Los shocks geopolíticos se superponen. La invasión rusa de Ucrania ha entrado ya en su quinto año; Gaza y el Líbano siguen siendo focos de inestabilidad; a comienzos de 2026, la intervención estadounidense en Venezuela reabrió el debate sobre el uso de la fuerza en América Latina; y, desde marzo, el estrecho de Ormuz permanece prácticamente cerrado al tráfico comercial. Este último shock tiene una importancia económica singular. El bloqueo efectivo de Ormuz ha tensionado los mercados energéticos y ha elevado el riesgo de disrupciones en cadenas de suministro que van más allá del petróleo y el gas: fertilizantes, azufre, aluminio, grafito y helio, entre otros insumos críticos para la agricultura, la industria y la producción de semiconductores.
Y, sin embargo, la reacción de los mercados financieros ha sido sorprendentemente positiva. A primera vista, podría parecer que los inversores operan al margen de la geopolítica o que no están incorporando una prima de riesgo suficiente en sus valoraciones. Pero esa lectura es imprecisa.
Los mercados no cotizan la geopolítica en abstracto. La incorporan cuando altera las variables económicas y financieras que determinan el precio de los activos: beneficios empresariales, inflación, tipos de interés, liquidez, probabilidad de impago o sostenibilidad fiscal. Por eso la pregunta relevante no es si los mercados están ignorando la geopolítica, sino a través de qué canales la están traduciendo a precios.
Para responder a esta pregunta conviene desagregar el mercado financiero en sus principales segmentos. La renta variable no reacciona a los mismos factores que la deuda pública; la parte corta de la curva de tipos de la deuda pública, es decir, los vencimientos a más corto plazo, no actúa movida por las mismas variables que la parte larga; y la renta fija privada no descuenta los mismos riesgos que los bonos soberanos. Cada activo incorpora la geopolítica de forma distinta, porque cada uno depende de variables diferentes.
La evolución de los índices bursátiles desde comienzos de marzo muestra que no existe una única reacción de los mercados bursátiles ante la geopolítica. Como muestra la Figura 1, la renta variable estadounidense ha mostrado una resistencia muy superior a la europea, y dentro de Estados Unidos (EEUU) el mejor comportamiento se concentra en el Nasdaq 100. Esto sugiere que el principal canal de transmisión no es la geopolítica en abstracto, sino las expectativas de beneficios y la composición sectorial de los índices.
En el caso estadounidense, los resultados empresariales han sorprendido claramente al alza. Según FactSet, el 85% de las compañías del S&P 500 superó las expectativas de beneficios por acción y el 81% superó las expectativas de ingresos. El crecimiento agregado de beneficios del índice alcanzó el 28,6% interanual, el mayor desde el cuarto trimestre de 2021.
Pero el punto relevante es que este fenómeno no es sólo bursátil. La inteligencia artificial (IA) y la inversión en infraestructura digital se han convertido también en un soporte importante de la economía estadounidense. La Oficina de Análisis Económico (Bureau of Economic Analysis, BEA) revisó a la baja el crecimiento real del PIB del primer trimestre de 2026 del 2,0% al 1,6% anualizado, pero siguió señalando la inversión como uno de los contribuyentes positivos al crecimiento. En el desglose más detallado de las cuentas nacionales, la inversión en computación explicó el 40% del crecimiento real del PIB en este trimestre.
La divergencia con Europa es relevante. Su comportamiento desde el inicio del bloqueo del estrecho de Ormuz es mucho más débil que el de los índices estadounidenses. Los beneficios de las empresas europeas han mejorado, pero de forma más concentrada en energía y financieras, con ingresos más débiles y menor exposición a compañías directamente beneficiadas por el ciclo de IA.
Esta conexión entre bolsa y economía ayuda a explicar por qué la renta variable estadounidense ha resistido mejor el shock geopolítico que la europea. Los inversores no están necesariamente ignorando la geopolítica; están ponderando que, por ahora, el deterioro derivado del shock energético y de la incertidumbre estratégica está siendo compensado por unos beneficios empresariales sólidos y por un ciclo de inversión tecnológica que sigue teniendo efecto tanto en las valoraciones bursátiles como en el crecimiento económico.
A esta explicación fundamental se añade la relacionada con la abundante liquidez que existe en mercado, a pesar de que la Reserva Federal lleva desde 2022 contrayendo su balance. Los fondos del mercado monetario –vehículos que invierten en activos seguros y de muy corto plazo, como letras del Tesoro, repos o papel comercial– han crecido de forma notable: los fondos minoristas han pasado de alrededor de un billón de dólares en 2008 a unos 2,3 billones en abril de 2026; incluyendo los institucionales, el total supera los 7,7 billones en mayo de 2026. No son demanda directa de acciones, pero sí muestran un volumen muy elevado de dinero aparcado en instrumentos líquidos, remunerados y fácilmente reasignables.
