Mensajes clave
- La nueva Estrategia de Defensa Nacional (EDN) del Pentágono oficializa que Estados Unidos (EEUU) ya no pretende dominar todos los teatros al mismo tiempo, consolidando un giro estructural en la política de defensa estadounidense. En un mundo caracterizado por la simultaneidad, el riesgo de escalada geopolítica y las limitaciones industriales, Washington adopta una estrategia más selectiva basada en la priorización, la jerarquía de amenazas y la redistribución de responsabilidades.
- La ventaja comparativa de EEUU reside ahora en la capacidad de estructurar el entorno estratégico, movilizar alianzas, asegurar su retaguardia industrial y negar a los competidores la posibilidad de alterar el equilibrio regional por la fuerza. La disuasión deja de basarse en la presencia avanzada omnipresente y la gestión reactiva de crisis, para apoyarse en la negación, la escala industrial y la integración selectiva de aliados y socios.
- El documento redefine el territorio nacional y el hemisferio occidental como un único teatro estratégico integrado, mientras que China se reafirma como el principal desafío sistémico.
- La EDN transforma el reparto de cargas en un “ingrediente esencial” de la estrategia, exigiendo aliados con capacidades militares e industriales reales. La base industrial de defensa, la coproducción y la resiliencia de cadenas de suministro se convierten en instrumentos estratégicos centrales.
- El documento mantiene ambigüedades operativas y evita cifras presupuestarias, lo que limita su valor como guía de implementación.
Análisis
Introducción
Tras la publicación a finales de 2025 de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de la segunda Administración Trump, el Pentágono ha dado a conocer la nueva EDN, el principal documento de orientación estratégica del Departamento de Guerra. Con ello se cumple el mandato legal del Congreso, que exige al secretario de Guerra la elaboración y presentación anual de un informe (que se ha convertido en cuatrienal) en el que se describan las principales misiones militares previstas para los próximos años, la estructura de fuerzas necesaria para cumplirlas, la relación entre ambas y su justificación estratégica. Además, según establece la ley, la EDN debe estar alineada con la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) y contribuir a su aplicación.
La publicación de la EDN ha sido significativa porque, junto con la ESN 2025, consolida un giro en las prioridades que se han visto a lo largo del primer año del mandato de la segunda Administración Trump. Sin embargo, se asemeja menos a una estrategia operativa de aplicación, que sería lo deseable, y se acerca más a un segundo texto político, como lo es en buena medida la ESN. La EDN ha dicho diseñada, por tanto, para reforzar la narrativa estratégica de la Casa Blanca más que para detallar un plan de ejecución militar plenamente articulado.
Según varias informaciones, a finales de septiembre del año pasado ya circulaba un borrador de la EDN. Sin embargo, su publicación se retrasó debido a debates internos sobre el peso relativo de China en la planificación estratégica y por el malestar de algunos altos mandos militares durante el proceso de redacción. En este contexto, conviene recordar que la llegada del secretario de Guerra, Pete Hegseth, no ha estado exenta de polémicas, tanto dentro como fuera del Pentágono. Desde el inicio de su mandato, Hegseth ha defendido una agenda de ruptura basada en la necesidad de “politizar” el enfoque estratégico del Departamento de Guerra y “recuperar” una cultura militar que, a su juicio, habría sido debilitada por prioridades burocráticas e ideológicas de anteriores gobiernos.
En términos prácticos, su gestión ha estado marcada por medidas que han generado una fuerte resistencia institucional. Entre ellas, destaca la orden de reducir en un 20% el número de generales y almirantes, y su intención de revisar profundamente la estructura de los comandos de combate, en línea con el discurso de “menos estructura, más fuerza” de la Administración Trump. Algunos movimientos recientes, como reorganizaciones dentro del Ejército y la consolidación de estructuras regionales en el hemisferio occidental a finales de 2025, sugieren que la lógica de racionalización organizativa ya se está trasladando a cambios concretos, aunque todavía sin un recuento verificable de la reducción total de altos mandos. Sí que se ha asistido al cese o relevo de altos mandos, incluyendo al presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Charles Q. Brown Jr., y a la jefa de Operaciones Navales, la almirante Lisa Franchetti, decisiones interpretadas por algunos como un intento de acelerar una “limpieza” de perfiles asociados a la cultura estratégica previa o percibidos como poco alineados con la Casa Blanca.
