Mensajes clave
- La guerra en Ucrania se ha convertido en el mito fundacional de la nueva identidad nacional rusa. El conflicto no sólo responde a objetivos estratégicos o territoriales, sino que estructura un nuevo consenso interno basado en el antioccidentalismo, la percepción de agravio histórico y la idea de una confrontación civilizatoria con Occidente.
- El antioccidentalismo ha pasado de ser un recurso retórico a un principio organizador del sistema político y social ruso. La guerra ha normalizado y legitimado una visión del mundo en la que Occidente es percibido como una amenaza existencial, reforzando la cohesión social, la resiliencia del régimen y la disposición al sacrificio prolongado.
- La resiliencia rusa se apoya en una combinación de guerra, economía, cultura y control narrativo. A pesar de las sanciones, Rusia ha experimentado crecimiento económico, reorientación geoeconómica, reafirmación cultural y un fortalecimiento del control estatal sobre la narrativa pública, consolidando un nuevo contrato social en torno al Estado.
- Occidente se enfrenta a una Rusia transformada, no a una Rusia en colapso. Las estrategias basadas en el castigo económico y la expectativa de desgaste interno han demostrado ser insuficientes. El desafío que plantea Rusia es estructural y a largo plazo. Es identitario, normativo y geopolítico y exige a Occidente realismo estratégico, cohesión interna y una visión sostenida para gestionar una confrontación prolongada.
Análisis
Introducción
La célebre afirmación de Winston Churchill “no puedo predecirles la acción de Rusia. Es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, pero quizás hay una clave. Esa clave es el interés nacional ruso”, contribuyó notablemente a la confusión sobre quiénes son los rusos, pero también acertó en apuntalar que la clave para entender Rusia es, efectivamente, el interés nacional ruso. Un concepto que, actualmente, está en el centro de la confrontación con Occidente y sirve de base para la creación de una nueva identidad nacional rusa.
Desde las guerras napoleónicas hasta la Revolución de Octubre de 1917, la discusión sobre la identidad nacional de los rusos se estructuró en torno a la oposición entre “occidentalizadores” y “eslavófilos”. Los primeros subrayaban la similitud entre Rusia y Occidente y consideraban a este último como la civilización más viable y progresista. Los eslavófilos, por el contrario, defendían que Rusia constituía una civilización singular, fundada en la fe ortodoxa, la etnia eslava y las instituciones comunitarias y destinada a seguir un camino histórico propio.
La Revolución de 1917 se convirtió en el primer mito fundacional de la identidad soviética y, por extensión, de la Rusia moderna. Su rasgo distintivo fue la idea de que la nueva identidad rusa emergía de una ruptura violenta y redentora con el pasado, así como de la convicción de que el Estado estaba investido de una misión histórica superior: la realización de una revolución de alcance universal.
El segundo gran mito fundacional fue la Segunda Guerra Mundial, conocida en Rusia como la Gran Guerra Patriótica. A diferencia del mito revolucionario de 1917 basado en la promesa de un futuro radicalmente nuevo, éste se construyó sobre la legitimación del Estado a través del sacrificio colectivo y la victoria militar. La guerra fue presentada como un relato de supervivencia nacional frente a una amenaza existencial absoluta, en el que Estado y pueblo se funden en una misma entidad.
Tras el colapso del sistema comunista y la disolución de la Unión Soviética en 1991, Rusia se enfrentó a la compleja tarea de redefinir su identidad nacional. El desafío consistía en integrar las profundas contradicciones de su pasado histórico, fomentar la aproximación a Occidente y, al mismo tiempo, preservar una identidad diferenciada. El primer presidente postsoviético, Boris Yeltsin, intentó y fracasó en tres transiciones simultáneas: transformar un imperio en un Estado nación, reconvertir una economía planificada en una economía de mercado y sustituir un sistema de partido único por uno multipartidista. Su estrategia de ruptura radical con el comunismo, basada en la negación del pasado soviético y también de su propia trayectoria política, dejó a Rusia con un profundo vacío identitario y una percepción negativa de sí misma.
Cuando Vladímir Putin llegó al poder en el año 2000, presentó una visión más afirmativa de la identidad nacional, inicialmente compatible con la integración en Occidente, percibido por Moscú como Occidente colectivo (Estados Unidos –EEUU–, la Unión Europea –UE– y la Organización del Tratado del Atlántico Norte –OTAN–) y sustentada en la preservación de la soberanía rusa. Desde entonces, el Estado ha tratado de articular una concepción coherente del carácter distintivo de Rusia. En este contexto surgió el concepto de la “nación dividida”, derivado del hecho de que unos 25 millones de rusos étnicos quedaron fuera de las fronteras de la Federación Rusa tras 1991. No obstante, más que un mito fundacional, este argumento ha servido como instrumento político para justificar la “defensa” de los compatriotas y mantener la influencia de Moscú en las antiguas repúblicas soviéticas.
