Washington ha perdido el norte

Reunión bilateral entre Trump y Xi Jinping (30/10/2025) en el aeropuerto internacional de Gimhae, en Busán, Corea del Sur. A la izquierda, los representantes de la administración de China, liderada por Xi Jinping; y, a la derecha, la de EEUU, encabezada por Trump, miran hacia la cámara que toma la fotografía. Al fondo, tres banderas de EEUU y tres de China, intercaladas.
Reunión bilateral entre Trump y Xi Jinping (30/10/2025) en Busán, Corea del Sur. Foto: Daniel Torok, The White House (Dominio Público)..

Recientemente tuve la posibilidad de estar en Washington para poder entender mejor cómo se ve el mundo desde allí. Fui invitado por la Universidad de Pensilvania, en el marco de su programa centrado en el diálogo transatlántico sobre China. El vértice europeo sigue siendo importante en este triángulo estratégico y por eso invitaron a la capital estadounidense a 20 europeos, todos expertos en China.

Tuvimos el privilegio de intercambiar conocimiento y visiones con altos cargos (actuales y de pasadas administraciones) tanto en el sector público como privado. Desde el Departamento de Comercio, el Departamento de Estado, miembros del Congreso, Oficina del Representante Comercial (USTR, por sus siglas en inglés) y el Consejo de Seguridad hasta empresas como Intel, Nvidia, Rhodium Group y JP Morgan. También nos encontramos con varios diplomáticos europeos y periodistas especializados en relaciones internacionales como Tom Friedman y Edward Wong, del New York Times, e Ishaan Tharoor, del Washington Post. Fue una semana intensa de reuniones y le agradezco a Neysun Mahboubi su invitación.

Son muchos los temas que se han abordado en una semana difícil para las relaciones transatlánticas por la tensión generada por la insistencia por parte de Donald Trump en hacerse con Groenlandia, pero voy a intentar organizar mis reflexiones en torno a cuatro ideas.

No hay administración

La primera es que no se puede hablar de la “Administración de Trump”. Como ha comentado un diplomático europeo: “no hay administración”. Estamos hablando de un gobierno que está dirigido por Trump y un grupo muy reducido de personas y su conexión con el aparato del Estado es muy limitada. Esto hace que muy poca gente sepa realmente si hay una estrategia clara en la Casa Blanca en relación con China, Europa, Rusia y muchos otros grandes asuntos de las relaciones internacionales.

Los diplomáticos europeos reconocen que no tienen demasiado acceso a los que toman las decisiones y aquellos con los que hablan les reconocen que tampoco tienen mucha información. Es decir, al final todos se levantan por la mañana y revisan el perfil de Trump en Truth Social para intentar entender por dónde van los tiros (literalmente). Algunos incluso nos han reconocido que han intentado activar las conexiones que puedan tener con los familiares de Trump, para poder llegar a su círculo más próximo, aunque con poco éxito. Lo cual es doblemente preocupante: por no poder acceder a información clave y por ver que Estados Unidos (EEUU) se parece más a una monarquía del Golfo que a una democracia liberal.

Esto tiene muchas consecuencias negativas, pero la primera de todas, desde el punto de vista diplomático y con efectos tácticos y estratégicos, es que los europeos no saben cómo actuar. Antes, para cualquier gran tema, en cualquier capital europea –y por eso se mandan a los mejores ahí– primero se intentaba saber qué pensaba y qué quería hacer Washington, y después se intentaba reaccionar. Ahora eso no es posible y eso genera un sentimiento de desorientación y desamparo. Para la Vieja Europa, que ha desentrenado ese músculo, el tener que pensar cómo actuar sin saber cómo lo va a hacer el “amigo americano”, es como hacer de funambulista sin tener red de seguridad. Produce pánico. Sobre todo, cuando uno se da cuenta de que la mayor potencia del mundo está gobernada por una cleptocracia sin escrúpulos, que, según nos ha expresado un periodista con mucha experiencia internacional, funciona por el “Método de Dubái.”

China está ganando

La segunda idea es que, aunque mucha gente MAGA piense lo contrario, la realidad es que China le está ganando la partida a EEUU. La visión MAGA se puede resumir en las siguientes líneas. Gracias a los aranceles, Trump ha conseguido traer a la mesa a Xi y ha logrado ciertas concesiones. La más importante, por ahora, es que China ya ha comprado el 80% de la soja comprometida por Xi en Buzan. Esta misma gente reconoce que China ha sacado la bazuca de las tierras raras y eso ha dejado en evidencia que tiene un punto de estrangulamiento que ahora mismo EEUU no puede evitar, pero por eso se ha llegado a esta tregua temporal. Como ha declarado el secretario del Tesoro, Scott Bessent, si todo va bien en 12 o 18 meses EEUU logrará mayor independencia de China en minerales críticos y ahí Washington volverá a la carga.