El estilo personal del secretario también ha contribuido a una mayor polarización. Su insistencia pública en la “ética del guerrero” y su retórica centrada en el combate, la disciplina y la eliminación de lo que considera “debilidades” culturales ha sido bien recibida por algunos sectores conservadores, pero criticada por otros por introducir un componente ideológico en el mando militar y erosionar el principio de neutralidad institucional. En esta línea, la convocatoria, en septiembre del 2025, una reunión extraordinaria en Quantico (Virginia) con cientos de generales y almirantes, en la que subrayó la necesidad de recuperar una mentalidad de guerra consolidando la visión del Pentágono como “Departamento de Guerra”, se interpretó como un mensaje dirigido tanto a la tropa como al aparato burocrático del Pentágono de mayor alineamiento político con la visión del presidente. Donald Trump estuvo presente y aprovechó la ocasión para insistir en una narrativa centrada en amenazas internas y en la posibilidad de emplear al ejército como herramienta para restaurar el orden doméstico.
La Estrategia
“América primero”. “Paz a través de la fuerza”. “Sentido común”. Estas tres expresiones, utilizadas de manera recurrente por la Administración estadounidense a lo largo de 2025, se destacan en la primera página del memorándum del secretario de Guerra que acompaña al documento, como principios organizativos de la nueva estrategia: “América primero” llevará a EEUU a centrarse en su hemisferio porque no todas las amenazas son iguales; al mismo tiempo, el país se asegurará que su Fuerza Conjunta esté preparada para disuadir y, si es necesario, prevalecer antes las amenazas más peligrosas para los intereses de los estadounidenses; se trata de una estrategia que se aleja de la grandilocuencia de las anteriores que se basaban en un orden internacional que ahora se califica de “abstracción irreal” y que llevó a una sobreextensión estratégica de EEUU.
La EDN parte además de un diagnóstico explícito: EEUU opera en un entorno marcado por la simultaneidad de desafíos, los riesgos de escaladas geopolíticas (disputas inicialmente acotadas pueden ampliarse con rapidez, implicar a aliados, afectar a cadenas de suministro críticas y derivar en confrontaciones de mayor alcance) y las limitaciones industriales. En este contexto, la EDN no pretende preservar el orden internacional heredado ni liderar su reforma, sino redefinir prioridades, limitar compromisos y adaptar el ejercicio del poder estadounidense a este entorno más competitivo, fragmentado y exigente. Es decir, en lugar de prometer seguridad en todos los escenarios, la EDN acepta la necesidad de elegir, priorizar y delegar. Por lo tanto, el liderazgo ya no se concibe en términos de presencia global permanente, sino de capacidad para negar ventajas estratégicas a los rivales, sostener la disuasión y gestionar la competencia sin provocar un colapso sistémico.
Esta introducción sienta así las bases de una estrategia que no busca evitar todos los conflictos, sino gestionar la rivalidad global bajo condiciones de simultaneidad, presión estructural y riesgo de escalada, redefiniendo el papel de EEUU de proveedor de seguridad por defecto a arquitecto de un sistema de seguridad global más selectivo, condicionado y explícitamente jerarquizado.
Cuatro prioridades protagonizan el documento.
La defensa del territorio estadounidense y del hemisferio occidental
La defensa de EEUU y del hemisferio occidental se convierte en la primera prioridad estratégica e incluye la defensa antimisiles, la ciber resiliencia, la seguridad fronteriza, el acceso al Ártico, el control de puntos estratégicos y la modernización nuclear. Lo relevante no es sólo la lista de capacidades, sino el marco conceptual: el documento trata el territorio nacional y el hemisferio como un mismo espacio estratégico integrado, un único teatro de seguridad. En ese espacio, destaca explícitamente Canadá, Groenlandia, el Ártico y el Canal de Panamá, así como los “socios de América Central y del Sur”, presentados como zonas clave para garantizar el acceso y la movilidad tanto militar como comercial. En este contexto, Canadá adquiere un papel indispensable desde el punto de vista operativo: alerta temprana de misiles, defensa aérea y marítima, acceso al Ártico e integración industrial de América del Norte.
