Competición tripolar en Francia: ¿Excepción o modelo?

Competición tripolar en Francia. Bandera francesa en el Palacio de Versalles en París

Tema

Francia parece el “canario” en la mina de tendencias que afectan al conjunto de la UE. Al mismo tiempo, sus instituciones políticas la convierten en una rara avis de la política comparada. La estabilidad del país tras las elecciones vendrá determinada por la dirección que tome la gobernanza económica europea.

Resumen

Las elecciones presidenciales y legislativas francesas de 2022 muestran que se han configurado tres polos de competición política: centro, derecha nacionalista e izquierda. Las prioridades de estos tres polos son difíciles de reconciliar, pero su peso electoral es similar. La solución a este impasse tal vez se encuentre en la dirección que tome el proceso de integración europeo. Si se ahonda en la senda tomada tras la crisis del COVID-19 –permitiendo un mayor activismo estatal y una respuesta coordinada ante retos comunes– se puede producir, a medio-largo plazo, una distensión gradual entre los bloques de izquierda y centro. Un retorno a las políticas de austeridad, por otra parte, amenazaría con dejar a este último aislado.

Análisis

Cada cinco años, las elecciones francesas desatan una reacción dual. Por una parte, se asume que el proceso señala tendencias extrapolables al resto de la UE. Al mismo tiempo, se insiste en que las peculiaridades institucionales, sociales y económicas del modelo francés son demasiado pronunciadas como para trasplantar sus circunstancias a otros Estados miembros. La consecuencia es una lectura contradictoria de los resultados, que oscila entre el alarmismo (si la derecha radical logra llegar a la segunda ronda en las elecciones presidenciales) y la complacencia (cuando en las legislativas, que se celebran dos meses después, no obtiene resultados notables).

Entre las tendencias extrapolables al resto de la UE destacan el crecimiento de la derecha radical, el debilitamiento de los partidos tradicionales de centro-izquierda y centro-derecha, el auge de fuerzas populistas y la profundización de brechas de participación electoral ajenas al eje izquierda-derecha (como la politización del proceso de integración europeo y las divisiones entre el voto urbano y rural). El creciente desafecto con la política, unido al desinterés hacia los partidos políticos y el desánimo generalizado de la opinión pública –tres cuartas partes de los franceses afirman recurrentemente que su país está en declive– presentan un cuadro de malaise o malestar democrático.

Pero Francia no es sólo el “canario” en la mina del desafecto. También es una rara avis de la política comparada. La configuración institucional de la Quinta República –una presidencia ejecutiva con un legislativo débil; el sistema electoral de doble vuelta; la inmensa centralización administrativa; y un Estado que aglutina el 55% del PIB– no tiene paralelo en la UE. El sistema de partidos en ocasiones recuerda más al presidencialismo latinoamericano que al parlamentarismo de Europa continental. El euroescepticismo en la opinión pública es superior al de países como España o Portugal. El cordón sanitario que se impone a la derecha radical –formando un “frente republicano” que abarca a la izquierda, el centro y el centro-derecha– también existe en Alemania, pero no es la norma en el conjunto de la Unión. Incluso el sistema educativo francés, a través de las grandes écoles, produce una “aristocracia republicana” cualitativamente distinta a otras elites europeas.

Visto así, el malestar que experimenta el país, lejos de ser un anticipo para sus vecinos, quedaría circunscrito al interior del Hexágono. En una lectura aún más optimista, podría incluso ser producto de la imaginación del francés promedio. Cabe recordar que Francia es, en perspectiva comparada, un país relativamente privilegiado a la hora de abordar crisis como la pandemia del COVID-19, la guerra de Ucrania o el alza en los precios energéticos. El pesimismo galo no obedecería entonces a cuestiones materiales, sino idiosincrásicas.

Esta lectura contradictoria se extiende al terreno de la economía política. París fue un acreedor durante la crisis del euro, y en ese sentido se alineó tácitamente con Berlín. Pero el modelo de crecimiento francés, a diferencia del alemán, depende más del consumo interno que de las exportaciones. Francia no se beneficia de las políticas de devaluación interna que sí pueden dar réditos en los países “frugales”. Esta ambivalencia podría llevar a concluir que la situación francesa encierra alguna lección para cualquiera de sus vecinos. O, al contrario, que su estatus a caballo entre la Europa del norte y la del sur es único.

