Energía y conflicto en Oriente Medio: actualización de escenarios

Paisaje de las instalaciones del yacimiento de gas de South Pars en Irán. En primer plano, una tubería de gas natural sobre pilares, un montículos de tubos, y varios containers de colores apilados. Detrás, dos torres de gas encendidas, la primera con una llamarada grande desprendiendo una columna de humo oscura y la segunda con una llamarada más pequeña. Al fondo, el paisaje de las montañas desérticas con el cielo nublado.
Instalaciones del yacimiento de gas de South Pars (Irán). Foto: Alireza Firouzi / Getty Images.

Mensajes clave

  • El ataque de Israel a las infraestructuras energéticas de Irán ha puesto en riesgo la seguridad económica y energética de los países árabes del Golfo y aumentado su distanciamiento de Israel e Irán.
  • Los ataques a los activos energéticos de la región suponen una escalada hacia los escenarios más extremos (colapso sistémico) en términos de impacto global en el suministro y los precios energéticos.
  • La capacidad iraní de interrumpir el tráfico y la producción de energía se ha convertido en su principal palanca para asegurar la resiliencia del régimen. Y los mercados energéticos seguirán rehenes de esa palanca mientras no se encuentre una solución diplomática.

Análisis

El desplazamiento de dos grupos de combate de Estados Unidos (EEUU) al Golfo presagiaba tiempos difíciles para la seguridad regional y la energía global. En nuestra evaluación, publicada dos días antes del comienzo de los ataques, describíamos tres escenarios posibles: bloqueo, acciones militares intermitentes y escalada militar descontrolada. Cinco días después, nuestro siguiente análisis ratificó que los contendientes habían apostado por el tercer escenario, el de una escalada militar que colocaba los mercados energéticos al borde de una disrupción mayor.  

Argumentábamos que los contendientes se encontraban al borde –sin traspasarlo– de un conflicto energético porque a pesar de haberse registrado ataques sobre algunas infraestructuras energéticas de la región, ninguna de ellas era suficientemente grave hasta entonces como para causar una disrupción severa de impacto global prolongado. Algunos de los ataques se dirigieron contra instalaciones militares próximas a puertos, refinerías y depósitos, sin afectar directamente a las instalaciones energéticas. Cuando lo hicieron, no redujeron gravemente la capacidad de producción, aunque plantas como la instalación de gas natural licuado (GNL) catarí de Ras Laffan tuvieron que interrumpir cautelarmente las operaciones tras un primer ataque.  En el mismo sentido, y a pesar de las amenazas iraníes de usar la fuerza contra el tráfico por el estrecho de Ormuz, sus operaciones militares contra buques en tránsito mantuvieron un bajo perfil (entre 17 y 23 incidentes hasta la fecha[1]). La amenaza bastó para reducir el tráfico al mínimo sin que Irán empleara su capacidad militar para cerrarlo completamente.

Estos argumentos avalaban una cierta contención de los contendientes para no extender deliberadamente el conflicto a las infraestructuras energéticas de las que depende la prosperidad y la seguridad económica de todos los países del Golfo. La contención sobre el límite coincidía con el patrón seguido durante confrontaciones previas en octubre de 2024 y junio de 2025, en las que los ataques y las represalias mantuvieron al margen los objetivos energéticos, sin que éstos figuraran entre las prioridades de la designación de blancos. Además, la contención facilitaba la rápida normalización de los mercados de la energía una vez finalizado el enfrentamiento armado y puesta en marcha la desescalada. La resistencia de los mercados a subidas drásticas durante los primeros días del conflicto parecía compartir la argumentación sostenida, pero las expectativas de contención se vinieron al traste cuando el 18 de marzo la aviación israelí llevó a cabo un ataque a gran escala contra las instalaciones asociadas al campo de gas iraní de South Pars y el centro de procesamiento de Asaluyeh e Irán adoptó inmediatamente represalias contra activos energéticos clave de sus vecinos árabes.