La lógica de esta prioridad es clara: EEUU no puede disuadir a China en el Indo-Pacífico, contener a Rusia en Europa o resistir la simultaneidad de crisis en otros teatros si su retaguardia logística, sus rutas críticas y su base industrial quedan expuestas. El hemisferio pasa así a concebirse como escudo, plataforma de suministro y principal base industrial de apoyo, es decir, como condición previa para cualquier proyección de poder fuera del continente. En consecuencia, la presencia o influencia de actores rivales dentro de este espacio deja de interpretarse como competencia geopolítica tolerable y se redefine como interferencia estratégica directa.
China como el principal desafío sistémico
Disuadir a China, especialmente en el Indo-Pacífico, constituye la segunda prioridad de la EDN y el principal desafío sistémico a largo plazo para EEUU, algo que aparecía de forma más diluida en la ESN de 2025. La EDN parte de la premisa de que el equilibrio de poder en Asia condicionará el equilibrio global y vincula directamente la prosperidad estadounidense a impedir que una sola potencia controle el acceso a mercados, rutas marítimas y nodos estratégicos clave de la región. China es, por tanto, el principal rival estratégico ya que en ella convergen un gran peso económico, la ambición tecnológica y una modernización militar acelerada.
En términos prospectivos, la EDN plantea una estrategia de confrontación controlada. EEUU no busca una desconexión total de China ni el colapso del sistema internacional, pero tampoco acepta como resultado tolerable una hegemonía regional china. El objetivo es restringir las opciones estratégicas de Pekín elevando el coste y reduciendo la viabilidad de cualquier acción coercitiva orientada a alterar el equilibrio regional mediante hechos consumados. Para ello, la doctrina rectora es la disuasión por negación: un enfoque que no se basa principalmente en amenazar con represalias posteriores, sino en impedir desde el inicio que una acción militar pueda tener éxito. La respuesta operativa es la construcción de una arquitectura defensiva a lo largo de la primera cadena de islas (first island chain es un concepto geoestratégico-militar que describe una línea de archipiélagos e islas que se extiende desde el noreste de Asia hacia el sudeste asiático y que funciona como una especie de barrera natural frente a China), diseñada para bloquear cualquier intento de coerción militar y hacer inviable un cambio del statu quo por la fuerza. Este planteamiento se combina con el mantenimiento de canales de comunicación permanentes entre Fuerzas Armadas, reflejando una lógica de doble vía: EEUU se prepara activamente para escenarios de crisis mientras intenta reducir el riesgo de errores de cálculo y evitar una escalada incontrolada. En definitiva, la EDN aspira a mantener la competencia sistémica por debajo del umbral de una guerra convencional o nuclear, sin renunciar a una postura de superioridad militar y resiliencia estratégica en el Indo-Pacífico.
Aunque la EDN de 2026 sitúa la disuasión de China como prioridad central en el Indo-Pacífico, llama la atención que el documento no mencione explícitamente Taiwán, una ausencia que ha generado interpretaciones y preocupación, especialmente en la propia isla. Diversos análisis apuntan a que esta omisión no implica una rebaja del desafío chino, sino más bien un cálculo deliberado de ambigüedad estratégica: evitar compromisos públicos que limiten el margen de maniobra de Washington o que puedan ser interpretados por Pekín como una escalada política inmediata. En paralelo, la EDN adopta un lenguaje más general y pragmático, centrado en la competencia sistémica y en la disuasión por negación a lo largo de la primera cadena de islas, un marco operacional que remite de forma indirecta al estrecho de Taiwán sin necesidad de nombrarlo. En este sentido, el silencio sobre Taiwán parece responder menos a una falta de prioridad y más a una estrategia de comunicación diseñada para preservar flexibilidad, contener tensiones y evitar una declaración explícita de líneas rojas.
Incrementar el reparto de cargas con aliados y socios
La redistribución de la responsabilidad a los aliados es latercera prioridad y quizás una de las dimensiones más subestimadas de la EDN: los aliados y socios ya no son tratados como contribuyentes periféricos, sino que son indispensables portadores y compartidores de la carga en un sistema diseñado explícitamente para evitar el sobreesfuerzo de EEUU.