Desde 2000, de forma progresiva, la Gran Guerra Patriótica se consolidó como el principal elemento unificador de la identidad estatal rusa y como un pilar central de su legitimidad política y de su política exterior. El orgullo asociado a esta victoria sigue siendo abrumador en la sociedad rusa. De hecho, un 72% de la población considera que la URSS habría ganado la guerra incluso sin la ayuda de los aliados occidentales, frente a un 22% que sostiene lo contrario.
La guerra en Ucrania como mito fundacional
La guerra en Ucrania se ha convertido en el mito fundacional de la nueva identidad nacional rusa, cuyo rasgo definitorio es el antioccidentalismo. Más que crear esta identidad desde cero, el conflicto ha radicalizado, normalizado e institucionalizado narrativas preexistentes de agravios presentes y pasados que, en la percepción mayoritaria de la sociedad rusa, Occidente ha infligido históricamente a Rusia. Entre estos agravios se citan episodios como la Guerra de Crimea, de 1853 a 1856, y la ampliación de la Alianza Atlántica tras el fin de la Guerra Fría.
Desde la llegada de Vladímir Putin al poder, los documentos oficiales del Estado, sus discursos públicos, los análisis de expertos y académicos afines al Kremlin, así como los principales medios de comunicación, parten de una premisa común: Occidente habría buscado de forma constante debilitar a Rusia e impedir que ocupe el lugar que le corresponde en el sistema internacional. En 2006, Dmitri Trenin publicó su influyente artículo “Russia Leaves the West” en el que anticipó un giro conceptual que, un año más tarde, se hizo explícito en el discurso de Putin durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007, donde EEUU y la OTAN fueron definidos abiertamente como las principales amenazas a la seguridad nacional rusa.
Cuando comenzó la invasión a gran escala de Ucrania, la reacción inicial de la sociedad rusa fue de confusión y desconcierto. Ese estado de ánimo ha desaparecido. Casi cuatro años de guerra han transformado profundamente al país a propósito de un conflicto que ya se prolonga más que la Segunda Guerra Mundial.
Impulsados por una propaganda estatal constante y omnipresente, amplios sectores de la población han desarrollado un sentimiento de orgullo asociado a la capacidad de Rusia para resistir lo que se percibe como una hostilidad occidental sostenida. Este sentimiento se ve reforzado por declaraciones y gestos procedentes de Occidente que son interpretados como expresiones de desprecio hacia el pueblo ruso y su cultura y que los medios controlados por el Estado reproducen de forma sistemática.
Cuando Donald Trump calificó a Rusia como un “tigre de papel”, en referencia a que Moscú había logrado ocupar sólo alrededor del 20% del territorio ucraniano tras más de tres años de guerra, Putin respondió que Rusia no estaba combatiendo contra las Fuerzas Armadas de Ucrania, sino prácticamente contra todos los países de la OTAN. A pesar de que fue Rusia la que inició la invasión y continúa atacando a lo que oficialmente se sigue denominando una “nación fraternal”, una parte significativa de la sociedad rusa percibe la guerra como defensiva e inevitable. La percepción de una amenaza externa existencial ha contribuido a cohesionar a la nación y ha convertido el antioccidentalismo en un rasgo omnipresente del discurso público.
| agosto 2023 | septiembre 2023 | octubre 2023 | mayo 2024 | septiembre 2024 | febrero 2025 | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| De acuerdo | 22 | 18 | 16 | 19 | 16 | 30 |
| Malo | 61 | 70 | 68 | 70 | 72 | 51 |
| Fue difícil responder | 17 | 12 | 16 | 12 | 13 | 20 |
| octubre 2023 | mayo 2024 | septiembre 2024 | febrero 2025 | mayo 2025 | octubre 2025 | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| De acuerdo | 17 | 16 | 14 | 16 | 14 | 20 |
| Malo | 66 | 72 | 74 | 68 | 74 | 63 |
| Fue difícil responder | 17 | 12 | 12 | 16 | 13 | 18 |
| octubre 2023 | mayo 2024 | septiembre 2024 | febrero 2025 | mayo 2025 | octubre 2025 | |
|---|---|---|---|---|---|---|
| De acuerdo | 18 | 19 | 16 | 21 | 21 | 23 |
| Malo | 64 | 70 | 71 | 61 | 64 | 58 |
| Fue difícil responder | 19 | 12 | 13 | 18 | 15 | 19 |
La llegada de Trump a la presidencia de EEUU introdujo, no obstante, una inflexión parcial en esta hostilidad. Como muestran los datos del Levada Center, la valoración de EEUU por parte de la opinión pública rusa era muy positiva a comienzos de la década de 1990. A finales de esa década se produce una caída abrupta, coincidiendo con el colapso económico ruso. En los años 2000 se observa una recuperación parcial asociada a la llegada de Putin al poder y a una relación pragmática entre Moscú y Washington, antes de un colapso casi total en 2014 y un ligero repunte en 2024 y 2025 sin alcanzar los niveles anteriores.
