El régimen de la consolidación erosiva. El sistema de Putin antes de las “elecciones” de 2024

A la izquierda, personas de pies en las cabinas y a la derecha, unas urnas electorales con el escudo de la Federación Rusa en un colegio electoral durante las pasadas elecciones legislativas de 2021
Urnas electorales con el escudo de la Federación Rusa en un colegio electoral. Foto: Semen Salivanchuk / Getty Images

Tema
En su afán por construir una sociedad monolítica y consolidada, el Kremlin sólo ha logrado impulsar un pensamiento doble y una indiferencia evasiva aprendida. Una existencia apuntalada en bayonetas y porras policiales nunca podrá ser cómoda.

Resumen
El modelo de poder de Vladímir Putin se encamina hacia las elecciones presidenciales de marzo de 2024 apoyándose en gran medida en dos pilares inestables: el conformismo pasivo y el miedo, este último exacerbado por la repentina muerte en prisión del líder opositor Alexéi Navalni un mes antes de los comicios. Aunque nadie duda del resultado de las elecciones, la campaña presidencial está exponiendo ya el mito de una consolidación firme en torno a un presidente irremplazable. Es posible que Putin gane a corto plazo, pero está sembrando de minas el futuro del país. Aparentemente resignado al lema après nous, le deluge (tras nosotros, el diluvio), el régimen se muestra incapaz de definir sus metas y está agotando las reservas de recursos políticos, económicos, demográficos y psicológicos a largo plazo.

Análisis

Un Estado omnipresente

En la novela Un héroe de nuestro tiempo, el escritor ruso del siglo XIX Mijaíl Lérmontov retrató “todos los vicios de nuestra generación” en un solo hombre, el (anti)héroe de la historia. Transcurridos dos años desde el inicio de la “operación militar especial” rusa en Ucrania, el “hombre de nuestro tiempo” actual es un conformista pasivo que no desea ver ni escuchar lo obvio. Para excusar lo inexcusable y explicarse a sí mismo lo inexplicable, el ciudadano de a pie está adoptando una posición fetal, absteniéndose de asumir responsabilidad alguna y defendiéndose a sí mismo de un mundo caracterizado por una propaganda impuesta desde arriba. Este ciudadano sostiene que lo arcaico e impensable es totalmente moral y, por supuesto, el único resultado posible. En el universo particular de estos conformistas, la culpa y la responsabilidad colectivas no tienen cabida: como no pueden influir sobre nada, no son culpables de nada. Su posición podría describirse de la siguiente forma: “esta guerra es innecesaria, pero no fuimos nosotros quienes la empezamos”.

Durante los últimos dos años, el régimen de Putin ha reconstruido cada una de sus piezas para adaptarse a un estado permanente de guerra: la propaganda y la vida diaria, el modelo político de unificar el comportamiento de las elites y el ciudadano medio, los sistemas educativos y de justicia y, más importante aún, la economía.

Como cualquier conflicto enquistado, la guerra rusa ha visto el resurgir de una violencia inusual en la era posindustrial, junto con el concepto histriónico y arcaico de las muertes heroicas. Al público general no le queda apenas otra opción que seguir adaptándose. Ya no se trata de un régimen autoritario que exige sólo silencio a su pueblo, sino de un régimen semitotalitario (totalitarismo híbrido)[1] que demanda complicidad. Las personas han de cumplir con sus obligaciones para con el Estado al sacrificar a sus seres queridos en las trincheras, asistir a mítines multitudinarios de apoyo a la guerra y participar en actividades socialmente aceptadas, desde denunciar a un colega (o un estudiante, profesor o vecino) por verbalizar su rechazo a la guerra hasta la autocensura manifestada en acciones como la negativa preventiva a vender libros de autores calificados por el Kremlin como “agentes extranjeros”.

El totalitarismo de este nuevo tipo de régimen aún no es total. No todo el mundo será enviado a las trincheras y a cambio de este gesto piadoso por parte del Estado, el ciudadano medio promete refrendar la legitimidad del líder del país, que se perfila desde hace tiempo como insustituible. Esta es la fórmula del contrato social suscrito entre la sociedad y el Estado, al menos durante el segundo año de lo que el Kremlin ha denominado su “operación especial” contra Ucrania. El coste de comprar una tranquilidad ilusoria para las personas en Rusia es una papeleta depositada en una urna el día de las elecciones. Al votar por Putin, los rusos están apostando por la “estabilidad” y la libertad frente al riesgo de morir en el frente. No existe garantía alguna de que el Estado vaya a cumplir con su parte del trato, pero el público prefiere no pensar en la alternativa. Por el momento, este es un contrato que les funciona a ambas partes: tanto las autoridades como la mayoría obediente que ha abrazado una indiferencia aprendida.

