo Gobierno y sus desafíos

La composición del nuevo Parlamento israelí hacía imposible uno de los objetivos de Sharon, y posteriormente de Olmert: crear un ejecutivo con pocos partidos y cohesionado, que le posibilitara llevar a cabo una política de establecimiento de fronteras definitivas sin que le produjera ninguna quiebra parlamentaria. Un mes después de las elecciones se firmaba un acuerdo entre Kadima y el Partido Laborista para la formación de un nuevo Gobierno, el trigésimoprimero en la decimoséptima Knesset. La suma de representantes de estos dos partidos daba 48, número insuficiente ya que la mayoría parlamentaria está en 120 escaños. Para completar un gabinete con mayoría absoluta en la Knesset, Olmert fue llegando a acuerdos con otras dos formaciones políticas más. Una de carácter religioso, el Shas, y otra laica, el Partido de los Pensionistas. Así, este gabinete se ha constituido con un apoyo parlamentario de 67 escaños y un total de 25 ministerios, aunque muchos de ellos sin cartera. Finalmente, y por el momento, los ortodoxos de la Unión Judía de la Torah no entraron en el gabinete por disensos internos.

Tras la formación del nuevo Gobierno son cuatro los desafíos que debe afrontar el ejecutivo Olmert, como así lo apuntó en su comparecencia en la Knesset el pasado 4 de mayo. El primero tiene que ver con el conflicto palestino-israelí. En medio de un claro enfrentamiento entre el ejecutivo liderado por Hamás y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) presidida por Abu Mazenla intención de Olmert y su gabinete es negociar con la ANP y fijar de manera definitiva las fronteras de Israel. Para lograr este objetivo el gabinete Olmert quiere llevar a cabo el que ha denominado “plan de convergencia”. Es decir, la evacuación en un plazo máximo de dos años de decenas de miles de colonos judíos ubicados en el West Bank, a otros asentamientos situados en la frontera anterior a la guerra de 1967. No obstante, y para que dicho plan salga adelante en el parlamento israelí, Olmert tendrá que buscar apoyos en otros grupos políticos que no están en el Gobierno, ya que uno de sus socios, el Shas, ha dicho que no lo apoyará. En este sentido, es de prever que algunos grupos de la oposición como Meretz o las listas árabes (Lista Árabe Unida, Balad y Hadash), respalden este plan siempre y cuando sea producto de una negociación con la ANP. Pero Ehud Olmert, consciente de la dificultad actual de llevar a cabo este plan mediante un acuerdo con los palestinos, estaría dispuesto a realizar una retirada unilateral de Cisjordania, al igual que hizo Sharon en Gaza. Esta decisión provocará protestas de los sectores más ultranacionalistas de la sociedad israelí, cuyos representantes están en la oposición. Pero no sólo eso, una retirada unilateral de Cisjordania no será tan “fácil” como la anterior por varios motivos: (a) porque no tendrá el apoyo de la comunidad internacional, especialmente del cuarteto (Unión Europea, ONU, Rusia y Estados Unidos); (b) porque en el caso de Cisjordania la cuestión territorial no está tan clara por ambas partes como en Gaza, es decir, una retirada israelí de la orilla occidental de río Jordán pasa ineludiblemente por una negociación con la ANP –de lo contrario, y a pesar del muro, el problema seguirá irresuelto–; y (c) una actuación de este tipo podría romper la coalición por su columna vertebral, los laboristas, ya que éstos han repetido varias veces que en el caso de Cisjordania la retirada israelí ha de ser producto de una negociación con la ANP, en la que se le exijan compromisos como la lucha contra el terrorismo y el control de las milicias palestinas.

El segundo de los desafíos que ha de afrontar el gabinete Olmert es Irán. A diferencia de la cuestión palestina, que cada vez más es percibida por la población israelí como un asunto de seguridad interna, la deriva del presidente Admadineyah es lo que preocupa a la inteligencia y a la sociedad israelí. Los escenarios no son muy halagüeños, ya que si bien una intervención militar estadounidense no parece muy probable, aunque no es imposible, la carrera nuclear iraní está ya provocando mayor inestabilidad en una región, la de Oriente Medio, sacudida por el avispero iraquí. Aunque la inteligencia israelí lleva tiempo preocupada por la cuestión nuclear iraní, la tensión ha aumentado en las últimas fechas por las amenazas directas y las intervenciones “negacionistas de la shoah (holocausto) hechas por el dirigente iraní. Por esta cuestión, hace pocas fechas Israel ponía en órbita un nuevo satélite de espionaje, el Eros B, capaz de detectar cualquier elemento en la tierra mayor de 70 cm. El Gobierno israelí sabe que, a diferencia de 1981 cuando atacó la central nuclear iraquí de Osirak, en la cuestión iraní no puede actuar por su cuenta a no ser que sufriera una agresión del régimen del Teherán. Así, a Israel sólo le queda mantener una “espera activa” y dejar que la diplomacia recorra su camino.

