Dinamarca y Groenlandia han hecho tanto o más por la seguridad de Estados Unidos (EEUU) que al revés. Si el desembarco de tropas estadounidenses evitó el riesgo de una ocupación nazi de la isla, la cooperación bilateral facilitó defender a EEUU y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) frente a la amenaza rusa durante las siguientes décadas. El Acuerdo de 1951 entre Dinamarca y EEUU legitimó la presencia militar estadounidense en la isla para ayudar a Dinamarca a proteger su integridad territorial, de acuerdo con los planes de la OTAN para la defensa de Groenlandia y del resto del área de la Alianza Atlántica y en su calidad de miembro de ésta. Gracias a esa presencia, EEUU ha protegido su población, su territorio y su seguridad nacional frente a los posibles lanzamientos balísticos rusos disponiendo de sistemas de alerta temprana en la isla.
Si para los aliados y la OTAN no existe un riesgo inminente de seguridad en torno a Groenlandia y, para el que pueda venir a medio plazo de China y Rusia, están desarrollando las medidas militares de su Plan Regional Norte, ¿cuál es el riesgo para la seguridad nacional que alegan el presidente y la Administración estadounidenses?
El Mando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD) no es un Mando de la OTAN y sólo ofrece seguridad directa a las poblaciones, territorios y fuerzas de Canadá y EEUU. Groenlandia y la OTAN disponen de su propio sistema de defensa contra misiles balísticos y sólo se benefician indirectamente de las instalaciones estadounidenses en la isla. El valor de Groenlandia para la OTAN, y la responsabilidad compartida entre Dinamarca y EEUU para defenderla, se redujeron a medida que se desvanecieron el frío polar y la Guerra Fría. Los planes de la OTAN para proteger el Atlántico Norte frente la salida de fuerzas rusas por el corredor de Groenlandia, Islandia y el Reino Unido (GIUK gap) se abandonaron y, poco a poco, Washington redujo sus instalaciones (de 17 a 1) y su personal (de 10.000 a 200) en la isla.
Incluso cuando la amenaza militar rusa de Vladímir Putin reemplazó a la soviética en el planeamiento aliado, ninguno de los aliados, incluido EEUU, advirtieron un riesgo inminente para Groenlandia y los aliados que la defendían. La apertura del Ártico ha añadido nuevas dimensiones geopolíticas y geoeconómicas a las tradicionales de seguridad y defensa y la adaptación de la OTAN al nuevo flanco ártico sobrevenido ha sido lenta y tardía. Groenlandia no ha merecido una atención específica en las cumbres de la OTAN y en sus documentos estratégicos. El Concepto Estratégico de la OTAN de 2022 no identificó Groenlandia, el Ártico, el mar del Norte o el océano Ártico como áreas de interés estratégico, a diferencia del Indo-Pacífico. Tampoco Groenlandia aparece expresamente en las declaraciones de las cumbres sobre la libertad de navegación en el Atlántico Norte (Vilnius, 2023), la entrada de Suecia y Finlandia (Washington, 2024) o la competición ártica con Rusia y China (Estrategia Seguridad Marítima OTAN, 2025).
Dinamarca y Groenlandia no han puesto reparos ni restringido la libertad de acción de Washington para defenderse. Si existe algún aliado que haya hecho más por EEUU en la OTAN, ese es Dinamarca. Como le acaban de recordar al presidente Trump antiguos responsables de los Departamentos de Estado, Defensa y Seguridad Nacional estadounidenses, su amenaza de usar la fuerza o la coacción para arrebatar Groenlandia a Dinamarca puede volver en su contra a uno de los países más proamericanos de Europa. Dinamarca trajo Groenlandia a la OTAN en 1949, atendió y evacuó a los soldados estadounidenses heridos en la guerra de Corea, fue el primero en solicitar la activación del artículo 5 tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y sus tropas combatieron junto a las de EEUU en las zonas más peligrosas de Afganistán e Irak, padecieron las mismas heridas y secuelas postraumáticas y sufrieron más bajas por habitante que EEUU. Dinamarca ha participado sin restricciones en las misiones de estadounidenses contra el Estado Islámico y las de la OTAN contra la piratería en Somalia, la campaña aérea en Libia y la retirada de armas químicas en Siria. Perder un aliado que coopera lealmente con Washington en la lucha contra el terrorismo, las pandemias y las actividades maliciosas de Rusia y China en el Ártico es “estratégicamente imprudente tanto a corto como a largo plazo”, según la opinión de los firmantes.