Quienes voten en marzo a favor de revalidar la legitimidad de Putin –y, al mismo tiempo, la legitimidad de su guerra– serán fundamentalmente aquellas personas que dependen del Estado, ya sea social, económica o políticamente. Además, el grueso de los votantes incluye a muchas personas mayores que por edad no corren el riesgo de ser llamadas a filas.

El Estado omnipresente ha saturado los medios de comunicación, el cine y el teatro. Está impregnando el mercado editorial, cambiando las reglas de la lengua rusa al prohibir formas femeninas de profesiones, que interpreta como una muestra de simpatía hacia los derechos del colectivo LGBT, y ha dirigido su atención incluso a los clubes nocturnos. La prohibición de libros de autores de éxito como Boris Akunin, Dmitry Bykov y Lyudmila Ulitskaya, y los esfuerzos por limitar el acceso al aborto son todas ellas caras de una misma moneda: la biopolítica, o el deseo de controlar los proyectos vitales y la esfera privada del individuo, la nacionalización de su cuerpo, sus pensamientos y su alma. El cuerpo irá allá donde lo dictamine la oficina de reclutamiento militar, las ideas se expresarán en los exámenes de Historia de acuerdo con el contenido de los nuevos libros de texto y se transmitirá un comportamiento ideológicamente correcto a las personas al prohibir que los estudiantes citen libros de “agentes extranjeros” en sus trabajos.

Es esta una sociedad de masas y de narcisismo colectivo: somos los más unidos, los más consolidados, los mejores. El “yo grandioso” del poder (citando al filósofo Alexander Rubtsov)[2] se ha transformado en 2022-2023 en un “nosotros grandioso” colectivo, en el que la parte conformista de la sociedad está encantada consigo misma.

Previamente, era un “nosotros frente a los otros”: las personas de a pie frente a quienes gobiernan el país y se llevan una fortuna de los ingresos procedentes de la explotación de los recursos. Ahora, ya no hablamos de una estructura vertical sino de una horizontal: “nosotros” significa en estos momentos todos los rusos, incluido Putin y las autoridades, mientras que los “otros” son Occidente y Ucrania. Y, como es natural, el enemigo está hoy despersonalizado. Los enemigos ya no son personas y, por este motivo precisamente, se les puede combatir, humillar y matar.[3]

La regla de las afirmaciones negativas

Se trata de un régimen de identificación negativa (“no somos como ellos”) y consenso negativo (“debemos seguir nuestro propio camino en lugar de la senda tan transitada de la civilización, porque somos diferentes y excepcionales”), que se desarrolló mucho antes de febrero de 2022.[4] Putin está librando una batalla existencial contra Occidente por la identidad única y singular de Rusia. Para definir su identidad, necesita un manto ideológico ultraconservador. Esta identidad se manifiesta en términos arcaicos (el tamaño del territorio) y se vale de métodos también arcaicos (expansión y agresión).

Utilizando la terminología del politólogo estadounidense Francis Fukuyama, Putin y su régimen están consumidos por la megalotimia: la necesidad de ser reconocidos como superiores a los demás.[5] El narcisismo del líder se está transformando ahora en un narcisismo colectivo entre la mayoría obediente de la nación. “El narcisismo colectivo tiene importantes funciones”, apuntó el psicólogo alemán Erich Fromm en Anatomía de la destructividad humana (1973). “En primer lugar, promueve la solidaridad y cohesión del grupo y facilita la manipulación al apelar a prejuicios narcisistas. En segundo lugar, es extremadamente importante como elemento que aporta satisfacción a los miembros del grupo y, de manera particular, a quienes tienen pocos otros motivos para sentirse orgullosos y dignos”.[6]

La explicación de Fromm de la mecánica del sentimiento de masas característico de los regímenes totalitarios explica en gran medida por qué Putin y sus iniciativas cuentan con el apoyo de las masas: “El grupo al que uno pertenece se convierte en defensor de la dignidad humana, la decencia, la moral y la rectitud. Las cualidades diabólicas son asociadas al otro grupo; es peligroso, despiadado, cruel y básicamente inhumano”.[7] Laagresión defensiva se torna más fuerte que nunca, especialmente en tiempos de guerra. Este tipo de agresión es una herramienta muy útil para las autoridades, sobre todo en una situación en la que su popularidad se está estancando (como pudo observarse en 2020-2021).