No sólo eso, para los MAGA, que China haya activado esa bazuca es positivo porque durante mucho tiempo se especulaba con que lo hiciese, pero no lo hacía mostrándose muy contenida. Sin embargo, China, al activarla ahora y no sólo contra EEUU, sino contra el mundo, ha mostrado su lado predatorio y eso va a hacer que muchos, incluidos, por supuesto, los europeos van a intentar deshacerse de las garzas de Pekín, no sólo en tierras raras, también en otros campos, como las telecomunicaciones y la inteligencia artificial, lo cual es positivo para Washington.

Pero cuando hablamos con funcionarios y analistas más independientes, sobre todo del sector privado, la interpretación es bastante distinta. EEUU está perdiendo la carrera y eso sido quedado evidente este año. Cuando Trump le aplicó a China aranceles del 145%, para ver si se doblegaba, el volumen de llamadas a la administración fue impresionante. Y como nos han dicho, no se trataba sólo de grandes empresas como Ford, que dependen enormemente de las cadenas de suministro chinas, sino empresas medianas, familiares, de muchos sectores, que no pueden producir sin insumos chinos. Salió el ejemplo de un fabricante de colchones que no puede prescindir de un tejido chino y que estaba desesperado con los aranceles tan altos.

La realidad es que China no sólo tiene la capacidad de estrangular a la economía americana en tierras raras. Si esa dependencia se reduce –y nadie en el sector privado piensa que se pueda hacer en menos de cinco años (a la vista está el ejemplo de Japón, que lleva 15 años intentando lograr mayor autonomía y todavía no lo ha logrado)– China pasará a otro punto de estrangulamiento, como por ejemplo los principios activos básicos para los antibióticos. Quizás una bazuca todavía más potente porque afecta la salud pública.

Incluso en la compra de la soja no hay mucha ganancia americana. Después de dejar de comprar soja americana durante meses, China se ha comprometido a comprar 12 millones de toneladas en 2025 y 25 millones cada año de aquí a 2028, pero la realidad es que entre 2020 y 2024 la media de la compra anual fue de 29 millones de toneladas. Desde el COVID, China ha reducido mucho su dependencia de EEUU para su soja. Ahora la mayor parte le llega de Brasil.

El poder de China es evidente también en la alta tecnología. EEUU, desde la primera Administración Trump, y siguiendo con la Administración Biden, ha intentado, a través del control de exportaciones, retrasar el progreso de China en semiconductores. Pero los resultados han sido pobres o incluso contraproducentes. Las empresas americanas de este sector lo tienen claro. Si no están en China van a perder mucho dinero y lo peor es que van a hacer que China acelere, no desacelere, su capacidad de diseñar y producir semiconductores de última generación. Empresas como Huawei y SMIC están invirtiendo ahora cientos de millones de euros en semiconductores y la brecha se está reduciendo cada vez más o incluso hace que China tome ventaja por su modelo abierto de inteligencia artificial. Como ha señalado uno de nuestros interlocutores: “Hay que estar en China para poder estar por encima de nuestros competidores allí”. Esto explicaría que Trump haya decidido que Nvidia pueda exportar sus chips H200 a China, eso sí, insistiendo en que pase por caja, al más puro estilo Dubái.

La paradoja ahora mismo es la siguiente (y esto ha salido en nuestras reuniones): tanto Europa como EEUU tienen serios problemas internos que hacen que no sean suficientemente competitivos frente a China. Pero la situación en China es al revés. Los problemas internos, muy acuciantes, ha explotado la burbuja inmobiliaria, hay serios problemas con el endeudamiento, el envejecimiento y el bajo consumo, hacen que el gobierno chino vuelque sus esfuerzos en la industria y la tecnología, lo cual hace de China un país súper competitivo. El superávit comercial de nada menos que 1,2 billones de dólares en 2025 es un claro ejemplo de ello. La proyección es que en 2030 China represente alrededor del 45% de toda la producción manufacturera mundial. Irónicamente, cuanto más débil es China internamente, más fuerte se hace hacia el exterior. Mientras, muy pocos en Washington piensan que EEUU se va a reindustrializar con Trump.