Las dos interpretaciones parecen difíciles de reconciliar. En realidad, no obstante, nos encontramos ante lecturas compatibles. Francia es un ejemplo del impacto de décadas de desintermediación entre política y sociedad, el proceso de integración europeo y la globalización económica. Las peculiaridades del modelo francés, que confieren al país dinámicas electorales difíciles de extrapolar directamente, también magnifican tendencias comunes al resto de la UE. Sus procesos electorales son, por lo tanto, un punto de partida útil para examinar la reconfiguración de los patrones de voto europeos.

Volatilidad electoral

La primera tendencia a constatar cada quinquenio es el fortalecimiento de la derecha radical, hasta ahora representada por el Frente Nacional (FN). En 2022, como parte de la estrategia de “desdiabolización” de la formación, el partido se ha rebautizado como Agrupación Nacional (RN). Marine Le Pen, su líder desde 2011, se ha visto obligada a competir dentro de su propio espacio político con el movimiento ultraconservador Reconquista, de Éric Zemmour. Pero eso no ha modificado la trayectoria de la dinastía Le Pen en las urnas (17% del voto para Jean-Marie, fundador del FN, en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2002; 34% para Marine en 2017; y 41,5% en 2022).

El alza de la derecha radical refuerza otros vectores de volatilidad electoral. El primero es la desaparición de los partidos tradicionales. El centro-izquierda socialista no se recupera del quinquenio de François Hollande (2012-2017) y ha cosechado un 1,4% del voto en la primera ronda de las presidenciales. El centro-derecha gaullista, cuyo último presidente fue Nicholas Sarkozy (2007-2012), obtuvo un 4,8%. El nuevo mapa político se estructura en torno a fuerzas que comparten un marcado carácter populista. Es el caso de RN, pero también de la izquierdista Francia Insumisa (FI), liderada por Jean-Luc Mélenchon, que tanto en 2017 como en 2022 se quedó a las puertas de la segunda vuelta electoral. Incluso Macron conforma un ejemplo claro de lo que los politólogos Chris Bickerton y Carlo Invernizzi Acetti denominan “tecnopopulismo”. El presidente llegó al poder en 2017 presentándose como un outsider “ni de izquierdas ni de derechas”, cuya intención era desguazar un sistema político “osificado” y “corrupto”. Su propuesta tenía un carácter personalista y dicotómico: quienes se opusieran al intento de convertir Francia en una “nación start-up” pasarían a la historia como nostálgicos reaccionarios.

Si en países como España la fragmentación política no ha traído consigo un debilitamiento del eje izquierda-derecha, en Francia sí se ha producido un rediseño del terreno de juego electoral. En 2017 y 2022 las elecciones presidenciales enfrentaron a un candidato comprometido con la liberalización económica y el proceso de integración europeo con una nacionalista que promovía un repliegue soberano. Una dimensión consustancial a este choque es la acentuación del conflicto urbano-rural, con las grandes ciudades pronunciándose a favor de Macron en tanto que las regiones rurales del este (pero no así las del oeste) se inclinan por Le Pen. Todo ello señala el peso creciente de la lucha contra el cambio climático a la hora de estructurar patrones de voto.

La volatilidad electoral francesa se combina con índices excepcionalmente bajos de asociacionismo. Francia está a la cola europea en lo que concierne a densidad sindical, militancia partidista o, incluso, participación en organizaciones cívicas. Todo ello convierte al país en un caso paradigmático de la desintermediación social que el politólogo Peter Mair diagnosticó en las democracias occidentales contemporáneas. Los altos índices de conflictividad –huelgas y protestas espontáneas, de una intensidad muy superior a la que acostumbran a presenciar otros países europeos– no contradicen este diagnóstico, sino que lo refuerzan. En el país apenas existen cuerpos intermedios entre una calle donde cunde el desafecto y un sistema político altamente centralizado y vertical. De este modo, la viabilidad de muchas reformas no se dirime mediante la aritmética parlamentaria, sino a través de choques violentos entre policía y manifestantes.

Nuevos bloques, viejas tendencias

Una lectura preliminar de las elecciones francesas las reduce a un choque entre sociedades “abiertas” y “cerradas”. Es importante recalcar que, tanto en 2017 como en 2022, sólo la segunda ronda de las presidenciales se presta a esta lectura, que obvia la existencia de opciones electorales alternativas. Entre ellas destaca quedarse en casa –la abstención lleva medio siglo creciendo de forma sostenida– o votar a la izquierda populista de Mélenchon. La pujanza de la abstención y el populismo de izquierdas también son síntomas de desafecto social, de modo que la derecha radical no es la representante exclusiva del malestar ciudadano.