La “operación especial” empezó con la lógica de “Nuestro pueblo [supuestamente los rusos étnicos en Ucrania] está siendo atacado” y continúa con el pretexto de reconstruir el orden mundial. El camino hacia este (des)orden mundial pasa por la guerra, porque el actual régimen ruso carece del poder blando necesario para llegar a él por otro medio. Una vez lanzada la “operación especial”, el poder blando, al igual que el régimen, adoptó un carácter negativo: la Rusia de Putin no es como Occidente (otro aspecto más de autoidentificación negativa) y se concibe a sí misma como líder de otro artificio ilusorio: la “mayoría global.”

Con todo, a su manera, Putin propició el fin del “fin de la historia”: el concepto de Fukuyama de la instauración duradera de los valores universalistas liberales en el mundo tras la caída del comunismo. El politólogo búlgaro Iván Krastev sostiene que lo único que queda del título del libro de Fukuyama El fin de la historia y el último hombre es el último hombre y un sentimiento persistente de que los pilares del mundo, aparentemente firmes y estables, están siendo destruidos.[8] Esta alarmante turbulencia es precisamente lo que está permitiendo a Putin hacer gala de su poder: al haber sido derrotado en términos de modernización y construir algo nuevo, espera reivindicarse en el campo opuesto de la expansión destructiva y la desmodernización.

Revolución y autogolpe

Evidentemente, causar tales turbulencias –aplastando los pilares del orden mundial como si fuera una suerte de revolución– no es nada nuevo. En el léxico ruso actual, la palabra “revolución” tiene connotaciones marcadamente negativas: hoy día, las revoluciones presentan siempre una variedad de “colores” y destruyen la “estabilidad”.  Con todo, lo que está ocurriendo en el país –y en el mundo– en el cénit del mandato de Putin, casi un cuarto de siglo desde que éste irrumpiera en la escena política abierta, es sin duda una revolución, si bien una de naturaleza conservadora e inversa.

La instauración de la dictadura de Franco en España fue caracterizada en términos ideológicos tradicionalistas como una “revolución y cruzada nacional”.[9] Los acontecimientos en Alemania en la década de los 30 fueron definidos exactamente en los mismos términos. En sus diarios y las cartas redactadas en esa época, el escritor alemán Thomas Mann mencionó a menudo este concepto, también en una misiva dirigida a Albert Einstein el 15 de mayo de 1933: “… esta ‘revolución alemana’, desde mi convicción más profunda, es verdaderamente innatural y abominable. No tiene ni una de las propiedades con las que las revoluciones reales, ni siquiera las más sangrientas, se ganaron la simpatía del mundo. Su esencia no es la ‘indignación’, independientemente de lo que afirmen o proclamen a gritos sus defensores, sino el odio, la venganza y una pasión de base por el asesinato y la miseria del alma de la pequeña burguesía”.[10] Este tipo de “revolución” propicia una unificación –impuesta por las autoridades– de la conciencia y la acción, denominada en su día Gleichschaltung (“homogeneidad,” “nivelación,” la implicación generalizada del público en la ideología dominante, la política unificada y la administración, con restricciones sobre los derechos de aquellas personas a quienes no se les aplican las nuevas reglas).[11]

En 2020, Rusia vivió otro acontecimiento comparable en escala a una revolución: el referéndum para enmendar la Constitución y reiniciar el reloj a los tiempos del presidente con miras a que Putin pudiera volver a presentarse a las elecciones y perpetuarse así en el poder hasta 2036. Algunos comentaristas describieron lo ocurrido como un golpe –algo que puede parecer imposible, habida cuenta de que Putin y su equipo ya ostentaban el poder–. Con todo, existe un precedente de esto mismo: el golpe de agosto de 1991 en la Unión Soviética también fue perpetrado por personas en los corrillos del poder, si bien en esta ocasión el golpe estaba dirigido contra el jefe del Estado. Cambiar de forma arbitraria la Constitución para prorrogar el mandato del gobierno es un pulso a las normas legales, políticas y (quizá más importante aún) las morales, en lo que constituye un autogolpe clásico.

Ese extraño referéndum del verano de 2020 moldeó de forma definitiva el régimen que lanzó la “operación especial” el 24 de febrero de 2022. El acto de votar las enmiendas a la carta magna del país fue otro tipo de “proceso electoral” que permite al presidente –reelegido sólo dos años antes– permanecer en el poder hasta 2026.