Reaccionarios al poder

Y esto nos lleva a la tercera idea. Nadie sabe si Trump, y su entorno MAGA, tiene una gran estrategia, pero si la tuviesen, y mis conversaciones en Washington me han llevado a pensar esto, podría ser la siguiente. La estrategia tiene una vertiente ideológica y otra vertiente material. La ideológica tiene que ver con un rechazo claro al liberalismo y el comercio libre. Como nos ha explicado alguien que ha trabajado con Trump en su primer mandato, para el mundo MAGA el espacio político y público transatlántico que incluye EEUU, Canadá, el Reino Unido y la Unión Europea (UE) ha estado dominado en los últimos 40 años, es decir, desde Bill Clinton, por un partido único: el partido de los (neo)liberales (en EEUU liberal significa ser de izquierdas). O sea, cuando hablan del partido único, hablan de la gran coalición de centro derecha y centro izquierda que ha dominado ese espacio y que ha abogado por la globalización y una agenda progresista. También se podría denominar el partido del “wokismo” o el de los “anywheres” frente a los “somewheres”, según la conceptualización de David Goodhart, siendo los primeros los cosmopolitas liberales que pueden vivir en cualquier sitio y los segundos los nativistas patriotas anclados a su tierra. El objetivo de los MAGA es acabar con ese partido único que es visto como la fuente del declive de Occidente y establecer una hegemonía basada en valores tradicionales. “Reaccionarios al poder”, podría ser el eslogan. La nueva estrategia de seguridad nacional es un llamamiento a ello.

Pero esta visión también tiene un componente material. Para poder competir con China, muchos en Washington se han dado cuenta de que EEUU necesita más escala. Eso se explícita en la nueva Estrategia de Defensa Nacional que acaba de publicarse. De ahí la insistencia en que todo el hemisferio occidental tiene que estar dominado, directa o indirectamente, por Washington, desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego, y, por supuesto, también el Reino Unido y la UE.

Las conversaciones sobre Groenlandia, como no podía ser de otra manera, fueron particularmente tensas. Nuestros interlocutores se mostraron contundentes a la hora de defender la postura de Trump de que Groenlandia tiene que ser estadounidense sí o sí. Frente a la posibilidad de que eso podía romper la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) su reacción fue de desdén. Consideran que los lazos militares, comerciales, de inversión e interpersonales, y de valores a los dos lados del Atlántico son demasiado fuertes para que se rompa la alianza transatlántica. Cuando señalamos que los valores defendidos hoy por la Casa Blanca son muy distintos con relación a la defensa de la separación de poderes, los derechos civiles, la libertad de la prensa, el derecho internacional y la soberanía de los países con respecto a los que defendemos nosotros, ellos concedieron que puede ser. Argumentaron que ellos defendían esos mismos valores, pero desde otro punto de vista y, como en cualquier familia, puede haber desavenencias, pero eso no puede separarnos. Todo esto lo decían mientras insistían en que Groenlandia y todo el hemisferio occidental era su espacio de seguridad nacional, uniendo así lo ideacional con lo material.

Si esto fuese poco, quizás lo más preocupante fue escuchar a altos cargos de la Administración Biden mostrar sus frustraciones por los largos años de negociación con los europeos en relación con China sin conseguir realmente grandes avances. Su interpretación es que los europeos no nos tomamos la amenaza china en serio y que no nos alineamos, pese a todos los esfuerzos. Un interlocutor nos recordó que con respecto al 5G y Huawei, la conversación con Japón duró tres semanas, cuando con Alemania fueron 24 meses de presiones y sin conseguir grandes avances.

Algunos de nosotros les dijimos que Japón no era el mejor ejemplo, porque su sensación de amenaza con respeto a China es mucho mayor. Además, Europa, o por lo menos los países europeos, tenían agencia y lo que no podía ser es que el diálogo transatlántico consistiese en que EEUU imponga y Europa tenga que obedecer. Hay una diferencia clara entre la visión estadounidense de China, que es una carrera por ser el número uno del mundo, y la europea, que no está en esa carrera. Eso no les agradó nada a nuestros interlocutores y los llevó a señalar que, tras la experiencia de la Administración Biden, les parecía totalmente lógico que la Administración Trump no invirtiese tiempo y ni esfuerzo en dialogar y coordinarse con los europeos. En gran parte esto podía justificar la dureza de Trump.