1. Inseguridad energética

Tanto las instalaciones asociadas a South Pars como el centro de procesamiento de Asaluyeh son fundamentales para el sistema energético iraní, que basa la mayor parte de su actividad industrial y la generación eléctrica en el gas extraído de South Pars, así como para alimentar sus exportaciones a Irak y Turquía, que tuvieron que detenerse. Las represalias iraníes se extendieron a refinerías como las de Ras Tanura en Arabia Saudí, reabierta pocos días después, así como las de Mina Abdulla en Kuwait y la de Sitra en Baréin, que tuvieron que parar sus operaciones e invocar causa de fuerza mayor. Irán también atacó el centro de procesamiento de gas de Habshan de Emiratos Árabes Unidos (EAU), que tardó varios días en volver a operar, afectando también a su planta de GNL. Terminales portuarias de exportación como las de Fuyaira, también en EAU, donde desemboca el oleoducto emiratí que evita Ormuz, y un depósito de combustible en el puerto omaní de Duqm

El ataque más grave se produjo contra el complejo gasista catarí de Ras Laffan, que ya había sido atacado al comienzo de la guerra registrando daños menores. Tras el ataque israelí a las instalaciones gasistas iraníes del 18 de marzo, Irán volvió a atacar Ras Laffan, una infraestructura clave que concentra la actividad de licuefacción y exportación de GNL de Qatar, el segundo mayor exportador de GNL del mundo junto con Australia, con cerca del 20% de las exportaciones globales de GNL, sólo por detrás de EEUU. La propietaria del complejo, QatarEnergy, reconoció daños mayores en dos trenes de GNL participados por empresas estadounidenses que representan el 17% de la capacidad catarí y cuya reparación podría llevar entre tres y cinco años.

Se subía así un peldaño más de la escalada energética con una afectación seria y duradera de una infraestructura clave para Qatar y para los mercados globales de GNL. El efecto en los mercados es especialmente grave en la medida en que éstos contaban con nuevos desarrollos de GNL en Qatar para aumentar la oferta de gas y relajar los mercados. Como resultado de la escalada, Qatar no sólo ha paralizado la expansión prevista de sus capacidades, sino que ha visto reducida su capacidad actual y ha tenido que apelar a causa de fuerza mayor para no poder atender sus compromisos contractuales. La caída de la producción energética se contagia a otras cadenas de producción industrial, alimentaria y de servicios como el transporte que dependen del suministro energético y se ven arrastradas por el “colapso sistémico”.[2]

Respecto a Ormuz, las limitaciones de la navegación han seguido afectando gravemente a las exportaciones de petróleo y GNL. Hasta hace pocos días sólo se habían mantenido las exportaciones iraníes de crudo y algunos productos derivados, a las que se añadieron las ventas de petróleo iraní ya almacenado en petroleros tras levantar de manera sorpresiva el 20 de marzo EEUU las sanciones para aliviar la subida de precios del petróleo. Los últimos días se han producido exportaciones limitadas por Ormuz hacia la India desde EAU, y hacia Pakistán, mientras Irak estaría negociando con Irán el paso seguro de sus petroleros. Esta situación de control iraní sobre el tránsito por Ormuz, que le permite exigir pagos por tránsito seguro a los buques de bandera afines es una amenaza de primer orden para los exportadores árabes del Golfo. De mantenerse, sus economías quedarían supeditadas a las condiciones impuestas por Irán, que tendría el control de unas economías muy dependientes de las exportaciones de hidrocarburos. Pero sería también una amenaza de primera magnitud para la economía mundial, en la medida en que ésta quedaría igualmente condicionada a la capacidad iraní para chantajear a la comunidad internacional con un control del tránsito en función de sus intereses y de la postura adoptada por los diferentes países de destino.

Figura 1. Infraestructuras energéticas del Golfo afectadas por la guerra

2. Inseguridad regional

Los analistas y argumentos sobre la contención parece que han sobrevalorado la racionalidad económica de algunos de los actores ante el conflicto. Mientras EEUU y los países del Golfo se han mantenido dentro de la contención, los decisores políticos y militares de Israel e Irán se han desmarcado de la misma.

Irán no ha cambiado de régimen, pero sí de regidores y éstos han llegado a la conclusión de que la estrategia de la contención debilita a Irán y fortalece a sus rivales, por lo que han optado por causar todo el daño posible durante el tiempo que sea necesario. Irán comprobó en septiembre de 2019, cuando atacó el campo de Khurais y la refinería de Abqaiq, que el sistema de defensa integral aéreo y contra misiles (IAMD) de Arabia Saudí no estaba preparado para detener un ataque con drones y misiles de crucero y que unos pocos daños físicos afectaban severamente el mercado global de la energía (la mitad de la producción de petróleo saudí y el 5% de la producción global). Ahora, en lugar de calcular cuidadosamente los objetivos de su respuesta, ha optado por dañar indiscriminadamente todos los objetivos económicos, civiles y militares a su alcance. Aeropuertos, zonas residenciales, centros de datos y de comunicaciones, y desalinizadoras figuran entre sus objetivos, además de denegar el tránsito a los buques de sus rivales y atacar las infraestructuras energéticas de la región.