Dicho esto, el régimen de Putin que, como todo lo totalitario, parece poderoso y formalizado, está perdiendo su base institucional. Las leyes –incluso las que forman parte del sistema de la represión autoritaria– son aplicadas de forma arbitraria. Los funcionarios y agentes del orden actúan conforme a lo que creen que haría una persona bien concreta en su lugar: el sistema está integrado, de hecho, por un ejército de Putins en miniatura. Así, los pilares del Estado, lejos de afianzarse, se están agrietando. En lugar de crearse instituciones, se está produciendo un deterioro y una desinstitucionalización de las mismas. Es posible que existan leyes, pero el Estado, las instancias de investigación y los tribunales pueden utilizarlas para ejercer un control y una violencia que escapa a la propia ley.

El abogado alemán Ernst Fraenkel, cuya obra The Dual State fue publicada en 1941, describió un fenómeno similar en el que en paralelo a un “Estado normativo” que se mantiene oficialmente en pie existe otro “Estado con prerrogativas” que emplea la violencia a su discreción, limitándose a apoyar de boquilla el sistema normativo habitual.[12] Este enfoque “dual” para identificar al “enemigo” y combatirlo fue invocado también por un alto funcionario de justicia ruso en un caso concreto: “Estas personas [un estudiante que había criticado la “operación especial”] son nuestros enemigos. Quizás no hayan cometido un delito de forma directa, pero este es el tipo de gente al que perseguimos. Tanto nosotros como los cuerpos de seguridad, la policía y la fiscalía”.

Este menosprecio a la ley tampoco es nuevo. La justificación es la siguiente: no sólo no somos como los demás, sino que vivimos en condiciones extraordinarias “de tiempos de guerra”. Al haber concebido esta identidad negativa, Putin y su élite decidieron imponérsela a la sociedad. La “operación especial” no es nada menos que una batalla por una nueva identidad artificial afirmada a través de leyes internas represivas y una expansión territorial que choca de lleno con el derecho internacional. Mientras tanto, la causa común diseñada para apuntalar esta identidad se manifiesta de las maneras más ridículas: las personas encuentran unidad en actividades compartidas como tejer redes de camuflaje, algo descrito con toda solemnidad como el “movimiento de todo un pueblo”.

Un nuevo lenguaje

Describir y excusar esta realidad patriótico-militar requiere un nuevo lenguaje: como es natural, uno de un pathos heroico y de tono acusatorio. Este dialecto social se forja también por la lógica de la identidad negativa y, como tal, desprecia a los “traidores”, las “manzanas podridas” y los “agentes extranjeros”, imitando involuntariamente el lenguaje de la “lucha contra los cosmopolitas” de finales de los años 40 y principios de los 50 del siglo pasado. La motivación tras el endurecimiento de la legislación respecto de los “agentes extranjeros” sigue el mismo patrón de aquellos tiempos, tal y como ilustran las palabras de Andrei Zhdanov, el ideólogo del estalinismo tardío: “El plan para derrotarnos en el campo de batalla ha fracasado. Ahora, el imperialismo se centrará con mayor persistencia en una ofensiva ideológica contra nosotros”.[13] Comparemos esta afirmación con un pasaje del discurso presidencial de 2023: “No pueden no darse cuenta de que es imposible derrotar a Rusia en el campo de batalla, de ahí que estén lanzando ataques informativos cada vez más agresivos contra nosotros”.

El problema es que este nuevo lenguaje agresivo no sólo se utiliza para fines propagandísticos, sino que se emplea también con el fin práctico de la persecución judicial. Los cargos presentados contra el activista por los derechos humanos Oleg Orlov por “desacreditar al ejército”, por ejemplo, incluyeron una “hostilidad ideológica hacia los valores espirituales, morales y patrióticos tradicionales de Rusia”, una formulación llena de fantasía que no encuentra fundamento alguno en la ley.

El nuevo lenguaje no sólo permite a quienes lo utilizan demostrar que son ciudadanos fieles, sino que les permite también exponer a sus propios enemigos, como pudo observarse en la lucha por el poder de enero de 2024 en el seno del Instituto de Filosofía de la Academia Rusa de las Ciencias, cuando un grupo de seguidores de la “filosofía soberana” acusó a sus colegas de “postrarse ante Occidente,” repitiendo nuevamente leitmotivs del discurso estalinista de finales de los 40. La noción de “adulación de todo lo extranjero” fue mencionada en primera instancia en 1946, mientras que la etiqueta de los “cosmopolitas” empezó a infiltrarse en la circulación verbal en esa misma década. Este último término se hizo oficial en un artículo en Pravda con fecha 28 de enero de 1949, en el que un “grupo antipatriótico de críticos teatrales” fue descrito como “portadores de algo profundamente repugnante y hostil hacia la persona soviética, el cosmopolitismo sin raíces”, destrozando “la naturaleza ideológica monolítica de la sociedad soviética”.[14] En cuanto a los motivos frecuentemente esgrimidos destacan el monolitismo, la consolidación, la unidad y la purga de quienes no se suman a la masa general.