Figura 1. Participación en la segunda ronda de elecciones presidenciales francesas, 1965-2022
Figura 1. Participación en la segunda ronda de elecciones presidenciales francesas, 1965-2022. Fuente: Le Monde.

En rojo la abstención; en gris votos blancos y nulos; y en azul los votos a candidatos.

Los tres bloques electorales parecen encajar en el esquema de competición tripolar propuesto por Daniel Oesch y Line Rennwald. En un influyente estudio de 2018, estos investigadores desgranaron cómo el auge de la derecha radical ha reconfigurado los sistemas de partidos europeos, de modo que el espacio de competición izquierda-derecha debe complementarse con otro eje, el GAL-TAN –que opone valores culturales libertarios y tradicionales–, así como el estatus laboral u ocupacional de los votantes. De esta forma, la derecha radical intenta atraer a pequeños y medianos empresarios, por lo general simpatizantes del centro-derecha. La derecha radical también compite por el voto de trabajadores manuales, mayoritariamente vinculados a la izquierda. La apertura de estos dos espacios a la competición electoral ha reconfigurado las bases de cada bloque. La izquierda encuentra hoy su feudo en los profesionales socio-culturales (trabajadores vinculados a la economía del conocimiento, así como a los empleos que genera el Estado del bienestar, especialmente en sectores como la sanidad y educación). El centro-derecha, por su parte, dependería de directivos y profesionales cualificados del sector privado.

Figura 2. El nuevo espacio de competición tripolar
Figura 2. El nuevo espacio de competición tripolar. Fuente: Oesch y Rennwald 2018.

Eje de abscisas: orientación izquierda-derecha.
Eje de ordenadas: valores tradicionales-libertarios.
En blanco: ubicación en función del desempeño laboral.
En gris: posición de cada bloque político.

El resultado de esta reconfiguración es que tanto la izquierda como la derecha se han desvinculado parcialmente del estrato más “popular” en sus antiguas coaliciones. Esto hace que, como han examinado Thomas Piketty, Clara Martínez Toledano y Amory Gethin, la izquierda se haya vuelto “brahmánica” (convirtiéndose en la opción preferente de los ciudadanos mejor educados) y la derecha “mercantil” (representando, de manera cada vez más exclusiva, a las elites económicas). Ello coincidiría con la desmovilización electoral de los votantes de clase trabajadora o con menores ingresos. La situación de estos “precarios políticos” ha sido ampliamente teorizada, con estudios destacados como los de Paul Pierson y Jacob S. Hacker en EEUU y José Fernández-Albertos en España.

La estrategia populista de Marine Le Pen ha permitido a RN ampliar su base electoral y perfil de votantes siguiendo estos pronósticos. Según los sondeos de Ipsos, Le Pen se impuso holgadamente sobre Macron entre obreros (67% de su voto, frente al 33%), desempleados (64/36) y franceses con ingresos más bajos (56/44 entre quienes ganan menos de 1.250 euros al mes). El presidente, por su parte, destacó entre directivos (77/23), jubilados (68/32), mandos intermedios (59/41), autónomos (58/42) y franceses con ingresos más elevados (65/35 entre quienes ganan más de 3.000 euros al mes). La educación es otro indicador electoral clave: si el voto entre quienes sólo tienen enseñanza de grado inferior se divide idénticamente entre los dos candidatos, tres de cada cuatro graduados universitarios se pronuncian por Macron. Se da la paradoja de que el enfrentamiento entre sociedades “abiertas” y “cerradas” puede manifestar un componente de clase más marcado que el viejo eje izquierda-derecha, donde cada bloque movilizaba a una muestra relativamente diversa de estratos sociales.

Los otros dos polos, sin embargo, no se adaptan al ordenamiento de Oesch y Rennwald. Durante su primer quinquenio Macron ha dado bandazos a izquierda y sobre todo a derecha para obtener réditos electorales, pero su carta de presentación siempre ha sido la de un reformista de centro. Mélenchon, por su parte, mantiene posiciones propias de la izquierda radical o post-comunista. Emplea un discurso euroescéptico en cuestiones relacionadas con la gobernanza económica europea y defiende la salida de Francia de la OTAN. Todo esto le ubica en coordinadas diferentes a las que ocupa la izquierda socialdemócrata en el esquema anterior.