La evolución de la percepción de la UE sigue un patrón distinto. Las actitudes fueron mayoritariamente positivas hasta principios de la década de 2010 para luego iniciar un descenso sostenido tras 2014 y un hundimiento pronunciado a partir de 2022. En 2025 predominan valoraciones negativas más estables que en el caso estadounidense, en gran medida debido a la percepción extendida de que la UE constituye el principal obstáculo para una salida negociada al conflicto en Ucrania.
En cuanto a Ucrania, los datos no resultan sorprendentes. Para la mayoría de los rusos, el país es percibido menos como un actor autónomo que como un instrumento de Occidente y como la prueba definitiva de que la coexistencia con Occidente en condiciones de igualdad es imposible. Este encuadre ha permitido reinterpretar la guerra como defensiva y existencial. Bajo esta concepción, la línea del frente se presenta como el límite de una confrontación civilizatoria entre Rusia y Occidente. En la retórica oficial, Rusia no combate contra Ucrania, sino contra la expansión de la OTAN, los valores liberales occidentales y un orden internacional liderado por Occidente y descrito como hostil e hipócrita.
Resentimiento y renacimiento ruso
El nuevo sentido de identidad nacional no se alimenta únicamente de la guerra. A pesar de las sanciones draconianas y del aislamiento cultural, Rusia parece atravesar un proceso de reafirmación nacional. El patriotismo lleva tiempo en ascenso. El reclutamiento avanza de forma constante, con hombres dispuestos a alistarse, en muchos casos atraídos por salarios excepcionalmente altos. Paralelamente, iniciativas como el movimiento “Ayuda al Ejército”, impulsado por mujeres y pensionistas, no muestran signos evidentes de fatiga. Sobre todo, criticar la política del Kremlin se ha convertido en algo socialmente inaceptable y, al mismo tiempo, potencialmente peligroso. En este clima, la guerra en Ucrania no sólo actúa como un conflicto armado prolongado, sino como el eje estructurante de una identidad nacional redefinida en oposición a Occidente.
La nueva identidad rusa también se nutre del dinamismo económico generado por la guerra. La economía del país, la más sancionada del mundo, ha registrado un crecimiento sostenido durante los tres años consecutivos desde el inicio del conflicto. A pesar de la inflación, existe un clima relativamente extendido de optimismo sobre el futuro. Impulsada en gran medida por las necesidades militares, la producción industrial continúa creciendo. Algunas de las regiones más remotas y tradicionalmente subdesarrolladas de Rusia concentran hoy empresas clave de los sectores de defensa y energía, esenciales para el esfuerzo bélico. Oficialmente, Moscú afirma estar invirtiendo de forma generosa en el desarrollo de territorios que durante décadas estuvieron marcados por el estancamiento económico y la despoblación. El deterioro de las relaciones económicas con Occidente ha acelerado, además, la convergencia de Rusia con el este y el sur global, en particular con Irán, China y Corea del Norte. Este reajuste geoeconómico refuerza la percepción interna de que Rusia dispone de alternativas viables al orden económico dominado por Occidente.
Paralelamente, el país atraviesa una forma de renacimiento cultural. Aunque en 2022 la cancelación de la cultura rusa en Occidente fue recibida inicialmente con sorpresa e indignación, y percibida como un castigo colectivo, con el tiempo se ha convertido en la nueva normalidad. Como consecuencia, la atención se ha desplazado hacia el público interno y los recursos culturales nacionales. En las principales ciudades han proliferado nuevos teatros, producciones escénicas, conciertos, galerías de arte y espacios culturales, en respuesta a una demanda creciente.