Por su parte, Israel ya atacó en junio de 2025 algunas instalaciones asociadas al campo de South Pars y la refinería de Fajr Jam, y no ha dudado en saltarse la contención para aumentar el daño que la escalada pueda causar a Irán. El ataque al campo iraní de South Pars dañó el sector energético iraní pero también abrió la escalada ya descrita contra todas las instalaciones energéticas del Golfo. El interés estratégico israelí no es mantener la estabilidad de los mercados energéticos, sino el de causar a Irán el mayor daño posible, aunque ello también dañe los intereses económicos de EEUU y los países árabes del Golfo.

Tampoco interesa a Israel favorecer la desescalada. Desea infligir cuanto daño sea posible a Irán en todos los ámbitos antes de que EEUU decida poner fin a los ataques. Tanto antes como después, al gobierno israelí no le interesa un alto el fuego o negociaciones que proporcionen tiempo a Irán para recuperar su poder militar y sus programas de misiles, y hará todo lo posible por perturbarlas. Antes del enfrentamiento ya temía que las conversaciones entre EEUU e Irán en Omán para reconducir el programa nuclear iraní evitaran un enfrentamiento armado como el actual.

Los intereses israelíes se fundan en el apoyo popular a sus acciones militares (el 78,5% de la población encuestada apoya los ataques sobre Irán y el 60% está muy satisfecho con los resultados) y en el limitado daño que padece. Sus infraestructuras energéticas se mantienen relativamente a salvo de los ataques iraníes, salvo el ataque iraní a la refinería de Haifa, que ha seguido operando tras sufrir daños reducidos. Además, Israel ha adoptado algunas medidas preventivas de protección en sus campos de gas offshore que aconsejaron parar la producción y han afectado sobre todo a las exportaciones a Egipto y Jordania, pero no al suministro nacional. El sistema de defensa aéreo ha conseguido –hasta ahora– proteger esas infraestructuras y al conjunto de la población de los ataques iraníes (345 misiles y 500 drones), con pocas víctimas (17 fallecidos y 4.190 heridos) (Figura 2). Sin embargo, las sirenas no paran de anunciar nuevos ataques y la utilización de cabezas explosivas de racimo en los misiles iraníes pone a prueba la capacidad de las defensas para interceptarlos antes de que dispersen su contenido.[3]

Figura 2. Bajas israelíes durante la operación León Rugiente

Gráfico barras que muestran las bajas israelíes durante la operación León Rugiente. El sistema de defensa aéreo de Israel ha conseguido –hasta ahora– proteger infraestructuras y al conjunto de la población de los ataques iraníes con pocas víctimas (17 fallecidos y 4.190 heridos).
Fuente: Institute for National Security Studies, INSS (2026), Tel Aviv, 16/III/2026.

Por su parte, los países árabes del Golfo desean evitar una guerra prolongada. Se encuentran atrapados entre la agresividad militar que exhiben Irán e Israel en la región y las dudas sobre las garantías de disuasión que sus aliados les pueden proporcionar desde fuera. Pese a los daños recibidos en sus infraestructuras civiles y energéticas, los países árabes del Golfo se han mantenido al margen de la escalada conscientes de su vulnerabilidad. Su neutralidad no les ha servido para evitar que los ataques de Irán incluyeran objetivos civiles y económicos nacionales, además de los previsibles ataques sobre las bases occidentales en la zona. Por el contrario, los daños a la economía comienzan a erosionar su capacidad de transformar su modelo económico y, como daño colateral, sus inversiones en terceros países. Habían solicitado previamente a EEUU que no atacara Irán sin negociar y advertido de que un cambio de régimen podría aumentar la inseguridad regional.

También albergan dudas sobre la capacidad estadounidense para sostener el sistema IAMD regional, debido a la creciente necesidad de interceptores (caros y de lenta producción) para hacer frente a las combinaciones de misiles y drones (baratos y rápidos de producir) que utiliza Irán siguiendo las lecciones aprendidas por Rusia en Ucrania. Hasta ahora, y a pesar del daño recibido, se han limitado a defenderse y a permitir que los defiendan sus aliados, sin realizar contrataques contra Irán, al menos mientras su capacidad de sufrimiento aguante la escalada iraní. Son conscientes de que no están en condiciones de asumir su defensa ni de influir sobre EEUU o Israel para finalizar una guerra que ellos no han buscado.