Esto tiene varias implicaciones. En primer lugar, seestá delegando la primacía regional:Europa para Europa, Corea del Sur para la península coreana, determinados Estados del Indo-Pacífico para la denegación marítima y socios hemisféricos para la seguridad regional. En segundo lugar, las potencias medias ganan relevancia, pero a costa de un mayor gasto en defensa, alineamiento industrial y fiabilidad geopolítica, es decir que la autonomía es condicional (en el caso de Europa, la producción industrial y el gasto en defensa, se convierten en las medidas de la credibilidad de la futura relación transatlántica). En tercer lugar, el reparto de cargas se convierte en algo estructural, no temporal. No se trata de una respuesta a una crisis, sino de un nuevo equilibrio a largo plazo.
Potenciar la base industrial de defensa
La cuarta prioridad es la movilización industrial que se convierte en un instrumento de primera línea para la disuasión futura. La estrategia vincula explícitamente la seguridad nacional con la reindustrialización y la relocalización, el uso de la inteligencia artificial en la producción y la toma de decisiones, la resiliencia de las cadenas de suministro y la coproducción entre aliados, redefiniendo la base industrial como un pilar central del poder militar y de la disuasión. En este enfoque, los aliados dejan de ser meros socios políticos u operativos para convertirse en componentes estructurales de la capacidad industrial y militar estadounidense. La EDN impulsa la coproducción, la concesión de licencias y la integración de cadenas de valor entre países afines como un medio para escalar rápidamente la producción, reducir vulnerabilidades críticas y sostener conflictos de alta intensidad. Al mismo tiempo, introduce una lógica de condicionalidad estratégica: el acceso a tecnologías, contratos, mercados y ecosistemas industriales avanzados queda crecientemente vinculado al alineamiento político, la fiabilidad estratégica y la disposición de los aliados a asumir costes. Las alianzas se redefinen así no solo como un marco de seguridad compartida, sino como un bloque industrial competitivo, diseñado para negar a los rivales ventajas tecnológicas y geoeconómicas decisivas.
Desde esta lógica, la disuasión en el siglo XXI deja de medirse únicamente por la rapidez con la que pueden desplegarse las fuerzas y pasa a depender de la capacidad para reponer pérdidas, ampliar la producción –incluida la de defensa– y sostener el esfuerzo industrial en el tiempo, mientras se limita la influencia geoeconómica de los adversarios. La EDN asume que la capacidad de resistencia industrial y de escalado productivo será tan determinante como la superioridad militar inicial.
Para las empresas multinacionales, este giro estratégico funciona simultáneamente como advertencia y como hoja de ruta. Las cadenas de suministro dejan de ser un factor de eficiencia económica para convertirse en activos estratégicos, sujetos a escrutinio, segmentación y condicionamiento político. La geografía vuelve a adquirir centralidad: el hemisferio occidental, las rutas árticas y los principales puntos de estrangulamiento marítimos entran de lleno en el cálculo de riesgos corporativos. La exposición al doble uso –desde la inteligencia artificial y los semiconductores hasta la logística, las infraestructuras y la energía– se eleva al nivel de decisión ejecutiva. Al mismo tiempo, la integración en alianzas y ecosistemas de confianza pasa a determinar el acceso a mercados, tecnologías y financiación, mientras que la ambigüedad estratégica genera costes crecientes. En este contexto, la geopolítica se convierte en una condición operativa permanente.
Teniendo en cuenta esta cuarta prioridad, cobra especial relevancia la orden ejecutiva “Establishing an America First Arms Transfer Strategy”, publicada poco después de la EDN, que marca un giro bastante explícito en la política estadounidense de transferencias de armamento: deja de tratarse principalmente como un instrumento técnico de cooperación militar o de apoyo a aliados y pasa a presentarse como una herramienta estratégica de política exterior, de presión sobre socios y de fortalecimiento industrial interno.
El documento parte de la premisa de que EEUU tiene la industria militar más poderosa del mundo y, por tanto, debe utilizar las exportaciones de defensa para reforzar su seguridad nacional, expandir su base industrial, y consolidar una red de aliados que se comporten como “multiplicadores” de poder estadounidense. En ese sentido, las ventas de armas se convierten en una forma de proyectar liderazgo y también de disciplinar alianzas: no se trata de vender a quien pide, sino de priorizar a quien “merece” recibir. De nuevo, la lógica que caracteriza el segundo Trump: la ayuda o cooperación militar deja de ser automática y pasa a ser un instrumento condicionado.
