Resumen ejecutivo

“La promoción del uso del portugués y el español como lenguas de ciencia en Iberoamérica es una cuestión clave para garantizar la protección de la diversidad y el acceso universal al conocimiento”.

Angel Badillo

¿Qué futuro tienen el español y el portugués como lenguas de ciencia? ¿Hay razones para la preocupación por el futuro de dos lenguas habladas en varios continentes y ambos hemisferios? El acelerado proceso de globalización nos sitúa ante la paradoja de discutir acerca de la necesidad de establecer mecanismos de protección para lenguas con cientos de millones de hablantes ante la hegemonía de la anglofonización de ciertos campos de la actividad social, en particular el de la producción, la difusión y la circulación del conocimiento científico, en el mundo contemporáneo y, muy particularmente, en el espacio iberoamericano.

La centralidad que ha adquirido la ciencia en nuestras sociedades –mayor aún con la crisis pandémica global– se ha acentuado progresivamente desde mediados del siglo pasado, cuando la economía privada, las administraciones públicas y los organismos internacionales contribuyeron a reconocer la importancia de la producción de conocimiento científico en la promoción del crecimiento y el desarrollo. La inversión mundial en I+D era de 100 mil millones de dólares en 1973, 203 en 1980, 410 en 1990, 755 en el 2000 y 1138 en 2007; los datos de Naciones Unidas confirman esta tendencia al crecimiento si tomamos como referencia el PIB: el gasto público en I+D era del 1,54% del PIB mundial en 2005, el 1,62% en 2010, el 1,70% en 2013 y el 1,72% en 2017. No se trata solo de que el gasto en investigación no pare de crecer, sino que lo hace en cada vez más países: si en 1960 Estados Unidos realizaba el 69% del gasto mundial en I+D, en 2018 ya solo suponía el 28%, si bien las diferencias regionales son enormes, con Europa y Norteamérica por encima del 2% de inversión respecto a su PIB en I+D y Latinoamérica con un 0,6%.

Aunque algo más tarde que otras regiones, América Latina ha construido sus propios sistemas científicos en un contexto de inversión irregular conducida por las orientaciones de las organizaciones internacionales y de los modelos de éxito de otros países y regiones. Su reducida capacidad de impacto sobre el tejido productivo y la economía real han terminado por dejar al estado como el principal impulsor de la inversión regional en I+D, y a los centros de educación superior como los principales actores, especialmente en términos de personal investigador, del sistema. En las décadas en las que se ha producido un intenso crecimiento de la población universitaria y las organizaciones de educación superior (sobre todo privadas), los sistemas científicos se han visto en la necesidad de adoptar sistemas de asignación de recursos mediante la evaluación de resultados, unas asimilando y otras enfrentando muy críticamente el modelo dominante de utilización de índices comerciales e internacionales de impacto científico.

Los informes de OEI –en particular la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología Iberoamericana e Interamericana RICYT– nos permiten contextualizar en este informe la situación de la ciencia y tecnología en América latina con indicadores que muestran (a) el crecimiento de la inversión en I+D en la región, en torno al 0,7% del PIB anual, con España, Portugal y Brasil como los únicos países que superan el 1%, y un nutrido grupo que en la última década invirtió en torno al 0,5% de su PIB, (b) la importancia del gasto público –(60% de media) frente al 30% aportado por el sector privado y las contribuciones marginales de la educación superior– y (c) el crecimiento del número de investigadores en América latina en las últimas dos décadas, 2 de cada 3 de los cuales trabajan en instituciones de educación superior.

Sobre la ciencia latinoamericana aparecen tres elementos clave, tres tensiones, que consideramos en este informe ante cualquier actuación en materia de lenguas y política científica en la región.

La primera se refiere a la orientación de la ciencia a la publicación científica (resumida en el conocido adagio «publish or perish»), y en particular a la publicación de artículos–comúnmente llamados «papers», en detrimento del libro– en revistas de circulación internacional frecuentemente promovidas por grandes editoriales transnacionales y publicadas en inglés, con elevados «índices de impacto» como los elaborados por Clarivate y Elsevier. Las grandes bases de datos internacionales se han convertido en el territorio de definición de los métodos, los límites y los resultados de la publicación científica y el «factor de impacto» en un indicador tan discutido como ineludible en la mayor parte de los países del mundo, también en Iberoamérica, donde la mayoría de las agencias nacionales usan la contabilidad bibliométrica para evaluar los resultados de la producción científica. Pese a iniciativas como la Declaración de San Francisco (2012), el Manifiesto de Leiden (2015) o el FOLEC latinoamericano (2019), el «factor de impacto» sigue determinando la producción científica internacional, mientras los grandes índices han promovido durante años el inglés como lingua franca y única de la ciencia mundial.