“La operación militar especial ha propiciado una unión sin precedentes en nuestra sociedad y ha facilitado la purga [cursiva del autor] de las personas que no se identifican con ser rusos, la historia rusa y la cultura rusa”, destacó el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov en una conferencia de prensa el 19 de enero de 2024. Dicho discurso es, nuevamente, más propio del último periodo de Stalin que del periodo posterior y, comparativamente, “vegetariano” del “socialismo desarrollado”: tras la era estalinista tardía apenas se habló de “purga”, una seña de identidad de los regímenes totalitarios del siglo XX y sus ideólogos. En 1933, por ejemplo, el teórico político y jurista alemán Carl Schmitt escribió sobre la “purga” de “elementos extranjeros” de la vida pública.[15] En la narrativa rusa, expresiones tales como la “naturaleza existencial de las amenazas” y la “confrontación existencial” han cobrado popularidad. En El concepto de lo político, Schmitt manifestó: “El enemigo es existencialmente diferente y extranjero, y lo es con gran intensidad. En casos extremos, pueden surgir conflictos existenciales con él”.[16]

En este discurso, el origen de la conspiración contra Rusia no es otro que Occidente. Serguéi Naryshkin, director del servicio de inteligencia exterior ruso, afirmó en una entrevista: “…los occidentales pensaban que podrían gestionar a Rusia del mismo modo y llegaron a amenazarnos más o menos abiertamente con una revolución y con derrocar el gobierno legalmente elegido”. Este rechazo de toda forma de influencia occidental es tan viejo como el mundo. Este discurso predominó ya entre los líderes eclesiásticos en los siglos XVI y XVII (como explica Dmitry Travin, investigador de la historia de la modernización rusa, en esa época “la ilustración era un negocio peligroso y mortal”[17]) y volvió a aflorar en 1917, cuando los patriotas conservadores desataron rumores que apuntaban a que la revolución era obra de “liberales y funcionarios de la Duma estatal a quienes lord Buchanan (el embajador británico) les había provisto de manuales sobre el tema”.[18]

Todo autoritarismo que ha encontrado las palabras para formular una ideología y que tiende a transformarse en una suerte de sistema semitotalitario o neototalitario aspira, si no a rehacer a su pueblo, al menos a instaurar un modelo antropológico imaginario. Para el régimen de Putin, ese niño del póster (literal) es un joven de gesto duro ataviado de uniforme militar que desde un gran panel publicitario insta a su pueblo a unirse a filas y luchar por su país. Se trata de un arquetipo que apenas difiere del de los héroes totalitarios clásicos de las dictaduras del siglo XX: los carteles y las imágenes son inquietantemente parecidos. En cambio, la pose distinguida del popular cantante “patriótico” Shamán, con sus aires típicamente arios, cabellera rubia y vestimenta de cuero negro, recuerdan más a la década de los años 30. Se trata de la perfecta encarnación del arte totalitario.

Shamán utiliza el medio de la música pop para trasladar una identidad negativa a las masas (“Soy ruso y eso es algo que le fastidia a todo el mundo”) y el culto a una muerte heroica: “Para quienes han encontrado su cielo y ya no están con nosotros / Alcémonos y cantemos”. El patriarca Cirilo por su parte, se vale del medio religioso para transmitir las mismas ideas a sus feligreses: “La Iglesia reconoce que si alguien –motivado por un sentido del deber y por la necesidad de cumplir con su obligación– es fiel a su vocación, hace aquello que le ha sido encomendado y, al hacerlo, encuentra la muerte, entonces no cabe duda de que está realizando un acto equivalente a un sacrificio. Se está sacrificando a sí mismo por los demás. Y, por tanto, hemos de pensar que este sacrificio le exime de todos los pecados”.