Los tres polos de competición política en Francia se ajustan mejor al modelo vaticinado por Bruno Amable y Stefano Palombarini. El punto de partida de estos economistas es que Francia hace frente a una “crisis estructural”: un impasse en el que ningún actor político es capaz de configurar “una alianza socio-política de grupos cuyas expectativas en la formulación de políticas públicas y el diseño de instituciones estén lo suficientemente satisfechas como para apoyar a un liderazgo político”, conformando lo que denominan un “bloque social dominante”. Una crisis estructural se puede prolongar durante años o incluso décadas. La de Francia se remonta a principios de los años 80, cuando la estanflación y el resquebrajamiento del orden de Bretton Woods pusieron contra las cuerdas el modelo dirigista de desarrollo francés.

La presidencia de François Mitterrand –que llegó al poder con la intención de nacionalizar gran parte de la economía francesa y terminó dirigiendo un programa de liberalización económica– reflejó las dificultades de ahondar en el componente más estatista del modelo. Por otra parte, la inestabilidad de los sucesivos gobiernos en Francia (si se impone en las legislativas, Macron será el primer presidente que gobierna 10 años gozando de una mayoría en la historia de la Quinta República) refleja las dificultades que acarrea la estrategia de liberalización. Esa hoja de ruta, al fin y al cabo, es en gran medida responsable de que el centro-izquierda se haya vuelto “brahmánico” y el centro-derecha “mercantil”. Además, ha configurado tres bloques políticos difíciles de reconciliar entre sí, sin que ninguno de ellos sea claramente dominante.

Macron y su partido, La República en Marcha (LREM), representan al bloque de centro. Este espacio coaliga a antiguos votantes del centro-izquierda y centro-derecha en torno a una agenda europeísta en la que priman las reformas liberales. En 2017 Macron ganó fagocitando gran parte de la base electoral socialista. Un quinquenio escorándose a la derecha le ha permitido ganar también a antiguos gaullistas. Con todo, el núcleo duro de apoyo al presidente no ha logrado expandirse más allá de una cuarta parte del electorado, como muestran sus resultados en las primeras rondas presidenciales como en los sondeos de cara a las legislativas. Las victorias de Macron frente a Le Pen dependen de un voto prestado para cerrar el paso a la derecha radical. Encabezar un frente republicano ha funcionado en ambos ciclos electorales, pero la distancia recortada por el RN (33 puntos por detrás de Macron en 2017, 17 en 2022) muestra que no es una estrategia viable indefinidamente.

Le Pen encabeza el bloque nacionalista. Su intento de coaligar a los “perdedores de la globalización” parece coherente cuando confronta con Macron. Pero como señalan Amable y Palombarini, existen diferencias difíciles de reconciliar entre las políticas económicas que satisfacen a los miembros de su coalición que provienen de los antiguos bloques de la izquierda y la derecha. Un ejemplo claro es la política de salarios. Los trabajadores manuales y precarios favorecen subidas del sueldo mínimo, pero no así los pequeños empresarios. Otro tanto sucede con el proteccionismo, que estos últimos ven con mejores ojos que los primeros. Estas limitaciones intentan camuflarse con un discurso económico ambiguo, que oscila entre la ortodoxia y los guiños obreristas, pero obstaculizan una victoria de RN.

Mélenchon encabeza el bloque de izquierda. Aunque en ocasiones se le equipara a Le Pen, representa un proyecto político y perfil de votante distinto. Sólo una minoría de votantes de la izquierda populista (7% en 2017 y 20% en 2022) se inclinaron por Le Pen en la segunda vuelta electoral. En las elecciones más recientes, dos quintas partes de sus votantes apoyaron a Macron en la segunda vuelta y una proporción similar optó por la abstención. Todo ello sugiere que la izquierda populista configura un polo autónomo en la política francesa, si bien el sistema electoral del país no es capaz de trasladar su pujanza electoral a las instituciones. El feudo de Mélenchon no son los profesionales socio-culturales, sino jóvenes precarios, votantes urbanos y minorías étnicas y religiosas. Sirva como ejemplo Seine-Sant-Denis, en el histórico cinturón rojo de París, donde obtuvo un 49% del voto en la primera vuelta. Se trata de un département económicamente deprimido y uno de los que cuenta con mayor número de población inmigrante en Francia. Mélenchon también fue el candidato que obtuvo el mayor respaldo de franceses musulmanes en la primera ronda de las presidenciales. Existen importantes obstáculos a la hora de ensamblar un gran bloque de izquierdas, que añada al voto de Mélenchon (22%) el de ecologistas (4,6%), comunistas (2,3%) y socialistas (1,4%). El principal, desde la época de Mitterrand, es el proceso de integración europeo. El PS y Los Verdes recelan del euroescepticismo de Mélenchon y sus llamadas a confrontar con Bruselas. Los populistas de izquierda, por su parte, ven el proceso de integración europea como sinónimo de políticas de austeridad económica.