El énfasis en la cultura rusa se ha intensificado y no únicamente como resultado de la guerra. Tras rechazar explícitamente la ideología woke, Rusia se presenta a sí misma como la depositaria de la “verdadera” cultura europea, basada en valores tradicionales y judeocristianos. Este discurso resulta atractivo incluso para sectores liberales que aspiraban a integrarse en la civilización occidental del pasado, pero no en lo que perciben como su deriva actual.
La exclusión de Rusia del ámbito internacional en espacios como las competiciones deportivas, Eurovisión o universidades internacionales ha consolidado el resentimiento hacia Occidente y ha reforzado la apuesta por la valorización de la cultura interna. El gobierno, junto con la iglesia Ortodoxa Rusa, que se ha convertido en un instrumento más de la estrategia de guerra del Kremlin, ha adoptado medidas ambiciosas para afirmar la independencia cultural del país. Mediante la restricción progresiva del acceso a redes sociales y medios alternativos, el Kremlin ha logrado aislar a la población de fuentes de información externas y consolidar un control casi total sobre la narrativa dominante, centrada en los valores culturales rusos, las prioridades nacionales y el lugar de Rusia en el orden mundial.
La construcción de una identidad nacional patriótica y hegemónica también se apoya en la institucionalización de nuevas festividades. Un ejemplo es el Día de la Reunificación de las Nuevas Regiones con Rusia, en referencia a la anexión forzada de territorios ucranianos, rebautizados como República Popular de Donetsk, República Popular de Luhansk y los óblasts de Zaporiyia y Jersón. Esta conmemoración busca legitimar culturalmente la adquisición de estos territorios y reforzar la noción de una reunificación panrusa.
El proceso de la creación de una nueva identidad nacional rusa es un procedimiento brutal y sangriento, pero innegable. En conjunto, Rusia es hoy un país distinto al que inició la guerra. Presenta un mayor grado de cohesión social y una confianza reforzada en su propia viabilidad como nación. A largo plazo, estos cambios pueden transformar de forma profunda la identidad rusa. A corto plazo, contribuyen a sostener la voluntad pública de continuar el conflicto.
Conclusiones: balance estratégico para Occidente
Al responder a la agresión rusa, Occidente apostó por infligir un severo daño económico a la Federación rusa. La premisa era que la sociedad, al sentir ese coste, presionaría para poner fin a la guerra y priorizar la recuperación interna. El resultado ha sido el contrario. Las élites rusas, movidas tanto por el temor a la represión interna como por la hostilidad exterior, se han visto estimuladas por los nuevos desafíos.
Occidente se enfrenta hoy a una Rusia que ya no es simplemente un actor revisionista que responde de manera reactiva a presiones externas, sino un Estado que ha redefinido su identidad nacional en torno al conflicto, la confrontación y la autosuficiencia percibida. La guerra en Ucrania ha dejado de ser un medio para alcanzar objetivos territoriales o de seguridad y se ha convertido en un fin en sí mismo, en el eje estructurante de un nuevo consenso interno. Este hecho limita de manera drástica la eficacia de las herramientas tradicionales de disuasión y coerción económica.
Las sanciones, concebidas para debilitar al Estado ruso y erosionar el apoyo social al Kremlin, han producido efectos contraproducentes en el plano identitario. Han reforzado la narrativa de asedio, acelerado la reorientación geoeconómica el este y el sur global y contribuido a consolidar una percepción de separación irreversible entre Rusia y Occidente. En este contexto, insistir exclusivamente en el castigo económico sin una estrategia política más amplia corre el riesgo de profundizar dinámicas que fortalecen, en lugar de debilitar, la cohesión interna rusa.
Occidente debe asumir que la normalización de las relaciones con Rusia no será posible a corto ni probablemente a medio plazo. El conflicto no se resolverá sólo mediante el agotamiento material del adversario. La identidad que está emergiendo en Rusia es resistente al coste económico, tolerante al sacrificio y estructuralmente hostil al orden internacional liderado por Occidente. Ignorar esta transformación equivale a subestimar la duración y la profundidad del desafío.
Occidente no se enfrenta a una Rusia en declive, sino a una Rusia transformada. Comprender esta realidad es el primer paso para responder de forma eficaz. Esto implica abandonar la expectativa de un colapso interno ruso inducido desde el exterior y prepararse para una confrontación prolongada, gestionada y contenida. En segundo lugar, exige una mayor coherencia interna occidental. Las divisiones políticas, la fatiga social y la ambigüedad estratégica socavan la credibilidad disuasoria y refuerzan la convicción rusa de que el tiempo juega a su favor.