El nuevo hombre de nuestro tiempo abraza pues “los valores tradicionales” y celebra el que se muera por la madre patria. Tiene muchos vástagos porque las familias numerosas aportan al Estado nuevos soldados y trabajadores para los complejos militares e industriales, ambos necesarios para aplastar con éxito al enemigo, tanto nacional como extranjero. El enemigo es otro tropo clásico del género autocrático, ya se trate del “enemigo del pueblo”, “el cosmopolita sin raíces” o el “agente extranjero”. Con arreglo a este criterio y a la memoria aniquilada de las represiones estalinistas, el régimen actual puede ser calificado de neoestalinista.

En el segundo año de la guerra, muchas figuras públicas o cuasipúblicas de los sectores de la cultura y la educación decidieron que este régimen, más duro que nunca antes, está aquí para quedarse. En consecuencia, no basta con adaptarse, sino que hay que rendirse ante él: dicho de otra forma, apoyar abiertamente a Putin y su guerra. Este sentimiento se ha acrecentado en gran medida durante la campaña de las presidenciales, en la que, para muchos, el apoyo público es una garantía para seguir con su carrera profesional y evitar el riesgo de ser declarado enemigo. Esto obedece en parte a la fatiga que emana de la incertidumbre. En 2014 vivimos procesos similares, cuando muchas de las personas que participaron en las manifestaciones contra Putin de 2011-2012 decidieron que no había motivo para oponerse a la euforia colectiva por la anexión de Crimea y que debían por tanto sumarse a esas masas exultantes. Al fin y al cabo, es más fácil sobrevivir así.

Paleomodernidad y parásitos

Putin se embarcó en esta guerra para cambiar el orden mundial y obligar al mundo a regirse por sus reglas. Para hacerlo, debía mantener su país y la esfera de su influencia geopolítica en un Estado de “paleomodernidad”, utilizando el término del científico cultural Alexander Etkind. Esta “paleomodernidad” se basa en rechazar los tipos de energía que requieran una “colonización de los recursos, un imperialismo de asentadores y un capitalismo bélico”, lo cual explica en gran medida la predisposición de Putin, claramente una figura de la vieja escuela, a emprender una expansión territorial.[19] La vieja Rusia se desarrolló de forma inorgánica, fruto de la colonización interna, y la necesidad de proteger los territorios imperiales colonizados donde se hallaron depósitos críticos de petróleo y gas forjó una mentalidad defensiva entre la élite y un culto por su propia seguridad.

La ideología ultraconservadora y nacional-imperialista es utilizada para justificar este culto. Putin y su equipo son un producto de esta “paleomodernidad”. El mundo se encamina, como diría Etkind, hacia la “gaiamodernidad”, que conlleva una transición hacia otros tipos de energía (y ahorro energético) para garantizar que tras nosotros no se produzca un diluvio mundial.

Al defender su propia visión del mundo, Putin está protegiendo el modelo que resulta de su desarrollo, lo cual exige un marco político totalitario e imperial. Su guerra es una batalla en la que el futuro es el pasado: una batalla que carece de un objetivo estratégico claramente definido. La parálisis en la fijación de objetivos y el desprecio hacia el futuro capital humano ruso son inherentes a la política, fundamentalmente táctica, del régimen ruso.

En otra de sus obras, La naturaleza del mal, Etkind explica la lógica de la creación de un Estado como el de Putin, que plantea hoy una amenaza permanente de expansión externa: “En lugar de instituciones comprometidas con la producción de mano de obra y conocimiento, emerge un aparato de seguridad necesario para proteger las rutas de transporte y los flujos de efectivo. Al mismo tiempo, se desarrolla un sistema burocrático que redistribuye los flujos de materiales mientras se apropia de un porcentaje de los mismos”.[20] Durante la “operación especial,” el Estado empezó a utilizar los ingresos de las materias primas para fabricar armas y comprar mano de obra para el frente, así como la lealtad de esa parte de la población implicada en la guerra, ya sea directa o indirectamente. Entre tanto, una parte cada vez más pequeña de los ingresos se destina al capital humano, como la sanidad y la educación (sin incluir el adoctrinamiento de las nuevas generaciones en la ideología del putinismo).

En el cuarto de siglo que lleva en el poder, Putin ha creado una élite parásita que depende, no ya de la población del país, sino del Estado y la distribución de la renta, de ahí su aceptación de la “operación especial” de Putin y su actitud de “tras nosotros, el diluvio”. Al hacer que un porcentaje significativo de la población del país dependa de los fondos y empleos públicos, el régimen ha producido una masa crítica de personas controladas e indiferentes cuyo objetivo se limita a sobrevivir más que a desarrollarse, personas, en definitiva, que no se plantean seriamente su futuro. La nueva clase media está integrada, no ya por empresarios o profesionales creativos, sino por un número creciente de siloviki (funcionarios del servicio de seguridad) y burócratas cuyos ingresos y estatus social dependen íntegramente del Estado.