El texto insiste en que las transferencias deben favorecer a aquellos países que inviertan más en su propia defensa, que tengan un papel relevante en la estabilidad regional o que contribuyan directamente a la seguridad económica y estratégica de EEUU. Es decir, se premia a aliados “útiles”, con gasto elevado y capacidad real de acción, y se relega a quienes dependen demasiado de Washington o mantienen posturas consideradas ambiguas. Esta aproximación refuerza la narrativa de burden-sharing: si quieres acceso preferente a capacidades estadounidenses, debes asumir más costes y responsabilidades.
Lo que falta (y lo que el documento evita)
La EDN de 2026 se aleja del tono analítico y técnico de estrategias anteriores y adopta en varios pasajes un registro más político, incluso cercano al discurso de campaña. Más que un documento orientado a la implementación –con prioridades, capacidades y decisiones operativas–, funciona en buena medida como un texto de toma de postura ideológica: un segundo documento político que refuerza la narrativa de la Administración. En esa línea, el lenguaje es también más partidista que en ciclos anteriores, llegando a afirmar que la Administración Biden habría provocado una erosión deliberada de la capacidad militar estadounidense.
En términos de contenido, la estrategia reafirma que la defensa del territorio nacional y del hemisferio occidental constituye la prioridad número uno, pero no clarifica suficientemente el impacto real sobre el despliegue de fuerzas. El documento habla de lucha contra el narcotráfico y la migración irregular, así como de la cooperación con socios del hemisferio, pero evita entrar en una cuestión especialmente sensible: el uso del instrumento militar en el ámbito doméstico, incluida la posibilidad de despliegues en ciudades o tareas cercanas a la aplicación de la ley. La seguridad fronteriza se presenta como misión fundamental en apoyo del Departamento de Seguridad Nacional, pero sin detallar mecanismos de ejecución ni límites operativos, pese a que en la práctica ya se han utilizado despliegues de la Guardia Nacional y apoyo al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Esta omisión sugiere más un cálculo político que claridad doctrinal.
La estrategia también reduce la centralidad de algunos escenarios de conflicto que han estructurado la planificación militar estadounidense durante décadas. No se plantea que un conflicto convencional con Rusia sea determinante para el diseño de fuerzas: Moscú se describe como amenaza persistente pero manejable, con relevancia principalmente en el ámbito nuclear, cibernético, espacial y submarino. El mensaje implícito para Europa es inequívoco: los europeos deben asumir la carga principal de la disuasión convencional en su propio teatro. Corea del Norte aparece como amenaza, pero más en términos regionales (para Corea del Sur y Japón) y desde la óptica del riesgo que representan los misiles capaces de alcanzar territorio estadounidense, sin una reflexión más amplia sobre la escalada o la disuasión extendida en Asia.
Otro vacío llamativo es la ausencia de una discusión presupuestaria mínimamente realista. La estrategia plantea objetivos ambiciosos –Golden Dome, una Armada revitalizada y ampliada, modernización del arsenal nuclear y expansión de la base industrial de defensa– pero evita cuantificar la factura estratégica y fiscal. Alcanzar cualquiera de estos fines requeriría inversiones masivas sostenidas en el tiempo y el documento no ofrece cifras, prioridades internas ni compensaciones claras. La pregunta clave –qué capacidades se financiarán primero y cuáles quedarán relegadas– queda sin respuesta.
Asimismo, el terrorismo islamista apenas recibe atención, más allá de una breve referencia a África y una mención a las organizaciones que poseen la capacidad y la intención de atacar el territorio nacional. Esto contrasta con la realidad operativa: EEUU sigue desplegando drones, fuerzas especiales y plataformas aéreas en múltiples escenarios para misiones antiterroristas. La EDN no aclara si considera esa amenaza contenida, residual o en aumento, ni si prevén ajustes en la campaña global de contraterrorismo. Tampoco incorpora una reflexión sistemática sobre las lecciones militares de las guerras en Ucrania y Oriente Medio, pese a que ambas han provocado transformaciones profundas en el uso de drones, munición, guerra electrónica, defensa aérea y logística industrial.
