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Resumen

El peso internacional de España en este nuevo siglo radica en parte en poner en valor un conjunto de recursos que hasta el momento no han explorado todas sus posibilidades, entre los cuales tanto su lengua como su patrimonio histórico-cultural ocupan un lugar de primer orden. Al mismo tiempo, para extraer el máximo partido de esos recursos ha de procurarse que sean canalizados de forma eficiente, articulando una diplomacia pública ágil, coordinada y flexible que sea capaz de aglutinar a los organismos públicos y las empresas culturales privadas. Una diplomacia pública que asuma, además, que su principal baza exterior deriva del espacio cultural que comparte con las naciones americanas, por lo que sería recomendable favorecer dinámicas de colaboración con los países que tienen intereses similares.

Introducción

“España es una potencia en potencia”, “el idioma español es nuestro petróleo”: ambas afirmaciones u otras análogas se han empleado a menudo para referirse a las capacidades insuficientemente desarrolladas de la cultura como un instrumento para favorecer un mayor protagonismo internacional de España. Durante la época contemporánea nuestro país ha tenido un papel generalmente secundario en los asuntos mundiales. Las últimas décadas del siglo XX fueron decisivas en la recuperación de un perfil internacional más activo, sustentado en un notable crecimiento económico y en un exitoso proceso de transición democrática. Pero lo cierto es que España, a pesar del evidente progreso experimentado, es incapaz de rivalizar en Europa con las naciones de primera fila que perfilaron, en positivo y en negativo, la suerte del continente desde el salto de la revolución industrial a la implantación de la sociedad burguesa y los regímenes políticos democráticos.

El peso internacional del país en este nuevo siglo radica en parte en poner en valor un conjunto de recursos que hasta el momento no han explorado todas sus posibilidades, entre los cuales tanto su lengua como su patrimonio histórico-cultural ocupan un lugar de primer orden. Al mismo tiempo, para extraer el máximo partido de esos recursos ha de procurarse que sean canalizados de forma eficiente, articulando una diplomacia pública ágil, coordinada y flexible que sea capaz de aglutinar a los organismos públicos y las empresas culturales privadas. Una diplomacia pública que asuma, además, que su principal baza exterior deriva del espacio cultural que comparte con las naciones americanas, por lo que sería recomendable favorecer dinámicas de colaboración con los países que tienen intereses similares. En las páginas que siguen se tratará de hacer un balance de las principales claves de la trayectoria española en este ámbito de su proyección internacional, que ya cubre en torno a un siglo.

Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla
Instituto de Historia, CCHS-CSIC