Como apuntó el psicólogo Alexander Asmolov, la ideología de la seguridad requiere un estado de crisis permanente. Es imposible relajarse; la sensación de inestabilidad y peligro –y el temor a una guerra mundial– son permanentes, pero la vida diaria, con la excepción de las zonas cercanas a la frontera con Ucrania, se desarrolla con normalidad, como si no hubiera guerra alguna. Para la mayoría de los rusos, la lucha no es más que un trasfondo poco agradable de su existencia. La normalidad de una crisis permanente y un contexto de guerra y la preparación para una movilización inmediata de un Estado desmovilizado han hecho que gran parte de la población rusa haya desarrollado una capacidad de adaptación impresionante hacia circunstancias estresantes. Ahora bien, esto conlleva que dichas circunstancias generen indiferencia, porque la indiferencia es también un mecanismo de defensa: una forma de sobrevivir en sociedad en una situación en la que el horizonte para hacer planes vitales tiene un marco temporal muy corto.

Resulta imposible predecir cuánto tiempo puede durar este modelo de supervivencia. El régimen cree que el tiempo está de su lado, lo cual significa que la “operación especial” puede continuar, especialmente en vista de que ganará en legitimidad una vez que el pueblo ruso revalide su apoyo a Putin –y, al hacerlo, a su guerra permanente–. Nikolai Patrushev, director del Consejo de Seguridad ruso y uno de los aliados más próximos al autócrata ya lo ha advertido: “Estados Unidos, la OTAN y sus satélites están utilizando el régimen nazi de Kiev y varios tipos de mercenarios para librar una proxy war (o guerra subsidiaria) contra nuestro pueblo y país que el mundo anglosajón no detendrá ni siquiera con el cese de las hostilidades activas en el conflicto de Ucrania.”

Esto significa que Putin está preparado para seguir. En casa, el régimen tiene todas las herramientas que necesita para seguir librando una guerra en el segundo frente: la guerra contra su propia sociedad civil. Con todo, la resistencia al régimen persiste y existe una demanda por un movimiento antibélico y anti-Putin, algo que resultó evidente cuando incluso en un contexto de supresión total de todo lo que se mueve dentro del país, afloraron dos candidatos presidenciales independientes contrarios a la guerra: Yekaterina Duntsova (surgida de la nada) y Boris Nadezhdin (de un pasado liberal distante). Estas dos figuras y, en concreto, la recogida de firmas necesaria para la candidatura de Nadezhdin a la presidencia, se convirtieron en un barómetro de la demanda de una alternativa democrática. Las personas, al no poder tomar las calles para manifestarse, hicieron cola en todo el país con temperaturas gélidas para estampar su firma como muestra de apoyo al candidato a la presidencia antibélico (tras la exclusión de Duntsova). En última instancia, se impidió a Nadezhdin presentarse, pero lo ocurrido sirvió para demostrar que el Kremlin no lo había tomado en serio, lo cual significa o bien que su análisis no había contemplado ese deseo de una alternativa o simplemente que no creyera que pudiera siquiera manifestarse en el contexto de control y represión social y política. Las personas se mantuvieron calladas, pero en cuanto se presentó la ocasión de señalar la puerta de salida al régimen, quisieron aprovecharla.

Conclusiones
La muerte en una colonia penitenciaria en el Ártico del líder opositor Alexéi Navalni el 16 de febrero causó una gran conmoción en lo que queda de la sociedad civil rusa, pero dada la represión a la que se enfrenta la población, no hubo posibilidad de actividad de protesta alguna. La única forma en que las personas pudieron expresar su opinión fue depositando flores en monumentos a las víctimas de la represión política, en un tributo al hombre que había representado una alternativa clara a Putin. Las autoridades lo vieron, con razón, como un acto de resistencia y evitaron que las personas pudieran desplazarse a estos memoriales, demostrando de nuevo la línea de sucesión directa del régimen de Stalin.

En los días posteriores a la muerte sin motivo aparente de Navalni, hubo mucho debate en torno a si sería o no un punto de inflexión en la historia política. La respuesta es no. Ha habido ya muchos otros momentos de este tipo: la anexión de Crimea en 2014, las enmiendas constitucionales de 2020 para permitir a Putin permanecer en el poder y el envenenamiento de Navalni con un agente nervioso ese mismo año, el cierre en 2021 de Memorial, una ONG dedica a preservar la memoria de las víctimas de la represión estalinista, y, por supuesto, el inicio de la “operación especial” en 2022.