La segunda característica que se aborda en este informe se refiere a la tensión entre el acceso libre al conocimiento científico, en el que América latina es una región pionera y referente–Redalyc, Latindex, AmeliCA o Scielo–, y la comercialización de los contenidos a través de costosos y opacos contratos de suscripción a grandes bases de datos gestionadas por grandes corporaciones transnacionales responsables también de los índices que determinan la importancia de las publicaciones científicas. El mercado de los contenidos científicos ha mostrado durante años la insostenible paradoja de alimentarse de las investigaciones financiadas casi siempre con fondos públicos y, al tiempo, cobrar a universidades y consorcios por el acceso a esos mismos resultados. Frente a la importancia creciente del acceso abierto y el reconocimiento de la necesidad de garantizar el acceso libre a la ciencia financiada con fondos públicos (Iniciativa de Acceso Abierto de Budapest de 2002, o las de Bethesda o Berlín de 2003), el mercado científico editorial ha optado por estimular los llamados APC (article processing charge), que condicionan la publicación en las grandes revistas internacionales al pago de cantidades importantes que salen igualmente de los fondos de investigación, lo que deja fuera de ese espacio de difusión a las instituciones y los sistemas científicos con menos recursos.

La tercera –y más visible– característica es la tendencia a desplazar las lenguas propias a favor del inglés en la publicación científica; en los autores, como modo de acceder a las revistas con mayor «índice de impacto» en las clasificaciones internacionales; en las revistas, como manera de tener mayores posibilidades de incorporarse a posiciones de mayor prestigio en los índices, con las preocupantes consecuencias que ello genera para la vitalidad de las lenguas, la diversidad lingüística del campo científico y académico y el acceso al conocimiento. En los últimos diez años, los investigadores latinoamericanos que publican en WoS han pasado de publicar en revistas que usan sus propias lenguas en un 24% a hacerlo en poco menos de un 16%, y los textos en inglés procedentes de la región han pasado del 75% en 2010 al 84% en 2020. Cuando el análisis se extiende al conjunto de los textos indexados por WoS el resultado es más aplastante: el 90% de la ciencia (al menos de la ciencia recogida en la base de datos de referencia) está publicada en inglés en los últimos veinte años. La situación es casi idéntica revisando los datos de Elsevier Scopus que se muestran en este informe.

No dudamos de que la anglofonización de la ciencia es beneficiosa como herramienta de colaboración, de pluralidad y de inclusión, pero creemos necesario preguntarnos acerca de las consecuencias que una ciencia exclusivamente producida y publicada en inglés tiene para la diversidad cultural y científica, para el acceso de los ciudadanos a la ciencia financiada con fondos públicos o para el futuro de las lenguas en los sistemas educativos –en especial en los grados y postgrados universitarios–. Esta investigación incide en dos claves, la protección y promoción de la diversidad y la garantía del acceso universal al conocimiento científico, para discutir los posibles caminos hacia una ciencia que sea difundida, además de en inglés, en otras lenguas, en línea con las declaraciones de los organismos nacionales e internacionales latinoamericanos de promoción de una ciencia abierta y del uso del español y el portugués en la ciencia.

La promoción de la diversidad lingüística en la ciencia supone el establecimiento de garantías en la educación y formación de los nuevos investigadores, en la producción de nueva ciencia y, por supuesto, en la comunicación y difusión del conocimiento. El español y el portugués, lenguas mayoritarias en el espacio iberoamericano, son idiomas de alcance global que ofrecen además grandes posibilidades de colaboración en este sentido, tanto hacia la Unión Europea como hacia los países de la CPLP, cuyas condiciones de desarrollo científico son similares a las de algunos países latinoamericanos.

Hacer disponible en las lenguas propias todo el conocimiento producido por instituciones públicas supone un formidable desafío, y una dificultad económica evidente en una región en la que la inversión en ciencia es aún insuficiente. Arquitecturas, protocolos, lenguajes de programación, programas informáticos de código abierto y sistemas de indexación y catalogación gratuitos y colaborativos han transformado desde finales de los años noventa el panorama de la ciencia latinoamericana; hoy son la inteligencia artificial y la traducción automática las que proporcionan oportunidades nuevas de acceso universal y multilingüe al conocimiento científico.