La defensa territorial de Groenlandia no es fácil porque sólo un 80% de su territorio está en el Ártico y las condiciones de vida, supervivencia y operatividad al norte del Círculo Polar exceden el adiestramiento del que disponen la mayoría de las fuerzas aliadas, incluidas las que ocasionalmente se despliegan en territorios subárticos como el 20% restante de la isla. Las Fuerzas Armadas estadounidenses no disponen de las capacidades adecuadas para operar en ambiente ártico porque han especializado su equipo, adiestramiento e infraestructuras para operar en otros medios. Para afrontar las vulnerabilidades de seguridad en el Ártico a corto plazo, EEUU depende de la cooperación que le presten sus aliados árticos de la OTAN.
Si para los aliados y la OTAN no existe un riesgo inminente de seguridad en torno a Groenlandia y, para el que pueda venir a medio plazo de China y Rusia, están desarrollando las medidas militares de su Plan Regional Norte, ¿cuál es el riesgo para la seguridad nacional que alegan el presidente y la Administración estadounidenses? La tan comentada Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 tampoco incluye explícitamente términos como Groenlandia o Ártico, ni existe un capítulo polar, por lo que no explica qué amenazas concretas plantean Rusia y China a la seguridad nacional estadounidense. Otros documentos como la Estrategia Ártica del Departamento de Defensa de 2024, tampoco revelan una preocupación especial por Rusia o China en la zona, salvo la de su creciente cooperación en la región. Preocupación por la que EEUU afronta la seguridad ártica –o al menos la afrontaba hasta 2024– desde una perspectiva de cooperación con sus aliados (Canadá, Dinamarca y la OTAN) y socios (países árticos, comunidades locales y agencias implicadas), en lugar de hacerlo desde una óptica de apropiación (no deja de ser paradójico que a esa Estrategia le preocupara que Rusia pudiera poner en peligro algún territorio aliado del Ártico).
Si no hay una amenaza militar urgente que amenace a Groenlandia y si a EEUU sólo le preocupa el aprovechamiento que Rusia y China puedan hacer de la nueva ruta transpolar a través de los antiguos hielos y de los recursos minerales que esconde el subsuelo marino del océano Ártico, entonces no se trata de seguridad sino de minerales críticos y recursos naturales. Groenlandia dispone de numerosos recursos minerales, energéticos y económicos tanto en su territorio como en su zona económica exclusiva sobre el Ártico y no sería bueno que acabaran en manos de competidores geopolíticos y rivales sistémicos de Occidente. Pero la anexión no solamente busca excluir a China y Rusia del acceso a esos recursos, sino también a su propietaria, Groenlandia, y a sus aliados. La amenaza del uso de la fuerza, la extorsión a las autoridades groenlandesas y danesas y el anuncio de imponer aranceles a quienes se opongan a la anexión revela un comportamiento codicioso de la Administración Trump.
No se trata de la misma codicia del pasado para favorecer la expansión territorial mediante compras, ni de una codicia al servicio de la política exterior o económica de EEUU, sino la codicia de una Administración trufada de intereses comerciales privados que manipulan las políticas y los instrumentos públicos en su beneficio. El apoyo de oligarcas económicos, tecnológicos, energéticos a la campaña presidencial del presidente Trump se prorrogó formalmente en la designación de algunos de ellos para cargos en la Administración. El alineamiento de los actores energéticos privados con la política energética del presidente Trump para Venezuela confirma el patrón de la codicia: los actores económicos y políticos afines aumentan su poder y los que se oponen a ellos lo pierden. Comparten la visión “transaccional” de que el negocio justifica los medios, aunque éstos estén al margen de las reglas y de las voluntades (el propio Trump calificó su propuesta de comprar Groenlandia en 2019 como “una gran operación inmobiliaria”).
Esta interpretación de la codicia en la Administración Trump precisará tiempo para madurar, pero al unir los puntos que permiten las evidencias empíricas disponibles aparece un patrón de política exterior en el que los intereses económicos privados influyen en las decisiones estratégicas al margen de los procedimientos de decisión tradicionales. Afortunadamente, los legisladores y académicos de EEUU han comenzado a reaccionar. Consideran que lo de Groenlandia es peor que un mal trato, que se trata de intereses comerciales y no de intereses científicos y de seguridad, que no se deben usar fondos federales para invadir, anexionar o comprar la isla, tampoco para hacerlo sin consentimiento de un aliado o de la OTAN, o se desplazan a Copenhague para mostrar su oposición. Lo que está en juego en Groenlandia para EEUU no parece que sea tanto un asunto de seguridad nacional, la seguridad de todos, como uno de codicia, la de la Administración actual y sus elites afines.