Más allá de las omisiones, la EDN contiene tensiones estratégicas difíciles de ignorar. Por un lado, reconoce que la vieja idea de la protección natural que ofrecían el Atlántico y el Pacífico ha quedado obsoleta en la era de misiles de largo alcance, ciber amenazas y ataques híbridos. Pero, al mismo tiempo, reorienta la estrategia hacia el hemisferio occidental y la defensa territorial como si ese repliegue geográfico pudiera devolver a EEUU una condición de santuario. En otras palabras: admite que los océanos ya no bastan, pero actúa como si el hemisferio pudiera protegerse por sí mismo.
La contradicción se acentúa en el plano político. El documento promete poner fin al intervencionismo, al cambio de régimen y a la construcción de naciones, pero esa retórica convive con precedentes recientes como la operación contra Nicolás Maduro y un plan posterior de estabilización. El mensaje no parece ser tanto el abandono de la coerción externa como su redefinición bajo una lógica de “seguridad hemisférica” y prioridad nacional.
En conjunto, la EDN expresa con crudeza un giro hacia la defensa territorial, pero aún no demuestra que ese giro sea compatible con una estrategia global creíble. La gran incógnita es si esta priorización del hemisferio responde a un realismo estratégico disciplinado o a una agenda doméstica que corre el riesgo de consumir capacidades militares sin resolver vulnerabilidades estructurales de fondo. Sin una revisión explícita de la postura global y de los recursos disponibles, el giro hemisférico puede terminar siendo menos una estrategia de seguridad y más una apuesta política con elevados costes estratégicos.
Conclusiones
En un discurso pronunciado en el Instituto Sejong de Corea del Sur, Elbridge Colby, responsable de política del Pentágono y autor principal de la EDN, defendió que la estrategia estadounidense debe abandonar la abstracción de las últimas décadas y volver a anclarse en la geografía, el poder y la capacidad industrial. Colby insistió en que la disuasión efectiva ya no depende tanto de prometer represalias como de negar al adversario la posibilidad misma de alcanzar sus objetivos y situó el Indo-Pacífico como el centro de gravedad geopolítico del siglo XXI, donde se decidirá el equilibrio global de poder. Esta lógica se refleja de forma clara en la EDN de 2026, que constituye, ante todo, una declaración de cambio de época: el documento asume que EEUU ya no puede sostener simultáneamente la primacía global, la disuasión extendida y la gestión de múltiples crisis sin afrontar límites materiales e industriales. Frente a la lógica de presencia global permanente que definió las décadas posteriores a la Guerra Fría, la estrategia plantea una jerarquía de prioridades más estrecha y un liderazgo más selectivo: menos promesa de estabilidad global y más capacidad para negar ventajas estratégicas a los rivales, apoyándose en aliados que asuman responsabilidades reales y sostengan el esfuerzo militar e industrial a largo plazo.
Para Europa, la EDN confirma una tendencia que Marco Rubio explicitó recientemente en la Conferencia de Seguridad de Múnich: la relación transatlántica deja de basarse en automatismos y pasa a regirse por una lógica de rendimiento estratégico. Rubio insistió en que el compromiso estadounidense con la seguridad europea dependerá crecientemente de la capacidad real de los europeos para asumir la disuasión convencional en su propio teatro, sostenerla industrialmente y reducir dependencias críticas. La EDN traslada ese mensaje de forma estructural: Rusia sigue siendo una amenaza persistente, pero ya no es el factor organizador del diseño de fuerzas estadounidense y la prioridad estratégica se desplaza hacia el Indo-Pacífico y la defensa territorial. En la práctica, esto implica que Europa se enfrenta a una ventana limitada para acelerar su rearme, reforzar su base industrial de defensa y demostrar credibilidad política y presupuestaria. De lo contrario, el riesgo no es sólo una reducción gradual de recursos estadounidenses en Europa, sino una transformación más profunda del vínculo transatlántico: de alianza estratégica a cooperación condicionada, selectiva y cada vez más transaccional.
Pero para EEUU esto también tiene sus riesgos. Al fin y al cabo, la EDN es una apuesta: si no se acompaña de decisiones presupuestarias creíbles y de una reducción explícita de compromisos, corre el riesgo de convertirse en más retórica estratégica que reordenación efectiva del poder estadounidense. Y si los aliados no cumplen, EEUU puede acabar atrapado entre dos escenarios igualmente problemáticos: una retirada prematura que debilite la disuasión global o una sobreextensión renovada que perpetúe precisamente las vulnerabilidades que la estrategia pretende corregir.