Por otro lado, el patrimonio neto de los hogares y organizaciones sin fines de lucro en EEUU, que incluye vivienda, acciones y planes de pensiones, alcanzó los 184 billones de dólares al cierre de 2025, un nivel muy superior al previo a la pandemia para sostener exposición al riesgo.
Finalmente, el fuerte aumento de los activos en fondos cotizados en bolsa (ETF) de renta variable doméstica estadounidense que muestra la Figura 2 apunta a que cada vez hay más inversión canalizada hacia la bolsa de EEUU a través de vehículos cotizados, líquidos y de bajo coste, lo que refuerza la idea de que la renta variable estadounidense cuenta con una base inversora amplia y estructural.
La lectura cambia al pasar a la deuda pública. En principio, los bonos soberanos de economías avanzadas deberían beneficiarse de un aumento de la incertidumbre geopolítica: los inversores buscan refugio, compran deuda pública, suben los precios y caen las rentabilidades. Sin embargo, desde comienzos de marzo ha ocurrido lo contrario. Como muestra la Figura 3 para EEUU, la curva de tipos se ha desplazado al alza, algo que también se ha registrado en otras economías avanzadas.
Esto no significa que la deuda pública esté ignorando la geopolítica. Significa que la está incorporando por un canal distinto. El cierre de Ormuz no es sólo un shock de incertidumbre; es también un shock de oferta. Al encarecer la energía y otras materias primas y generar disrupciones sobre cadenas de valor, aumenta las presiones inflacionistas y obliga a los inversores a exigir mayores rentabilidades. En ese contexto, la deuda pública pierde parte de su comportamiento habitual como activo refugio.
Conviene distinguir, además, entre los distintos tramos de la curva. En los vencimientos cortos y medios, el factor dominante es la expectativa sobre los tipos oficiales: si el mercado anticipa más inflación y tipos más altos durante más tiempo, exige mayores rentabilidades. En los vencimientos largos, en cambio, pesan también la prima temporal y las dudas sobre sostenibilidad fiscal. Por eso resulta especialmente significativo que el bono estadounidense a 30 años se sitúe ya en el entorno del 5% y que el bono británico a 10 años cotice en niveles similares. El mensaje no es sólo que los bancos centrales puedan tardar más en bajar tipos, sino que los inversores exigen una compensación mayor por financiar a largo plazo a soberanos con déficits elevados, mayores costes de intereses y necesidades de emisión crecientes.
En suma, la deuda pública sí está cotizando la geopolítica, pero no como una huida clásica hacia el activo refugio, sino como inflación, tipos más altos durante más tiempo y mayor prima fiscal en los tramos largos de la curva.
La tercera pieza es la renta fija privada. En este segmento, la variable clave no es la rentabilidad soberana, sino el diferencial de crédito: la prima adicional que exige el inversor por prestar a una empresa frente a prestar al Tesoro estadounidense. Si el shock geopolítico estuviera deteriorando de forma significativa las perspectivas empresariales, cabría esperar una ampliación clara de estos diferenciales, especialmente en la deuda corporativa de alto rendimiento, emitida por compañías con menor calidad crediticia.
Sin embargo, los datos no apuntan en esa dirección. Como muestra la Figura 4, los diferenciales de la deuda corporativa estadounidense se mantienen contenidos.
Esto sugiere que el mercado de crédito no está descontando, por ahora, una ola de impagos ni un deterioro severo de la capacidad de refinanciación empresarial. Asimismo, el exceso de liquidez explicado más arriba lleva a los inversores a una búsqueda de rendimientos que pueden justificar la compresión de diferenciales. La geopolítica sí podría afectar a la renta fija privada si redujera márgenes, elevara costes de financiación, dañara balances o provocara una caída de beneficios. Pero, de momento, ese canal no parece haberse activado con intensidad.
La conclusión general es, por tanto, más matizada que la idea de que los mercados ignoran la geopolítica. La renta variable estadounidense sigue apoyada en beneficios sólidos, inteligencia artificial, liquidez privada y una base inversora amplia. La deuda pública sí refleja el shock, pero a través de inflación, tipos más altos y preocupación fiscal. Y la renta fija privada, medida por los diferenciales de crédito, no muestra todavía un aumento significativo de la probabilidad de impago.
Los mercados no cotizan la geopolítica como una categoría abstracta. La traducen a precios cuando modifica beneficios, inflación, tipos de interés, liquidez, sostenibilidad fiscal o riesgo de crédito. Por eso la pregunta relevante no es si la geopolítica está o no en precio, sino en qué canal financiero se está materializando y con qué intensidad.