En su afán por crear una sociedad monolítica y consolidada, lo único que ha conseguido el Kremlin es promover un pensamiento doble y una indiferencia evasiva aprendida. Es posible que haya suficientes recursos durante los próximos años para mantener a flote un régimen que se rige por el principio de “tras nosotros, el diluvio”, pero una existencia que se sustenta en bayonetas y porras policiales nunca podrá ser cómoda. De la misma forma, una consolidación nacional en torno a un líder a partir de una premisa negativa –el odio hacia el mundo civilizado y el distanciamiento de este– nunca podrá ser ni mínimamente estable.


[1] Andrei Kolesnikov (2023), “How Putin’s “Special Military Operation” Became a People’s War”, Carnegie Politika, Carnegie, 4/IV/2023, https://carnegieendowment.org/politika/89340; https://gorby.media/articles/2023/11/16/gibridnyi-totalitarizm; https://newtimes.ru/articles/detail/211258

[2] Alexander Rubtsov (2020), Narcissus in Armor. Psycho-Ideology of the ‘Grandiose Self’ in Politics and Power (en ruso), Progress-Tradition, Moscú.

[3] Erich Fromm (1994), Anatomía de la destructividad humana, Respublika, p. 113.

[4] Andrei Kolesnikov (2017), “Régimen de consenso negativo”, Carnegie Moscow Center, diciembre, https://carnegieendowment.org/2017/12/21/ru-pub-75077.

[5] “… isothymia is the demand to be respected on an equal basis with other people; while megalothymia is the desire to be recognized as superior”. Véase Francis Fukuyama (2018), Identity. The Demand for Dignity and the Politics of Resentmen, Profile Books, Londres, p. xiii.

[6] Erich Fromm. op. cit., p. 177.

[7] Ibid, p. 178.

[8] Ivan Krastev (2024), “Nos comportamos como si fuéramos los últimos habitantes de la Tierra”, entrevistado por Andrei Kolesnikov, Gorby, nº 5, enero, p. 60.

[9] Alexander Baunov (2022), El fin de un régimen. Cómo acabaron tres dictaduras europeas, Alpina Editores, p. 21.

[10] Thomas Mann (1975), Cartas, Nauka, p. 53.

[11] Martin Heidegger (2016), Reflexiones II – VI (Cuadernos negros 1931-1938), Moscú, Editorial del Instituto Gaidar, p.148.

[12] Ernst Fraenkel (2017), The Dual State. A Contribution to the Theory of Dictatorship, Oxford University Press; Jan-Werner Müller (2017), Controversias sobre la democracia. Ideas políticas en la Europa del siglo XX, Editorial del Instituto Gaidar, Moscú, pp. 198-199.

[13] Citado de, Solomon Volkov, Teatro Bolshoi. Cultura y política. M., Editorial AST, editado por Elena Shubina, M, (2018), p.397. La cita en sí se conoce por las memorias de Dmitri Shepilov. Unprimknivshchy se refiere a septiembre de 1947.

[14] Gennady Kostyrchenko (2009), “Stalin contra los ‘cosmopolitas’. El poder y los intelectuales judíos en la URSS”, ROSSPAN, Moscú, p. 130.

[15] Emmanuel Fay (2021), Heidegger, introduciendo el nazismo en la filosofía. Sobre el material de los seminarios de 1933-1935, M., Editorial Delo, p.338.

[16] Emmanuel Fay. op.cit. p.350.

[17] Dmitry Travin (2023), Russian Trap, Editorial de la Universidad Europea de San Petersburgo, San Petersburgo, p. 111. Muchos ejemplos del rechazo de la influencia occidental en la historia rusa, notablemente similares a los tiempos actuales, los da James Billington en su clásico libro Icon and Axe. Una experiencia de interpretación de la cultura rusa (2011),M.I. Rudomino VGBIL, Moscú.

[18]  Vladislav Aksenov (2023), Guerra de patriotismos. Propaganda y actitudes de masas en Rusia durante el colapso del Imperio, Nueva Revista Literaria, Moscú, p. 412.

[19] Alexander Etkind (2023), Russia against Modernity, Polity Press.

[20] Alexander Etkind (2020), La naturaleza del mal. Las materias primas y el Estado, Nueva Revista Literaria, Moscú, p. 470.