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Figura 3. La nueva estructura de competición electoral en Francia enfrenta a tres bloques: uno centrista (“neoliberal), otro de izquierdas (“ecologista-socialista”) y un tercero nacionalista (“iliberal-identitario”); los separan importantes diferencias en materia de políticas económicas y sociales, y ninguno tiene la capacidad de vencer de manera contundente a los otros dos. Fuente: Amable y Palombarini 2021.

Conclusiones

Panorama tras las elecciones legislativas

De cara a las elecciones legislativas, la principal novedad es precisamente la Nueva Unión Popular Ecologista y Social (NUPES), una alianza que aunaría a socialistas, verdes e izquierda populista. Mélenchon ha explicado que su intención es obtener una victoria legislativa que le permita convertirse en el primer ministro de Macron. Eso llevaría a un periodo de cohabitación, con un jefe de Estado y de gobierno de colores políticos distintos.

La hipótesis parece poco viable. Tanto LREM como NUPES obtendrían en torno a una cuarta parte del voto el 12 de junio, según los sondeos. Pero el sistema de doble vuelta permitiría al partido de Macron hacerse con una mayoría absoluta el día 19. Aunque Mélenchon puede coaligar a la izquierda como segunda fuerza política y mejore los resultados de 2017, seguirán existiendo socialistas y ecologistas reacios a sumarse a sus filas. La capacidad actual de tracción de Mélenchon se debe principalmente a los malos resultados cosechados por sus rivales progresistas en las presidenciales.

Lo revelador de la iniciativa no es tanto sus perspectivas de victoria sino el clima político que la facilita. Aunque Mélenchon no ha abandonado su afición por emitir exabruptos sobre asuntos internacionales, su campaña en 2022 se ha centrado en cuestiones económicas internas: criticar las subidas en la edad de jubilación, promover las del salario mínimo y tomar medidas para mitigar el cambio climático. Aparcar el euroescepticismo es una condición necesaria para obtener el apoyo de otras fuerzas progresistas, pero no suficiente para compatibilizar su agenda con la de Macron. El actual presidente, por otra parte, también ha cambiado. Llegó al poder prometiendo adelgazar al Estado y promover reformas business-friendly, pero se ha visto obligado adoptar medidas económicas cada vez más intervencionistas para abordar primero el movimiento de los chalecos amarillos, después el impacto de la pandemia y actualmente la guerra en Ucrania. Tanto un movimiento como otro hacen que la cohabitación –aunque muy improbable– no sea directamente inconcebible, como lo era en 2017.

Queda por ver si este retorno del Estado es un fenómeno pasajero o si representa un nuevo paradigma en Francia y la UE. La respuesta europea ante la crisis del COVID-19 –con un componente de activismo estatal más prolongado que en 2008, así como una mayor coordinación y solidaridad a nivel europeo– ha empujado a las fuerzas de centro aparcar sus propuestas económicas más pro-mercado (y muy especialmente las políticas de austeridad). También ha contribuido a desinflar los elementos más euroescépticos del discurso de la izquierda. A medio y largo plazo esta configuración podría contribuir a acercar las posiciones de los bloques que encabezan Macron y Mélenchon.

Muchas de estas dinámicas son difíciles de extrapolar a otros Estados miembros. Alemania, Italia y España no han desarrollado una estructura de competición electoral con tres bloques políticos definidos de manera tan nítida. Pero Francia ejemplifica con claridad cómo un cambio de paradigma en la gobernanza económica europea puede reconfigurar la política de partidos nacional. Y ofrece lecciones a sus vecinos en lo que respecta a tendencias como el aumento desafecto social, la fragmentación política y la reconfiguración de las brechas de competición electoral. Queda por ver si el siguiente quinquenio agrava estas tendencias o si un giro más social de Macron permite reconducirlas.


Bandera francesa en el Palacio de Versalles en París. Foto: Jeremy Bezanger (@unarchive).