Y el Óscar es para… el documental ruso

Sala de cine durante la proyección del documental Mr. Nobody Against Putin en el festival Artdocfest de Riga, Letonia. A la izquierda, una pantalla donde se proyecta un fragmento del documental, una escena invernal con una bandera rusa ondeando. A la derecha, el público observa desde sus asientos en la oscuridad; Entre los asientos, se distingue un cartel amarillo con el nombre del festival.
Proyección de Mr. Nobody Against Putin en el Artdocfest de Riga, Letonia. Foto: © Artdocfest archive.

Este año, el Óscar al Mejor Largometraje Documental fue para Mr. Nobody Against Putin. El premio fue una sorpresa, ya que la película estadounidense The Perfect Neighbor partía como favorita. El documental, una coproducción checo-danesa dirigida por Pavel Talankin y David Borenstein, fue aceptado con entusiasmo por la crítica occidental por su enfoque sobre la militarización de las escuelas en el contexto de la invasión de Ucrania. Las autoridades rusas y los medios de propaganda, como era de esperar, no fueron tan favorables al documental; pero, es un hecho interesante que incluso algunos activistas contra la guerra lo hayan criticado, acusando a Talankin de haber realizado una diatriba superficial que no aporta una mejor comprensión del aparato propagandístico ruso en tiempos de guerra.

Sin embargo, pese a haber ganado el galardón más prestigioso en su categoría, muchos en Rusia critican abiertamente la película y no se trata únicamente de partidarios de la guerra o del régimen de Putin.

El documental cuenta la historia del educador escolar Talankin y su escuela en Karabash, una pequeña ciudad industrial de unos 10.000 habitantes en la región de Cheliábinsk, en los Urales. Talankin, de 35 años, era un profesor muy respetado en su localidad. En 2018 ganó el concurso regional “Líder del siglo XXI”, sus alumnos obtuvieron un premio en un festival local por una película rodada bajo su dirección y en 2021, durante la pandemia del COVID-19, el alcalde elogió un modelo virtual de Karabash que sus estudiantes habían creado en Minecraft. Tras la invasión rusa de Ucrania, a Talankin se le asignó filmar clases de propaganda en las que se enseñaba a los niños los argumentos del Kremlin sobre los supuestos fines nobles de la guerra y la injusticia de Occidente hacia Rusia. Los fragmentos de esas clases de propaganda, llamadas en Rusia “Conversaciones sobre cosas importantes”, constituyen el eje central de la película. En una escena, una profesora, leyendo un guion propagandístico, tiene dificultades para pronunciar las palabras “desnazificación” y “desmilitarización”, los argumentos oficiales con los que el Kremlin justifica la agresión contra Ucrania. En otra escena, un profesor de Historia explica a los niños que, en un futuro cercano, Francia y el Reino Unido sufrirán un colapso económico porque su población ya pasa hambre debido a las sanciones contra Rusia. Otra secuencia del documental muestra a mercenarios del ya desaparecido Grupo Wagner aconsejando y enseñando a los niños cómo lanzar granadas.

Lo que Talankin muestra en una escuela de una ciudad de provincia es lo mismo que ocurre en miles de centros en toda Rusia. Antes de la invasión de Ucrania, el Kremlin articulaba su propaganda y la educación patriótica a través de la memoria vinculada a la Segunda Guerra Mundial, alrededor de las actividades del Regimiento inmortal: una performance, una procesión gigantesca que se celebra en las principales ciudades dentro y fuera de Rusia cada 9 de mayo –el Día de la Victoria– desde 2012. Tras la invasión de Ucrania en 2022, el Estado adoptó la propaganda masiva en la educación, que es un elemento más para divulgar la guerra en Ucrania como el mito fundacional de la nueva identidad rusa. Desde 2012, las clases con veteranos de guerra ya eran habituales, así como la difusión de justificaciones aprobadas por el Kremlin de la anexión de Crimea y la toma de territorios ucranianos, desde 2014. Al ver la película, resulta fácil imaginar cómo esas mismas “Conversaciones sobre cosas importantes” se repiten a diario en toda Rusia, desde Moscú hasta Vladivostok.  

