La visión de Rusia del papel de los BRICS+ y de la OCS en el diseño de un nuevo orden internacional
La “mayoría mundial” no es una alianza institucionalizada, sino una comunidad simbólica e imaginada que agrupa a países del sur y del este global que, según la visión de Moscú, comparten el deseo de liberarse del dominio occidental. Es un concepto más político que empírico. El término “mayoría mundial” tiene una triple connotación: (1) ideológica, al proponer una narrativa inclusiva que legitima el aislamiento de Rusia; (2) discursiva, al convertir su condición de “minoría sancionada” en la de “vanguardia emancipadora” y (3) diplomática, al justificar la búsqueda de alianzas flexibles y pragmáticas con Estados que no necesariamente comparten una agenda abiertamente antioccidental.
Moscú ha convertido la guerra en Ucrania en un instrumento esencial para remodelar ese orden internacional.Más allá de la mera conquista territorial de un Estado vecino, su objetivo es instaurar un mundo multipolar que desafía los principios liberales y democráticos de Occidente.
Rusia se presenta como una civilización propia y distinta de Occidente. El enfoque civilizacional sirve para legitimar un orden multipolar basado en esferas de influencia. El discurso ruso sostiene que el mundo transita hacia un orden multipolar organizado en civilizaciones y no en Estados, lo que justifica la reivindicación rusa de un liderazgo jerárquico en su vecindad, el refuerzo del Russkiy Mir y el rechazo del universalismo occidental.
La narrativa del Estado civilización articula la estrategia mesiánica postoccidental de Rusia. Este marco ideológico permite a Moscú rechazar el orden liberal surgido tras 1991; acercarse a otras “civilizaciones” revisionistas como China, la India o Irán, y proyectarse como garante militar de un nuevo orden global más fragmentado y plural, con mayor peso del sur global y menor centralidad de Occidente.
Los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) son los pilares del proyecto ruso para un orden postoccidental. Las dos instituciones se han convertido en el laboratorio de la multipolaridad y en la vanguardia política de la “mayoría mundial”. Rusia concibe ambos marcos como un ecosistema institucional complementario: la OCS reorganiza Eurasia sobre bases soberanistas y civilizacionales, mientras los BRICS proyectan esa transformación al plano global mediante instituciones alternativas que erosionan la hegemonía normativa occidental.
La guerra de Ucrania marca el fin del ciclo liberal y acelera la fragmentación del orden internacional. El conflicto ha consolidado la ruptura entre Rusia y Occidente, fortalecido la convergencia entre potencias revisionistas y reforzado la percepción en el sur global de que el orden liberal es desigual y excesivamente occidental.
La Unión Europea (UE) afronta un desafío estructural a su modelo político, económico y normativo. La fragmentación del orden liberal debilita su política exterior, limita su influencia en el sur global, incrementa sus vulnerabilidades económicas y energéticas y obliga a construir nuevas capacidades de autonomía estratégica en un entorno marcado por redes económicas y de seguridad no occidentales.
España enfrenta riesgos específicos en su vecindad y en América Latina, pero también oportunidades si actúa como puente. El eje euroasiático altera el equilibrio en el Mediterráneo y el Sahel, mientras la narrativa rusa reduce la influencia europea en América Latina. España debe reforzar la seguridad en el flanco sur, renovar su estrategia iberoamericana, diversificar sus fuentes energéticas y posicionarse como articuladora entre la UE y el sur global.
El desafío planteado por la “mayoría mundial” es, por ahora, más narrativo y simbólico que militar o económico. Europa y España deben demostrar que su modelo político sigue siendo capaz de generar legitimidad y cooperación en un mundo plural. Frente al orden civilizacional promovido por Rusia, la respuesta no puede basarse en una defensa nostálgica del liberalismo, sino en su renovación estratégica. Esto es, una Europa menos eurocéntrica, más autónoma y capaz de competir por el reconocimiento global a través de la coherencia, la innovación y la reciprocidad.
Europa debe asumir que la multipolaridad no es un escenario transitorio, sino la estructura del nuevo orden global. Es necesario redefinir la autonomía estratégica en un sentido integral, militar, tecnológico, energético y cognitivo, contribuyendo así a una relación transatlántica más equilibrada.
La UE y España deben contrarrestar el atractivo de la narrativa de la mayoría mundial mediante una política exterior menos moralista y más relacional basada en la reciprocidad y los intereses compartidos. Para ello conviene promover: (a) asociaciones con África y América Latina orientadas al desarrollo sostenible, la educación y la innovación tecnológica; (b) una reformulación de la política de cooperación que compita con la oferta del BRICS+ en financiación de infraestructuras, priorizando la calidad institucional, la sostenibilidad ambiental y la transferencia de capacidades, c) el apoyo a la reforma de las instituciones multilaterales para reforzar la representación del sur global y reducir el espacio de legitimidad que Rusia explota.
España, como potencia media con vocación de puente, debería: consolidarse como actor impulsor del sur global europeo conectando la UE con América Latina, el Magreb y África occidental; priorizar la seguridad del flanco sur mediante la cooperación con Marruecos, Argelia y los países del Sahel; desarrollar una estrategia iberoamericana renovada que aproveche el valor del español como lengua de poder y promueva alianzas tecnológicas y energéticas en América Latina, y reforzar la diversificación energética por medio de interconexiones con el norte de África que consoliden a España como nodo gasista y renovable en Europa.
Reforzar la diplomacia estratégica y el pensamiento prospectivo. La reconfiguración del orden internacional exige una inteligencia estratégica más anticipatoria y multidimensional. Es fundamental potenciar centros de análisis y diplomacia pública capaces de comprender las narrativas del sur global y contrarrestar la desinformación rusa y china; fomentar la formación en cultura estratégica y política exterior comparada, especialmente en Eurasia y el Indo-Pacífico, y promover un diálogo euroasiático estructurado que permita entender y, cuando sea posible, influir en las dinámicas del BRICS+ y de la OCS desde una perspectiva realista y no puramente reactiva.