Un mundo sin China

Finalmente, la última idea. El denominado sur global, o el sur plural, apenas ha aparecido en las discusiones y cuando lo ha hecho ha sido del lado europeo. Del lado estadounidense se citó a la India, pero sólo para decir que era un país difícil, que jugaba a varias bandas y que no era de fiar, porque estaba demasiado integrado en las cadenas de valor de China. Lo más sorprendente fue la respuesta en el Congreso de EEUU a la siguiente tesis: “Nosotros europeos entendemos que no quieran que los países compren tecnología china, pero la realidad es que hoy en día muchos de los bienes industriales y mucha de la tecnología china es igual o incluso mejor que la europea, y más barata, y por lo tanto es muy normal que muchos de los países del sur plural, e incluso de Europa, compren esa tecnología.” Su respuesta fue la siguiente: “eso puede ser, pero esa es una actitud muy cortoplacista. En algún momento esos países se van a dar cuenta de que China es una dictadura y no se pueden fiar de ella”. Interesante respuesta en un mundo que cada vez está más poblado por regímenes autoritarios y cuando hay muchas dudas sobre la solidez de la democracia estadounidense, sobre todo visto desde Europa.

El deseo de querer construir un mundo que excluya a China va más allá. Un asesor de la Casa Blanca en asuntos comerciales nos dijo claramente, y esto es ya un consenso en Washington, que la Organización Mundial del Comercio (OMC) está muerta para EEUU porque se concibió para economías de mercado y no para capitalismos de Estado como el chino. Este funcionario negoció durante años con China y mostró su frustración por no ser capaces de cambiar al país. Nos dijo claramente que ya casi nadie en Washington pensaba que se podía lograr. Otro asesor nos reconoció que mientras en la primera legislatura de Trump se intentó negociar una fase uno con China, que se centraba en reducir el déficit comercial, y una fase dos que se centraría en reducir el papel del Estado en la economía china, ahora el objetivo era exclusivamente transaccional: que China le compre más a EEUU, que EEUU le pueda vender más a China y que China no progrese para que no sea una amenaza para EEUU.

Bajo esta lógica Trump tiene cuatro prioridades en relación con China y el mundo: comercio, comercio, comercio y disuasión. Quiere que sus aliados (Europa, Japón, Corea del Sur) compren más productos americanos y gasten más en defensa y se alineen contra China. Y el plan, según el primero de estos asesores, está funcionando. Con el martillo de los aranceles, Trump ha logrado que gran parte de los socios comerciales hayan bajado tanto sus barreras arancelarias como las no arancelarías y hayan aumentado sus presupuestos de defensa, desde Japón hasta Europa. Esto, según él, es sólo una primera fase. La fase de reequilibrar el tablero del comercio mundial. La segunda fase, y quizás esto ocurra en la próxima legislatura, será proponer la creación de una nueva organización mundial del comercio, pero esta vez sin China, ya que la mayoría de los países ven amenazadas sus industrias por la capacidad industrial china.

De nuevo, esta propuesta encontró mucha sorpresa e incredulidad entre los participantes europeos. Como ha comentado uno de mis colegas, pensar que puedes crear una organización de comercio mundial sin la segunda economía del mundo, y la primera en paridad de compra, que además ahora mismo produce cerca del 30% de los bienes manufacturados del mundo y pronto llegará al 40-45%, es una fantasía. La sensación es que Washington ha perdido el norte. Pero, en cierto sentido, refleja el autoconvencimiento de los MAGA.

Conclusión: entre Draghi y Carney

Tanto el liderazgo de China como el de EEUU piensan que están ganando la batalla y eso nos acerca más a la trampa de Tucídides. Tucídides no decía que la potencia incumbente y la emergente iban a la guerra porque la primera temía a la segunda. No era el miedo el sentimiento dominante, sino la arrogancia por los dos lados. El sentimiento de que “nuestro sistema, nuestro país, es mejor.” Y eso es lo que creen los MAGA y crecientemente también muchos en Pekín, sobre todo si ven lo que está pasando en EEUU. Y eso es ciertamente peligroso. Tanto una potencia como la otra, por soberbia, pueden llevar a cabo acciones que sean una humillación tan grande para la otra que lleve a una confrontación mayor. También pueden exponerse las debilidades internas de tal manera que la única manera de taparlas sea reforzar el enfrentamiento con la otra superpotencia, en una huida hacia delante.

Trump y Xi pueden verse este año hasta en cuatro ocasiones. Veremos qué sale de esas reuniones. La UE haría bien en tomarse muy en serio la ejecución del plan Draghi y adoptar la Doctrina Carney, porque las presiones de las dos potencias van a ser cada vez más intensas, este año y los años venideros.