Los dos restantes desafíos del gabinete Olmert tienen que ver con la política interna del país. El primero es de un claro perfil social, y es donde la formación laborista de Amir Peretz intentará establecer un perfil propio, ya que el objetivo de este partido es convertirse en la formación más votada en las próximas elecciones –en la esperanza de que Kadima sufra un desgaste interno por falta de estructura, y por dificultades de un liderazgo, el de Olmert, que no está asentado internamente–. La apuesta clara del Partido Laborista es elevar la cuantía del subsidio de desempleo y mejorar de forma general todas las coberturas sociales de un Estado del bienestar cada vez más raquítico. Para eso, contará con una amplia disposición presupuestaria y con la previsible ayuda del Partido de los Pensionistas, para quienes Olmert ha creado un ministerio ad hoc. Finalmente, el último reto de este Gobierno tiene que ver con la cuestión constitucional, concretamente con la creación de una Corte Constitucional. Este país, que no tiene un texto constitucional cerrado, tampoco dispone de un Tribunal Constitucional, y es la Corte Suprema, un órgano que no es exclusivo de estas cuestiones, el que ha jugado hasta el momento ese papel. Afrontar la creación de este Tribunal supondrá abrir de nuevo el debate constitucional, cuestión esta que ya enfrentó en los primeros años del nacimiento del Estado de Israel a las formaciones políticas de la época. Especialmente enconados fueron los enfrentamientos entre Ben Gurion, no partidario de un cuerpo constitucional cerrado, y Menachem Beguin, a favor de una constitución cerrada. Finalmente, este debate ser solventó con la denominada “proposición Harari” que, aunque provisional, es la que perdura hasta la actualidad.

Así, y tras las elecciones del pasado 28 de marzo, la andadura de este nuevo gabinete se enfrenta a la inestabilidad crónica de un sistema político, el israelí, acostumbrado a estos avatares. A su vez, la complejidad del Estado de Israel es el espejo de una realidad social multiétnica, multicultural, plurilingüe y de múltiples identidades no suficientemente conocida en nuestro país.

Conclusiones: Tras las elecciones del pasado 28 de marzo en Israel y la formación del nuevo Gobierno presidido por Ehud Olmert, son cinco las conclusiones que podemos extraer. La primera es la normalidad democrática con la que Israel celebra elecciones, lo que le hace ser el sistema político democrático más estable de Oriente Medio. En segundo lugar, y relacionado con los comicios electorales, se puede decir que aunque ha vencido Kadima, sus resultados no han sido los esperados como consecuencia de la desaparición de Ariel Sharon del escenario político. Esto, a su vez, hace que planeen algunas incógnitas sobre esta formación, como su presencia y estructura a lo largo del país o el liderazgo del mismo Ehud Olmert. Lo que tiene que demostrar Kadima es si constituye un proyecto político de largo alcance con una base ideológica capaz de renovar el discurso sionista de centroderecha o si, por el contrario, responde a una apuesta coyuntural del propio Sharon –y tras la desaparición de éste, de sus herederos políticos– como medio para ocupar el poder. En tercer lugar, es muy probable que en el seno de la oposición sionista se constituya un bloque común contra el ejecutivo Olmert en torno a las formaciones Yisrael Beitenu, Likud y Partido Nacional Religioso, que englobaría así a la práctica totalidad de la derecha y la ultraderecha israelí. En cuarto lugar, y en lo que hace referencia a las negociaciones con los palestinos, son varias las alternativas del nuevo Gobierno: la retirada unilateral de parte de los colonos de Cisjordania, unos 70.000 de los aproximadamente 250.000 que hay en estos momentos; que dicha retirada sea consecuencia de una negociación con la ANP, al margen de Hamás y como consecuencia de la presión diplomática del “cuarteto” sobre Israel; o que una evolución de Hamás hacia el reconocimiento implícito o explícito del Estado de Israel haga posible la negociación directa entre el ejecutivo hebreo y el palestino. En quinto y último lugar, en el caso de Irán, Israel mantendrá una “espera activa”, dejando en manos de la ONU y de los Estados Unidos la gestión de esta crisis, siempre y cuando el país hebreo no sea atacado por Teherán, o no vea amenazada de manera evidente su seguridad.

Víctor Manuel Amado Castro

Profesor-Investigador del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda, Universidad del País Vasco-Euskal-Herriko Unibertsitatea, e Investigador Invitado en la Universidad de Tel-Aviv