Finalmente, EEUU, o su presidente, no pueden finalizar la guerra sin resolver la disrupción del estrecho de Ormuz. Reducir la capacidad militar iraní para perturbar el tráfico, a lo que se están dedicando en los últimos días, puede llevar aún más tiempo y no hay garantías de que se suprima totalmente. Establecer un sistema de escoltas necesitaría todavía más tiempo y no parece posible sin un alto el fuego previo. Además, las fuerzas terrestres que se desplazan a la zona, en torno a 7.000 soldados, no son suficientes para conseguir efectos significativos en la seguridad marítima regional. Si Irán mantiene el bloqueo, EEUU puede optar por seguir la senda israelí para incluir en su targeting infraestructuras civiles para poner a prueba la capacidad de sufrimiento iraní.

Finalmente, y en relación con las expectativas de negociación en curso, sería una buena noticia para los mercados que EEUU e Irán retomen la senda negociadora que se cerró tras los ataques. Mientras se negocian los programas nuclear y de misiles, el tráfico se podría reanudar, de forma discreta, en beneficio de todos y salvando la cara frente a las opiniones domésticas. Sin embargo, y según lo visto en anteriores procesos negociadores, Irán podría seguir perturbando el tráfico por Ormuz cada vez que se estancaran las negociaciones, reanudar los ataques sobre las infraestructuras si Israel o EEUU emplean la fuerza o, lo que produce mayor preocupación, que alguno de sus grupos proxies pueda reemplazar a Irán en el chantaje energético.

Conclusiones
Al descontrol de la escalada puede coadyuvar la prisa de EEUU por salir airoso de su aventura militar. Si su superioridad militar en todos los dominios: espacial, aéreo, terrestre, marítimo y ciberespacial no basta para mantener abierta la navegación en el estrecho de Ormuz, podría tratar de forzar la resiliencia iraní atacando objetivos energéticos y económicos además de militares para forzar la reapertura. La amenaza de un apagón del sistema eléctrico si Irán no reabre en el estrecho en 48 horas es un preludio de lo que podría venir. También podrían retomarse las negociaciones, para lo cual se amplió cinco días el ultimátum.

Irán sólo puede progresar en su escalada atacando instalaciones energéticas en la zona, como lo hizo tras el ataque israelí sobre South Pars. La mera amenaza de usar la fuerza contra los buques de bandera “enemiga” basta para reducir al límite la navegación y, si es necesario, puede liberar alguna mina o atacar algún buque en la zona para respaldar su amenaza. Su postura agresiva es útil durante el enfrentamiento armado, pero los líderes iraníes saben que su principal problema es el de recuperar la economía iraní tras la guerra, cuando la población deje de envolverse con la bandera ante la agresión combinada de EEUU e Israel y puedan reanudarse las protestas. En el plano energético, prosigue la escalada hacia los escenarios más adversos en términos de afectación del suministro y subidas de precios: más ofensivas y más graves, y mayor duración de la disrupción en los mercados. Por un lado, los ataques contra activos energéticos siguen subiendo en intensidad. A pesar de que no se han reproducido las acometidas directas en los últimos días, el ataque contra las instalaciones cataríes de Ras Laffan supone un punto de inflexión en la medida en que por primera vez se ven afectadas infraestructuras clave para los mercados globales, en este caso de gas, y además de forma duradera: años, no meses de disrupción. Esto se suma a la inseguridad del estrecho de Ormuz y la amenaza iraní de prolongar su control permitiendo el tránsito de manera selectiva en función de la nacionalidad y destino de los petroleros y, eventualmente, metaneros.


[1] La cifra se ha elaborado mediante IA con base en los datos de Kpler, Lloyd’s List Intelligence y UKMTO. Incluye todo tipo de buques y ataques sobre un tránsito total de 110 buques y unos 800 en espera. Chan Ho-Him y Sheikh Saaliq (2026), “About 90 ships cross the Stratit of Hormuz”, Associated Press, 18/III/2026. 

[2] Lazaro Gamin, Blacki Migliozzi y River Akira (2026), “The Choking of Hormuz”, The New York Times, 25/III/2026.

[3] Bar Peleg y Yair Foldes (2026), “Israel Failed to Intercept an Iranian Cluster Missile”, Haaretz, 19/III/2026; Steven Scheer (2026), “Iranian cluster missiles pose extra challenge for Israel’s air defences”, Reuters 18/III/2026.