Sin embargo, pese a haber ganado el galardón más prestigioso en su categoría, muchos en Rusia critican abiertamente la película y no se trata únicamente de partidarios de la guerra o del régimen de Putin. Se repiten varias objeciones: que el documental está producido “para exportación”, orientado a audiencias extranjeras y jurados de festivales, pero sobre todo por el hecho de que su éxito ha cerrado la puerta a un análisis más profundo de lo que ocurre en las escuelas rusas. En Rusia, todo el mundo conoce la existencia de propaganda en las instituciones educativas (es una costumbre de la época comunista) y, para muchos, la película no aporta nada nuevo ni profundiza más allá de lo ya ampliamente documentado. Los críticos también señalan cierta artificialidad, especialmente en los monólogos de Talankin. Además, el documental presenta a niños pasando por detectores de metales como símbolo de una dictadura militar, cuando en realidad es un procedimiento estándar en las escuelas rusas antes de los exámenes finales y no tiene relación con la guerra.

La filmación de menores sin consentimiento parental es otro punto polémico que las autoridades rusas han utilizado oficialmente. Desde el punto de vista ético, todos los participantes deberían dar su consentimiento documentado y los menores no pueden ser filmados sin autorización de sus padres o tutores. Este es precisamente el argumento que ha empleado el Consejo Presidencial de Derechos Humanos, que ha presentado una queja ante los organizadores de los Óscar por una supuesta vulneración de los derechos de los niños. Por otro lado, Talankin no filmaba en secreto. Niños y padres sabían que estaban siendo grabados tanto para el Ministerio regional de Educación como para sus propios proyectos: “Es curioso que durante todos estos años venía, nos grababa y decía que saldríamos en la BBC. Nos reíamos de él como si fuera un idiota. Y ahora va a los Óscar. No creo que él mismo se lo creyera”, dijo un antiguo alumno de Talankin antes de la ceremonia.

El filme ha sido recibido con entusiasmo en Occidente, donde se ha interpretado como una ventana directa al funcionamiento del aparato propagandístico ruso. Sin embargo, muchos observadores rusos, incluso sectores críticos con el régimen, han cuestionado su valor analítico. La película no revela nada sustancialmente nuevo: la presencia de propaganda en las escuelas es ampliamente conocida y está documentada desde hace años. Desde esta perspectiva, el documental no descubre una realidad oculta, sino que la presenta en un formato accesible para públicos internacionales. La divergencia entre los críticos occidentales y los críticos del régimen de Putin refleja una de las objeciones más relevantes al documental: la acusación de que la película está concebida “para exportación”. Es decir, que selecciona y organiza el material con el objetivo de resultar comprensible y emocionalmente eficaz para audiencias que buscan confirmar una determinada imagen de Rusia. Bajo esta lógica, la obra no sería simplemente un testimonio, sino una construcción narrativa que simplifica un fenómeno complejo.

Algunas observaciones concretas refuerzan esta idea. El verificador Ilya Ber ha señalado inexactitudes factuales, como la supuesta calificación de Karabash por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como “la ciudad más sucia del mundo”, una afirmación sin respaldo documental. La figura de Talankin también se sitúa en el centro de esta ambigüedad. El documental lo presenta como un individuo en riesgo que logra sacar material sensible del país, mientras que algunos críticos cuestionan la magnitud de ese peligro, señalando que trabajaba en un entorno donde sus opiniones eran conocidas y que la difusión posterior de la película no ha sido completamente bloqueada en Rusia. Esta tensión no es menor, ya que afecta a la credibilidad del relato y a la interpretación de la obra como acto de resistencia.

En última instancia, la controversia en torno a Mr. Nobody Against Putin revela menos sobre el contenido del documental que sobre las condiciones de su recepción. Para el público occidental, funciona como una revelación; para muchos rusos, como una simplificación y como algo que todo el mundo conoce y sobrelleva en Rusia.