Presidenta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), querida Eloísa; autoridades; colegas; amigas y amigos.[1]
Muchas gracias por acompañarnos esta mañana.
Un viaje de regreso
Permítanme empezar con una licencia personal. Esta es mi última intervención pública como presidente del Real Instituto Elcano. Y el azar, que a veces tiene un extraordinario sentido de la escenografía, ha querido que sea aquí, en el CSIC.
Estamos junto al Archivo Histórico Nacional, muy cerca de la Residencia de Estudiantes y a unos pasos del Instituto Ramiro de Maeztu, donde hace 52 años cursé el preuniversitario.
Así que, para mí, esta mañana tiene algo de viaje de regreso.
Vistos desde el principio, 52 años parecen una distancia interminable. Casi infranqueable. Como aquellos espacios en blanco que durante siglos ocuparon los mapas y que alguien, tarde o temprano, se empeñaba en atravesar.
Y eso me lleva a Shackleton.
Se buscan hombres
Cuando Ernest Shackleton reclutaba a los hombres de su expedición antártica, publicó un anuncio que se ha hecho legendario: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso, frío intenso, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, regreso con vida dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.
Pocas ofertas de empleo han sido nunca tan honestas. Y debo confesar que, leída al final de una vida profesional, se parece bastante a algunas que yo mismo he aceptado.
Sobre todo, en lo del sueldo escaso.
Pero lo que de verdad me interesa de esa historia es otra cosa. Shackleton pertenece a una época en la que los polos eran, ante todo, territorios de descubrimiento: lugares a los que se iba precisamente porque no sabíamos qué había allí.
Después se convirtieron en espacios de ciencia. Y durante buena parte del siglo XX intentamos, con notable éxito, que fueran también espacios de cooperación.
Descubrimiento, ciencia, cooperación. Esa secuencia explica buena parte de la excepcionalidad polar. Y explica también por qué tiene tanto sentido celebrar este encuentro en el CSIC.
Porque antes de que los economistas calculemos incentivos, antes de que los estrategas dibujen mapas y antes de que los gobiernos negocien tratados, alguien tiene que observar, medir y comprender.
La ciencia llega primero.
Es una de las cosas que uno aprende con los años: para descubrir algo hacen falta datos, método y pasión. Y hay que aceptar, como aquellos exploradores, que detrás de la siguiente línea del horizonte probablemente habrá más preguntas que respuestas.
Después del hielo
Hoy está ocurriendo algo extraordinario. El hielo se retira y, detrás del hielo, asoman la economía y la geopolítica.
Para un economista, el Ártico es un laboratorio fascinante de economía política. El cambio climático está modificando una restricción física. Y esa modificación altera los costes de transporte, cambia el valor de determinadas rutas, hace accesibles recursos que antes no lo eran, revaloriza territorios y posiciones geográficas y transforma los incentivos de empresas y Estados.
Cuando cambian los precios relativos, cambia el comportamiento.
Llegan el comercio, la inversión, las infraestructuras, la energía y los minerales.
Llega, en definitiva, el dinero.
Y detrás del dinero, casi inevitablemente, llega el poder.
Rusia, Estados Unidos, Canadá, los países nórdicos, la Unión Europea y también China miran hoy el Ártico con ojos muy distintos a los de hace apenas unas décadas. Lo que durante siglos fue una frontera física se está convirtiendo en un espacio económico y estratégico.
Instituciones para un mundo que cambia
Ahí aparece la cuestión que más nos interesa en el Real Instituto Elcano: si las instituciones construidas para administrar un mundo pueden sobrevivir cuando cambia el mundo que las hizo posibles.
La gobernanza polar nació en unas condiciones tecnológicas, climáticas y geopolíticas muy concretas. Y esas condiciones están cambiando.
Por eso la pregunta que hoy nos reúne no es sólo qué le ocurre al hielo. Es qué ocurre después del hielo.
Con las rutas marítimas. Con los recursos. Con la seguridad. Con la soberanía. Con la cooperación científica. Y, finalmente, con las instituciones capaces de ponerlo todo en orden.
Los dos polos ofrecen aquí un contraste extraordinario. La Antártida sigue siendo uno de los experimentos más ambiciosos de la humanidad: preservar un continente entero para la paz y la ciencia. El Ártico, en cambio, nos permite observar casi en tiempo real cómo una transformación física se vuelve económica y, después, geopolítica.
Uno es la prueba de lo que la cooperación puede lograr. El otro, el examen de si sabremos conservarla.
Por eso necesitamos conversaciones como la de hoy. Necesitamos climatólogos y oceanógrafos; historiadores; economistas. Especialistas en seguridad y en relaciones internacionales. Y necesitamos instituciones como el CSIC y el Real Instituto Elcano, capaces de sentarlos a todos alrededor de la misma mesa.
El final de una expedición
Quizá sea también una buena manera de cerrar mi etapa en Elcano.
En estos años he aprendido que las instituciones dedicadas al conocimiento se parecen mucho a las expediciones. Uno parte con mapas necesariamente incompletos. Avanza gracias a personas que saben cosas que uno no sabe. A veces encuentra hielo donde esperaba agua. Y, de vez en cuando, descubre un paso que no figuraba en ningún mapa.
He tenido el enorme privilegio de hacer ese viaje con un equipo extraordinario en el Real Instituto Elcano y con una comunidad inmensa de investigadores, científicos, diplomáticos, empresarios, funcionarios y amigos que comparten algo que Shackleton habría reconocido enseguida: la curiosidad por saber qué hay al otro lado.
Shackleton prometía honor y reconocimiento en caso de éxito. El éxito, si lo ha habido, es de ese equipo. El honor ha sido mío.
Me gusta que mi última escala como presidente sea precisamente aquí. Cincuenta y dos años después de aquel estudiante del Ramiro de Maeztu, vuelvo casi al mismo lugar. El viaje que entonces parecía interminable ha resultado, como todos los viajes importantes, sorprendentemente corto.
Pero los mapas siguen teniendo espacios en blanco. Y, por fortuna, hay otros dispuestos a explorarlos. Esa es quizá la mejor noticia con la que se puede cerrar un ciclo: termina un viaje, pero no termina la exploración.
Muchas gracias.
[1] Palabras del presidente del Real Instituto Elcano, José Juan Ruiz, en su última intervención pública como tal, en la mesa redonda “Del Ártico a la Antártida: geopolítica e investigación en los espacios remotos”, coorganizada con el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y celebrada el 7 de octubre de 2026 en Madrid.
